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martes, 7 de mayo de 2024

Marchas simbólicas

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan González Carvajal

Gran expectativa generó en su momento las convocatorias por parte de la oposición al Gobierno y por parte de los amigos de este, a la realización de marchas en contra y a favor del estado de cosas.

La primera, celebrada el 21 de abril, y la segunda el 1 de mayo, “coincidencialmente”, en la celebración del Día del Trabajo.

Hay que reconocer que, en términos de convocatoria, ambas fueron exitosas. La primera, llenó de triunfalismo a sus organizadores y marchantes, lo cual obligó al Gobierno a esforzarse para que la propia no fuera inferior, para lo cual, hábilmente, la hizo coincidir con los desfiles tradicionales del Día del Trabajo.

Esta vez, hay que reconocerlo, fue una expresión civilizada, donde la gente marchó en paz y expresó libremente su opinión.

Sin embargo, queda flotando en el ambiente un fuerte aroma de división y de polarización, lo cual ha demostrado históricamente que es inconveniente.

No por esto podemos caer en la tentación de convertir la expresión libre de la gente en un “reality”, donde hay competencias, premios y castigos para quienes llenen o no llenen las plazas o lugares de encuentro tradicionales, a sabiendas de que, finalmente, la verdadera expresión de favorabilidad o no a un Gobierno se da en las urnas, cuando se respalde o no su propuesta de gobierno y se apoye o no a los candidatos que defienden cada postura.

Les corresponde a los opositores al Gobierno unirse alrededor de un programa y un candidato único si quieren tener opción de ganar. Un programa que responda a aquello que hoy genera controversia y un candidato que encarne las expectativas y los anhelos de sus seguidores y no alguno que aparezca por descarte y por el que finalmente se vota, pensando en votar en contra del candidato del otro lado.

Si esto no se hace, el fracaso está anunciado y sentenciado, y las marchas de descontento, no dejarán de ser un recuerdo y una anécdota.

Por su parte al Gobierno en ejercicio le corresponde ejecutar su Plan de Desarrollo, lograr la armonía con los otros poderes públicos, buscar la unión nacional, evitar a toda costa ser protagonista de diferentes tipos de escándalos y ser implacable en la lucha contra la corrupción.

De no hacerlo, se frustrará su ideal político, incrementará la incertidumbre ante todos los públicos de interés, se afectarán todos los indicadores sociales y económicos, y echará por la borda el proyecto progresista que dice encarnar.

Habría que analizar en profundidad cuál es la verdadera estrategia del Gobierno, si unir o polarizar, si ejecutar o especular, si gobernar o pelear.

Lo que es claro es que lo que debe estar siempre por encima de cualquier aspiración personal, de movimientos, de partidos o de grupos, son los altos intereses de la nación.

Quien no lo entienda y no lo asuma así, será un conspirador y un traidor a la patria, y ahí es donde veremos efectivamente, los marchantes de lado y lado, de qué están hechos y a qué le están apostando.

Mención especial merecen las estrategias comunicacionales de amigos y enemigos del Gobierno y del propio Gobierno.

Yo personalmente soy enemigo que se gobierne a punta de Twitter y de redes sociales.

Los principales medios de comunicación privados en Colombia pertenecen a 4 dueños y el Gobierno controla los canales y medios oficiales, como es apenas normal.

Para que los medios de comunicación sigan conservando su categoría de “cuarto poder” y de verdad sean respetados y acatados por su sintonía natural, que no se conviertan en esclavos del “rating” y sean sobre todo preservadores y promotores de la democracia, deben brillar por su profesionalismo, su objetividad y su transparencia.

Movilizar es más fácil que gobernar.

Proponer es más fácil que ejecutar.

Criticar es más fácil que hacer.

La historia reciente nos muestra cómo hemos llegado a este estado de cosas. Es un momento histórico para de verdad medir el calibre y la calidad de aquellos que se consideran como líderes. Repetir la historia es un suicidio y una forma de entender, de una vez por todas, que estamos huérfanos de líderes y que la patria tendrá que transitar por caminos llenos de sombras y de relativas incertidumbres.

¡Todo por Colombia, nada contra Colombia!

lunes, 20 de febrero de 2023

Editorial: las marchas y otros asuntos

Por Antonio Montoya H.

En su editorial de la semana, el doctor Antonio Montoya H., habla del resultado de las marchas en pro y en contra de las reformas de Gustavo Petro; rechaza el comportamiento de quienes dañaron, durante estas, la réplica de la Paloma de la Paz y menciona con reproche el ultimátum de nuestro presidente si sus reformas no son aprobadas. Opina sobre el rechazo de los líderes de Perú a la injerencia de nuestro presidente, en las decisiones que dicho país han tomado y del nombramiento de Sebastián Guanumen como cónsul en Chile. También hace una reflexión sobre las decisiones tomadas por el alcalde de Medellín con respecto al cerramiento de la Plaza Botero y, finalmente expresa su deseo de que en las elecciones regionales podamos cambiar el rumbo que está tomando el país. No dejes de verlo.


sábado, 12 de noviembre de 2022

El sentido de las marchas en Colombia

Luis Alfonso García Carmona
Por: Epicteto, el opinador

“Dinos, Epicteto, cuál es tu opinión sobre las marchas de protesta contra el gobierno en Colombia, ¿se deben suspender antes de que los manifestantes empiecen a cansarse, o deberían continuar?” La respuesta a la pregunta de mis habituales contertulios fue la siguiente:

Lo importante es buscar el verdadero sentido de la protesta. Existen suficientes razones para seguir protestando, empezando por el espurio origen de los elegidos dentro del proceso más fraudulento del que se tiene noticia en la historia del país. Lo que aún no nos explicamos es cómo ni el Gobierno anterior ni los jueces, ni los organismos de control, ni las autoridades electorales se dieron por enterados de las múltiples anomalías denunciadas y omitieron correctivos tan elementales como el de hacer reconteos de votos en los lugares donde se sospechaba la presencia de las prácticas fraudulentas.

De otro lado, han bastado 90 días, para que el país empiece a desmoronarse en todos los aspectos: el de la seguridad, pues ya es la criminalidad la que gobierna y cada vez es premiada con más impunidad; el de la economía con un dólar a $5.200, precio al que jamás había llegado; con una reforma tributaria que encarece el costo de vida para todos los colombianos y afecta hasta la canasta familiar; con una inflación que en lo que va corrido del año llega al 23%, la más alta en los últimos 23 años;  con la pérdida del 31% de los ingresos de cada colombiano;  con graves amenazas sobre el sistema de salud, uno de los mejores del continente; y cada día, nos trae una nueva razón para la protesta.

Pero el sentido que le debemos imprimir a la protesta no es el de humillarnos ante la adversidad, sentir angustia, desesperación o apatía por lo que nos ha tocado vivir. En una palabra, no actuemos como las víctimas que conducen como un rebaño hacia el matadero.

En un estupendo video nos transmite ese gran colombiano que se llama Andrés Felipe Arias la siguiente frase de Viktor Frankl: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.

Allí está la verdadera respuesta. No esperemos que el gobierno de Petro caiga porque salgamos a protestar. Tampoco nos hagamos la ilusión de que, por obra de sus equivocaciones, llegue a perder las próximas elecciones, pues ya está probado cómo manipula los resultados electorales. Si no podemos cambiar las cosas por esos medios, cambiemos nosotros mismos: Dejemos de comportarnos como víctimas y convirtámonos en sobrevivientes. Adoptemos una actitud serena, responsable y, sobre todo, inteligente, ante el desastre que envuelve a nuestro país.

¿Cuál es, entonces, esa actitud inteligente, de sobrevivientes, ante la necesidad de protestar? Demos sentido a las marchas. Deben tener como único objetivo el derrocamiento del gobierno comunista de Petro mediante la no violencia, la desobediencia civil y la no cooperación, tal como lo enseñó Gandhi cuando, con esas armas, derrotó al poderoso Imperio Británico.

¿Qué se requiere para lograr el objetivo? Tres cosas: 1) Que cambiemos nuestra actitud de víctimas por la de sobrevivientes, 2) Que organicemos a los marchantes. Basta con pedir a cada uno, empleando los medios electrónicos, su nombre, número de celular, actividad principal y municipio de residencia. De esta manera, los dirigentes de las marchas pueden saber con quiénes pueden contar y agrupar a cada uno de acuerdo con sus vínculos naturales, el municipio y su actividad personal. 3) Que diseñemos la estrategia escalonada de las marchas hasta la paralización total del país y la asunción del poder por parte del pueblo, sin intermediarios políticos, representado por los comités previamente seleccionados a partir del municipio y de la actividad laboral.

Pensemos, con el nuevo sentido que debemos dar a nuestro destino, que podemos romper el aforismo vigente desde Maquiavelo hasta nuestros días, de “que la lucha política activa está circunscripta en su mayor parte a pequeñas minorías de hombres, y que los miembros de la mayoría son y seguirán siendo, suceda lo que suceda, gobernados”. (BURNHAM, James, Los Maquiavelistas, Emecé Editores, Buenos Aires, 1945, pag. 72)

viernes, 22 de marzo de 2019

De marchas y paros


Por José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón
Confieso que he estado tan absorbido en mis trabajos que no he podido hacerle un seguimiento y análisis más profundo a las razones de fondo que motivan las recurrentes marchas y paros que afectan nuestro país. Mejor dicho, se han vuelto ya tan comunes y frecuentes que prácticamente hacen parte de nuestro paisaje nacional. No sé si hoy día sigue pasando lo mismo en Buenos Aires, pero hace poco más de una década, me contaban allí que todos los días había una marcha, una huelga, un paro distinto.

De nuestras marchas y paros criollos sí me llama la atención que se vuelvan cíclicos y reiterativos, apelando a las mismas estrategias y metodologías. Ahora, nos afecta el bloqueo que los indígenas realizan a la vía Panamericana. Llevan ya varios días y no se visualiza solución pronta. ¿Qué es lo que reclaman? Repito, solo de oídas, entiendo que mayor atención a sus etnias. En la agenda se colocan otros temas, pero en el fondo se están buscando recursos económicos. Se exige, pero no se concede, dadas las vías de hecho, los actos violentos e incluso el asesinato de un policía, la presencia del Presidente. Eso me llama la atención también: con qué disposición, presteza y absoluta dedicación se fue a la frontera con Venezuela a llevar ayudas, estar con la gente, promover las marchas y tratar de introducirlas al vecino país, con los extranjeros, pero no de la misma manera con los propios. No entiendo en unos y otros sus actitudes. Me parece que ambos le “maman gallo” al país.

Y es que no puedo entender por qué cada cierto tiempo hay que marchar y hay que parar. Igual pasará pronto con los camioneros, igual pasa cada tiempo con el magisterio oficial, con gente de los juzgados, los pilotos, etc. Estos eventos hacen parte ya de la agenda del país. Lo saben ellos, lo saben los políticos de turno en el poder y lo padecemos el resto. La película es más o menos la misma en su libreto. Quizás los actores se vayan renovando un poco, pero el fenómeno es el mismo: se marcha, se para, hasta que se sientan a negociar, se hacen acuerdos, se firman, se levanta el paro y la protesta, hasta dentro de un tiempo, cuando se vuelve a parar y se argumenta lo mismo: de un lado, que no se cumplieron los acuerdos y, de otro, que estos movimientos son siempre insaciables y los manipula políticamente la guerrilla. Siempre es la misma historia. ¿Hasta cuándo?

Me parece que la protesta es un derecho. Creo que cuando hay condiciones injustas la gente no se puede callar. Y estoy convencido de que quien tiene la autoridad o poder confiado por ese mismo pueblo que lo eligió para el cargo, tiene la obligación de servir no a sus mezquinos y particulares intereses, sino a los intereses del bien común. Esas son las premisas neutras. Y las llamo así porque cuando uno va a ver, en realidad siempre hay intereses en juego, otro tipo de móviles. En el ya mentado caso de la frontera, por ejemplo, el interés no era la ayuda humanitaria. Por eso ni la ONU, ni la Cruz Roja, ni Caritas, se prestaron para el juego. El interés era netamente político contra Maduro. Y aunque era justo y razonable lo que se buscaba, el método y el disfraz que se usó, fue lo que no hizo prosperar el asunto. Así de simple.  En el caso de los pilotos, por ejemplo, si se hubieran limitado a pedir lo que realmente necesitaban, otra hubiera sido la historia. Pero estamos acostumbrados siempre a pedir más, para luego ceder o conceder rebajas. Necesitamos 30, pero pidamos 100 a ver si nos dan 50. ¿Ese es nuestro estilo, o no?

La legítima y justa protesta debe hacerse. Cuando los movimientos sindicales se vuelven voraces e insaciables, la buena causa se desvirtúa, pierde credibilidad, no encuentra el eco suficiente. Recuerden el caso de Colpuertos hace ya varias décadas y otras tantas empresas que fueron llevadas a la quiebra por querer tener todo y ofrecer poco o nada a cambio. Se quedaron sin el pan y sin el queso y perdimos todos como país.

Los dirigentes políticos en cargos del Estado deberían ser serios. Tienen que ser responsables con los bienes públicos que se les han confiado, pero no pueden ser ciegos ante las reales necesidades de sus interlocutores. Tampoco pueden ser irrespetuosos a la hora de negociar. Ese cuento de que con tal de quitarse el paro de encima, prometen y firman un montón de cosas que saben que después no se van a cumplir, es realmente un adefesio vergonzoso.

Como ciudadanos vale la pena estar más atentos a esto que nos pasa y afecta. Vale la pena indagar sobre los pliegos de petición, vale la pena fiscalizar el proceder de los funcionarios estatales. Vale la pena tomar posición frente a lo que pasa. Estas marchas y paros nos cuestan cientos y miles de millones. Entonces, ¿Qué es mejor? ¿Vivir eternamente en paros y marchas o buscar una gestión eficiente que con equidad y justicia, que realmente busque el bien común? Como ya sabemos la respuesta, trabajemos entonces por esa causa.