Fredy Angarita
“Una enfermedad sin tratamiento”
Estamos discutiendo por el mal servicio de salud. Nos
quejamos, levantamos la voz, decimos que Petro acabó con el sistema. Algunos
aseguran que éramos la envidia de Suramérica, que antes teníamos coberturas
cercanas al 90 % y que ahora apenas alcanzamos el 70 %.
Se habla de corrupción, de recursos perdidos, de acabar con
las EPS, de listas de espera y de la falta de atención.
El fin de semana, del 13 al 15 de junio, acompañé un tío a
urgencias. Pasé allí el sábado, el domingo y parte del lunes.
Sí comprobé algo que muchos dicen: el servicio es lento. Pero
también vi algo de lo que casi nadie habla: apenas los pacientes eran
atendidos, el personal de salud se mostraba amable, cordial y profundamente
humano.
Lo que realmente me dejó asombrado no fue la demora, fue la
soledad que encontré en esas salas.
Muchos de los pacientes llegaban solos, algunos eran
recibidos por los vigilantes.
—Señor(a), debe reclamar una ficha.
—¿Me presta la cédula?
—Lo van a llamar con este número. Apenas lo llamen, yo le
devuelvo el documento.
Imaginen por un momento estar enfermos y tener que
enfrentarlo todo solos. Entender indicaciones, hacer filas, esperar resultados,
escuchar diagnósticos.
Mientras Colombia discute sobre la salud, pocos parecen
notar la cantidad de adultos mayores que esperan solos en las salas de
urgencias.
Algunos recibían una llamada y, por un instante, parecía
que el celular era la única compañía que tenían. Otros, con la humildad que dan
los años, le decían al que está al otro lado del celular:
—Si me dicen algo, le aviso.
Y esa frase, tan simple, me produjo una tristeza difícil de
explicar.
No les pregunté por qué estaban solos. No sé si sus hijos
viven lejos, si ya no tienen familia o si simplemente nadie pudo acompañarlos.
Pero la enfermedad es uno de esos momentos en los que uno quisiera tener a
alguien al lado.
Después de este fin de semana admiro mucho más a quienes
trabajan en el sector salud. No porque puedan resolver todos los problemas del
sistema, sino porque, en muchos casos, eran las únicas personas que hacían
sentir acompañados a quienes estaban allí.
También me di cuenta de lo poco sensibles que nos hemos
vuelto. El dolor ajeno rara vez importa. Nos preocupa nuestro sufrimiento o el
de nuestros familiares, pero pocas veces miramos hacia el lado para
preguntarnos qué está viviendo la persona que espera en la silla de al lado.
Podemos pensar que no sabemos cómo reaccionará alguien ante
un gesto de ayuda. Pero tampoco podemos acostumbrarnos a ignorar el dolor de
los demás.
Muchos siguen discutiendo sobre el sistema de salud. Y
tienen razones para hacerlo.
Pero mientras debatimos sobre cifras, reformas y
responsables, hay personas enfermas esperando solas en una sala de urgencias.
Quizá esa sea una de las enfermedades más silenciosas de
nuestra época. La soledad. Y para esa, todavía no existe una EPS que entregue
tratamiento.

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