Les quise mostrar solo un lugar de los muchos que tiene la
ciudad. El centro es, como me dijo alguien, “enigmático, bohemio, acogedor,
atrayente”.
Al caminar a diario por los mismos lugares, uno aprende a
ver y a escuchar lo que la mayoría no percibe. La idea principal de las cortas
crónicas que lo acompañaron fue esa: que vean y lo conozcan; que, si no les
gusta el centro, no sea motivo para no aprender a mirarlo y dejarnos asombrar.
“Desde el centro, anotaciones: trampantojo[1]”
Entre los siglos XVII y XIX se hizo frecuente una expresión en el arte que me gusta mucho: trampantojo, aunque su utilización se conoce desde la antigüedad clásica.
Se popularizó en la pintura de bodegones y cuadros de
caballete, buscando la máxima ilusión. Entre sus principales representantes se
encuentran William Michael Harnett, John Haberle, John Peto, Pere Borrell del
Caso y Louis Léopold Boilly.
En muchos casos se pintaban moscas con la intención de que
el mecenas o el espectador se llevara la impresión de estar viendo algo real en
el cuadro. La historia habla de muchos artistas que hicieron de esa técnica una
forma de sorprender con una realidad fingida.
Les hablo de esta técnica pictórica porque en el centro —más
exactamente en la plazoleta de San Ignacio— vemos la realidad. La mayoría la
ignora, no la quiere ver, o, si la ve, piensa que es un trampantojo:
algo que se ve real, pero no lo es.
En el centro hay cosas que ya no interrumpen. No porque
hayan desaparecido, sino porque aprendimos a rodearlas. El centro es experto en
eso: en hacer que todo encaje.
Los carretilleros que pregonan ofertas que muy pocos
escuchan. Las escobitas barriendo el mismo polvo que vuelve cada mañana. Los
policías mirando sus celulares con la tranquilidad de quien sabe que la escena
no cambiará. El habitante de calle que deja de ser sujeto y pasa a ser fondo.
La mirada aprende a bordearlo sin tocarlo.
El ruido ya no molesta. La realidad existe —violencia,
pobreza, control, cansancio—, pero se vuelve paisaje, se integra al decorado
cotidiano. Todo cumple su papel escenográfico. El engaño ya no está en la
imagen; está en la mirada entrenada para no detenerse.
El trampantojo ya no consiste en pintar lo que no
existe, sino en acostumbrarnos a lo que sí, el centro permanece ahí, sin
disfraz, somos nosotros quienes afinamos la mirada para que nada nos interrumpa,
la ciudad no engaña a los ojos.
[1] El trampantojo (de «trampa ante el ojo»,del francés trompe-l'œil, «engaña el ojo») es una técnica pictórica que intenta engañar a la vista jugando con el entorno arquitectónico (real o simulado), la perspectiva, el sombreado y otros efectos ópticos de fingimiento, consiguiendo una «realidad intensificada» o «sustitución de la realidad». También se utiliza para su referencia el término «ilusionismo»



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