miércoles, 23 de septiembre de 2026

San Antonio: buscando al santo, encontrando la ciudad

Fredy Angarita

Hasta hace poco me di cuenta de algo que, después de tantos años caminando por el centro de Medellín, resulta casi increíble: en el mismo espacio existen una plaza y un parque. Y aunque para muchos todo sea simplemente el Parque de San Antonio, la historia cuenta algo diferente.

Inicialmente fue un parque alrededor de la iglesia de San Antonio de Padua, un lugar marcado por la devoción a un santo al que miles de personas buscan para pedir su intercesión ante Dios. San Antonio es conocido, sobre todo, como el santo al que se le pide ayuda para encontrar cosas perdidas. Pero la tradición popular fue mucho más allá de los objetos. También se le pide ayuda para encontrar aquello que se ha perdido en la vida: una pareja, un camino, una oportunidad, una respuesta o, simplemente, un poco de esperanza.

En la religiosidad popular también se le relaciona con
quienes buscan novio o matrimonio, con la protección de la familia y el hogar, con las necesidades económicas y materiales y con los momentos difíciles en los que uno necesita consuelo u orientación. No es extraño. San Antonio fue franciscano y dedicó buena parte de su vida a la predicación y a ayudar a personas necesitadas. Quizás por eso terminó convirtiéndose en un santo cercano a quienes buscan algo que no siempre saben cómo encontrar.

La construcción de la iglesia comenzó en 1874, por iniciativa del franciscano Fray Benjamín Masciantonio. Durante décadas, alrededor de ella se fue formando un sector de casas bajas, muchas de ellas construidas en tapia, acompañado de tiendas, graneros, cafés, panaderías, peluquerías y pequeños comercios. Era una parte viva del centro de Medellín. La iglesia servía como referencia religiosa, pero también como punto de encuentro y orientación para quienes habitaban o transitaban por el sector.[1]

Después llegó la modernización.

La construcción de la Avenida Oriental, iniciada en 1973, transformó profundamente esta zona del centro. Se demolieron edificaciones y se modificó una estructura urbana que durante décadas había crecido alrededor de calles, casas y pequeños negocios. La intención era modernizar y valorizar el centro de la ciudad, pero toda transformación urbana tiene un costo que no siempre aparece en los planos: también puede romper parte del tejido social que se construyó lentamente durante generaciones.

En los años siguientes, el sector sufrió deterioro urbano y social. Y resulta curioso pensar que el terreno donde posteriormente estaría el parque tuvo, durante un tiempo, un uso bastante alejado de la imagen que hoy tenemos de San Antonio: allí funcionó un cementerio de carros siniestrados y abandonados del Tránsito Municipal.[2]

A comienzos de los años noventa empezó a plantearse la recuperación urbana del sector. La Alcaldía adquirió terrenos y se promovió un proyecto para convertir este espacio en una zona pública que ayudara a recuperar el centro de Medellín. El proyecto se desarrolló durante los primeros años de esa década y el parque fue entregado en 1994.

Fue entonces cuando San Antonio empezó a convertirse en algo diferente.

La calle Amador divide dos espacios que, con el tiempo, terminaron formando parte de una misma imagen. Hacia el lado de la iglesia está la zona más arborizada, la que muchas personas identifican propiamente como el Parque de San Antonio. Hacia el sur está la gran explanada conocida como Plaza San Antonio, donde se encuentran las esculturas de Fernando Botero.

En la práctica, los nombres terminaron mezclándose y para buena parte de los habitantes todo el conjunto se convirtió, sencillamente, en San Antonio.

Y allí apareció El Pájaro.

Una enorme escultura de bronce que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos del lugar.

Pero Medellín tiene una manera particular de escribir su historia. A veces lo hace con arte. Otras veces, con violencia.

La noche del 10 de junio de 1995, mientras se realizaba un evento denominado “Yo soy Cartagena”, explotó una bomba colocada junto a la escultura de Botero. Las fuentes históricas presentan diferencias en el número exacto de víctimas según el momento y el registro consultado. El Centro de Patrimonio de Medellín registra 22 personas muertas y al menos cien heridas, mientras que otras fuentes de la época y posteriores manejan cifras diferentes.[3]

Lo que sí está documentado es que el explosivo contenía aproximadamente diez kilos de dinamita con metralla y había sido colocado en la estructura de la escultura.

La explosión destruyó El Pájaro. Botero decidió donar una nueva escultura, pero hizo una petición que convirtió la tragedia en memoria: la escultura destruida debía permanecer allí, junto a la nueva.

Dos pájaros. Uno nuevo y otro herido.

Uno representando la posibilidad de continuar y otro recordando aquello que no debía olvidarse. San Antonio no es solamente un lugar de paso. También es un lugar que recuerda. Pero la historia de los lugares no termina cuando se construye una plaza, se instala una escultura o se levanta una placa.

La ciudad sigue cambiando.

Hoy, cuando uno camina por los alrededores de San Antonio, encuentra una realidad muy diferente a la de aquella Medellín de casas bajas, tiendas de barrio y cafés. San Antonio tiene un olor particular. No uno solo, son muchos.

Hay momentos en los que huele a comida. Otros, a cerveza derramada, a grasa vieja, a humedad, hay rincones donde el aire trae el olor ácido de la orina y otros donde se mezcla con el perfume de una peluquería, el sudor de quienes bailan, el humo de la calle o el vapor de una olla, también están los residuos, la basura, las aguas estancadas y los lugares donde la limpieza parece no alcanzar. El olor pertenece al lugar, a sus residuos, a sus calles, a sus establecimientos, a su humedad, a la forma como se ocupa el espacio, a la falta o insuficiencia de limpieza en determinados puntos. Y quizás, incluso, a la manera como Medellín administra algunos de sus espacios públicos. Ya no huele solamente a parque. Huele a ciudad, y mientras el olor cambia, también cambia la ciudad. Eso es lo que más me interesa de este lugar.

San Antonio ya no pertenece únicamente a la Medellín que construyó la iglesia, ni a la que levantó las esculturas de Botero, ni a la que alguna vez vio amontonar carros abandonados en este terreno. Pertenece a quienes llegaron del Chocó. A quienes encontraron aquí un lugar para hablar como hablan en su tierra, escuchar su música, comer sus platos y celebrar a San Pacho cuando la fiesta ya terminó en Quibdó.

Especialmente en los alrededores de la plaza, se ha consolidado una importante presencia de población afrocolombiana, particularmente de personas provenientes del Chocó y de otras regiones del Pacífico.

Hay restaurantes, bares, peluquerías, cafés y establecimientos comerciales donde aparecen sabores, músicas, acentos y costumbres que vienen de este territorio.

Por la carrera 49 aparecen lugares como Rincón Chocuano #2, La Negra y su Sazón, Cocomar, Combinación, Morenas Color, Bruno Bar, Amareto, La Colonia y otros establecimientos que forman parte de esa nueva geografía comercial.

Por la carrera 46 aparecen también Suru's, Motivos VIP, Punto de la Torre, Buchanas Bar, Paraitos, Mix Licores, Café El solecito, Barra El Atrato, Yinyes y Epikós Mix.

Más allá de los nombres comerciales, lo interesante es lo que está ocurriendo alrededor.

La propia Alcaldía de Medellín, reconoce al Parque de San Antonio como uno de los lugares de encuentro de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras que llegan a Medellín. Eso me parece importante. Porque significa que San Antonio no solamente cambió físicamente. También cambió culturalmente.[4]

Para muchas personas provenientes del Chocó y del Pacífico, este lugar se convirtió en una especie de punto de encuentro con aquello que dejaron atrás. Aquí pueden escuchar su música, encontrar su comida, hablar con personas que comparten sus recuerdos y reproducir tradiciones que viajaron con ellos.

Una de ellas es San Pachito.

Cuando terminan las fiestas de San Pacho en Quibdó, parte de esa celebración continúa en Medellín. Las procesiones, los disfraces, la música y las manifestaciones culturales se trasladan a la ciudad para que quienes viven lejos de su territorio puedan mantener ese vínculo.

Entonces San Antonio adquiere otra dimensión, ya no es solamente el parque que nació alrededor de una iglesia, tampoco es únicamente la plaza de las esculturas de Botero. Es también un territorio de encuentro para una comunidad que llegó desde otro lugar y que encontró aquí una manera de seguir siendo, de alguna forma, parte de su tierra.

La plaza se convirtió en una pequeña frontera donde Medellín y el Chocó se encuentran, no una frontera dibujada en un mapa, sino una que se reconoce en los sonidos, en los cuerpos, en la comida, en los negocios.

Quizás por eso San Antonio me resulta tan interesante.

Porque uno puede llegar buscando a San Antonio de Padua, esperando encontrar algo perdido, y terminar encontrando otra cosa, un parque que nació alrededor de una iglesia y terminó convertido en punto de encuentro de muchas historias.

Al final de la tarde, cuando la iglesia queda en silencio y las luces comienzan a encenderse alrededor de la plaza, San Antonio parece otra vez un lugar distinto. El santo sigue allí, Los pájaros también. La gente conversa, alguien sirve una cerveza, desde algún negocio sale música del Pacífico y otros siguen llegando. Y mientras Medellín sigue cambiando alrededor de San Antonio, uno puede quedarse un momento mirando la plaza y pensar. uno cree que está buscando algo perdido, cuando en realidad está buscando un lugar donde sentirse encontrado.

martes, 22 de septiembre de 2026

De cara al porvenir: la Colombia fluvial

Pedro Juan González Carvajal
Pedro Juan Gonzalez Carvajal

Colombia: el país que le dio la espalda a sus ríos

Colombia no es un país de carreteras. Es un país de ríos. Y lo hemos olvidado. Tenemos una de las redes fluviales más densas del planeta, y al mismo tiempo una de las más subutilizadas. Ese es el inventario que hoy casi nadie conoce.

1. El inventario que no conocemos

De acuerdo con el Ministerio de Transporte, Cormagdalena y el Plan Maestro Fluvial, la red fluvial nacional tiene una extensión de 24 725 kilómetros.

De esos:

* 18 225 km son navegables al menos parte del año, el 74 % de la red.

* 7063 km son navegables de forma permanente por embarcaciones mayores.

* 6500 km no son navegables.

Distribuidos en 4 grandes intendencias fluviales:

* Orinoco: 6736 km navegables.

* Amazonas: 5642 km navegables.

* Atrato: 3077 km navegables.

* Magdalena: 2770 km navegables.

Colombia tiene 22 ríos principales y 26 ríos formalmente navegables, entre ellos el Magdalena (1538 km), Cauca (1350 km), Meta, Guaviare, Putumayo (1600 km navegables, el más usado en la Amazonia), Caquetá, Atrato y San Juan.

Sin embargo, hoy menos del 1 % de la carga nacional se mueve por río. En 2014 fueron 300 millones de toneladas movidas por todos los modos en el país: eso es lo que mueve el Mississippi en 2,5 días y el Rin en 4 días. El carretero mueve el 73 %, el férreo el 26 %.

Mientras tanto, más de 2 millones de personas dependen del transporte fluvial, muchas de forma exclusiva, y pagando una logística 5 a 10 veces más cara que en el centro del país.

Como dijo en su momento la ministra de Transporte en el Rivercity Global Forum 2025 en Montería: “Tradicionalmente lo que hemos hecho es abandonar la Colombia antigua. Olvidamos que somos un país de ríos. Los ríos siguen sin ser protagonistas de nada”.

2. El potencial desperdiciado para conectar el centro con la periferia

El río Magdalena solo tiene capacidad para mover 530 millones de toneladas de carga al año. Un solo convoy fluvial de un remolcador más 6 barcazas mueven 7200 toneladas, equivalente a 240 tractomulas, con fletes 30 % a 40 % más baratos y 20 millones de toneladas menos de CO2 al año.

Ese es el modelo que necesitamos para romper el aislamiento estructural:

a. De autopistas de asfalto a hidrovías:

Entender los ríos como lo que son: autopistas naturales que requieren 5 veces menos inversión que una carretera. El plan actual del Gobierno prevé 500 000 millones de pesos para 105 muelles y 2,2 billones para 5 obras de mejoramiento fluvial.

b. Sistema intermodal real:

El Magdalena recorre 13 departamentos y 128 municipios, produce el 80 % del PIB, el 80 % de la población y el 70 % de la energía del país. Conectarlo con el río Meta es conectar Buenaventura (Pacífico) con Puerto Ordaz en Venezuela (Atlántico). Ese proyecto, valorado en 250 000 millones, permitiría mover 5 millones de toneladas/año entre dos océanos.

c) Tres acuapistas nacionales:

Ya identificadas por Invías:

- Pacífico: ríos Atrato y San Juan más los esteros del Cauca y Nariño.

- Orinoquia: ríos Meta, Orinoco y Guaviare.

- Amazonia: ríos Putumayo y Amazonas.

Con navegación satelital nocturna, se ahorra 30 % del tiempo de viaje. Hoy no se puede navegar de noche, las embarcaciones son obsoletas y la infraestructura portuaria es pésima.

Detonar el desarrollo no es hacer más carreteras hacia Bogotá. Es llevar Bogotá hacia los ríos.

3. Los ríos fronterizos: nuestra frontera líquida se está muriendo

Colombia comparte más de 3000 km de ríos fronterizos y todos están en riesgo.

Con Venezuela: Orinoco, Meta, Guaviare, Arauca, Atabapo.

La cuenca del Orinoco es la más extensa y la más deteriorada. Los estudios de WWF (World Wide Fund for Nature) muestran que las peores condiciones están en Alto y Medio Meta, Alto Guaviare, Arauca y Casanare por pérdida de cobertura natural, deforestación y minería para infraestructura petrolera. En el Vichada, la cuenca del Bita, sitio Ramsar más grande del país con 824 500 hectáreas, se mantiene 95 % intacto, pero ya sufre sobrepesca y tráfico ilícito.

Con Ecuador y Perú: Putumayo y Amazonas

Aquí hay dos amenazas: contaminación y pérdida del río.

La Procuraduría alertó en 2024 por contaminación por mercurio en 10 departamentos, incluidos Putumayo, Amazonas y Guainía, por minería ilegal. En el Caquetá, Putumayo y Vaupés, el mercurio y el cianuro ya se transmite por leche materna en comunidades indígenas.

Y la más grave: El Amazonas se está yendo de Colombia. Desde 1993, el Laboratorio de Hidráulica de la UNAL advirtió que 70 % del caudal fluía por el canal peruano y solo 30 % por el colombiano. Hoy ese 30 % cayó a 19,5 %. Si no hay dragado binacional y espolones sumergidos, Leticia dejará de ser ciudad ribereña. Esa es la raíz del conflicto actual por la isla Santa Rosa / Chinería con Perú: el río cambió, no la frontera.

La recomendación de los investigadores es clara: “Este no es un río solo de Colombia ni de Perú, es compartido, y toda intervención requiere diálogo y coordinación entre los dos países”.

Con Panamá: Atrato

Declarado sujeto de derechos por la Corte Constitucional, pero con intoxicación por mercurio comprobada en comunidades aledañas y sin plan de restablecimiento de cauce ejecutado.

Conclusión: ¿qué hacer?

1. Declarar las hidrovías como infraestructura nacional estratégica, igual que las 4G. Con mantenimiento y dragado permanente.

2. Intermodalidad obligatoria: todo puerto marítimo (Cartagena, Barranquilla, Buenaventura, Tumaco, Puerto Antioquia) debe tener conexión fluvial y férrea. No más modelo solo camión.

3. Gobernanza binacional fluvial: tratados operativos con Venezuela, Perú, Ecuador y Brasil para dragado conjunto, control de mercurio y monitoreo hidrometeorológico. Sin eso, perderemos Leticia y el Amazonas.

4. Flota y puertos verdes: modernizar barcazas, 32 inspecciones fluviales y navegación nocturna satelital.

Colombia tiene 24 700 km de autopistas líquidas gratuitas que ya hizo la naturaleza. Seguir dándoles la espalda cuesta más que recuperarlas: nos cuesta la conexión entre la Colombia andina y la Colombia profunda, y nos cuesta la soberanía misma en nuestras fronteras.

Los ríos secundarios o afluentes en Colombia son aquellos que desembocan en las grandes corrientes principales. Destacan importantes afluentes de las cuencas del Magdalena, el Cauca, el Orinoco y el Amazonas y la vertiente Pacífica. fundamentales para la red hídrica del país descrita por el Ministerio de Ambiente.

Afluentes del Río Magdalena y Cauca

* Río Nechí: Recorre Antioquia y desemboca en el río Cauca.

* Río La Vieja: Fluye entre Quindío y Valle del Cauca, tributario del Cauca.

* Río San Juan de Micay: Ubicado en la región pacífica / suroccidental.

* Río Bogotá: Afluente importante del Magdalena en su alto - medio curso.

* Río Sogamoso: Formado por la unión del Suárez y el Chicamocha, desemboca en el Magdalena.

* Río Saldaña: Nace en la cordillera Central y alimenta al Magdalena en el Tolima.

* Río Sinú.

* Río San Jorge.

* Río Nechí.

* Río Nare.

* Río Porce.

Afluentes de la Orinoquia y Amazonia

* Río Guaviare: uno de los ríos más largos del país, afluente directo del Orinoco.

* Río Meta: arteria principal de los Llanos Orientales que vierte sus aguas al Orinoco.

* Río Vichada: fluye por la Orinoquía antes de unirse al Orinoco.

* Río Apaporis: importante afluente del río Caquetá en la zona amazónica.

* Río Caguán: recorre el Caquetá y desemboca en el río Caquetá principal.

Afluentes de la vertiente pacífica

* Río Patía.

* Río Mira.

* Río Baudó.

* Río San Juan.

Desde hace ya varios decenios, el doctor Mariano Ospina Hernández propuso y diseñó la integración fluvial de Suramérica, proyecto explorado desde Humboldt, Chandless, Paul y Constantin Georgescu y Luis Cincinato Bollo.

Iniciativas que deberían servir de detonante a un gran proceso de integración subcontinental.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Editorial: sucesos de la semana No. 163


En este nuevo capítulo de “Sucesos de la Semana”, Antonio Montoya H. analiza algunas de las noticias nacionales e internacionales que marcan la actualidad, desde el debate sobre el futuro de la JEP y la situación de los pasaportes en Colombia, hasta las dificultades fiscales que enfrenta el nuevo Gobierno y los cuestionamientos por presuntas irregularidades en la administración anterior. También aborda el acercamiento de Canadá a la Unión Europea ante sus diferencias con Estados Unidos. Los invitamos a ver este nuevo capítulo de “Sucesos de la Semana” en El Pensamiento al Aire.

Vamos para Croacia

Andrés de Bedout Jaramillo
Andrés de Bedout Jaramillo

Cuando mi esposa y mis hijos decidieron que este año viajaríamos a Croacia, lo primero que se me vino a la cabeza fue el recuerdo del conflicto entre Serbia y Croacia. También pensé en la curiosidad de que allí se inventó la corbata. Qué viaje tan raro, pensé. Lo mejor es dejarlos organizar el paseo familiar a su antojo, como siempre; yo me dejo llevar y termino disfrutándolo al máximo.

Las fechas que debía tener presentes eran claras: partida el 21 de agosto y regreso el 6 de septiembre. El resto lo iría entendiendo en el viaje mismo.

Inicialmente estaba decidido: iríamos al aeropuerto en el Tesla y lo dejaríamos en el parqueadero hasta el regreso, como siempre. Lo cargué al 90%, temeroso de que en 17 días se descargara. Procedí a desactivar todas las funciones que mis nietos le tienen activadas, incluida la del centinela, que consume mucha energía grabando y transmitiendo todo lo que ocurre alrededor. Pero la que manda en casa decidió que usaríamos transporte al aeropuerto.

Nos tocó un conductor jubilado de la Policía Nacional, buen conversador y lleno de anécdotas de su trasegar como conductor de una de las dos camionetas blindadas que transportan personalidades. Entre ellas, precandidatos y candidatos a la presidencia. Nos contó que trasladó a Abelardo en varias visitas a Medellín. Lo describió como alguien siempre preocupado por su equipo de seguridad, pendiente de su alimentación y bienestar. También nos relató que el jefe de seguridad de Abelardo es un expolicía al que defendió de acusaciones de falsos positivos: Carlos, el hombre de confianza. Fue un servicio de transporte cargado de historias.

En el Aeropuerto José María Córdova los trámites fueron increíblemente rápidos: pasabordos y tiquetes para las maletas en las máquinas, migración con identificación facial y pasabordo electrónico. Todo de última tecnología.

Abordamos un Dreamliner de Avianca hacia Madrid: 9 horas de vuelo nocturno, muy suave. La comida regular, el desayuno bueno, los baños limpios. Los espacios, eso sí, estrechos, cuesta acomodarse para dormir. La solución: pagar un sobrecosto importante para viajar en primera clase, en puesto estilo cama. Algún día será.

El viaje me dio un poco duro porque el día anterior, con el grupo de Los Jubilosos, subimos al cerro El Capiro: terreno empinado, puro cardio, unos 9 kilómetros en 3 horas de subidas y bajadas pronunciadas. Con descansos cortos para recuperar el aire y conversar de todo. Un remedio para el cuerpo y el alma. Me impresionó cómo uno de los compañeros consulta todo a la IA para controvertir cualquier cosa que se diga. Mejor dicho, camina y consulta, hasta que se tropiece por una loma de esas. Yo quedé desbaratado, me dolía hasta el pelo. Ese molimiento hizo más duro mantener la posición durante las 9 horas de vuelo, con solo dos levantadas para estirar y usar el baño. Aun así, logré dormir unas 3 horas efectivas.

En Madrid, inmigración y trámites fueron fáciles y rápidos, excepto la exagerada demora en la entrega de las maletas. El bus del hotel contratado previamente nos recogió. Algunos llegamos fundidos y nos quedamos en el hotel dispuestos a dormir entre las 7 p.m. y las 3 a.m., pues el transporte al aeropuerto debía ser a las 4 a.m. Fue difícil aprovechar esas 8 horas de sueño programado; con el jet lag, apenas se durmieron unas 4 horas.

Muy puntuales a las 4 a.m. abordamos la buseta, nos registramos en las máquinas de Iberia, entregamos maletas, hicimos migración y pasamos a la sala VIP: variado desayuno con cereales, frutas, panes, quesos, jamones, jugos y café. Intenté estrenar una tarjeta Visa de Bancolombia, sin cuota de manejo, que supuestamente servía para todas las salas VIP del mundo. Resultó que no. Menos mal doña Martha no me dejó cancelar la MasterCard, que sí tiene cuota de manejo pero es efectiva en todas las salas VIP.

En el grupo familiar está Atenas, nuestra nieta, que quiere correr por todas partes con su morral terciado, hablando sin parar. Afortunadamente lleva un localizador satelital prendido a su ropa. Añoramos a Cristóbal y Emiliano, nos hacen mucha falta; quisiéramos tenerlos aquí. Otra vez será.

Acabamos de despegar rumbo a Zagreb, Croacia. Son las 7:29 a.m. hora local, llegaremos hacia las 9:30 a.m. El aeropuerto es muy grande, aparentemente nuevo, y bastante solitario. En este momento estamos alquilando el carro, o mejor, la buseta que nos llevará por todo el recorrido en este país tan curioso.

La otra Cali

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

La Cali bella, modelo de civismo y comportamiento ciudadano que conocí por allá en 1977, ha cambiado mucho. Todavía en 1993 cuando comencé a vivir en la Sultana del Valle por dos años seguía siendo una ciudad modelo en muchos aspectos, aunque ya los cinturones de miseria concentrados principalmente por los lados de Siloé y el distrito de Aguablanca eran muy fuertes. El estallido social, años después, causó estragos y la urbe quedó medio destruída. Cuando estaba recuperándose de nuevo, sobreviene el terremoto dejando a su paso una ola de muertes, destrucccion y afectaciones no solo económicas sino también psicológicas. La gente quedó paniqueada.

Decidí hacer mi primera visita como director de Fe y Alegría a esta región porque también fue la más afectada por el movimiento telúrico. Tres personas directamente relacionadas con nosotros perdieron la vida y varias de nuestras infraestructuras sufrieron daños de consideración. Tenía que venir no solo a saludar y presentarme sino, también y, sobre todo, a agradecer lo que nuestro equipo de trabajo realiza allí y a expresar nuestra solidaridad y cercanía.

Desde temprana hora comencé a visitar nuestros centros y vaya sorpresa conmigo mismo al visitar Casa Freire, un antiguo colegio que ahora alberga 32 muchachos de todo el país que han sido arrebatados de las garras de la guerra y que aquí están protegidos, estudiando y entrenándose como potenciales jugadores del fútbol profesional. Al verlos no pude contener el llanto. ¡Qué bella es Fe y Alegría!, cuánto bien se hace con iniciativas cómo estas, sorprendente el compromiso radical de los equipos de trabajo, cuán hermosos todos esos niños de entre 2 y 5 años bajo el amparo del movimiento del corazoncito, qué alegría contagiosa la de sus gentes. Visité el colegio Fray Luis Amigó con un equipo de dirección mínimo pero desbordado de carisma y afecto. También estuve en Las Palmeras y Santa Mónica dos hogares infantiles preciosos que atienden 400 niños.

La primera jornada concluyó en la sede de Madre Alberta, una edificación que nos fue confiada en comodato y que sufrió importantes afectaciones en sus techos y estructuras. Allí pude verme con el personal de todas las sedes alrededor de una eucaristía convocada para encomendar a nuestras víctimas del terremoto y otros seres queridos que fallecieron recientemente. Me sorprendió una señora que perdió a su esposo el día de la tragedia y también al P Javier Giraldo a quien considera como amigo muy especial de su casa. En su dolor fue conmovedor ver cómo consolaba a otra joven víctima. La solidaridad en medio del sufrimiento ha sido proverbial.

La segunda jornada fue más corta pero no menos impactante. Visitar la sede del que hasta 2018 fuese el colegio de La Pedregosa, entre la Buitrera y Polvorines, fue muy doloroso. Del otrora hermoso colegio no quedan sino ruinas, invasores aprovecharon que secretaría de educación no mandó más estudiantes para invadir el terreno, parcelarlo y engañar a la gente diciendo que Fe y Alegría estaba haciendo negocio. La gente enardecida acabó con todas las construcciones. Increíble. Luego estuve en las oficinas que tenemos en la plaza de Caicedo. Tres espacios excelentemente bien situados pero vacíos. Dónde trabajaran 14 personas hoy no va nadie. La regional pujante de antaño hoy está venida a menos. El infeliz discurso de que la educación contratada es para privatizar la educación nos ha hecho un daño inimaginable. Nuestra organización concebida para apoyar la educación pública en la mejora de su calidad está siendo aniquilada porque ya los corruptos que piden coimas, ya los gobiernos ideologizados no quieren que estemos ahí. Y la gente nos quiere, reclama nuestra presencia, desea que estemos allí.

Visitar la otra Cali fue la ocasión propicia para corroborar que este país no tiene más alternativa que educar bien a sus niños y jóvenes si quiere tener futuro promisorio. ¡Y hacerlo con los más pobres y vulnerables, todavía mejor! Fe y Alegría está para esa noble misión, pero vamos a necesitar de mucha ayuda para cumplir el propósito.

La dictadura de las redes sociales

Luis Alfonso García Carmona
Luis Alfonso García Carmona

La época moderna nos ha traído grandes avances que, sin lugar a duda, han simplificado nuestras vidas y facilitado actividades como la del comercio. Es el caso de las redes sociales.

No obstante, cabe advertir que el uso exagerado que ahora se hace de esta herramienta causa tremendos daños en quienes convierten las redes en elemento esencial y casi insustituible de su diario vivir. Al respecto, el Centro para las Adicciones, de Estados Unidos, dictaminó: “El uso adictivo de las redes sociales muestra muchas semejanzas con cualquier otro trastorno de abuso de sustancia”. Menciona, entre otras, la obsesión emocional y conductual en torno a ellas, el incremento del uso a lo largo del tiempo, la aparición de síntomas físicos de abstinencia y de conflicto cuando el usuario no puede acceder a ellas y el regreso a su uso intensivo después de un período de interrupción.

Todos somos testigos de las reuniones sociales o las citas de una pareja en un sitio público supuestamente para interactuar, en las que cada uno se pasa el tiempo chateando en su celular sin mirar siquiera a su contertulio. Más lamentable aún es el poder que las redes han llegado a ejercer sobre nuestros jóvenes. Desde una temprana edad se enganchan a las redes, las cuales influyen en sus mentes todavía en formación más que sus padres. Ya no interactúan ni con su familia ni con amigos de su edad como era habitual en nuestra infancia. No les interesa pasear por la ciudad o por el campo, salir a ver las colegialas, jugar fútbol hasta que oscurezca, y mucho menos, practicar un deporte, una actividad artística o social que le robe tiempo a sus horas de encadenamiento a las redes. Y en el hogar se acabaron los almuerzos y cenas con los padres y hermanos. Cada uno llega de estudiar a encerrarse con su celular o PC en su cuarto, especie de santuario donde no puede ser interrumpido.

Es, ni más ni menos, que una silenciosa dictadura que nos roba nuestros más valiosos tesoros, a saber:

a. Tu tiempo. No te permite cumplir a cabalidad con tus responsabilidades. Estás cautivado por lo que acaba de salir en las redes. Tampoco hay espacio para el tiempo libre que se necesita para cambiar de aire, descansar o dedicarte a lo que verdaderamente te puede hacer feliz.

b. Tu capacidad de decidir. El continuo bombardeo de información va mutando tus propios intereses y maneras de pensar para entronizar los que habitualmente recibes a través de las redes, las cuales se van apoderando de tu voluntad, tus gustos, tus tendencias y acabas decidiendo lo que a diario te piden que decidas. Te conviertes, sin querer ni enterarte, en un esclavo de las redes.

c. Tu identidad. Dejas de ser lo que eres pues las redes te imponen unos modelos de personas exitosas. Empiezas a imitarlas, a lucir como ellas, a modificar tus hábitos, a no creer en nada que no sea apropiado según el parámetro de las redes. Sientes que aún no eres feliz, pero sigues buscando con ansiedad en las redes sin detenerte a pensar que la felicidad no está en lo que adquieras o te ofrezcan sino en tu interior.

Socialmente también se evidencia el daño que causa el abuso de las redes sociales por parte de algunos de sus operadores:

a. El sucio negocio de la prostitución se vale de la atracción del dinero y de los placeres para supuestamente calmar las ansiedades de incautos internautas ofreciéndoles material pornográfico o difundiendo imaginarios negocios para convertirlos en víctimas del tráfico de personas.

b. La sustitución de valores espirituales y de la vigilancia familiar por la adicción a las redes lleva a miles de niñas aún en su etapa de adolescencia a ofrecer sus cuerpos virtualmente en una especie de repulsiva prostitución a distancia.

c. En Colombia, país signado por un polémico enfrentamiento de clases que pretende la toma del poder por parte de la izquierda radical mediante la utilización combinada de todas las formas de lucha, las redes sociales han jugado un papel preponderante difundiendo falsedades para estigmatizar a sus oponentes ideológicos y justificando los crímenes y desafueros cometidos por los representantes de la izquierda en el poder.

d. Ha llegado la maldad de algunos a utilizar las redes para motivar a los adolescentes en las zonas rurales a vincularse a las guerrillas para convertirlos en carne de cañón y escudos humanos conta la acción de las fuerzas del orden. Sabemos que más de 18000 menores han sido reclutados forzosamente, la mayor parte de los cuales han sido torturados y violentados sexualmente, según los testimonios de las víctimas sobrevivientes.

Como señala con claridad William Mulligan en su obra “Ser un estoico”:Si no asentamos nuestros cimientos sobre una filosofía moral, sea la que sea, acabamos viviendo a través de la cultura popular de las redes sociales”.

Concluyo con un llamado a los amables lectores para que iniciemos una tarea de responsabilidad frente a los hijos para evitar los daños que el abuso de las redes sociales pueda causar en su conducta y en su personalidad. Limitemos el tiempo y las aplicaciones que pueden utilizar. Vigilemos su uso del tiempo, procurando que lo dediquen a actividades formativas, no degenerativas. Demos ejemplo nosotros mismos, limitando el uso del celular aquello relacionado con nuestra profesión o que nos ayude a ser mejores cada día. Estoy seguro de que reaccionaríamos drásticamente contra alguno que pretendiera causar daño a nuestra mascota. ¿Por qué permitimos que desconocidos amparados en las redes sociales roben a nuestros hijos sus tesoros más preciados: su tiempo, su voluntad, su identidad, su felicidad?

jueves, 17 de septiembre de 2026

La vejez de La Bastilla

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Entre quienes tuvieron y quienes todavía esperan.

Hay calles que envejecen con la ciudad. Y hay otras que parecen envejecer antes que nosotros.

En mis recorridos por el centro de Medellín siempre termino pasando por el Pasaje La Bastilla, sobre la carrera 48, entre la avenida La Playa (calle 51) y Colombia (calle 50), y lo atravieso casi sin preguntarme qué ocurrió allí antes de que llegáramos nosotros.

Hoy uno encuentra libros, vendedores, loterías, cafés, gente que pasa con afán y hombres y mujeres que parecen haber aprendido a esperar. Esperar al cliente, esperar que alguien compre un libro, esperar una llamada, esperar, incluso, que un hijo pregunte cómo está uno.

Quizás por eso últimamente miro este pasaje de otra manera. Ya no solamente como un lugar del centro, sino como una especie de sala de espera de la vejez de Medellín. Hay hombres que llegan temprano y permanecen allí durante horas, mujeres que conversan con alguien que conocen desde hace años, rostros que uno vuelve a encontrar cada semana, como si la ciudad les hubiera asignado una silla.

Me retumba una pregunta que resulta más incómoda que la propia historia de la calle: ¿en qué momento una ciudad deja de cuidar a sus viejos y empieza simplemente a acostumbrarse a verlos?

Hace unos días vi a Juan, el mimo. Su rostro estaba pintado de blanco. Sobre cada mejilla tenía dibujada una lágrima. Sin embargo, Juan estaba animado. Feliz, incluso. Hablaba de lo que había conseguido, de las cosas que había podido hacer, de ese pequeño territorio que se ha construido a fuerza de permanecer en la calle.

Era extraño verlo. Un hombre disfrazado de tristeza que parecía estar más feliz que muchos de los que caminaban a su alrededor. Quizás esa sea una de las contradicciones del centro: uno puede pintarse dos lágrimas en la cara y, aun así, sentirse acompañado, mientras otros, con el rostro limpio y la ropa planchada, cargan una soledad que nadie alcanza a ver.

La Bastilla tiene algo de eso, porque antes de ser la calle de los libros y las loterías, fue un lugar donde Medellín se sentaba a conversar.

En 1919, Hipólito Londoño Mesa compró el establecimiento ubicado en el sector de Junín con La Playa y lo transformó en un café que en 1920 abrió sus puertas como Café La Bastilla. El nombre hacía referencia a La Bastilla de París, convertida en uno de los grandes símbolos de la Revolución Francesa.

La ironía es que la revolución de aquella Bastilla ocurrió en París. La de Medellín ocurrió alrededor de una taza de café. Aunque, para ser justos, también hubo aguardiente, cigarrillos, discusiones, política, literatura y muchas horas de conversación.

El lugar se convirtió en uno de los puntos de encuentro de la intelectualidad de Medellín. Por sus mesas pasaron Tomás Carrasquilla, León de Greiff, Efe Gómez, Ricardo Rendón y otros escritores, artistas y periodistas.

No sé si aquellos hombres alcanzaban a imaginar que, cien años después, alguien estaría caminando por el mismo sector tratando de entender qué había quedado de aquella ciudad.

Eran otros personajes, otros tiempos, otra Medellín.

Hoy la pregunta es quiénes son los nuevos personajes de La Bastilla.

Porque los muertos ilustres de la calle ya tienen nombre en los libros. Los nuevos personajes, en cambio, están sentados frente a nosotros y casi nadie escribe sobre ellos: el vendedor que lleva treinta años ofreciendo libros; el hombre que todos los días compra un café o un trago; la mujer que vende lotería y conoce de memoria los números de sus clientes; el viejo que espera una llamada de un hijo que hace semanas no llama; el hombre de las canas que todavía viene a conversar porque en su casa nadie conversa con él.

Al hablar con muchos de sus continuos visitantes, hay una palabra que aparece en el ambiente y que me llama mucho la atención. Una palabra que, además, encontré registrada en una crónica sobre el centro de Medellín: “Tuvo”.

A este sector también se le ha conocido como la calle del Tuvo.

El nombre no parece ser un invento reciente. Sus habitantes repetían historias de lo que alguna vez habían tenido: “yo tuve una casa”, “yo tuve una finca”, “yo tuve un carro”, “yo tuve una empresa”. La misma crónica describía cómo el lugar había cambiado desde los tiempos en que La Bastilla era frecuentada por comisionistas, oficinistas y banqueros.

Y entonces entendí algo.

La palabra no era solamente un tiempo verbal. Era una biografía. Tuvo. Una palabra que habla de lo que estuvo y ya no está. De la casa que se perdió, del negocio que cerró, de la familia que se fue, de los amigos que dejaron de llamar, de la vida que alguna vez parecía estar en otra parte.

Quizás por eso La Bastilla tiene algo de espejo. Porque si uno la mira con suficiente atención, no solamente encuentra personas mayores. Encuentra historias que alguna vez fueron distintas.

Y eso me hace pensar en la vejez.

No en la vejez como enfermedad ni como estadística, sino en esa otra vejez que se instala lentamente en una calle y que uno empieza a reconocer en las canas, en las conversaciones repetidas, en las manos quietas y en esa costumbre de permanecer.

Hay quienes llegan porque tienen algo que vender; otros, porque tienen algo que apostar; otros, porque tienen un libro. Y otros, quizá, porque no tienen otro lugar donde estar.

Tal vez por eso quiero escribir sobre la vejez de este pasaje, o sobre esa calle del Tuvo que aparece cuando uno comienza a conversar con quienes la habitan.

Porque mientras la ciudad sigue hablando de renovación, transformación, movilidad y espacio público, hay personas que solamente están intentando encontrar un lugar donde alguien las escuche.

Más que hablar de los cien años de la calle, quiero hacer una pregunta: ¿cuántos años tiene la soledad de quienes todavía vienen todos los días a ella? Y entonces la calle deja de ser solamente La Bastilla. Se convierte en una pregunta sobre nosotros. Porque una ciudad puede renovar sus calles, cambiar sus fachadas, llenar sus pasajes de libros y convertir sus viejos cafés en memoria. Pero hay algo que no se arregla con cemento.

La soledad no se pavimenta, la vejez no se remodela, y una llamada de un hijo no la puede hacer ninguna alcaldía. Quizás Medellín ha aprendido a atender muchas cosas. Lo que todavía no sabe es cómo atender esta tristeza.