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viernes, 26 de julio de 2019

Hace 200 años


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Un error garrafal en la educación colombiana ha sido ir suprimiendo las asignaturas de corte humanístico. Hemos perdido en los pensum, entre otras: geografía, educación cívica, urbanidad, religión y, en la práctica, ética y valores y hasta la misma historia. Pareciera, en un contexto global pragmático neoliberal capitalista, que son las ciencias “duras” las prevalentes pues, al fin de cuentas, son las que resultan económicamente rentables. Las otras, las ciencias sociales y las ciencias humanas han pasado a ser cenicientas venidas a menos pues: ¡no dan réditos! Sobre esto, hace un par de años, se pronunció Martha Nussbaum en su “Lectio inauguralis” en la Universidad de Antioquia, de modo que no es una queja personal de coyuntura.

Con todo, sí que me producen cierta nostalgia las clases de historia que nos diera la profe Ileana Cifuentes en el colegio. Había que verla con qué conocimiento, con qué erudición, pero, sobre todo, con qué pasión nos narraba aquellas gestas libertarias que tuvieron su culmen entre el 25 de julio y el 7 de agosto de 1819. Rondón con su docena de famélicos pero valientes lanceros aniquilando a Barreiro, Bolívar ayudado por el pequeño Pedro Pascasio Martínez unos días después en el emblemático puente donde se selló nuestra causa, firme como estuvo, para no caer seducido ante el soborno propuesto. Vibrábamos de emoción al oírla. No existían los medios audiovisuales, sólo su voz que realmente nos “enpeliculaba”.

En estos días en los que estamos celebrando los 200 años de nuestra independencia de España, nada más destemplado precisamente que su celebración. ¿Quién habla de ello con entusiasmo? Algunos pocos, porque el gobierno prácticamente nada, ocupado como ha estado todo este año en seguir mirando miopemente el retrovisor, sólo para alcanzar a ver que todo lo malo que le pasa a este país es culpa de Santos.

¡Celebraciones las de hace 50 años con ocasión del sesquicentenario! Gobernaba Lleras Restrepo y sí que le dio la importancia y la trascendencia que merecía la ocasión. Yo era muy niño, pero recuerdo haberlo vivido muy cercana y emocionadamente en el taller de escultura del maestro Gerardo Benítez, quien le ayudó a Rodrigo Arenas Betancur en la elaboración en bronce de dos de los caballos con sus respectivos lanceros que hacen parte de la monumental obra que se yergue majestuosa en el Pantano de Vargas. Bustos y estatuas, medallones, monedas y estampillas, actos conmemorativos de toda especie, conferencias, publicaciones, programas radiales y televisivos, la remodelación del monumento en el así llamado Puente de Boyacá, mejor dicho, qué contraste con las desmirriadas pichurrias de estos días.

Algunos columnistas y también periodistas irónica y ácidamente podrán decir que nos liberamos de España para caer en la dependencia de los Estados Unidos y que, por eso, celebrar qué y para qué, si nuevamente no somos libres. No les falta razón. La patria boba no fue solamente la de 1810-1816. Hoy día se repite. Otrora, fue la incapacidad de ser auténticamente libres: ¡independencia! gritamos desde el pintoresco balcón esquinero, pero las luchas por el poder y los celos intestinos, abrieron las puertas para que Sámano y Morillo volvieran a tomar posesión, aprovechando el río revuelto. Hoy, la incapacidad de vivir en paz: ¡firmamos los acuerdos de paz!, gritamos entre exhaustos por la guerra e incrédulos de que fuera realmente posible, pero nuevamente los celos y las envidias y las luchas por el poder, abren sus puertas para que otros se aprovechen del río revuelto.

¡Por eso tan grave suprimir la historia y las humanidades en nuestras aulas! Porque ignorar la historia es condenarse a repetirla. No lo duden un solo instante. Y eso es lo que los nuevos traidores de la patria quieren. Que no conozcamos nuestra historia. Que no pensemos críticamente. Que acabemos la memoria. Entre más torpes políticamente seamos, mejor, así pueden manejarnos a su antojo. Todo el que piense distinto será condenado como mamerto comunista y vasallo del desastroso castrochavismo, De esta manera, un escaso bachiller puede acceder a la presidencia del congreso, para hacer sus sucias jugaditas, desde tirarse el acto de posesión presidencial, los trámites de las leyes anticorrupción y de la implementación de la JEP, hasta sabotear el derecho a la réplica de la oposición.

Quisiera yo celebrar los 200 años de aquella primera libertad, pero no le dan mucha importancia. Es que Bolívar, como era venezolano, seguramente fue una versión anticipada de Chávez y es mejor no recordarlo, no sea que sea el precursor de la revolución bolivariana y, por ende, peligroso insurgente. Y no se evoque a Santander, su cómplice local. Ni a Sucre, ni a Páez, ni a Córdova, ni a Girardot, ni a Maza, ni a Padilla… todos esos y sus secuaces que los precedieron como Torres, Caldas o Nariño, eran comandantes de frentes subversivos. Mejor olvidarlos. Al establecimiento criollo, obsecuente y sumiso del reyezuelo extranjero, no le conviene que el pueblo piense y sea libre, que conozca su historia, no vaya a ser que nos convirtamos en una nación poderosa, grande y soberana. ¿Será que habrá que esperar otros 200 años?

martes, 28 de mayo de 2019

De cara al porvenir: 200 años de frustraciones


Por Pedro Juan González Carvajal*

Pedro Juan González Carvajal
En el año del Bicentenario, la reflexión debería centrarse en sí hemos aprovechado o no estos 200 años para construir la sociedad que queremos en todos los órdenes, valorar lo alcanzado, y reconocer los fracasos para no volverlos a cometer.

Sea lo primero, aceptar que cuando dimos el Grito de Independencia por allá en 1810, no teníamos ninguna propuesta concreta de qué hacer con la presumida independencia alcanzada, y como era obvio, la Monarquía nos cogió con los calzones en la mano, y en medio de 6 años de “Patria Boba”, nos reconquistaron Sámano y Morillo, y nos dejaron peor de como estábamos.

Esto sirvió para que Bolívar iniciara la Campaña Libertadora, respaldada en su propia cosmovisión y después de derrotas y victorias, logramos la tan anhelada Independencia el 7 de agosto de 1819, fecha en la que se hicieron evidentes las posturas divergentes de Bolívar y Santander, de cómo organizar la nueva República, lo que nos impidió tener un proyecto nacional único que nos sirviera de punto de partida, hecho que, entre otras cosas, no ha sido superado hasta el presente.

Otro hecho frustrante es haber tenido en estos 200 años cerca de docena y media de Constituciones Políticas, sin que ninguna haya podido cimentar las bases de convivencia y de ciudadanía que se requieren para poder vivir en comunidad.

El hecho de que hayamos tenido caudillos más que verdaderos líderes, es una circunstancia frustrante y desafortunada.

La pérdida de Panamá y de cerca de 300.000 kilómetros cuadrados de territorio nacional con los vecinos, en este período, producto de la acción, de la omisión o de la corruptela, es otro hecho que no solo resulta frustrante, sino, además, imperdonable.

Nuestra relación consuetudinariamente sumisa hacia los Estados Unidos es otra actitud frustrante y vergonzosa.

El hecho de tener registrados 63 conflictos entre internos y externos en estos 200 años, habla muy mal y por sí solo, de nuestro espíritu pendenciero y proclive al conflicto.

El no haber podido construir en estos 200 años una cultura de la paz, de la tolerancia, de la equidad, de la solidaridad, de la justicia y de la previsión, es un hecho que habla muy mal del inadecuadamente llamado sistema educativo colombiano.

Los varios intentos fallidos por lograr la paz, con todos sus costos colaterales, son una realidad histórica frustrante que nos alerta sobre el futuro del proceso que en la actualidad queremos consolidar.

El haber tratado de integrarnos económica y comercialmente con los vecinos con proyectos incompletos o fallidos como la ALALC, el Pacto Andino, el ALCA, entre otros, es otro elemento de frustración.

La muerte de millones de compatriotas producto de las luchas internas y el asesinato casi sistemático de personajes ilustres, han privado a Colombia de un importante patrimonio humano, llenándonos de rabia, impotencia y frustración.

El aborto del Mundial de Fútbol de 1986, las especulaciones de Belisario con su tradicional retórica y/o verborrea alrededor de la hipotética ciudad llanera de Marandúa, comparable solamente con la Ciudad Atlante, habla a las claras de nuestros sueños fallidos y de cómo una frustración va seguida de otra frustración.

Obras que superan por cronograma a la construcción de las pirámides egipcias como la reconstrucción de los ferrocarriles, el Túnel de la Línea, la carretera Buenaventura-Bogotá, la recuperación de la navegabilidad del río Magdalena, la terminación de la carretera Marginal de la Selva, por solo mencionar algunas, nos hacen incrédulos con respecto a cronogramas y presupuestos que nunca se cumplen y que dejan muy mal paradas a las instituciones de educación superior que venden programas alrededor del diseño y la gerencia de proyectos.

A lo anterior hay que sumarle la corruptela y la corrupción creciente que nos ha acompañado durante toda nuestra vida republicana, haciendo que ya casi la veamos como un hecho normal en el quehacer de la administración de los recursos públicos y privados. ¡Qué gran frustración!

La falta de conciencia geográfica e histórica, el abandono tradicional de la Colombia insular, del Chocó, de la Guajira y de los anteriormente denominados Territorios Nacionales, es otro gran estigma de frustración.

No haber podido erradicar la aftosa, no cuidar el agua, ni los páramos, ni los bosques, ni  las selvas, ni a nuestros niños, es el complemento final de nuestra histórica cadena de frustraciones.

Ojalá este bicentenario nos sirva para reflexionar y para enderezar el rumbo.