José Leonardo Rincón, S. J.
Mucho
es lo que uno puede contar, así que me voy a detener en lo que más me ha
impactado.
Toda
esta primera semana ha estado enmarcada por la visita de León XIV a España.
Hemos coincidido los primeros seis días, tanto en Madrid como en Barcelona. La
afluencia de gente ha sido multitudinaria a todos los eventos programados. Lo
he visto a través de la tele en su total sobriedad y sencillez, pero calando
con su mensaje. Inéditos los 7 minutos de aplausos en el parlamento español
donde hubo para dar y convidar a unos y a otros, y todos quedaron contentos. He
visitado los mismos sitios por dónde iba a pasar o ya había pasado. Me ha
admirado la organización y pulcritud en todo. Finalmente, he estado cerca suyo
en la Sagrada Familia, esa majestuosa obra de arte diseñada por Gaudí y que se
ha tomado cien años en concluirse. Escribiré capítulo aparte.
Les
decía que me he movido en trenes todo el tiempo. Trenes de alta velocidad, los
normales y los metros. Excelente la red ferroviaria, precios razonables y
distancias largas que se acortan. Maravilloso.
En
Zaragoza me encontré con dos amigos de vieja data, Delvys, colombiano, que me
acogió en su apartamento y José Luis, aragonés. Ambos de mis tiempos de
trabajos en escuela católica. Ya había estado allí hace años, pero fue bueno ir
de nuevo al Pilar y concelebrar la eucaristía en tan bello santuario mariano.
Tarde me enteré de que la hija de Luis Guillermo trabaja allí. ¡A pocos metros
y no sabía! Conocer el edificio del antiguo seminario y enterarme de que fue
regentado por la Compañía hasta la supresión. Dos figuras que pasaron por allí
me emocionaron: Baltasar Gracian, reconocido hasta hoy por las escuelas de
administración del mundo entero y José Pignatelli el santo que ayudó a la
restauración de la Compañía. En su iglesia contigua supe que se ordenó José María
Escrivá y pude constatar el enorme influjo que la Obra tiene en Aragón y en derredores.
Admiré las instalaciones de nuestro colegio del Salvador y quedé fascinado por
la belleza de la ciudad. Mis dos desayunos fueron los tradicionales chocolates
con churros y volvería feliz al restaurante de sushi donde pude degustar todo
lo que quise gracias al “tenedor libre” (mensaje subliminal para ir con Félix).
En
Barcelona, en la estación de Sants, me esperaba mi maestro José Ma. Rambla,
jesuita catalán que fue mi instructor de Tercera Probación, a quien encontré
intacto en su apariencia y con admirable agilidad para los 92 primaveras que
tiene encima. Sobre la estadía con él también escribiré líneas aparte pues tuve
una “actualización” Ignaciana en mi sistema, que jocosamente llamamos Cuarta
Probación. Fue grato encontrarme con Diana Constanza, prima que reside y labora
allí desde hace dos años.
Así
las cosas, antes del capítulo de Valencia a Badajoz, les contaré entonces dos
apartados del primero: Baño de Ignacianidad / Gaudí fuera de serie. Lo haré en
estos días, de modo que no habrá que esperar hasta el viernes. ¡Hasta pronto!
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