José Leonardo Rincón, S. J.
Así
vivamos muchos años, a la hora de la verdad la vida es corta, por eso nos han
enseñado que hay que vivirla a plenitud disfrutando cada instante. El famoso “¡carpe
diem!” que tantas veces he mencionado aquí.
Esa
vida, si se puede decir de esta manera, está dividida por etapas: la niñez, la
adolescencia, la juventud… cuando hablamos a nivel etareo, o por épocas: de
formación, laboral, jubilación… Todo tiene un comienzo y tiene un fin. Cada una
de esas etapas también tiene sus propios momentos, fragmentos de tiempo, ciclos.
Como alguna vez me lo dijo Alba Liliana, una amiga, psicóloga ella, esos ciclos
hay que abrirlos, pero también hay que cerrarlos bien. O como nos lo dijera
tantas veces el maestro Julio Jiménez, a propósito del arte de orar: hay que
saber comenzar y saber terminar. Las cosas hay que hacerlas, saberlas hacer y
hacerlas bien. Nada más satisfactorio que concluir una misión con alegría, con
la frente en alto y con la satisfacción del deber cumplido.
A
propósito, por estos días, siento que están concluyendo dos ciclos muy
importantes en mi vida: la pascua de mi madre cerró el ciclo de su vida física y
abrió el de su incursión en la vida eterna, dos planos existenciales
cualitativamente valiosos ambos, también muy diferentes pues cambia nuestra
manera de relacionarnos sin que se pierda la esencia. Y en estas dos últimas
semanas he estado realizando el empalme en el que ha sido mi trabajo estos ocho
años y cuatro meses como administrador provincial. Tiempo laboral, tiempo de
servicio, tareas retadoras en múltiples frentes, problemas por resolver todos
los días, por suerte rodeado de un muy buen equipo.
Coincidieron
cronológicamente los dos. Y ya sabemos que los tiempos de Dios son perfectos. Él
sabe cómo hace sus cosas y en qué momento las presenta. Así lo he sentido y
vivido como hombre de fe. Viene ahora un breve receso para el descanso,
necesaria ocasión para rehacerse, poner al día asuntos pendientes, reencaucharse
espiritualmente, ordenar la casa interior… y en medio de la expectativa por lo que
pueda venir, ponerse en las manos de Dios, disponerse con apertura y
generosidad frente a la nueva misión, con sus nuevos retos.
Me
siento bendecido en esta coyuntura. Muy rodeado, arropado, apoyado, querido,
por muchos. Alguien me lo dijo con afecto y firmeza: se cosecha de lo que se ha
sembrado. Entonces me sereno y acepto que he querido hacer las cosas honestamente
buscando lo mejor para todos, con sincero afecto, tratando de hacerlas con la
excelencia que inspira nuestro magis ignaciano. “El Señor ha estado grande
con nosotros y estamos alegres”. Solo hay gratitud humilde. Lo que Dios
quiera. Siempre será lo mejor y más conveniente no solo para uno sino para
todos. Esa convicción vuelve a tranquilizarme. Estamos en las manos de Dios,
ese es nuestro consuelo y también nuestra esperanza.
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