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jueves, 5 de mayo de 2022

En América Latina la amenaza no son los militares

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Ilicitud y estadísticas

La queja generalizada de todos los familiares de los mal llamados falsos positivos no es que los hayan asesinado, sino que limpien su nombre. “No era guerrillero”, es el clamor común de los dolientes. Entendible que en las mentes ciudadanas la ilegalidad, la ilegitimidad, no quepa dentro de su moralidad, prueba palmaria de la aversión que la mayoría de los padres y familiares siente por el narcoterrorismo. Terrible el asesinato a sangre fría de estos inocentes, pero, precisamente, de ahí surge la amplia simpatía de la opinión pública por nuestro ejército, a la cual cadenas tóxicas de información intentan contaminar. Nada solidarios los tales periodistas que presumen de objetividad y neutralidad.

Las estadísticas no solo revelan el momento como si se tratara de una foto, sino que también marcan tendencias, como en el caso de Invamer, que lleva varias décadas mostrando a Colombia como: a) un país cristiano y creyente; b) un país con profundo sentido patriota y afecto por sus militares y c) un país empresarial, de emprendimientos.

La semana anterior conocimos la encuesta trimestral Invamer (abril 27) que, una vez más, colocó en primer renglón a la Iglesia, con un 65,9 % de simpatía; en segundo lugar, a las fuerzas militares con un 63,1 %, y en el tercero a los empresarios con un 52,3 %. En la última línea de confiabilidad están el Congreso con un 32 % y los partidos políticos con un 29.2 % de aprobación. Las empresas financiadoras de la encuesta fueron Caracol Radio, Blu Radio y El Espectador.

Con esta marcada tendencia, ¿caben, entonces, propuestas que busquen cambiar la naturaleza confesional, occidental y de cultura capitalista como la de Colombia? A pesar de la miseria que nos ha dejado la pandemia, lo veo difícil. Mucho más ahora que la reciente renuncia del comisionado mayor retirado del ejército Carlos Guillermo Ospina, contaminó la supuesta verdad de la Comisión que lleva ese título y que es dirigida por un cura con simpatías por la izquierda.

América Latina, Perú y Venezuela

En América Latina “La amenaza no son los militares, sino el populismo” dijo Marta Lagos, directora de Corporación Latinobarómetro con sede en Providencia, Chile, en una charla en la Casa de América, en Madrid, el pasado 26 de abril. “Por un nuevo contrato social. Renovar la democracia para no dejar a nadie atrás”, fue el título de la conferencia en España, en la que participó la expositora. Nada refleja mejor el sentimiento de todos los colombianos, aunque “vivir sabroso” parece haberse convertido en el grito de batalla de la juventud 22, desconociendo lo que ese “paraíso” prometido ha significado para países como Venezuela, desgobernado por un populista indolente y altisonantes.

Vladimir Cerrón, neurocirujano y fundador del partido Perú Libre, al cual pertenece Castillo, lo ha dicho públicamente según un video que circula en redes. Penetrar y controlar las estructuras militares y policiales (patriotismo y fuerza), eclesiales (creencias y fe), magisteriales (“legalidad”) y burocráticas (administración y funcionalidad) son objetivos prioritarios del marxismo-leninismo. En ese país limítrofe, el ministro de Defensa, almirante retirado José Gavidia y los generales Arriola de la Policía Nacional (Dircote), Astudillo del Comando General de las FFMM y Zeballos, de la operación Chavín de Huantar, se han manifestado en contra de los pronunciamientos del ideólogo. En su comunicado, el mindefensa peruano ha dejado en claro que “…rechaza la más mínima insinuación que busque transgredir el rol constitucional de las Fuerzas Armadas, las cuales, sin ser deliberantes, están subordinadas al poder constitucional (…)” Dicha cartera, aclaró que intentar poseer el control sobre las FF. AA. va en contra de la Carta Magna, ya que es “irresponsable, fuera de lugar y atenta contra la institucionalidad de las mismas”. “Cada uno de los integrantes de las Fuerzas Armadas, (…) cumple a cabalidad la misión encomendada, con valor y sacrificio; por lo tanto, no se debe permitir que nadie intente mancillar su honor ni trate de confundir a la población sobre el rol que cumplen las instituciones armadas”, finaliza el pronunciamiento.

Qué falta que nos ha hecho un comunicado similar en el reciente incidente del general Zapateiro. De ahí surgen las especulaciones de un nuevo “ruido de sables” entre los militares colombianos, que alimenta la carátula de una popular revista. Con todo, y a pesar de la evidencia de miseria de los ciudadanos venezolanos pedigüeños en las calles de Colombia, la oposición generalizada a las propuestas del populista Petro será arrolladora en la primera vuelta.

jueves, 5 de agosto de 2021

Vigía: el caso del general Montoya

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Crudo asunto el de la guerra: siempre queremos que alguien nos defienda, vaya a la batalla, mate o muera, se unte las manos por nosotros y luego lo ignoramos cuando sus enemigos cobran venganza por la derrota infringida.

El caso del General Montoya, comandante del Ejército de Colombia durante los años 2006-2008, es emblemático de la condición de los militares en estas democracias de países en desarrollo.

Militar de escuela, soldado de tiempo completo, reconocido comandante militar y duro contendiente de las organizaciones narcoterroristas, ostenta a su haber operaciones que todo el país. Vale la pena recordar cómo la Orión rescató comunas nororientales de Medellín de las manos de las milicias farianas, la Meteoro que recuperó la posibilidad de viajar por carretera en el país y la clásica operación Jaque, caso de estudio en las principales academias militares del mundo. Como todo comandante militar exitoso, Montoya es odiado por unos, queridos por otros, criticado por muchos, pero indudablemente inolvidable para todos.

Sobre este oficial se descarga ahora toda la vindicta de la externa izquierda que no logró asaltar el poder a pesar de 60 inútiles años de desafueros. Y ha sido gracias a soldados como él que Colombia sostiene, con muchos problemas, claro, su democracia, su empresarismo, su libertad de prensa.

El asedio a Montoya por parte de la JEP y ahora de la fiscalía, es una advertencia intimidatoria a la institución armada, que contribuirá a la debacle del país, pues ante el crecimiento de las estructuras narcoterroristas en la región, difícilmente se encontrarán soldados y comandantes militares decididos que defiendan a Colombia. Y vendrá el desorden, las comunidades asumirán su autodefensa y retrocederá el país a la época del caos tribal.

A quienes desde la comodidad de sus escritorios burócratas apoyados en la línea ideológica y política diseñada desde Cuba, destrozan retóricamente al General, hay que recabarles su absoluta ignorancia en las realidades de la guerra, asuntos totalmente desteñidos en sus textos académicos y en sus teorías acomodaticias rebosadas de contextos ajenos a la realidad regional. No en vano, todos los países mantienen el fuero a sus militares, que en el país neogranadino desapareció debido a argucias politiqueras circunstanciales.

Atemorizados por fiscales y jueces que ni siquiera prestaron servicio militar, los soldados sostienen muy a su pesar una clase política errática y siguen arriesgando su vida por orden de la misma ley que los condena cuando ejercen la violencia legal y legítima del Estado que defienden. Claro que para la guerra hay normas, reglas, protocolos y que quien las viole debe responder. Pero lo de Montoya va más allá de la sanción a conductas ilegales. Es un golpe a la institucionalidad que, repito, con el ánimo de escarmiento, solo logrará debilitarla.

Sin soldados no hay Estado que garantice libertades y derechos. La JEP, la Comisión de la Verdad y ahora la Fiscalía, están destruyendo referentes militares, convirtiéndolos en demonizadas figuras de la institución que genera la mayor confianza de la ciudadanía. Un Ejército bicentenario al que, como al venezolano, no buscan destruir pues no hay reemplazo a la vista, pero sí doblegar y manejar a sus antojos.

Con el general Montoya, se repite la historia del Palacio de Justicia en donde los militares que cumplieron con su deber están encarcelados y los delincuentes que asaltaron y asesinaron a los magistrados, farandulean y gozan de los beneficios del Estado. Ahora los asesinos de la narcofarc son senadores y quien los combatió está siendo condenado, con el aplauso paroxístico de plateas adoloridas, amenazadas o compradas.

Los hechos son tozudos: no vemos la paz por ningún lado y, por el contrario, Colombia repite un nuevo ciclo de violencia que se está instaurando en el país y que se agravará con un nuevo gobierno peruano proclive a los narcoterroristas de Sendero Luminoso y el traslado de bandas criminales venezolanas desde la cota 905 de Caracas a la frontera. No habrá reconciliación y sí mucha repetición. “Es la guerra, estúpidos”, le diría a quienes en sus infantiles fantasías creen que condenando a sus soldados y ensalzando a los narcoterroristas violadores de derechos humanos, se logrará la paz. “Quien se humilla para evitar la guerra, termina humillado y con guerra”, dicen que dijo Churchill. Colombia no entendió este aforismo.

Demoliendo estatuas y destruyendo símbolos, terminaremos por perder la patria en democracia, ante la apatía de muchos, el desconcierto de todos y la sonrisa de los comunistas de siempre, los verdaderos y los imbéciles.

miércoles, 14 de abril de 2021

Taller único y aislado

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Transcribo el famosoTaller integrado que responde a la asignatura de ciencias sociales”, para alumnos de 9° grado (15 a 17 años) en Cali

(…)

Lee con atención y mucho espíritu de reflexión, los artículos que sobre el tema de los falsos positivos se han dejado en el Classroom de grado noveno. Debes hacer un trabajo de investigación de tu parte para complementar algunas preguntas y estar atento a las aclaraciones de las guías realizadas por la docente.

Taller

1.   En términos generales - y sin entrar aun en el tema del conflicto armado colombiano ¿Qué es un "falso positivo? De dos ejemplos.

2.   Ya entrando en el estudio del conflicto armado colombiano, ¿A qué se le conoce en el país como los "falsos positivos?

3.   ¿Quiénes fueron los encargados de planear, ordenar, ejecutar y llevar a cabo los falsos positivos? ¿Cómo funcionaba esta cadena de mando? ¿Cómo lograban que los soldados se sumaran tan fácilmente a cometer estos actos tan macabros?

4.   ¿Por qué es especialmente grave que el Ejército y el Gobierno colombianos estén implicados directamente en el tema de los falsos positivos?

5.   ¿Qué es la JEP y para qué fue creada?

6.   ¿Qué tiene que ver la JEP en el tema de los falsos positivos?

7.   ¿Cuál es la responsabilidad del expresidente Alvaro Uribe Vélez en el tema de los falsos positivos?

8.   Investiga quiénes son las Madres de Soacha y en qué ha consistido su lucha en relación al tema de los falsos positivos.

9.   ¿Por qué es tan necesario que se sepa la verdad de lo que pasó en el conflicto armado colombiano?

***

Después de leer este “taller” surgen algunas preguntas:

·         ¿Es este un taller único y aislado?

·         ¿En cuántos colegios del país se estudia con talleres de este sesgo?

·         ¿En cuáles otras asignaturas se trabaja con talleres de similar orientación?

·         ¿Quién redacta estos talleres?

·         ¿Qué documentos les dejó la docente a los alumnos en lo que ella llama “classroom”?

·         ¿Cómo debe responder el alumno para obtener una buena nota?

·         ¿Hasta dónde el docente es neutral?

·         ¿Qué preparación tienen los adolescentes para “investigar” y “concluir” sobre temas difíciles aun para estudiantes avanzados de ciencia política?

·         ¿Redacta,  propone y reparte Fecode materiales similares  para todo el bloque Sociales?

·         ¿Cuántos padres de familia conocen el contenido de los talleres, cuántos están en capacidad de analizarlos y qué pueden hacer para cambiarlos?

***

¡Pero como aquí dizque no hay “indoctrinación” sino “investigación”!

***

¡Oh, oh, Antonio Gramsci…!

jueves, 11 de marzo de 2021

Vigía: de bananos (1928) a coca (2021): proyectos binacionales

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Oportunamente advertida por el Dr. Fernando Vargas Quemba, la “patrasiada” de la JEP, discreta y sin difusión de la prensa fletada, mostró de nuevo la irresponsabilidad de ese émulo de tribunal revolucionario, diseñado por el secretario del Partido Comunista español. La Justicia Especial para la Paz, conjurada en Cuba y legalizada a punto de “mermelada” congresional y de magistrados veniales, nunca tendrá el nivel de legitimidad que requiere una corte para ser creíble y aceptada por la mayoría ciudadana.

El caso de los mal llamados “falsos positivos”, trae a la memoria el de la masacre de las bananeras de 1928, inflada artificiosamente por García Márquez porque, según sus palabras, En un libro en el que las cosas se magnifican, como ‘Cien años de soledad’, necesitaba llenar un tren de cadáveres. (...) No me podía ceñir a la realidad histórica. No podía decir que hubo tres, o siete o diecisiete muertos. No habría llenado un vagón. Entonces decidí lo de los 3.000 porque se ajustaba a la dimensión del libro que estaba escribiendo……”. Entonces, 47 muertos, resultado del enfrentamiento de 300 soldados, mal entrenados y equipados, contra unos tres mil manifestantes, se convirtió en un caballo de batalla de miles de cadáveres, con el cual la izquierdopatía estigmatiza al Ejército[1]. (1)

El sortilegio de las palabras del Nobel, es utilizada por una corriente de intelectualoides poseedores, dicen, de la mejor capacidad para reconstruir la historia, conveniente a sus intereses políticos. Y la mayoría de jóvenes, alienados por redes sociales, castrados de curiosidad investigativa, caen en la fantasía garciamarquiana incorporando a su pobre acervo argumental, el tal cuento de la masacre de las bananeras.

La JEP, siguiendo ese ejemplo fantasioso, con el auto 033 del 17 de febrero, triplicó por arte de birlibirloque, sin ningún fundamento investigativo, una nueva escandalosa cifra de “falsos positivos”. La prensa enemiga de la institución, por supuesto, durante varios días machacó las cifras; noticieros de televisión las ilustraron con descarnadas confesiones, impactantes imágenes, llantos de víctimas y toda la panoplia de argucias periodísticas usadas cuando se trata de atacar o defender una causa. Una semana después, ante los serios cuestionamientos procedentes de todas partes, la JEP, con el auto 040 del 03 de marzo, discretamente corrigió algunos “errores de digitación”, con cambios tan significativos como el de la Brigada 16 que de supuestas 7.279 muertes pasó a 275 y el Casanare que de 7.270 víctimas pasó a 270, entre otros. Claro que cualquier ejecución extrajudicial ocurrida en el marco de la violencia narcoterrorista, es execrable e inaceptable. Los militares confesos y condenados han demostrado su remordimiento y están pagando sus penas. Caso diferente al de los narcoterroristas farianos, cuyos cabecillas cínicamente se auto exculpan de responsabilidad individual, imputan al conflicto y sonríen triunfantes ante sus jueces compañeros de lucha.

Estas acciones jurídicas de la JEP, que caen en la mayor incredulidad y escepticismo de la opinión pública nacional, serán confirmadas por la Comisión de la Verdad, otro artificio político de cuño cubano, que establecerá la verdad histórica de la izquierda continental según la cual, los militares colombianos fueron los victimarios y los narcoterroristas de las FARC, los salvadores de un pueblo que vivía en dictadura.

Llama la atención cierto olorcillo similar entre lo de 1928 y lo de hoy, pues según lo relata Raúl Eduardo Mahecha, uno de los fundadores del Partido Revolucionario Socialista, miembro de la Internacional Comunista, que lideró la huelga que nos ocupa, una asamblea nacional del PSR en julio de ese mismo año, había aprobado una insurrección general a partir de la protesta bananera en Colombia, coordinada simultáneamente con un levantamiento contra el presidente Juan Vicente Gómez, alzamiento promovido por varias organizaciones políticas venezolanas, la Unión Patriótica, entre otras. Los carteles de las narcofarc y narcoeln, ahora desde Venezuela, buscan desestabilizar a Colombia con la ayuda de agentes extranjeros, como en aquel entonces.

El hombre de Aracataca, amiguísimo de Castro, en su obra cimera de 1967, convirtió la masacre de la bananera en un mito argumental, como en su momento lo fue otro texto muy citado por los posudos izquierdistas, “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano (1971). Otra falacia. El escritor uruguayo confesó en 2014 que “No sería capaz de leerlo de nuevo (su libro). Caería desmayado... (…) … intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”.[2]

“Realismo mágico”, como la estrafalaria realidad venezolana en donde el país más petrolero de la región se hunde en la peor hiperinflación del mundo, en hambre, inseguridad y represión, mientras la pandilla en el poder se inventó un “Ministerio de la Suprema Felicidad Social del Pueblo” que duró lo que durará el nuevo billete de millón de bolívares. “Gracias a Dios existe…” (el dólar) exclamó el recontra antimperialista y rocambolesco Maduro, mientras intentaba explicar cómo ponerse un tapabocas en la pantorrilla.



[1] Posada Carbó, E. (1998). La novela como historia: Cien años de soledad y las bananeras. Boletín Cultural Y Bibliográfico, 35(48), 3-19. Recuperado a partir de https://publicaciones.banrepcultural.org/index.php/boletin_cultural/article/view/1569

[2] “No volvería a leer “Las venas abiertas de América Latina”, El País, Marina Rossi, São Paulo 4 mayo 2014 - 20:37 EDT, https://elpais.com/cultura/2014/05/05/actualidad/1399248604_150153.html

sábado, 29 de febrero de 2020

Vigía: los titulares y Dabeiba

Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda (RA)
Idear titulares, titular, era una técnica para atraer la atención y llevar a la lectura del contenido de la noticia. En la avalancha actual de informaciones solo se leen titulares, que se han convertido en contenido en sí mismos. Crear opinión pública o tendencias en las redes y en los medios tradicionales a base de titulares, es una de las varias pérfidas técnicas que utilizan oscuros intereses para, entre otros objetivos, desinstitucionalizar del país.

Hace varias semanas los medios nos despertaron con los titulares, refritos, de una fosa común. En este caso estaba en el cementerio, sí, en el cementerio, de Dabeiba y era, según algunos vocingleros periodistas, un nuevo caso de “falsos positivos”, tal vez el mayor de la historia, cantinela reinventada en cada oportunidad. De nuevo, el Ejército pasó a la picota por cuenta de soldados que en la desacreditaba JEP denunciaron el entierro de inocentes campesinos supuestamente asesinados por militares.

Mas rápido de lo previsto, circuló en las redes la historia, comprobada, de los duros enfrentamientos entre el 18 y el 20 de octubre del 2000, de cinco narcocarteles de las FARC que atacaron el puesto de policía de Dabeiba asesinando al comandante y a un subintendente. Durante el arribo del apoyo del Ejército con el batallón de contraguerrillas 4 y tropas de la Cuarta Brigada, un helicóptero Black Hawk fue derribado pereciendo sus cuatro tripulantes y 22 uniformados. Al final, 54 soldados sacrificaron su vida. La experiencia enseña que los terroristas, a sus muertos, en este caso estimados en más de 60, por lo general los entierran en fosas comunes, o los abandonan en la huida. Algunos habilidosos quieren “a priori” cargar esos terroristas muertos en combate, a la siempre inflada cuenta de los mal llamados “falsos positivos”.

Sobre lo de Dabeiba, los titulares de un periódico de circulación nacional muestran el persistente amarillismo de algunos medios contra el Ejército. De “En Dabeiba JEP recuperó otros 37 cuerpos en caso de falsos positivos”, en menos de 24 horas el titular pasó a “JEP ha exhumado 54 cuerpos de posibles ´falsos positivos´ en Dabeiba” y de ahí al titular “La historia detrás de los 54 muertos hallados en Dabeiba”.

No importa que los muertos de esas fosas sean de las FARC: a punto de titulares se está creando una nueva verdad histórica para tratar de desacreditar a la institución en la que más confían los colombianos.