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martes, 12 de marzo de 2024

De cara al porvenir: ¿dónde están los sociólogos?

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal

Se dice que Colombia es rico por su diversidad y por su multiculturalidad, lo cual nos ha generado enormes potencialidades y gravísimos problemas cuando queremos pretender mirarnos como sociedad y mucho más como nación.

Casi doscientos años sin saber instrumentar el concepto de independencia, un poco más de 60 guerras internas y externas como República, más de una docena de Constituciones Políticas, más de medio siglo de violencia interna declarada y varios decenios padeciendo el flagelo del narcotráfico han dado pie para que seamos o podamos ser vistos como un observatorio social donde todos los problemas, todas las complejidades y todas las inconsecuencias hacen parte de nuestro día a día, sin que hoy se vea con seriedad y sin que alguien esté estudiando, entendiendo y proponiendo nuevas formas de enfrentar la realidad, realidad que entre otras cosas nos está consumiendo como sociedad.

Un muy dilecto amigo me llama la atención sobre el papel actual de los sociólogos, lo cual da origen a la siguiente reflexión:

La sociología es la ciencia que trata de la estructura y el funcionamiento de las sociedades humanas.

El objetivo fundamental de la sociología es comprender, explicar y diagnosticar el entorno de la vida social en todas sus manifestaciones, utilizando una combinación de datos. Dicho conocimiento permite elaborar diagnósticos para la toma de decisiones.

Esta ciencia convoca a un extraordinario grupo de profesionales a que se deleiten esculcando lo que acontece en nuestro país, un país donde pasa de todo permanentemente y donde muchas veces por acción o por omisión son profesionales de otras disciplinas quienes se encargan de llenar los vacíos con buena intención, pero sin la suficiente preparación y sin el criterio propio de la sociología.

Hoy vemos como algunos periodistas son quienes, con una mayor visibilidad comunican, hablan, opinan y hasta proponen soluciones sobre temas que pertenecen a otras áreas de conocimiento.

¿Cuál universidad, cuál centro de estudios, cuál profesional se destaca hoy por estudiar y hacer planteamientos serios con respecto, por ejemplo, a este sinnúmero de temas y/o problemas que hoy nos aquejan como sociedad?

  • El conflicto de tierras.
  • Lo urbano versus lo rural.
  • El desplazamiento masivo urbano y rural.
  • La inmigración.
  • Las drogas y el consumo interno.
  • Los procesos de reinserción.
  • El problema carcelario.
  • La iniquidad educativa.
  • El incumplimiento al mandato constitucional de la descentralización y de la participación.
  • La crisis institucional y su pérdida de credibilidad y reconocimiento por parte de los ciudadanos.
  • La crisis de justicia.
  • La crisis educativa.
  • La universidad y su divorcio de la sociedad.
  • La inexistencia de una verdadera oposición.
  • La crisis de los partidos políticos.
  • El impacto de la tecnología en nuestro esquema productivo y sus implicaciones en lo laboral.
  • El futuro de la juventud.
  • La crisis de la familia tradicional.
  • La crisis de la democracia.

Toda área de conocimiento en la modernidad requiere de especialistas y requiere de trabajos multidisciplinarios.

Es necesario que la intelectualidad, los pensadores, los críticos y los analistas propongan y exhiban sus visiones y sus recomendaciones, ojalá con altura y dentro de un completo espíritu de tolerancia.

El arte de conversar está en crisis. Ante la ignorancia y la desinformación se fortalece el fanatismo y el caudillismo, sin que recordemos las nefastas consecuencias que ha tenido para la humanidad y para nuestro país, en diferentes momentos de la historia, es una situación que finalmente deviene en caos.

Es la hora no solamente de actuar como humanos de bien y ciudadanos civilizados, si no, además, de ser profesionalmente responsables.

Recordemos que el hombre analítico ve diferencias, mientras el hombre de talento ve relaciones.

lunes, 17 de febrero de 2020

Palabras de la vicepresidenta de Colombia

Por Antonio Montoya H.*

Antonio Montoya H.
Realmente es increíble, pero, todo, todo lo que dicen los funcionarios del gobierno, los empresarios, los ciudadanos del común se convierte en problema, en críticas, interpretaciones y obviamente en debate que dura toda la semana o hasta que surja algún tema espinoso en la opinión pública a través de los noticieros o los periodistas.

Conocimos del resultado horrible de la entrevista de la periodista de Semana, con el jefe de prensa del palacio, y luego, cuando se bajaron un poco los ánimos se lanzan en ristre contra la señora vicepresidenta de Colombia por decir que para las mujeres existen otras carreras profesionales diferentes a la psicología y sociología, que generan posiblemente más ingresos. Se abrió la discusión sin analizar el contexto de las palabras y lo que había en el fondo de lo expresado.

Considero que, si le damos una mirada tranquila a sus palabras, está diciendo: mujeres de Colombia, ustedes son capaces, inteligentes, y pueden aportar más aun a nuestro país estudiando fuera de esas carreras otras como ingenierías, que son valiosas, requeridas y pueden obtener más ingreso.
   
Nosotros los abogados, cada rato escuchamos que existen demasiados abogados, que se deben limitar tantas facultades de derecho, que no salgan promociones por lo menos en un determinado periodo, y esas palabras no son ofensivas, ni se pueden tomar como el inicio de una guerra contra esa profesión. Debemos analizar el contexto, mirar si en algunas partes del país se requieren tantas facultades y eso no es malo, es el resultado de una realidad e inquietud de buena fe.

No debemos olvidar que hoy la educación técnica y tecnológica es muy importante, requerimos de personas con conocimientos y habilidades en distintos artes que contribuyan a desarrollar las ciudades pequeñas, los municipios de nuestra tierra, que son 1.204 y que la mayoría de ellos desciende en su número de habitantes. Allí, en esos lugares, debemos tener profesiones que tengan un verdadero beneficio para esas regiones, es decir educar con pertinencia.

Nadie está en capacidad de descalificar profesiones, carreras profesionales o especializaciones, maestrías o doctorados, cada cual estudia lo que le nace. Ya pasaron aquellas épocas en las que los padres decidían a dedo qué estudiaba cada hijo, quién sería cura y quién monja, estamos en la época del libre discernimiento, pero ello no conlleva a que se impida dar opiniones, que buscan es hacer pensar y abrir horizontes.

Invito a que bajemos los ánimos, las discusiones sin sentido que generan rechazo, y se pierde el norte de lo que se quiere realmente decir porque se centra el debate en la forma y no en el fondo.

Ayudemos a debatir, a analizar el país y construirlo con una mirada positiva, no basados en el conflicto y la ofensa.

lunes, 30 de diciembre de 2019

Sobre una cierta manera de hacer historia


Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Conviene hablar sobre una cierta manera de escribir y enseñar la historia, que se ha puesto de moda en las últimas décadas.

En Colombia falta mucho por hacer y hay tanto qué corregir, como en todas partes, pero a las nuevas generaciones se les ha enseñado a considerar su patria como un país paupérrimo, explotado por el imperialismo, dominado por una clase opresora (oligarquía), que chupa la sangre del pueblo, mientras el “aparato represivo” mata, atropella y persigue. En esa óptica, la conquista española fue atroz, la religión católica, una imposición odiosa; la democracia representativa, una farsa; la historia patria, una mentira, y nuestros estadistas, unos asesinos.

También hay una escuela teológica que en el seminario ha sustituido, la teología por la sociología, la filosofía por la dialéctica, la ascética por la sexología y la liturgia por la música pop.

En una serie de “facultades” de historia se gradúan anualmente centenares de jóvenes cuya profesión será la enseñanza de la asignatura bajo los postulados anteriores.

Una docena de catedráticos nacionales y una caterva de “investigadores” extranjeros, producen regularmente libros cortados por la misma tijera. Con acopio de citas de pie de página se remiten unos a otros para repetir las mismas monsergas, en un lenguaje cargado de terminología abstrusa. Esa producción copiosa deja un sedimento de frustración en la juventud, de rechazo por las instituciones, generando un clima donde se justifica y exalta la violencia guerrillera, el terrorismo político, el secuestro extorsivo y todas las modalidades delictuales que se ponen al servicio de la “revolución”.

Desde luego, excluyo a escritores sin prejuicios políticos, como Roger Brew, Frank Safford y James Parsons, que han hecho contribuciones fundamentales para la debida comprensión de nuestra historia.

El triunfo, en dos palabras, de Gramsci, porque no sirve el poder si no se domina el pensamiento de las personas y la cultura de las naciones. En Colombia toda la enseñanza está confiscada por un profesorado inculturado en el marxismo, que sigue transmitiendo una ideología ya sepultada en los países que la padecieron por larguísimos años.

Cada día se sabe más de los increíbles extremos de violencia y terror que impusieron a sus pueblos Lenin y Stalin, de los incontables millones de muertos que exigió la creación del “hombre nuevo”, de la indecible miseria de la vida en los países donde desapareció el estado de derecho para ser sustituido por los abusos de una burocracia tan tiránica e incapaz como corrupta.

Sin embargo, en nuestra patria seguimos avanzando hacia las soluciones populistas que encontraron en el marxismoleninismo su más acabada realización.

De todas las falacias, repetidas mil veces por ignorancia o deliberadamente, la más perniciosa resulta ser la de que Colombia es un país violento. Los intelectuales marxistas han acuñado una expresión incongruente, “Cultura de la violencia”, para caracterizar al país, y se ha organizado una especialidad profesional, los “violentólogos”, para orientar a los colombianos.

Durante 500 años América del Sur ha sido el área más pacífica de la humanidad. Aquí no han sucedido guerras de religión como las que azotaron a Europa dos siglos. Nunca una discusión política originó el terror y la muerte que asolaron a Francia con su Revolución. Ningún Napoleón dejó el país sin juventud, llevando a los muchachos a morir por todo un continente. Ninguna revolución exterminó a los granjeros y mató de hambre un diezmo de la población. Ningún Hitler ha gobernado en nuestro continente.

Pero vienen los profesores extranjeros a dolerse de nuestra “violencia”, a magnificarla en sus cifras, analizándola en doctos estudios para que sintamos perpetua vergüenza.

No puede tolerarse la falsedad que pretende que nuestra historia ha sido solamente un baño de sangre. Al contrario, nuestra laboriosa gente ha realizado, apenas en cien años, una de las transformaciones económicas más grandes en la historia, con mínima violencia.

Por desgracia, los movimientos guerrilleros comunistas y los grupos terroristas urbanos, con la simpatía y la solidaridad de los nuevos historiadores de la inteligentsia criolla, son los agentes de una creciente violencia, que ha hecho mella pero no ha logrado detener nuestro progreso. La paz auténtica no se conseguirá doblegando el país para entregarlo a minorías fanáticas.

La componenda con la subversión jamás será paz, ni la verdadera historia podrá ser escrita por la fletada “comisión de la verdad”.