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miércoles, 9 de octubre de 2019

"Lénine", de H. Carrère d´Encausse



Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Autora de 16 libros sobre Rusia a partir de la Revolución, Hèlene Carrère d´Encausse, la gran sovietóloga francesa, née Zourobatchili, adquiere su apellido, sonoro y hasta nobiliario, por matrimonio. Hija de refugiados georgianos, a los 90 años sigue como secretaria perpetua de la Academia Francesa.

Cuando un estudioso amigo puso en mis manos uno de sus libros, “Lénine” (París: Fayard, 1988), recordé los lúcidos análisis que de ella leía en mi juventud sobre el funcionamiento de la URSS, que revelaban los complejos rodajes de esa tiranía, que por entonces parecía destinada a perdurar, avanzando hacia el control del mundo.

Con el dominio del ruso desde la infancia, para ella no sería difícil emprender su interminable exploración de los enigmas y de las realidades del régimen creado por Lenin, tema único e inagotable de esta gran historiadora y politóloga.

Con estos antecedentes se explica el entusiasmo con el que me sumergí en ese extenso texto de 623 páginas, con 17 de apretadas notas, detallada cronología, abundante bibliografía en ruso, francés e inglés y adecuado índice onomástico.

“Lénine” es una obra de consulta, que con “Nicolas II” y “Staline”, completa una importante trilogía. Sin embargo, esta biografía de Lenin no me compele a buscar los otros dos libros, porque, aunque las circunstancias de las acciones narradas son minuciosamente examinadas, el personaje permanece, a mi juicio, alejado del lector, que aunque lo rechaza, no se siente aterrorizado.

La autora, desde luego, no desconoce los horrores de la Revolución ni la crueldad de Vladimir Ilich, pero no se adentra lo suficiente en su alma ni en sus escritos, para ofrecernos el retrato espeluznante del más frio, sanguinario e implacable de los tiranos, porque su ejemplo y su pensamiento han determinado las mayores tragedias, las ocasionadas por sus discípulos —Stalin, Mao, Ho-Chi Minh, los Kim, los Jemeres Rojos, los Castro y ahora Maduro.

La dictadura totalitaria del proletariado, la Checa y el Gulag, resumen la herencia de Lenin, pero sin que el libro recuerde la ideología del personaje: eliminación de todas las instituciones del pasado; exaltación de la revolución, licitud de todos los medios para acelerar su inexorable advenimiento; eliminación de la propiedad privada y de la libertad personal y económica; abolición de la religión; colectivización de la agricultura… y la organización de un partido único, encargado de interpretar la historia y definir la verdad, ejecutor disciplinado de la voluntad irrecusable de un líder infalible y omnipotente.

La lectura de este libro comprueba algunas de mis conclusiones sobre aspectos de la Revolución de Octubre y sus actores, lo que me motiva a referirme a ciertos puntos: En primer lugar, el odio de Lenin por el campesinado es patológico, y por eso, su política agraria no puede ser más contraproducente, de tal manera que la Revolución no tarda en ocasionar la hambruna; y a medida que crece el hambre, Lenin insiste en mayor represión, y por eso manda brigadas encargadas de decomisar los pocos alimentos que quedan en los campos, para abastecer las ciudades, con plenas instrucciones de matar sin contemplaciones, para imponer la colectivización de la producción.

Dentro de ese cuadro aterrador, Lenin, en instrucciones secretas del 19 de marzo de 1922, a Molotov, encuentra una solución:

“Para nosotros, este es el momento, cuanto tenemos el 99% de posibilidades de lograr la destrucción del enemigo [la Iglesia]… Es preciso ahora y solamente ahora, cuando en las regiones hambreadas las gentes se nutren de carne humana, y cuando centenas o millares de cadáveres se pudren en las rutas, cuando podemos y debemos realizar la confiscación de los tesoros de la Iglesia con la energía más salvaje y sin la menor piedad (…) procediendo a confiscaciones brutales e implacables, sin detenerse ante nada, con la ejecución del mayor número posible del clero y la burguesía reaccionaria (…)”.

Estas órdenes fueron respetadas. Solo en 1922, cerca de 8.000 servidores de la Iglesia fueron liquidados (p. 566-567).

Recomiendo este relato a los jesuitas tránsfugas de la teología de la liberación (De Roux, Giraldo, Sosa, y hasta otros más encumbrados), aunque la autora se queda corta, porque no se ocupa de los millares de templos destruidos, de la subsiguiente eliminación del resto del clero, ni del ateísmo virulento en la educación, que llegarán al paroxismo con Stalin y se repetirán en México y España, aun con mayor cantidad de clérigos asesinados, donde la represión de la Iglesia, que no puede faltar en los regímenes leninistas, fue igualmente sangrienta.

Con plenas razones, Mme. Carrère d´Encausse rechaza las afirmaciones, muy repetidas, de que Lenin en sus últimos días intentó corregir el rumbo girando hacia un régimen benévolo, para atribuir a Stalin la brutalidad del comunismo. El libro demuestra la paternidad de Lenin sobre los peores aspectos de la revolución, así como la identidad y continuidad entre las políticas del primero y las de su sucesor. La tardía actitud de Lenin, aislado, inválido y moribundo, en contra de su principal colaborador, no se conoció fuera de su alcoba y se debió a una grosera discusión de Stalin con la mujer del agonizante.

De igual manera, el alegato del autor de El hombre que amaba a los perros”, Leonardo Padura, en el sentido de que, si Trotsky hubiera sido el sucesor de Lenin, posiblemente la revolución no hubiera superado el millón de muertos, contradice la historia terrible de las atrocidades de ese personaje, reseñadas detenidamente en el libro que comento, excelente para quienes no hayan leído mucho sobre Rusia, la Revolución y sus actores. Entre las conclusiones destaco:

“Lenin fue al mismo tiempo un táctico prodigioso y un genio político, inventor de los medios para transformar una utopía en un Estado con pretensiones universales (…) después de apenas cuatro años en el poder (…) ¿Qué otro dictador puede ufanarse de tal éxito? (…) en la historia de un siglo marcado por el totalitarismo Lenin es, sin la menor duda, el único que ha inventado un sistema y dado legitimidad a una obra de violencia e ilegalidad que lo sobrevivió largamente”.

jueves, 3 de octubre de 2019

Vigía: romper con Cuba, imperativo moral y geopolítico


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
Que los elenos, hijos dilectos de Fidel, asesinen cada semana soldados y policías es una bobada, según algunos. Y que se reclame por el asesinato de 21 estudiantes de la Escuela Santander, es una “hostilidad del gobierno”, según otros, como si soldados y policías fueran ilotas prescindibles. Mientras el comunismo cubano está en guerra y su próximo objetivo es Colombia, nosotros estamos ‘en paz’ con La Habana” acierta José Alvear Sanín. A Cuba solo le debemos sangre, muertos, daño ambiental y la vana palabrería de la neoizquierda sesentera que drogó su alma adolescente con fantasías de 3.000 muertos en las bananeras y recién nacidos con cola de cerdo.

Alberto Lleras Camargo rompió relaciones con Cuba en 1962, cuando fue expulsada de la OEA; en 1964, Fidel fundó, entrenó, armó y motivó al ELN, narcocartel hoy coludido con las mesnadas maduristas; en 1980 la dictadura castrista acogió a los terroristas de la Embajada de Republica Dominicana y en 1981, Turbay suspendió de nuevo las relaciones por el entrenamiento y dotación de armas al M-19, banda narcoterrorista que engañó y sacrificó cientos de jóvenes; en 2017, uno de los terroristas del ELN que participó en el atentado del Andino, confesó haber sido entrenado como explosivista en Cuba y del 2012 al 2017, el G2 acumuló secretos del Estado colombiano, con la excusa de su apoyo al negociado habanero. Las relaciones comerciales con Cuba son inexistentes y las culturales solo sirven para que células de ese país adoctrinen campesinos de Arauca y otras regiones, en resistencia y solidaridad revolucionaria. El G2 merodea por toda Colombia agitando la desestabilización que facilite la llegada al poder de oscuros liberticidas. Y pronto llegarán los enfermeros barriales, propagandistas disfrazados de médicos.

Romper los tóxicos lazos con La Habana en el contexto actual, tendría unas connotaciones geopolíticas que no tuvo en las otras ocasiones. Sería una decisión criticable, naturalmente, por pacifistas y entreguistas, o para quienes nos ablandaron para tragarnos los sapos del acuerdo farcsantos, batracios que aún croan en la garganta provocando arcadas. Pero sería un gran paso para el derrumbe de la dictadura de Miraflores y ayudaría a desbaratar la trama que poco a poco han tejido los marxistas leninistas del eje La Habana-Caracas-Managua para apoderarse del país. Porque si cae Bogotá, el subcontinente podría hundirse en la miseria, en un oscurantismo estalinista y en un duro, largo y doloroso conflicto. Venezuela es el ejemplo inmediato.