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miércoles, 17 de agosto de 2022

El fin del "Homo Sovieticus"

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín

Svetlana Alexandrovna Alexievich (1948), premio Nobel 2015, es una novelista y periodista bielorrusa cuyo libro, El fin del Homo Sovieticus (Barcelona: Acantilado; 2015), no dudo en recomendar como uno de los relatos más originales, no solo para quien aspire a considerar cómo se llegó a la era Putin.

Esta obra nos permite asomarnos a los inmensos sufrimientos que han padecido las gentes de lo que fue la URSS, sin cuya estimación no es posible comprender el horror del comunismo soviético, lo que costó dejarlo atrás, ni la posterior dictadura actual.

Aunque la crueldad de los zares ha sido exagerada mil veces por los relatos de la propaganda de sus sucesores, no puede negarse que la historia rusa repite una sucesión de gobiernos despóticos que hacen pensar que la democracia jamás podrá prosperar en los países que pertenecieron a ese imperio.

Un Iván el Terrible y un Pedro el Grande, sin embargo, al lado de Lenin, Trotski y Stalin, parecen mansas palomas; y en tiempos recientes, Kruschev, Bulganin y Andropov, a pesar de ser dictadores temibles, comparados con los primeros tiranos de la URSS han llegado a parecernos ancianos benévolos.

Algún personaje de la Alexievich nos dice que, en cinco años, en Rusia pasan muchas cosas, pero que en doscientos no pasa nada…, lo que nos hace pensar en la permanencia de los rasgos propios de su pueblo, signado siempre por la resignación fatalista ante un destino implacable, lleno de trabajo agotador y dura pobreza, iluminado todo ello por un sentido mesiánico y religioso, que lo purifica y lo convierte en futuro salvador de la humanidad.

Desde luego, el comunismo significó el martirio más aterrador para las incontables nacionalidades de la inmensa URSS, como puede verse a lo largo de todo este libro, muchas de cuyas páginas son tan estremecedoras como las de Solzhenitsin.

Al lado de ellas aparecen otras que tratan de la caída del socialismo. Este era igualitario y distributivo, aseguraba la pobreza colectiva y una existencia frugal y monótona. En cambio, la implantación de una economía de mercado —ajena tanto a su pasado reciente como al antiguo régimen precapitalista—, ocasionó enormes sufrimientos al pueblo mientras surgía, gracias a la corrupción oficial, el puñado de oligarcas que se adueñaron de casi todas las fábricas, bancos y grandes empresas del país. Al lado de inmensas fortunas, la gente padeció incontables rigores económicos, en medio de una pobreza generalizada, creciente indignación y cierta nostalgia por el socialismo, que incluía, en medio del caos y el desorden, hasta desear un nuevo Stalin.

Con la Perestroika, a partir de 1985, la euforia de la esperanza de un futuro de libertad y progreso, libre del terror permanente, pronto dio paso al desengaño a causa de la inflación provocada por las medidas draconianas para pasar en pocos meses del colectivismo extremo al capitalismo más duro. En 1982, la inflación de precios alcanzaba el 2600%, y la inseguridad callejera era aterradora.

Ese es el trasfondo del libro de Svetlana Alexievich, que da voz a centenares de historias admirablemente contadas de gentes sencillas, que a pesar de recordar los horrores del estalinismo —purgas, Gulag, brutalidad, delación—, siguen condicionadas por la indoctrinación a la que fueron sometidos desde la cuna hasta el sepulcro, que a muchos hace añorar el implacable “orden” de la URSS, mientras las mafias imponen el terror callejero, y el país, improvisando democracia, se desintegra hasta con guerras civiles como la de Chechenia.

A la nostalgia de los ancianos y de los incontables pobres se contrapone una juventud que no conoció el terror, desbocada en la búsqueda de una felicidad consumista, hedonista, frenética…

En fin, el prodigioso y terrible fresco, de 638 páginas, nos lleva hasta las puertas de la transformación que vendrá cuando Rusia se normalice económicamente dentro de una nueva estructura dictatorial. De ella tratará otro libro imprescindible, Los Hombres de Putin, de la inglesa Catherine Belton (Bogotá: Ariel-Planeta Colombiana; 2022), modelo de periodismo económico, bien lejos, por lo tanto, del primor literario y de la narración cautivante de Svetlana, mujer postsoviética que ha tenido que exiliarse en Berlín, perseguida por la dictadura vitalicia y siempre comunista de Lukashenko.

domingo, 13 de marzo de 2022

Una mano...

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.*

Lava la otra y las dos juntas lavan la cara, es una frase que enmarca una realidad vigente para cualquier lugar del mundo: en donde se encuentren más de dos personas, siempre existe la posibilidad de solucionar las dificultades que se presentan de manera conjunta, porque es posible que solos no lo logren y se tenga que desistir del esfuerzo, por ello el trabajo conjunto, solidario, teniendo un mismo objetivo es el que genera frutos, resultados.

Tenemos hoy alrededor nuestro, en el país y en el mundo, serios y graves problemas de convivencia, en los que en vez de verse en el horizonte soluciones, lo que se percibe es un crecimiento exponencial de los problemas que tarde que temprano afectaran a todos los habitantes, la calidad de vida, la tranquilidad ciudadana, la economía y posiblemente la seguridad interna y la mundial. Son días difíciles que requieren mucho análisis, ponderación y gran visión de futuro, pero sobre todo una convicción profunda de estar trabajando en el beneficio colectivo, que conlleve bienestar.

Hablar de Putin, Maduro, Ortega, Petro y otros más, no conduce a nada, son lideres negativos contrarios al logro de satisfacción de las necesidades humanas, piensan y tienen como objetivo un apetito voraz por  el poder, y hacen lo que sea para tenerlo y mantenerlo, desfalcando el erario público, matando, llevando a la cárcel a los opositores, iniciando guerras sin sentido, inyectando odio de clases, incitando a la violencia y diciendo mentiras por doquier, para simplemente perpetuarse en el cargo.

Los que creemos en la democracia, en el respeto por la vida, los que tenemos principios y valores, creemos que trabajando juntos y con el ejemplo podemos lograr resultados de crecimiento. Debemos unirnos bajo un solo ideal, el de la conservación de la sociedad, el de la unidad, el respeto y la tolerancia.

Me he quedado con la lágrima en la mano, escuchando al presidente de Ucrania, hablando del dolor, la muerte, de los ataques a civiles y a la infraestructura de ese país, que ha sido sin piedad, convirtiéndose en un verdadero genocidio. En minutos extermina a personas y familias enteras, inermes, que sin entender que ocurría buscaban refugio y fracasaron en su intento de huir de la invasión, solo encontraron la muerte. Mientras tanto el presidente de Ucrania implora por la solidaridad de Occidente; eso no puede ser, tiene que pararse esa guerra y juzgar a Putin por crímenes de lesa humanidad.

En Nicaragua pasa igual, muertos y detenidos que participaron en manifestaciones contra el gobierno, candidatos en la cárcel, robo en las elecciones, en fin, un panorama similar, pero a diferencia del anterior es una guerra interna.

Venezuela, no para la persecución, el miedo, el hambre, el terror. Todos huyen mientras un solo hombre con su familia y unos pocos aliados que controlan el ejército mantienen ese sistema putrefacto. Allí sí se requiere una actuación del mundo, pero no lo hacen por miedo a un conflicto generalizado.

Colombia, en el ojo del huracán, una sociedad y sistema de gobierno en riesgo, sin un propósito común, alejado de las posiciones que permitan acuerdos, con líderes que invitan a la convulsión social, alentada por un hombre que no oye, ni ve, que solo piensa en su objetivo, que ha cometido todo tipo de barbaridades y la juventud le copia, que está acompañado por personas que emanan únicamente revanchismo y atacan el sistema y no obstante se basan en la democracia  para lograr el poder y perpetuarse.

No soy nadie para convocar e invitar a los ciudadanos colombianos, pero me siento en la obligación moral de hacerlo, a que desde esta noche después de conocer los resultados electorales piensen seriamente en lo que se viene a continuación, en las elecciones presidenciales. Los invito a que por una vez y que sea el principio de un propósito común de unidad, de trabajo solidario y diario, evitemos la intromisión en nuestro país de doctrinas ajenas a la libertad, a la libre determinación de los ciudadanos, a pensar sin miedo, a expresar nuestras ideas con respeto por las de los otros, a convivir en paz, con un gobierno fuerte, proactivo y emprendedor, en el que las regiones tengan más autonomía, que el empleo, las oportunidades y la creación de empresa sea una alegría diaria. Ese es el país que invito a que promovamos, participemos de él y disfrutemos en armonía la cotidianidad de la vida. Se puede lograr, no es una utopía, si bajamos los ánimos lo lograremos. Les pido entonces reflexión.

viernes, 4 de marzo de 2022

La plaga de la guerra

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

En Colombia nunca hemos dicho formalmente que estamos en guerra, pero sí que hemos vivido en conflicto armado durante 70 años. Para quienes vivimos en las grandes o medianas ciudades ese problema se ha vuelto paisaje, es decir, un fenómeno con el que convivimos cotidianamente y que no nos afecta mayormente. En realidad, quienes lo padecen y sufren están en campos y veredas de zonas apartadas, de modo que estrictamente hablando no conocemos en verdad lo que son los rigores de la guerra. A lo sumo son emocionantes realidades de películas en sagas y series. Quizás y también por esa razón nos hemos insensibilizado al punto de que lo que está pasando es una noticia más o un evento que se reduce a chistes, caricaturas y memes. Grave cosa.

La guerra que por estos días se ha iniciado con la invasión rusa a Ucrania es muy delicada para la paz global y efectivamente puede desembocar en una catastrófica tercera guerra mundial. Eso no es chistoso.

Nos está pasando lo mismo que hace dos años exactos, por estos días, con la aparición del COVID-19: es un asunto de los chinos que por acá no llegará tan fácilmente. Y llegó y nos ha tenido contra las cuerdas, con devastadores efectos que hoy día nos golpean. Eso que pasa en el este de Europa es un problema no resuelto entre dos naciones de la antigua URSS que por aquí no nos compete. No es cierto. Ya nos está afectando (exportación de ganado, importación de fertilizantes, afectación en mercados bursátiles, por ejemplo), pero somos tan tercos y necios que no queremos ver lo que es evidente.

Estamos ad-portas de una guerra mundial. Eso es una desgracia indeseable que me hace recordar las famosas plagas que padeciera Egipto. Ya tuvimos la de la pandemia, ¿será que ahora debemos padecer una segunda plaga, la de la guerra?

Con eso no se juega y aquí jugamos. Cual perritos falderos ladramos protegidos bajo las patas del bulldog, amenazantes mostramos los dientes porque nos sentimos respaldados por el tío Sam. No podemos controlar la seguridad de nuestras calles y el orden público en los campos, pero consideramos la posibilidad de enviar un contingente al frente de batalla. Tenemos unos avioncitos viejos, pero alardeamos con el portaviones que fondea en nuestras costas. Anunciamos sanciones que resultan ridículas. Jugamos a ser grandes san bernardos y solo somos unos chihuahuas. Tontos.

Lo que pasa en Ucrania no puede pasar desapercibido. Lo que sufre su pueblo nos impactará tarde que temprano. Por eso, con Mercedes Sosa hay que volver a entonar: “solo le pido a Dios que la guerra no nos sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente…” ¡Dios nos coja confesados!