Fredy Angarita
Entre quienes tuvieron y quienes todavía esperan.
Hay calles que envejecen con la ciudad. Y hay otras que parecen envejecer antes que nosotros.
En mis recorridos por el centro de Medellín siempre termino pasando por el Pasaje La Bastilla, sobre la carrera 48, entre la avenida La Playa (calle 51) y Colombia (calle 50), y lo atravieso casi sin preguntarme qué ocurrió allí antes de que llegáramos nosotros.
Hoy uno encuentra libros, vendedores, loterías, cafés, gente que pasa con afán y hombres y mujeres que parecen haber aprendido a esperar. Esperar al cliente, esperar que alguien compre un libro, esperar una llamada, esperar, incluso, que un hijo pregunte cómo está uno.
Quizás por eso últimamente miro este pasaje de otra manera. Ya no solamente como un lugar del centro, sino como una especie de sala de espera de la vejez de Medellín. Hay hombres que llegan temprano y permanecen allí durante horas, mujeres que conversan con alguien que conocen desde hace años, rostros que uno vuelve a encontrar cada semana, como si la ciudad les hubiera asignado una silla.
Me retumba una pregunta que resulta más incómoda que la propia historia de la calle: ¿en qué momento una ciudad deja de cuidar a sus viejos y empieza simplemente a acostumbrarse a verlos?
Hace unos días vi a Juan, el mimo. Su rostro estaba pintado de blanco. Sobre cada mejilla tenía dibujada una lágrima. Sin embargo, Juan estaba animado. Feliz, incluso. Hablaba de lo que había conseguido, de las cosas que había podido hacer, de ese pequeño territorio que se ha construido a fuerza de permanecer en la calle.
Era extraño verlo. Un hombre disfrazado de tristeza que parecía estar más feliz que muchos de los que caminaban a su alrededor. Quizás esa sea una de las contradicciones del centro: uno puede pintarse dos lágrimas en la cara y, aun así, sentirse acompañado, mientras otros, con el rostro limpio y la ropa planchada, cargan una soledad que nadie alcanza a ver.
La Bastilla tiene algo de eso, porque antes de ser la calle de los libros y las loterías, fue un lugar donde Medellín se sentaba a conversar.
En 1919, Hipólito Londoño Mesa compró el establecimiento ubicado en el sector de Junín con La Playa y lo transformó en un café que en 1920 abrió sus puertas como Café La Bastilla. El nombre hacía referencia a La Bastilla de París, convertida en uno de los grandes símbolos de la Revolución Francesa.
La ironía es que la revolución de aquella Bastilla ocurrió en París. La de Medellín ocurrió alrededor de una taza de café. Aunque, para ser justos, también hubo aguardiente, cigarrillos, discusiones, política, literatura y muchas horas de conversación.
El lugar se convirtió en uno de los puntos de encuentro de la intelectualidad de Medellín. Por sus mesas pasaron Tomás Carrasquilla, León de Greiff, Efe Gómez, Ricardo Rendón y otros escritores, artistas y periodistas.
No sé si aquellos hombres alcanzaban a imaginar que, cien años después, alguien estaría caminando por el mismo sector tratando de entender qué había quedado de aquella ciudad.
Eran otros personajes, otros tiempos, otra Medellín.
Hoy la pregunta es quiénes son los nuevos personajes de La Bastilla.
Porque los muertos ilustres de la calle ya tienen nombre en los libros. Los nuevos personajes, en cambio, están sentados frente a nosotros y casi nadie escribe sobre ellos: el vendedor que lleva treinta años ofreciendo libros; el hombre que todos los días compra un café o un trago; la mujer que vende lotería y conoce de memoria los números de sus clientes; el viejo que espera una llamada de un hijo que hace semanas no llama; el hombre de las canas que todavía viene a conversar porque en su casa nadie conversa con él.
Al hablar con muchos de sus continuos visitantes, hay una palabra que aparece en el ambiente y que me llama mucho la atención. Una palabra que, además, encontré registrada en una crónica sobre el centro de Medellín: “Tuvo”.
A este sector también se le ha conocido como la calle del Tuvo.
El nombre no parece ser un invento reciente. Sus habitantes repetían historias de lo que alguna vez habían tenido: “yo tuve una casa”, “yo tuve una finca”, “yo tuve un carro”, “yo tuve una empresa”. La misma crónica describía cómo el lugar había cambiado desde los tiempos en que La Bastilla era frecuentada por comisionistas, oficinistas y banqueros.
Y entonces entendí algo.
La palabra no era solamente un tiempo verbal. Era una biografía. Tuvo. Una palabra que habla de lo que estuvo y ya no está. De la casa que se perdió, del negocio que cerró, de la familia que se fue, de los amigos que dejaron de llamar, de la vida que alguna vez parecía estar en otra parte.
Quizás por eso La Bastilla tiene algo de espejo. Porque si uno la mira con suficiente atención, no solamente encuentra personas mayores. Encuentra historias que alguna vez fueron distintas.
Y eso me hace pensar en la vejez.
No en la vejez como enfermedad ni como estadística, sino en esa otra vejez que se instala lentamente en una calle y que uno empieza a reconocer en las canas, en las conversaciones repetidas, en las manos quietas y en esa costumbre de permanecer.
Hay quienes llegan porque tienen algo que vender; otros, porque tienen algo que apostar; otros, porque tienen un libro. Y otros, quizá, porque no tienen otro lugar donde estar.
Tal vez por eso quiero escribir sobre la vejez de este pasaje, o sobre esa calle del Tuvo que aparece cuando uno comienza a conversar con quienes la habitan.
Porque mientras la ciudad sigue hablando de renovación, transformación, movilidad y espacio público, hay personas que solamente están intentando encontrar un lugar donde alguien las escuche.
Más que hablar de los cien años de la calle, quiero hacer una pregunta: ¿cuántos años tiene la soledad de quienes todavía vienen todos los días a ella? Y entonces la calle deja de ser solamente La Bastilla. Se convierte en una pregunta sobre nosotros. Porque una ciudad puede renovar sus calles, cambiar sus fachadas, llenar sus pasajes de libros y convertir sus viejos cafés en memoria. Pero hay algo que no se arregla con cemento.
La soledad no se pavimenta, la vejez no se remodela, y una llamada de un hijo no la puede hacer ninguna alcaldía. Quizás Medellín ha aprendido a atender muchas cosas. Lo que todavía no sabe es cómo atender esta tristeza.

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