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jueves, 11 de septiembre de 2025

Ver la vida de espaldas

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Hace unos días emprendí un viaje a Machu Picchu.

Tomé, lleno de expectativa en el corazón, el tren de Perurail, ese que te lleva hasta Aguas Calientes. Cuando encontré mi asiento, descubrí algo curioso: estaba de espaldas al recorrido.

Al principio pensé que era un error. Uno suele querer ir de frente, viendo lo que se viene, pero a medida que avanzaba el tren, empecé a descubrir algo que me marcó: el mundo visto de espaldas también es hermoso.

Crecí con una frase que se repetía como burla o resignación: "Para atrás ni para coger impulso", pero en ese vagón descubrí que a veces ir hacia atrás es también otra forma de mirar. Veía montañas, pueblos, árboles, aves... todo pasaba, con esa belleza que uno no espera cuando no lleva el control del camino.

Claro, me perdía algunas señales: los avisos de “pare”, “peligro”, “vía de tren”, “animales en la vía”, esos que solo leen los que miran de frente. Y eso me hizo pensar: ¿será que podemos vivir la vida así, de espaldas, sin leer todas las advertencias?

No hablo de irresponsabilidad ni de ignorancia frente a la sociedad —eso es otra cosa—. Uno no puede darle la espalda a todo: a la política, a la injusticia, al dolor de los otros. Pero hay momentos en los que vivir sin tanto cálculo, sin leer cada señal, también es una forma de resistir.

En el vagón, mucha gente dormía, otros hablaban en voz baja, otros se perdían en sus pantallas. Pero también había los observadores de aves, iban atentos, con binoculares en mano, esperando que el guía les mostrara algún pájaro, una especie rara. Me pregunté, mientras miraba por la ventana. ¿por qué buscamos belleza, cuando todo lo que nos rodea ya lo es?

El tren avanzaba entre montañas imponentes, cruzando pueblos con nombres que no podía pronunciar a la primera: Ollantaytambo, Poroy, Urubamba... Al pasar por uno de ellos, vi una iglesia que me sacó una risa: “Iglesia Bautista de Antioquia” —no sabía que mi tierra tenía sede internacional—.

Perú sorprendió por su gente, su amor profundo por las raíces, por los Incas, por los bailes, por los trajes. En el tren, los trabajadores nos ofrecieron una muestra cultural: música, danzas, trajes típicos. Nos recordaron que Inca solo hay uno, pero cultura hay para repartir.

Por la ventana también vi muchos perros callejeros. No sé si es falta de control o reflejo de abandono. Pero sí sé que ver tantos en el camino te deja una sensación rara en el pecho, una mezcla de compasión y tristeza.

Los rostros en el tren eran un paisaje en sí mismos: viejos contentos, otros cansados, los nostálgicos, los que hacen fila y los que se meten, los amables, los tímidos... Cada vagón es como la vida misma: uno nunca sabe con quién le va a tocar viajar.

Mientras el tren seguía su curso, recordé a Schopenhauer. Ese viejo cascarrabias que veía la vida como un viaje impulsado por una voluntad ciega, sin destino final, solo soportable a través del arte o del abandono del deseo. Pensé en eso mientras veía el paisaje desaparecer detrás de mí, tal vez tenía razón. La vida es una sucesión de estaciones donde solo el presente importa.

La fe también estaba en ese tren. En los collares, en las manos que se persignaban, en las iglesias pequeñas al borde del camino, pero como la vía es una sola, la fe solo se ve por un lado del tren, para que el otro lado la mire, hay que esperar el regreso.

La belleza, esa palabra tan manoseada, también iba en el vagón. como decía don Quijote: "Sancho, no culpes a mis ojos, ellos solo ven la realidad, no la crean."

Cada uno ve lo que puede, lo que quiere, lo que está preparado para mirar. No deberíamos juzgar a quienes observan otros paisajes mientras nosotros estamos atentos a los nuestros.

Y así, entre risas, silencios, aves, bailes y pensamientos, llegamos al final del trayecto, como en la vida, uno se monta en una estación y se baja en otra. La diferencia es que en la vida no sabemos cuál es el nombre ni cuánto falta para bajarnos.

Lo único cierto es que, a veces, ver la vida de espaldas también puede ser una revelación.

viernes, 6 de diciembre de 2024

Aceptar la realidad

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Ayer tuve un día de impactos emocionales que tuvieron como conclusión simple: ¡hay que aceptar la realidad! ¿Cuál realidad? Pues la propia realidad y que no es otra sino tener que aceptar que el tiempo pasa, que siendo los mismos no somos los mismos y que, aunque ganamos en años de experiencia y madurez, perdemos en otras habilidades al irnos haciendo viejos. Los años pasan factura, no hay duda, y aunque nos sintamos todavía jóvenes y entusiastas, tengamos sueños y muchas razones para vivir, la humana carrocería no está recién salida de fábrica, sino que padece el natural desgaste de las horas de vuelo.

En efecto, en cuestión de dos horas y para poder renovar la licencia de conducción, fue necesario superar cuatro exámenes distintos. Y aunque en todos ellos el resultado final fue apto y sin restricciones, uno sabe que no fue con cinco aclamado sino con cuatro ocho o cuatro cinco. Hay sutil pérdida de capacidad auditiva, la visión ha perdido la capacidad de lectura nítida de letras muy pequeñas, también hay pérdida de reflejos, en fin... ya no somos esbeltas gacelas sino trajeados tigres de colmillo ahumado.

Esa cruda realidad no es fácil de aceptar. Por supuesto que no se trata de deprimirse como para ir pensando en una eutanasia anticipada, pero si el tener que aceptar que los años no pasan de balde y que ellos pasan también sus cuentas de cobro. Quizás, todavía estemos a tiempo de mejorar el estilo de vida con dietas saludables, descanso adecuado, ejercicio cotidiano, mejor dicho, auto cuidado. Muy bonito eso de amar a Dios y a los otros, pero también el mandamiento ordena "como así mismo", lo que significa que, en el trabajo del autoconcepto, la autoestima es muy importante.

Mi generación fue educada y alentada a entregarse del todo, al darse sin medida, a irse quemando mientras alumbraba a otros... muy bonito. Fijarse en uno mismo podría ser considerado vanidad de vanidades, narcisismo, egolatría. Entonces fuimos estrenuos, exigentes, sacrificados, adictos al trabajo, muy lindo para la causa de beatificación, pero todo debe ser en su justa proporción y medida. Y ahora pienso si otros, no sé si avispados o mañosos, han sido relajados y nunca han pensado exigirse más allá del mínimo, no sé si para ahorrar energías o vivir sabroso. Como decía el otro "uno aquí matándose para ahorrar y ser austeros y los otros gastando y derrochando". Veremos en el balance final, cuando suenen las trompetas, quién tenía razón. Seguramente serán otros, los ponderados, los ecuánimes, los balanceados y equilibrados, los que ganen.

Estamos a tiempo, aunque no sea mucho el tiempo. Nunca es tarde. El sabio de Loyola, eximio pensador vasco, invitaba a "ordenar la vida". De hecho, él lo hizo ya madurito, lo que anima a caer en cuenta de que es el momento oportuno: estamos a tiempo. Hay que aceptar la realidad: nos vamos añejando como los buenos vinos y por eso sabemos mejor. Hay que saberse conservar, eso es de sabios. No lo olviden.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

De cara al porvenir: el multiverso real

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

Algunos analistas críticos sostienen que la historia la escriben, la reescriben o la inventan los ganadores que han existido en todo tiempo y lugar, bajo cualquier circunstancia.

Sería esperanzador que la realidad haya coincidido y coincida con el lado bueno de la historia, con lo políticamente correcto y con lo moralmente edificante, obviamente teniendo como signo la verdad.

Pecando de ingenuo, esto sería un adecuado proceso de distinción entre la civilización y la barbarie y el reconocimiento de la existencia de un comportamiento ético en lo individual y en lo colectivo.

La existencia de caudillos, dictadores, fanáticos y revoltosos ha signado el acontecer humano de todas las épocas y de todos los lugares, volviendo subjetiva la aproximación a la realidad, donde lo verdadero y lo falso, lo correcto y lo incorrecto, ha dependido y depende en mucha medida de la actuación y de la voluntad de estos personajes.

La historia en su evolución recorre el camino, generalmente, del mito, de la superstición, del misticismo y del fanatismo.

Muchas veces lo que queremos describir como “realidad mágica” es el resultado del manejo tras bambalinas que personajes siniestros y a ratos malignos le han dado a la realidad.

Como reacción, por ejemplo, en el siglo XV proliferaron los santos, en el siglo XIX aparecieron los héroes y en el siglo XXI la preeminencia la tienen las víctimas.

Para salir adelante, fuera de tener el respaldo de relatos inteligentes, veraces y prácticos, debemos también aprender a enfrentar y a entender la realidad como lo es. Muchas veces nos estrellamos contra la realidad porque queremos que toda actuación sea pura, o porque no nos contentamos con reconocer la realidad si no que queremos es lo que no existe o porque, en un ejercicio explicable pero inaplicable hasta ahora, queremos redimir la injusticia y el dolor aspirando a lo imposible.

Es por ello, por ejemplo, que las víctimas merecen dejar de ser víctimas en este mundo, bajo la premisa de un comportamiento ético de la sociedad.

El manejo usufructuario de la explotación de sentimientos como el miedo, el odio y la esperanza, ha facilitado a través de la historia, la forma como se ha conducido a las masas a su condición de rebaño.

El ideario de la conjunción entre la ética y la estética muchas veces no logra superar su categoría utópica, privando a la sociedad de una posibilidad racional y trascendente de la integración entre los altos valores de la libertad, el orden, la belleza y la tolerancia, guiados por el vector de la verdad.

Mientras tanto en el día a día nos hemos infectado con la epidemia de la corrupción que nos vincula a todos sin excepción por acción o por omisión.

También hacen parte de la corrupción el mal cuidado del planeta, el despilfarro de los recursos, la no introspección y la no aplicación de conceptos como la igualdad, la equidad y la justicia, la creciente concentración de las riquezas y las oportunidades que muestran un panorama desolador y que, aunado al cambio climático, podría llegar a convertirse en un fenómeno verdaderamente devastador.

El asunto de la demografía, el tema de la salud mental como tema de salud pública, la creciente tendencia al escapismo a través de drogas alucinantes de cualquier tipo, la depresión que avanza de manera sostenida, el suicidio que crece galopante o el simple aburrimiento, son muestra del deterioro que hoy enfrentamos a nivel juvenil y que no reconocemos todavía en su verdadera dimensión.

Una infancia desprotegida y una juventud desorientada nos ilustran y dan luces acerca del tipo de futuro que nos espera.

No esperemos llegar a ese futuro incierto y problemático. Hay que comenzar a actuar con resultados concretos ya mismo, si no queremos ser testigos históricos de una debacle como especie.

martes, 6 de junio de 2023

De cara al porvenir: la identidad de Latinoamérica

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

Si nos detenemos a analizar el cómo los pueblos de América Latina han transitado desde la época precolombina, la conquista, la colonia, la independencia y su organización como países independientes, encontraremos algunas líneas comunes y un verdadero mosaico de acciones y eventos particulares que hacen parte de su propia historia.

Al aproximarse a estos asuntos, puede caerse en la tentación de reforzar el lado bueno de la historia, hablar de lo políticamente correcto y por qué no, de potenciar lo moralmente edificante, tratando de suavizar un poco la realidad real.

Hemos pasado por aborígenes y conquistadores, mestizos, siervos, esclavos, oidores, hacendados, virreyes, libertadores y ciudadanos de a pie. El poder lo han ejercido dictadores, caudillos, guerrilleros y han aparecidos mafiosos y sicarios.

Hemos vivido en medio del mito, de las supersticiones y de los fanatismos, donde el odio, el miedo y la esperanza han sido los vectores que han guiado a nuestros dirigentes en diferentes épocas y circunstancias.

Este despelote latinoamericano ha tratado de ser explicado desde los ritmos particulares, las condiciones geográficas, las riquezas naturales y la victimización.

Algunos intelectuales han hablado del realismo mágico y algunos otros de lo gótico siniestro, donde personajes verdaderamente siniestros y malignos nos han gobernado.

El tema de nuestra identidad ha sido un constante devenir de posturas, creencias, discusiones, alegatos y guerras.

En el siglo XV proliferaron los santos, en el siglo XIX los héroes y en el siglo XX, las víctimas.

En el mundo actual, al campesino, al gaucho, al andino, al tipú, al negro, al montuno y al indio, le han quitado espacio y visibilidad los enfermos, los migrantes, los ecosistemas y las minorías raciales y sexuales, entre otros varios actores.

¿Qué ha dificultado encontrar nuestra verdadera identidad? Sin pontificar podríamos decir que la idea que querer alcanzar la pureza ante cualquier tipo de dinámicas, el pretender ser y alcanzar lo que no existe y el querer redimir la injusticia y el dolor aspirando a realidades imposibles, ha hecho que este camino hasta la fecha haya sido tortuoso y falto de resultados.

Diría alguien que “lo óptimo es enemigo de lo mejor”.