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miércoles, 19 de junio de 2024

Nuestro monstruo

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

Por desgracia, en la historia pesan mas los monstruos que los santos, los guerreros que los poetas y los demagogos que los estadistas.

Durante la pasada semana me he detenido a pensar en los monstruos históricos. Observo que la matanza y el genocidio, llevados a niveles superlativos en el siglo XX, han sido constantes en el relato de nuestro devenir, que en nuestro caso apenas se extiende a los hechos más conocidos, desde Grecia y Roma hasta la gran posguerra en la que vivimos. Hitler y Stalin, desde luego ocupan los primeros puestos como matones, porque es muy poco lo que sabemos de historia china, abundante, con seguridad, en episodios tan aterradores como los de Occidente y donde Mao no puede estar solo...

Recordamos especialmente los guerreros y las incontables víctimas de sus hazañas, descuidando otros engendros que han subyugado, envilecido, aterrorizado y martirizado sus propios pueblos, lo que nos obliga a evocar a Calígula, Nerón y Tiberio, y saltando sobre los siglos, a Enrique VIII e Isabel I, que separan a Inglaterra de la sede romana con la más aterradora crueldad. Oliver Cromwell y sus ironsides, que completan la anterior tragedia, antes de que lleguemos a los revolucionarios como Robespierre o Lenin, obcecados en crear, a través del terror, “hombres nuevos” sobre las ruinas de la civilización. Después del ruso la lista crece. Con solo entrecerrar los ojos desfilan Ho-chi min, Mao, todos los Kim, Ceaucescu, Ulbricht, Pol-Pot y Mugabe...

Lo sorprendente (y a mi juicio, afortunado) es que en ese macabro campeonato no figuran hispanoamericanos. El gran aspirante a monstruo en nuestro ámbito sería Fidel Castro, pero la estrechez de la isla limitó su acción letal. En cambio, concibió un plan continental horrísono, ahora a punto de engullir a Colombia. Chávez y Maduro no han sido grandes matones, pero sí los campeones mundiales en la expulsión de sus conciudadanos, que tuvieron que huir para no morir de hambre.

En fin, hasta la llegada de Petro al poder este país no podía exhibir un monstruo histórico. El que más se aproximó a esa categoría fue Pablo Escobar. Petro, en cambio, descuella tanto en lo civil como en lo militar. Es frío y obsesivo. Jamás olvida ni perdona. No se le conoce gesto amable, sonrisa o gracejo. No se ha conmovido con un poema o una canción y no hay rastro de benevolencia en su vida. Tampoco se le conocen momentos de agradable expansión y su huella literaria se reduce a la firma de una biografía mendaz.

Sin embargo, es el primer dictador que ha tenido Colombia, porque Tomás Cipriano de Mosquera acabó como un pintoresco loquito, y Rojas Pinilla, quien apenas trató de imitar a Perón, fue fácilmente derrocado por una combinación de paro patronal y consejos de monseñor Builes para no ocasionar matanzas.

En pocas semanas, Petro elimina los sistemas sanitario y pensional, y cuando le aprueben la reforma laboral habrá desaparecido en Colombia el modelo de libre empresa. Todo eso en dos años y sin violencia distinta a la de empalagar con astronómicas dosis de mermelada el número preciso de congresistas indignos e infames.

Degradar la salud pública de un país de 50 millones que tenían adecuado acceso a ella es una hazaña tan aterradora como insólita, que le da derecho a ocupar un puesto destacado en la galería que ha desfilado en líneas anteriores.

Pero si en el aspecto civil su labor destructora inicial es impresionante, no ha descuidado el aspecto militar, negativo para las fuerzas institucionales (castradas, desarmadas, desabastecidas, desautorizadas y acuarteladas), pero positivo para las suyas verdaderas, las subversivas, que ya copan cerca del 40% de los municipios.

Como si lo anterior no fuera ya un esfuerzo galáctico y sideral, en sus ratos libres ha tenido tiempo para destrozar nuestras alianzas militares, alejarnos de nuestros aliados tradicionales, desarticular la economía y aplastar el comercio, para que ahora sigamos por la senda del decrecimiento, sustituyendo los hidrocarburos por los psicotrópicos. Y todo eso, sin que haya tenido que sacrificar los largos periodos de su “agenda privada”, destinados al solaz.

Si sus guerrillas siguen conquistando territorio y el Congreso sobornado sigue destruyendo instituciones, en pocos meses seremos otra Venezuela. Petro, realmente, es un operador revolucionario de estatura universal, y no un el pintoresco saltimbanqui tropical.

¡No hay tiempo que perder! Debe ser destituido ahora mismo, sea a través de los mecanismos institucionales, o por la acción del verdadero poder constituyente, el del pueblo colombiano, asqueado de corrupción y temeroso del futuro que lo aguarda bajo el monstruo.

viernes, 14 de junio de 2024

Visión sobre la convención bancaria

Andrés de Bedout Jaramillo
Andrés de Bedout Jaramillo

Me quedó la impresión de una profunda decepción del sector bancario que se esforzó en presentar al presidente unas propuestas que permitirían desarrollar lo social y lo ambiental, apalancando con créditos de la banca los sectores de la economía popular, las pymes, el agro y las energías renovables, lo que a más de dinamizar estos sectores, evitaría la crisis financiera en el sector bancario.

El presidente del gremio resumió las conclusiones a las que se llegaron luego de escuchar todas las posiciones de representantes del Gobierno y del sector privado, mostró cifras, propuso metas, mejor dicho, con toda la diplomacia y contundencia, presentó al presidente una propuesta absolutamente coherente, que hasta los representantes del Gobierno, ministros, superintendentes, jefes de departamentos, estoy prácticamente seguro, compartían.

La sorpresa de todos los asistentes a la reunión, mientras el presidente intervenía, fue muy notoria, se notaba en sus caras cuando las cámaras los enfocaban, fue algo increíble que frente a una propuesta coherente, concertada, decente, favorable para todos, donde se le daba gusto a los quereres del presidente, sin necesidad de destruir el sector bancario y financiero del país, tuviese como respuesta la de proponer a los bancos una entrega de sus recursos al Gobierno para que este se encargara de irrigar los recursos, con la teoría de que la focalización de los mismos, solo la podrían hacer desde el Gobierno, quien asumiría los riesgos de la cartera colocada. 

Todo parece indicar que el presidente quiere y siente que el Gobierno es capaz de manejar absolutamente todo, la plata de la salud, de las pensiones, de los bancos, de las sobre tasas del agro, etcétera, cuando todos sabemos que lo que toca el Estado politiquero e ideologizado, termina, o en manos de los corruptos, o en elefantes blancos, o en obras inconclusas, o en gastos burocráticos innecesarios, o en subsidios insostenibles, que suenan más a compra de votos.

Esta convención bancaria fue otro espacio de oportunidad de concertación que desbarató Petro. Es triste y asustador, con el comportamiento del presidente uno descubre que nada ni nadie le sirve, parecido al de Hitler (ver documental en Netflix) no hay poder humano que lo lleve a obrar con cordura y responsabilidad. Destruyó la confianza, destruyó al país.

Algunos atribuyen su accionar en esta reunión a una especie de venganza a las valientes y probadas denuncias de Vicky en su intervención en la convención, yo personalmente creo que es más bien su patrón de comportamiento. Los gremios han sido muy decentes y colaborativos en su accionar con el presidente, él no ha estado a la altura, todo lo que le han propuesto, lo ha tirado por la borda, creando un profundo distanciamiento, porque, reitero, nada ni nadie le sirve.

Presidente no abuse más de la paciencia de los gremios, de los grandes medianos y pequeños empresarios, de los agricultores, de la economía popular, de las pymes, de los soldados y policías, de los guajiros, los sanandresanos, los caucanos, en fin, no abuse más de los colombianos; está acabando con todos, es mucho lo que ha prometido y nada ha cumplido.

Pidamos a nuestro señor Jesucristo que nos ayude, vamos por muy mal camino, esto va a terminar muy mal.

domingo, 30 de enero de 2022

Lecciones del pasado

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.

Siempre mi padre me dijo: Anto, como me llamaba, nunca podés pensar en el futuro con claridad y objetividad, si no reconoces y entiendes las enseñanzas del pasado, a lo cual, obviamente, uno a edad temprana no le para bolas y cree que es un cuento del papá para echar cantaleta o para vanagloriarse de lo que hacía. Afortunadamente siempre fui muy apegado a él y él a mí, y logró ir mostrándome a través de las conversaciones, la historia, las cosas importantes y baladíes de la vida, los sucesos que se iban dando unos a otros, la explicación del porqué y lo que iba a suceder sino se daba un movimiento específico y esto, hoy para mí, años después de su fallecimiento, sigue siendo como una brújula que me va orientando en el caminar de la vida.

Traigo este cuento a colación para mostrarle a la gente, a los ciudadanos colombianos, que no podemos repetir la historia. Nuestros grandes personajes de la humanidad previeron lo que se venía en sus discursos, escritos o exposiciones en diversos eventos y nadie paraba bolas, por el contrario, otros ministros y hasta personas de la monarquía negociaban con el enemigo pretendiendo con ello firmar acuerdos y quedarse aislados de los conflictos que se venían. Así Rusia negoció un acuerdo de no agresión y de nada le valió, lo invadieron. Otro de ellos fue el inglés Arthur Neville Chamberlain, que firmó el llamado acuerdo de Múnich, que fue un desastre. Así, todos esos acuerdos al final del cuento no sirvieron para nada a causa del deseo Hitler de construir un gran imperio, los maquinó perversamente para tranquilizar el contrincante y luego darles la estocada final e invadirlos. Esa es la trágica historia de los pusilánimes, de aquellos que se doblegan fácilmente, que viendo lo que viene resignan por mantener la tranquilidad un tiempo. Así se fue generando lo que fue la Segunda Guerra Mundial de seis largos años, con millones de muertos de lado y lado, destrucción, dolor y lágrimas, y que requirió una acción conjunta para derrotar a quienes querían a toda costa obtener territorios y dominio.

Todo esto se hubiera evitado si los gobernantes y los ciudadanos, desde el inicio cogen las riendas de su presente, no se dejan doblegar y hacen que impere el orden, la tradición y el respeto por la ley.

Observo con preocupación que todo esto que narré, pueda darse en Colombia; políticos aliados con personajes populistas, que no saben administrar y se camuflan con ellos solo por acomodarse en un futuro gobierno de izquierda, traicionando sus ideales, a las personas que los apoyan, alejándose de la realidad. Se les olvida que ellos, los comunistas, los de la primera línea, toman todo lo que se les ofrece y no dan nada a cambio, luego los desechan, después de haberlos utilizado para obtener sus objetivos.

Esta oportunidad de salvar la democracia no se puede perder. Es ahora o nunca y lo logramos eligiendo al Congreso los mejores, luego votar en las presidenciales por ideas, personas serias y trabajadoras; tenemos gente buena Federico Gutiérrez, Álex Char, Óscar Iván Zuluaga, y otros más, pero nunca Petro.

Salvemos la democracia

miércoles, 20 de noviembre de 2019

El tren de Lenin


José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Catherine Merridale es una historiadora inglesa estudiosa desde su tesis de grado (1987) a los temas rusos, a los que ha dedicado varios y bien premiados libros. El más reciente es “El tren de Lenin”: Los orígenes de la Revolución Rusa (Barcelona: Crítica; 2017). Discrepo del subtítulo, porque la incubación de esa revolución viene desde, por lo menos, 1891, si nos atenemos a la monumental obra de Orlando Figes, “La Revolución Rusa” (Barcelona: Edhasa; 2010), y por tanto, no se limita a los acontecimientos entre abril de 1917 (cuando Vladimir Ilich arriba a Petrogrado) y octubre del mismo año (cuando se apodera del Estado).

Este ágil y bien documentado relato arranca con la decisión del gobierno alemán de autorizar el traslado de Lenin, de Suiza a Suecia, acompañado por doce secuaces. Este viaje, en un incómodo tren sellado, duró más de una semana. De Estocolmo, ya el líder revolucionario y sus secuaces podrían seguir a Rusia. Con la ayuda de Lenin los alemanes querían derrocar el gobierno provisional que, a la caída del zar, se empeñaba en seguir hasta el final la guerra contra el Kaiser. Obtenida una paz separada, a la defección de Rusia, seguiría el colapso anglo-francés en el Oeste.

Desde luego, lo de Lenin era traición, acompañada, además, de financiación por parte del enemigo, para su actividad revolucionaria.

Este tema es bien conocido, pero el libro que comento abunda en detalles del mayor interés sobre la actuación de un extraño personaje, Alexandr Helphand (conocido como Parvus), socialista, revolucionario, traficante y millonario, que conviene con Berlín esa audaz intervención, porque de otra manera Lenin hubiera tenido que permanecer en Suiza, alejado de la revolución que acababa de estallar por fin en Rusia.

Aunque la narración no siempre agarra, hay páginas bien destacables: la connivencia de Lenin con la potencia enemiga, las condiciones y circunstancias del viaje y, sobre todo, las que describen tanto la verdadera Revolución de Marzo-Abril como la fragilidad del gobierno provisional que de ella resulta y el Putsch de Octubre. Quizá son estas las mejores que he leído sobre esos meses. También excelente el capítulo final, donde la autora abandona el tono imparcial, para describir el terrible final de los doce del tren, que acaban devorados por la inevitable crueldad del proceso sanguinario creado por Lenin y perfeccionado por Stalin.

A medida que me acercaba al final, no pude dejar de considerar el destino de Alexander Kerenski. Llega a la cúspide del gobierno provisional, pero es incapaz de detener la deriva hacia el caos y el inevitable golpe de Estado que llevará a los bolcheviques al poder y a la tragedia aterradora que él, más que nadie, podía prever. Salido de alguna facción revolucionaria, Kerenski es capaz de neutralizar la reacción monárquica, pero no puede apuntalar las fuerzas social-democráticas, porque no se atreve a golpear de manera definitiva a los bolcheviques. En el fondo, solo ve enemigos a la derecha, trágico error que se repetirá más de una vez y en más de un país.

Caído y exiliado, Kerenski pasará el resto de su vida excusándose con la cantaleta de que, si hubiera tenido la plena prueba de la connivencia de Lenin con Alemania, lo habría detenido oportunamente…

La historia de ese gobernante incompetente me llevó a considerar cómo los líderes enfáticos, fuertes y siempre al mando (como la autora describe a Lenin), llevan las de ganar cuando el orden y las instituciones dependen de señores excelentes pero débiles. Luis XVI y Nicolás II eran magníficos esposos y padres, pero enfrentados a movimientos avasalladores, por indecisión, debilidad e incapacidad, sumieron a sus países en las más terribles tragedias. Tampoco pude dejar de recordar la triste figura del nonagenario mariscal Von Hindenburg, presidente del Reich, incapaz de impedir el acceso paulatino pero imparable del cabo Hitler.

Finalmente, consideré cómo la revolución colombiana, impulsada desde 2010 sin señales de desfallecimiento, avanza en un país donde tantos no dejan gobernar y donde el gobierno no parece querer hacerlo.

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Observo que, según los medios y varios gobiernos de América Latina, robarse las elecciones en Bolivia no fue golpe de Estado, porque este consiste en lo contrario: frustrar los efectos del fraude y organizar elecciones libres.

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Laureano Gómez y los masones 1936-42 (Bogotá: Planeta; 2005), de Thomas J. Williford, es el trabajo bien documentado de un gringo que ha vivido un buen tiempo en Colombia. El autor se empeña en limpiar a las logias y en pretender que las campañas del líder conservador contra La Hermandad obedecían solo a oportunismo político. Ignorar hasta qué punto la actitud anticatólica de los gobiernos masónicos de esos años estimuló el clima pugnaz y sectario que desembocó en la Violencia es excusable en un extranjero, pero no fortalece su interpretación de las motivaciones profundas del doctor Gómez en su confrontación con la “discreta sociedad”.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Técnica del golpe de Estado


Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
No es este el momento para evocar la versátil parábola vital de Curzio Malaparte (1898 - 1957), autor ya olvidado de La piel” y Kaputt”, sino el de llamar la atención sobre su clásica Técnica del golpe de Estado” (1931), publicada tantas veces y en tantas lenguas.

Ahora, cuando es inocultable el avance del plan subversivo a nivel continental, recupera actualidad este libro del italiano, que recorre en ocho capítulos tanto los preparativos para tomarse el poder como los mecanismos para frustrar el asalto de este.

Arranca con el golpe de Estado de octubre de 1917, mediante el cual Trotski establece el poder comunista. Pero si en esa ocasión triunfa el gran técnico, este experto fracasa en 1927 cuando Stalin se le adelanta.

A continuación, analiza los golpes frustrados en los años veinte, en Polonia y Alemania, incluyendo el Putsch de la cervecería, de Hitler (Munich, 1923), porque el acceso del caporal solamente llegará por la vía electoral, después de la primera edición del libro que nos ocupa.

Los capítulos que tratan de la marcha sobre Roma de Mussolini, de Primo de Rivera y de Pildsudski, siguen al análisis del primer gran golpe de Estado moderno, el del 18 Brumario (9 noviembre 1799), de Bonaparte.

Malaparte escribe deslumbrado por Trotski. Si para Lenin, creador del partido subversivo profesional, la revolución triunfa cuando las multitudes se toman las calles, como a partir del 27 de febrero de 1917 en Petrogrado, ocasionando la abdicación del zar y la creación del gobierno provisional, en cambio para Trotski bastan mil hombres convenientemente escogidos y entrenados para alzarse con el poder. En efecto, de la verdadera Revolución de Febrero y Marzo sale apenas un ejecutivo cojitranco, donde se mezclan burgueses progresistas y delegados del Soviet, que solo será sustituido por la dictadura comunista cuando Trotski realiza magistralmente el Golpe de Octubre que lleva a Lenin al poder. Por eso se ha dicho que Vladimir Ilich era un ideólogo pero que Lev Davidovich era un técnico. Parece entonces que el golpe de Estado conduce al poder de manera más eficaz que el motín.

Desde luego, la técnica para llevarlo a cabo con éxito ha avanzado considerablemente a partir de 1931, pero, sin embargo, el quid sigue siendo el de concentrar las fuerzas en los puntos más débiles: los servicios públicos y los medios de comunicación. Si eso era cierto hace 90 años, ¿qué podemos pensar ahora, en la era del internet y las redes sociales? No olvidemos tampoco que en muchos países los medios masivos están en poder de los compañeros de ruta y de los idiotas útiles.

La “brisa” de Diosdado, que se está convirtiendo en huracán en Chile, no es espontánea como los vientos, los monzones o los tornados, sino el resultado de un largo proceso cuidadoso y profesional de preparación. ¡He ahí la técnica actualizada del golpe de Estado!

Si a Trotski en 1917, con mil hombres y muy poca financiación, le bastaba, ¿qué no puede esperar el Foro de Sao Paulo con miles de periodistas, catedráticos, magistrados, docentes, guerrilleros, explosivistas y políticos, siempre bien coordinados y con inmensos recursos monetarios?

Esta pregunta ineludible exige una respuesta adecuada en materia de prevención, de parte de las autoridades, sobre todo en vísperas del paro anunciado para el 21, que puede dar lugar a desmanes y destrozos como los de Santiago.

¿Sí será todavía verdad en Colombia que “guerra avisada no mata soldado”, cuando se ha pactado debilitar los mecanismos de inteligencia, información y defensa del Estado y se han montado estructuras subversivas como la JEP y la Comisión de la Verdad?

Esta interrogación no es alarmista, como tampoco fue fortuita ni inconexa la caída del ministro Botero, primera víctima de la novedosa doctrina de que no puede defenderse el orden público si por allí hay menores, formulada días antes de esas marchas y aceptada por un autogol oficial.

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Saqueos, incendios y destrucción cruzan fugazmente la pantalla, sin comentarios, pero cualquier acción en defensa del orden público o la infraestructura es condenada como gravísima violación de los derechos humanos, y a continuación viene la estigmatización a escala planetaria, dentro del mayor ruido mediático.

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Ecoanalítica pronostica para este año una caída del 39,1% del PIB venezolano…, y nosotros avanzando tranquilos hacia el abismo…