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miércoles, 3 de agosto de 2022

¿Por qué una mala reforma agraria, si hay buenas?

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Antes de la Revolución de Octubre, Ucrania, provincia del Imperio, era el granero de Europa, y Rusia, un inmenso país agrícola de variada y abundante comida.

No trataremos de las tierras comunales (el mir, tan bien estudiado por Max Weber), ni de los latifundios de la aristocracia, ni de los siervos, ni de las tierras vírgenes de Siberia, ni de las reformas agrarias de Stolypin, para saltar hasta el putsch en Petrogrado, que lleva a Lenin al poder. Para consolidarlo sobre el gigantesco Imperio, Vladimir Illich ordena inmediatamente:

1.    1. El cese al fuego con Alemania (para ganarse a los soldados y sus familias).

2.   2. La independencia de las naciones sometidas a Rusia.

3.   3. La masiva toma de tierras.

Con esto último logra el apoyo del campesinado, más del 80 % de la población, a la Revolución. Ignoran que a esa “reforma agraria” seguirá la colectivización cuando el comunismo, después de la guerra civil, se imponga. Al desprecio de Lenin por ellos seguirá el odio de Stalin por los kulaks, los pequeños empresarios que alimentaban el país, a los que exterminará, especialmente en Ucrania, a través de la hambruna provocada (Holodomor).

Después la tierra se dividió entre granjas colectivas (Sovhoz) y cooperativas (Kolkhoz), en las cuales un campesinado esclavizado producía muy poca comida, bajo la férula burocrática encargada de lograr el cumplimiento de metas de imposible alcance. La penuria alimentaria obligó luego a tolerar cultivos “ilegales” de los campesinos: 3 % del área cultivada total, que suministraba más de la mitad de los lácteos, frutas y verduras.

La triste vida del pueblo, siempre hambreado, fue la conclusión inescapable de esa reforma agraria colectivista.

Bajo Kruschov la situación llegó a los peores extremos y la URSS se convirtió en el primer importador mundial de granos (trigo, cebada, maíz), a pesar de cultivar millones de hectáreas en granos, que superaban la suma de las áreas sembradas de esos cereales en los Estados Unidos, Canadá y Francia.

Y así, de tumbo en tumbo, se llega hasta la última reforma agraria soviética. Antes de la desaparición de la URSS, el 3 de mayo de 1990, el Congreso de la República Federativa Rusa, su mayor y determinante Estado, por 607 votos contra 369 y 40 abstenciones, decretó que, al lado de granjas estatales y cooperativas también habría propiedad privada rural. Luego se dictó una Ley para facilitar la privatización de tierras y para estimular grandes cultivos privados de cereales.

Así se puso en marcha una reforma agraria exitosa, que ha convertido a Rusia nuevamente en una potencia agrícola como primer exportador mundial de trigo, mientras Ucrania ocupa el 4° lugar.

Con mayor entusiasmo aun, los países que se separaron de la URSS —Ucrania, los Bálticos, los Centroasiáticos—, y los de Europa Oriental, siguieron ese camino.

Parecida evolución tuvo la agricultura en China, porque con la eliminación de las comunas y el retorno de la libertad en el campo, ese país también pudo superar el hambre y llegó a ser incluso exportador de alimentos.

Entonces, ¿cómo es posible que a Colombia la vayan a condenar a una reforma agraria regresiva, precolectivista, minifundista e improductiva, dirigida arbitrariamente por una burocracia, con poderes para obligar a la “venta” de los terrenos que al funcionario de Minagricultura, o al exjefe de una minga, no le parezcan adecuadamente explotados?

Sin considerar las futuras e inevitables escaseces y hambruna, aquí la reforma leninista será impuesta, porque está inscrita en el ADN de los movimientos comunistas, para todos los cuales nada hay más abominable que una estructura agropecuaria basada en la propiedad privada y la libre empresa.

Colombia requiere una reforma agraria que haga productivo el campo, que estimule su desarrollo, que incorpore la Orinoquia dentro de la frontera agrícola, que sustituya importaciones y que lleve sus productos al mercado mundial.

Una reforma agraria correcta podría sacar del desempleo a millones, pero como tropieza con el dogma marxista-leninista, no se iniciará durante el gobierno de Petro, dure este cuatro años, doce o sea o vitalicio…

miércoles, 9 de octubre de 2019

"Lénine", de H. Carrère d´Encausse



Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Autora de 16 libros sobre Rusia a partir de la Revolución, Hèlene Carrère d´Encausse, la gran sovietóloga francesa, née Zourobatchili, adquiere su apellido, sonoro y hasta nobiliario, por matrimonio. Hija de refugiados georgianos, a los 90 años sigue como secretaria perpetua de la Academia Francesa.

Cuando un estudioso amigo puso en mis manos uno de sus libros, “Lénine” (París: Fayard, 1988), recordé los lúcidos análisis que de ella leía en mi juventud sobre el funcionamiento de la URSS, que revelaban los complejos rodajes de esa tiranía, que por entonces parecía destinada a perdurar, avanzando hacia el control del mundo.

Con el dominio del ruso desde la infancia, para ella no sería difícil emprender su interminable exploración de los enigmas y de las realidades del régimen creado por Lenin, tema único e inagotable de esta gran historiadora y politóloga.

Con estos antecedentes se explica el entusiasmo con el que me sumergí en ese extenso texto de 623 páginas, con 17 de apretadas notas, detallada cronología, abundante bibliografía en ruso, francés e inglés y adecuado índice onomástico.

“Lénine” es una obra de consulta, que con “Nicolas II” y “Staline”, completa una importante trilogía. Sin embargo, esta biografía de Lenin no me compele a buscar los otros dos libros, porque, aunque las circunstancias de las acciones narradas son minuciosamente examinadas, el personaje permanece, a mi juicio, alejado del lector, que aunque lo rechaza, no se siente aterrorizado.

La autora, desde luego, no desconoce los horrores de la Revolución ni la crueldad de Vladimir Ilich, pero no se adentra lo suficiente en su alma ni en sus escritos, para ofrecernos el retrato espeluznante del más frio, sanguinario e implacable de los tiranos, porque su ejemplo y su pensamiento han determinado las mayores tragedias, las ocasionadas por sus discípulos —Stalin, Mao, Ho-Chi Minh, los Kim, los Jemeres Rojos, los Castro y ahora Maduro.

La dictadura totalitaria del proletariado, la Checa y el Gulag, resumen la herencia de Lenin, pero sin que el libro recuerde la ideología del personaje: eliminación de todas las instituciones del pasado; exaltación de la revolución, licitud de todos los medios para acelerar su inexorable advenimiento; eliminación de la propiedad privada y de la libertad personal y económica; abolición de la religión; colectivización de la agricultura… y la organización de un partido único, encargado de interpretar la historia y definir la verdad, ejecutor disciplinado de la voluntad irrecusable de un líder infalible y omnipotente.

La lectura de este libro comprueba algunas de mis conclusiones sobre aspectos de la Revolución de Octubre y sus actores, lo que me motiva a referirme a ciertos puntos: En primer lugar, el odio de Lenin por el campesinado es patológico, y por eso, su política agraria no puede ser más contraproducente, de tal manera que la Revolución no tarda en ocasionar la hambruna; y a medida que crece el hambre, Lenin insiste en mayor represión, y por eso manda brigadas encargadas de decomisar los pocos alimentos que quedan en los campos, para abastecer las ciudades, con plenas instrucciones de matar sin contemplaciones, para imponer la colectivización de la producción.

Dentro de ese cuadro aterrador, Lenin, en instrucciones secretas del 19 de marzo de 1922, a Molotov, encuentra una solución:

“Para nosotros, este es el momento, cuanto tenemos el 99% de posibilidades de lograr la destrucción del enemigo [la Iglesia]… Es preciso ahora y solamente ahora, cuando en las regiones hambreadas las gentes se nutren de carne humana, y cuando centenas o millares de cadáveres se pudren en las rutas, cuando podemos y debemos realizar la confiscación de los tesoros de la Iglesia con la energía más salvaje y sin la menor piedad (…) procediendo a confiscaciones brutales e implacables, sin detenerse ante nada, con la ejecución del mayor número posible del clero y la burguesía reaccionaria (…)”.

Estas órdenes fueron respetadas. Solo en 1922, cerca de 8.000 servidores de la Iglesia fueron liquidados (p. 566-567).

Recomiendo este relato a los jesuitas tránsfugas de la teología de la liberación (De Roux, Giraldo, Sosa, y hasta otros más encumbrados), aunque la autora se queda corta, porque no se ocupa de los millares de templos destruidos, de la subsiguiente eliminación del resto del clero, ni del ateísmo virulento en la educación, que llegarán al paroxismo con Stalin y se repetirán en México y España, aun con mayor cantidad de clérigos asesinados, donde la represión de la Iglesia, que no puede faltar en los regímenes leninistas, fue igualmente sangrienta.

Con plenas razones, Mme. Carrère d´Encausse rechaza las afirmaciones, muy repetidas, de que Lenin en sus últimos días intentó corregir el rumbo girando hacia un régimen benévolo, para atribuir a Stalin la brutalidad del comunismo. El libro demuestra la paternidad de Lenin sobre los peores aspectos de la revolución, así como la identidad y continuidad entre las políticas del primero y las de su sucesor. La tardía actitud de Lenin, aislado, inválido y moribundo, en contra de su principal colaborador, no se conoció fuera de su alcoba y se debió a una grosera discusión de Stalin con la mujer del agonizante.

De igual manera, el alegato del autor de El hombre que amaba a los perros”, Leonardo Padura, en el sentido de que, si Trotsky hubiera sido el sucesor de Lenin, posiblemente la revolución no hubiera superado el millón de muertos, contradice la historia terrible de las atrocidades de ese personaje, reseñadas detenidamente en el libro que comento, excelente para quienes no hayan leído mucho sobre Rusia, la Revolución y sus actores. Entre las conclusiones destaco:

“Lenin fue al mismo tiempo un táctico prodigioso y un genio político, inventor de los medios para transformar una utopía en un Estado con pretensiones universales (…) después de apenas cuatro años en el poder (…) ¿Qué otro dictador puede ufanarse de tal éxito? (…) en la historia de un siglo marcado por el totalitarismo Lenin es, sin la menor duda, el único que ha inventado un sistema y dado legitimidad a una obra de violencia e ilegalidad que lo sobrevivió largamente”.