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lunes, 1 de junio de 2020

Aportes para evitar la muerte

Por Antonio Montoya H.*

No estoy hablando de la pandemia, ni de sus consecuencias de muerte, me voy a referir hoy a los líderes políticos y a los líderes sociales, aclarando que entre ambos existen diferencias notorias desde lo teórico y lo práctico.

En Colombia hay grandes líderes políticos, que, con sus ideas, su intelecto y personalidad arrolladora, cautivaron masas y otros que continúan haciéndolo. Son a los que los siguen miles de personas, aplauden y acompañan en las grandes lides democráticas. Entre ellos tenemos hombres de talla intelectual que brillaron en el escenario nacional desde mediados del siglo XX y que llegaron a presidir la nación, y otros que no lo lograron porque fueron asesinados. Tenemos en el siglo XX al general Rafael Uribe Uribe, Alfonso López Pumarejo, Jorge Eliécer Gaitán, Laureano Gómez, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen, Luis Carlos Galán Sarmiento y Álvaro Gómez Hurtado. En este siglo XXI a Álvaro Uribe Vélez. De ellos, cuatro no lograron ser presidentes de la República por que las balas asesinas acabaron con su vida y con ello evitaron que Colombia se hubiera desarrollado de una manera diferente a la actual.

Ha sido un sino trágico asesinar a los líderes políticos, ganándoles las batallas no por las ideas, ni por los votos, sino por las balas, porque sabían que si no era así no hubieran logrado sus objetivos. De todos ellos conocemos los asesinos materiales, pero no los autores intelectuales, ya que en la maraña judicial que se organiza no se logra dar con la causa y el origen de sus actores, incitadores y manipuladores que llevaron a su muerte. Eso sí, se puede deducir que existieron razones políticas e intereses de bandidos que sabían que con ellos no prosperaban sus actos criminales.

También podemos manifestar que han sido asesinados líderes de izquierda, por la sola razón de seguir esa línea política, entre ellos Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro, Jaime Pardo Leal, Antequera y otros más, cuyas muertes han generado caos y violencia sin parar en nuestra tierra.

Por el otro lado están los líderes sociales, que no se visualizan en la opinión pública; son aquellos que, en sus barrios y pueblos, luchan por los demás, defienden sus derechos, son verdaderos lideres por su humanismo y lucha dentro de la pobreza. En los últimos tres años van alrededor de 286 asesinados, siguen muriendo cada día, y todo sigue igual.

Miren pues que nuestro país es de sangre y violencia, pero también existe el optimismo, la ilusión y solidaridad por otro lado, y más allá la riqueza natural, mares, ríos, fauna y flores que no se ve en otros lugares del mundo. Es un contra sentido total.

Es posible que una solución ante tanta muerte de líderes sociales, esté en darle una salida diferente al problema de la restitución de tierras y tenencia de la misma, por ello me atrevo a formular una teoría que de ser cierta cambiaríamos la tendencia de muerte y violencia, aclarando eso sí, que no tengo tierras, ni reclamaciones de las mismas, que simplemente, como ciudadano, observo el desarrollo de los acontecimientos y la gravedad de los mismos porque por un lado restituyen tierras y a reglón seguido los beneficiarios vuelven a ser desplazados y en muchas ocasiones asesinados.

Las tierras que en el conflicto se decidió serían entregadas, creo yo, no se deberían entregar a título de propiedad, el Estado debe mantener el control de las tierras, que es la causa de la muerte y entregarlas en comodato a los campesinos para que la trabajen y vivan de ellas. Así no habría que desplazar a nadie, y menos matarla, no son dueños de nada, pero sí tienen el terruño para vivir de la producción de la tierra. Podrían juntarse en cooperativas miles de campesinos para desarrollar en forma intensiva proyectos agrícolas con el apoyo del gobierno. Es pues, una solución simple, elemental, pero que podría salvar vidas y dar trabajo evitando irse a las ciudades y sufrir el abandono y el desprecio social.

Si pensamos en salidas justas a los problemas, lograremos mejores condiciones sociales y las familias se mantendrán unidas.

No más muertes a los líderes políticos, ni a los líderes sociales.


sábado, 29 de junio de 2019

¿La culpa la tiene Gallup?


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Ante el trastorno moral del país, la izquierda nacional e internacional y los oportunistas de siempre, arrecian sus ataques contra nuestro ejército bicentenario, tratando de demeritarlo. Se refriegan las ejecuciones extrajudiciales; se publicitan las confesiones lacrimosas de coroneles sin carácter; el senador de la bolsa y los billetes, igualan el entrenamiento militar con la tortura (tortura es verlo a él y sus conmilitones de las FARC pontificando sobre lo público); se intenta amplificar el suicidio en las filas, que toca al 0,01% de la institución; en titulares de primera página, se pone a los militares a la cabeza de la violencia contra la mujer y en carátulas se habla de macabros silencios y terribles presiones al interior del ejército. Buscan desprestigiar la institución, mientras sus soldados comparten con militares y civiles de Paraguay, México y otros países, experiencias sobre reglas de enfrentamiento, garantías del DIH y respeto de los DDHH en las operaciones.

Y aquí, miles de reservistas de todos los grados y de las cuatro fuerzas se agitan en foros, en la calle, organizándose y tratando de darle cauce a la corriente anticomunista y cristiana que se percibe en el ambiente. La izquierda, por su parte, intenta maliciosamente hacerse al calor de los reservistas insatisfechos, supuestamente defendiendo sus reivindicaciones y aprovechando la dispersión de sus intereses.

En su encuesta de mayo, Gallup reiteró a los militares como la institución de mayor confiabilidad de los colombianos, mientras hundió en la sentina de la opinión pública a las FARC, los partidos y el Congreso. Retrato de un volcán político que desvela a avinagradas élites, a narco comunistas y que explica el ataque a nuestra institución más preciada.

Erosionar la moral institucional y sembrar la disensión y la desconfianza entre las filas de nuestros militares, es conducir el país al caos de la narcoviolencia, mucho peor que la de los terroristas marxistas leninistas sesenteros. Las fallas que existen en esta institución sui generis, deben ser tratadas con el rigor, la disciplina y la prudencia que el delicado asunto de las armas de la República requiere.

Lo que se está haciendo de manera tan irresponsable, solo conduce a la atonía institucional y de ahí a la entrega de las banderas, no hay sino un paso. Con la institución militar no se juega, pues termina siendo un juguete de tiranos y déspotas, en un narco estado estaliniano. Como en Venezuela.