Fredy Angarita
He escuchado muchas veces una frase que dice: «Todo
tiempo pasado fue mejor». No estoy de acuerdo con ella, pero sí debo
confesar que el 2025 me dejó algo muy bueno: conocer de cerca una cosa que
durante años solo leía y que se quedaba en las hojas de la prensa.
Gracias a compartir con varias personas, llegué
de nuevo a la crónica y a algunos de sus referentes locales: Yamit Amat,
Patricia Nieto, Juan José Hoyos, Germán Díaz Sossa, Ernesto McCausland, Juan
Miguel Álvarez, Germán Guzmán Campos, Gabriel García Márquez y, personalmente,
con una gran sorpresa, Juan Gossaín. Algunos de ellos ni siquiera tienen
formación periodística.
El factor común en sus crónicas es la forma de
utilizar metáforas, colores, texturas y diálogos; una literatura que por
momentos parece ficción, sin dejar de lado lo más importante del género:
investigación, tiempo y personajes reales.
Hablan de los viandantes del común, de quienes
hacen lo extraordinario sin tener el reflector de los grandes medios. De vidas
mínimas que sostienen la ciudad sin saberlo.
Leerlos me hizo pensar en uno de los lugares
que más amo: el centro de mi ciudad, Medellín.
Quiero compartir entonces historias de sus
habitantes, de sus hábitos y costumbres, desde mi punto de vista. No soy
experto en el género, pero sí quiero enaltecer a las personas que hacen
extraordinario este lugar, porque sin ellas el centro no tendría vida.
Bienvenidos a esta nueva serie…
“Desde el centro,
anotaciones: Trebejistas[1]”
Si les nombro a Magnus Carlsen, Hikaru Nakamura, Fabiano Caruana, Cheverosky, Edison, Esteban, Luis, Miguelito, el Moteado, Garra o el Niño, se van a preguntar quiénes son. Con los tres primeros seguro obtenemos ayuda de internet; los demás son nombres del común, sin apellido, o solo un apodo: una costumbre muy cotidiana del parque.
Todos tienen algo en común: les gusta el
ajedrez. Los del parque no tienen millones de seguidores, ni libros escritos,
ni cuentas bancarias abultadas.
Comparten muchas de las mismas jugadas:
enroque, sacrificios, cambios, 2x1. El público. Los deportistas, llega
temprano. Apenas los encargados sacan las mesas y las sillas, muchos ya están
ahí. Llegan con el tablero enrollado en la maleta, algunas fichas de madera,
otras de plástico; algunos traen reloj digital. Muchos son jubilados, otros
pensionados —porque no todo jubilado es pensionado—.
Siempre encuentran rivales. Identifican rápido
a los más ávidos del juego y les dicen: —¿Jugamos? ¿Me da reina?
A medida que pasan las horas, van llegando más
deportistas. Uno de los jóvenes, ágil con la tecnología, pregunta: —¿La vuelta
al mundo?
Sin esperar mucho la respuesta, saca el celular
y abre la app Champion Swiss. Inscribe a los participantes y deja claras
las reglas: gana el que más victorias tenga después de los enfrentamientos;
también hay segundo puesto. Tiempo: tres minutos. Ya todos saben cuánto cuesta.
Hay otra regla que no depende de ellos: si
comienza a llover, se van para el cuarto piso de Comfama.
Cuando inicia el torneo, la agilidad de las
manos se vuelve protagonista. Golpean el reloj, mueven las fichas a una
velocidad que muchos no alcanzamos a entender. Entre los observadores se
escuchan comentarios:
—Uff, estás muy marrano.
—Salió bravo.
—¿Qué hizo?
—El que ganó, ganó.
De lo veloz del juego, muchos tumban fichas. De
inmediato se escucha:
—Sin trampas.
—¡Juez!
—Solo un golpe al reloj.
Como espectador, uno identifica rápido a los
habladores y a los callados.
Así transcurre el día. A las 5:30 p. m. el
parque empieza a encender las luces. Ellos saben que se acerca la hora de
terminar el torneo, porque entre 6:50 y 7:00 p. m. comienzan a recoger mesas y
sillas.
Después de terminar el o los torneos que
alcanzaron a jugar, se escuchan conversaciones y una que otra broma:
—Le gané al campeón de San Ignacio.
—Le gané al profesor, y eso que juega ocho
horas diarias.
Entre chistes y risas comienzan a guardar las
fichas en sus bolsas, a enrollar el tablero, a apagar y guardar el reloj.
Muchos se van con la ansiedad del día
siguiente, esperando volver al ruedo. Esta es su rutina, una rutina que se
rompe los domingos, cuando los encargados del parque no sacan mesas ni sillas.


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