El símbolo a. de C. se ha
entendido universalmente como “antes de Cristo”.
Sin embargo, para el continente
americano y especialmente para los territorios conquistados y colonizados por
España, esta expresión debería significar con toda la fuerza argumental, “antes
de Colón”, ya que nuestro proceso de descubrimiento, acontecimiento magno
del Renacimiento y experiencia asociada con el Humanismo y la Modernidad
occidental, significa más un punto de partida que un punto de continuidad entre
la historia Europea y los rastros culturales -que no historia-, de los grandes
pueblos hispano americanos: los Aztecas, los Mayas y los Incas.
Y es que la historia está,
quiérase que no, atada a los distintos tipos de escritura. Por eso algunos
historiadores sostienen que “La historia comienza allí donde los monumentos
empiezan a ser inteligibles, allí donde se nos ofrecen datos escritos dignos de
confianza”.
Nuestros pueblos ancestrales,
por omisión o por acciones vandálicas de los conquistadores y curas españoles,
no dejaron rastros escritos de su trasegar a través del tiempo por estas
latitudes.
Nuestro vacío histórico se ha
querido sobrellevar con la denominación de lo precolombino o lo que
significa, “lo existente antes de Colón”, lo que parece más un cuarto de
San Alejo lleno de leyendas, de ruinas, de relatos atemporales que no pueden
ser considerados como “datos históricos” formales.
Lamentablemente mientras Colón
llegaba por estas tierras, en Europa estaba cayendo, gracias al Renacimiento,
el antiguo modelo de la Edad Media y apenas aparecían los primeros destellos de
lo que se llamaría Humanismo, Ilustración y luego Modernidad, sin que hubiera
muerto del todo lo anterior y naciera del todo lo nuevo.
Como circunstancia retardataria
en términos de desarrollo conceptual, a estas nuevas tierras llegaban las
viejas ideas, consolidadas durante el proceso de la Colonia que siguió a la Conquista
y de ahí que a partir de un punto cronológico de arranque o de partida, el año 1492
-después de Cristo-, nosotros iniciáramos nuestra nueva o naciente historia
hace 500 años sin tener en cuenta los 3 o 4 mil años previos de la historia europea
u occidental.
En medio de las crisis
monárquicas europeas, de las nacientes repúblicas y del auge posterior de los nacionalismos,
en estas tierras el concepto de revolución se manejaba como un concepto
cotidiano que encerraba la postura moral de reemplazar a los poderes vigentes
por otros que tenían la razón en casi todo, y así sucesivamente hasta que el
conflicto y el uso de la fuerza comenzaron a ser parte de nuestro paisaje
natural, dando, si no origen, sí fuerza a nuestra violencia consuetudinaria y
endémica.
De todo esto quedaban referentes
como los siguientes: de Quito las catedrales de Santa Fe de Bogotá, las universidades
y, de Caracas, los cuarteles.
Liderazgos que defendían y se
respaldaban en posiciones religiosas dogmáticas, aniquilación moral del
contendor y supresión de los valores más elementales nos han acompañado desde
las guerras civiles fratricidas entre Centralistas y Descentralistas, entre caudillos
de partidos, entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, hasta llegar a
la generalización del fenómeno de la violencia fomentada por unos y luego
tratada de frenar por los mismos que la acrecentaron, pasando por un golpe
militar, abriéndole paso al Frente Nacional hasta llegar al desgaste máximo de
las ideologías y de los partidos políticos que decían enarbolarlas y
defenderlas.
Este año cumplo 69 años y desde
que estaba en la cuna no oigo hablar de otras cosas que de violencia,
conflictos, guerrillas, paramilitares, narcotraficantes, terrorismo, masacres, desplazamientos,
secuestros, extorsiones, asesinatos, magnicidios, genocidios, impunidad y
corrupción, por no mencionar sino algunos de nuestros más sonados males,
incorporándose recientemente el concepto de disidencias.
Resulta por lo menos
desalentador que en este momento histórico de la globalización y de la inteligencia
artificial que Colombia sea el único país de América que todavía esté hablando
de guerrilla y que el tema central de la contienda electoral que vivimos sea la
inseguridad, después de casi 200 años como república independiente (?).
Hay que ser muy ingenuo o
demasiado optimista para no considerar que estamos ante un proyecto de sociedad
fallido.
Sigamos entonces, tozudamente,
testarudamente, obcecadamente, persistentemente, empecinadamente, tesoneramente,
tercamente, obstinadamente, porfiadamente, insistentemente, remando contra
corriente hasta que nuestras fuerzas o nuestras ganas se extingan.
¡Todo por Colombia, nada
contra Colombia!
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