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miércoles, 19 de junio de 2024

Nuestro monstruo

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

Por desgracia, en la historia pesan mas los monstruos que los santos, los guerreros que los poetas y los demagogos que los estadistas.

Durante la pasada semana me he detenido a pensar en los monstruos históricos. Observo que la matanza y el genocidio, llevados a niveles superlativos en el siglo XX, han sido constantes en el relato de nuestro devenir, que en nuestro caso apenas se extiende a los hechos más conocidos, desde Grecia y Roma hasta la gran posguerra en la que vivimos. Hitler y Stalin, desde luego ocupan los primeros puestos como matones, porque es muy poco lo que sabemos de historia china, abundante, con seguridad, en episodios tan aterradores como los de Occidente y donde Mao no puede estar solo...

Recordamos especialmente los guerreros y las incontables víctimas de sus hazañas, descuidando otros engendros que han subyugado, envilecido, aterrorizado y martirizado sus propios pueblos, lo que nos obliga a evocar a Calígula, Nerón y Tiberio, y saltando sobre los siglos, a Enrique VIII e Isabel I, que separan a Inglaterra de la sede romana con la más aterradora crueldad. Oliver Cromwell y sus ironsides, que completan la anterior tragedia, antes de que lleguemos a los revolucionarios como Robespierre o Lenin, obcecados en crear, a través del terror, “hombres nuevos” sobre las ruinas de la civilización. Después del ruso la lista crece. Con solo entrecerrar los ojos desfilan Ho-chi min, Mao, todos los Kim, Ceaucescu, Ulbricht, Pol-Pot y Mugabe...

Lo sorprendente (y a mi juicio, afortunado) es que en ese macabro campeonato no figuran hispanoamericanos. El gran aspirante a monstruo en nuestro ámbito sería Fidel Castro, pero la estrechez de la isla limitó su acción letal. En cambio, concibió un plan continental horrísono, ahora a punto de engullir a Colombia. Chávez y Maduro no han sido grandes matones, pero sí los campeones mundiales en la expulsión de sus conciudadanos, que tuvieron que huir para no morir de hambre.

En fin, hasta la llegada de Petro al poder este país no podía exhibir un monstruo histórico. El que más se aproximó a esa categoría fue Pablo Escobar. Petro, en cambio, descuella tanto en lo civil como en lo militar. Es frío y obsesivo. Jamás olvida ni perdona. No se le conoce gesto amable, sonrisa o gracejo. No se ha conmovido con un poema o una canción y no hay rastro de benevolencia en su vida. Tampoco se le conocen momentos de agradable expansión y su huella literaria se reduce a la firma de una biografía mendaz.

Sin embargo, es el primer dictador que ha tenido Colombia, porque Tomás Cipriano de Mosquera acabó como un pintoresco loquito, y Rojas Pinilla, quien apenas trató de imitar a Perón, fue fácilmente derrocado por una combinación de paro patronal y consejos de monseñor Builes para no ocasionar matanzas.

En pocas semanas, Petro elimina los sistemas sanitario y pensional, y cuando le aprueben la reforma laboral habrá desaparecido en Colombia el modelo de libre empresa. Todo eso en dos años y sin violencia distinta a la de empalagar con astronómicas dosis de mermelada el número preciso de congresistas indignos e infames.

Degradar la salud pública de un país de 50 millones que tenían adecuado acceso a ella es una hazaña tan aterradora como insólita, que le da derecho a ocupar un puesto destacado en la galería que ha desfilado en líneas anteriores.

Pero si en el aspecto civil su labor destructora inicial es impresionante, no ha descuidado el aspecto militar, negativo para las fuerzas institucionales (castradas, desarmadas, desabastecidas, desautorizadas y acuarteladas), pero positivo para las suyas verdaderas, las subversivas, que ya copan cerca del 40% de los municipios.

Como si lo anterior no fuera ya un esfuerzo galáctico y sideral, en sus ratos libres ha tenido tiempo para destrozar nuestras alianzas militares, alejarnos de nuestros aliados tradicionales, desarticular la economía y aplastar el comercio, para que ahora sigamos por la senda del decrecimiento, sustituyendo los hidrocarburos por los psicotrópicos. Y todo eso, sin que haya tenido que sacrificar los largos periodos de su “agenda privada”, destinados al solaz.

Si sus guerrillas siguen conquistando territorio y el Congreso sobornado sigue destruyendo instituciones, en pocos meses seremos otra Venezuela. Petro, realmente, es un operador revolucionario de estatura universal, y no un el pintoresco saltimbanqui tropical.

¡No hay tiempo que perder! Debe ser destituido ahora mismo, sea a través de los mecanismos institucionales, o por la acción del verdadero poder constituyente, el del pueblo colombiano, asqueado de corrupción y temeroso del futuro que lo aguarda bajo el monstruo.

miércoles, 17 de agosto de 2022

El fin del "Homo Sovieticus"

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín

Svetlana Alexandrovna Alexievich (1948), premio Nobel 2015, es una novelista y periodista bielorrusa cuyo libro, El fin del Homo Sovieticus (Barcelona: Acantilado; 2015), no dudo en recomendar como uno de los relatos más originales, no solo para quien aspire a considerar cómo se llegó a la era Putin.

Esta obra nos permite asomarnos a los inmensos sufrimientos que han padecido las gentes de lo que fue la URSS, sin cuya estimación no es posible comprender el horror del comunismo soviético, lo que costó dejarlo atrás, ni la posterior dictadura actual.

Aunque la crueldad de los zares ha sido exagerada mil veces por los relatos de la propaganda de sus sucesores, no puede negarse que la historia rusa repite una sucesión de gobiernos despóticos que hacen pensar que la democracia jamás podrá prosperar en los países que pertenecieron a ese imperio.

Un Iván el Terrible y un Pedro el Grande, sin embargo, al lado de Lenin, Trotski y Stalin, parecen mansas palomas; y en tiempos recientes, Kruschev, Bulganin y Andropov, a pesar de ser dictadores temibles, comparados con los primeros tiranos de la URSS han llegado a parecernos ancianos benévolos.

Algún personaje de la Alexievich nos dice que, en cinco años, en Rusia pasan muchas cosas, pero que en doscientos no pasa nada…, lo que nos hace pensar en la permanencia de los rasgos propios de su pueblo, signado siempre por la resignación fatalista ante un destino implacable, lleno de trabajo agotador y dura pobreza, iluminado todo ello por un sentido mesiánico y religioso, que lo purifica y lo convierte en futuro salvador de la humanidad.

Desde luego, el comunismo significó el martirio más aterrador para las incontables nacionalidades de la inmensa URSS, como puede verse a lo largo de todo este libro, muchas de cuyas páginas son tan estremecedoras como las de Solzhenitsin.

Al lado de ellas aparecen otras que tratan de la caída del socialismo. Este era igualitario y distributivo, aseguraba la pobreza colectiva y una existencia frugal y monótona. En cambio, la implantación de una economía de mercado —ajena tanto a su pasado reciente como al antiguo régimen precapitalista—, ocasionó enormes sufrimientos al pueblo mientras surgía, gracias a la corrupción oficial, el puñado de oligarcas que se adueñaron de casi todas las fábricas, bancos y grandes empresas del país. Al lado de inmensas fortunas, la gente padeció incontables rigores económicos, en medio de una pobreza generalizada, creciente indignación y cierta nostalgia por el socialismo, que incluía, en medio del caos y el desorden, hasta desear un nuevo Stalin.

Con la Perestroika, a partir de 1985, la euforia de la esperanza de un futuro de libertad y progreso, libre del terror permanente, pronto dio paso al desengaño a causa de la inflación provocada por las medidas draconianas para pasar en pocos meses del colectivismo extremo al capitalismo más duro. En 1982, la inflación de precios alcanzaba el 2600%, y la inseguridad callejera era aterradora.

Ese es el trasfondo del libro de Svetlana Alexievich, que da voz a centenares de historias admirablemente contadas de gentes sencillas, que a pesar de recordar los horrores del estalinismo —purgas, Gulag, brutalidad, delación—, siguen condicionadas por la indoctrinación a la que fueron sometidos desde la cuna hasta el sepulcro, que a muchos hace añorar el implacable “orden” de la URSS, mientras las mafias imponen el terror callejero, y el país, improvisando democracia, se desintegra hasta con guerras civiles como la de Chechenia.

A la nostalgia de los ancianos y de los incontables pobres se contrapone una juventud que no conoció el terror, desbocada en la búsqueda de una felicidad consumista, hedonista, frenética…

En fin, el prodigioso y terrible fresco, de 638 páginas, nos lleva hasta las puertas de la transformación que vendrá cuando Rusia se normalice económicamente dentro de una nueva estructura dictatorial. De ella tratará otro libro imprescindible, Los Hombres de Putin, de la inglesa Catherine Belton (Bogotá: Ariel-Planeta Colombiana; 2022), modelo de periodismo económico, bien lejos, por lo tanto, del primor literario y de la narración cautivante de Svetlana, mujer postsoviética que ha tenido que exiliarse en Berlín, perseguida por la dictadura vitalicia y siempre comunista de Lukashenko.

miércoles, 8 de abril de 2020

“La Revolución Rusa”, de Orlando Figes

Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Nada más arriesgado que calificar alguna historia de la Revolución Rusa como la mejor, porque entre los miles de libros que de ella tratan hay centenares sobresalientes. Ese inagotable tema ha merecido estudios grandiosos de Richard Pipes, R. Conquest y R. Service, entre los que conozco; y obras literarias tan esclarecedoras como El Archipiélago Gulag y La Rueda Roja, de Solchenitzin, El doctor Zhivago, Koba, de M. Amis, (acabado perfil psicológico de Stalin), algunos relatos de Ivan Bunin, las sátiras de Bulgachov, entre los que primero se me vienen a la mente.

No obstante, La Revolución Rusa (1891-1924): la tragedia de un pueblo (Barcelona: Edhasa; 2010-2017, traducida por César Vidal), podría competir por el primer lugar entre las que tratan de tan trágico acontecimiento. Su autor, Orlando Figes (1959), es un historiador inglés, del Birbeck College, especializado en temas rusos. Sus libros han merecido varios premios británicos importantes (W. H. Smith, Wolfson, S. Johnson, etc.), entre los que se destacan una monumental historia de la cultura rusa, El baile de Natasha (en lista de espera en mi estudio) y Los que susurran: la represión en la Rusia de Stalin.

Su Revolución Rusa abarca 896 páginas, a las que se suman 42 de notas y 32 de bibliografía en inglés y ruso, principalmente, lo que da idea de la sólida sustentación de la obra. Además, Figes ha leído enormes cantidades de periódicos, revistas, memorias y testimonios de los 33 años que van desde los orígenes de la Revolución, a finales del siglo XIX, cuando el marxismo se apodera de las universidades y domina el pensamiento (dando lugar a la intelligentzia), hasta la muerte, en 1924, y la deificación de Lenin, pasando por los levantamientos populares de 1905, los fracasados intentos reformistas de P. A. Stolipin, la entrada en la guerra de 1914, las derrotas militares, el caos económico subsiguiente y la corrupción generalizada, factores que sumados conducen a la hambruna que hace estallar la Revolución en los suburbios de Petrogrado, en febrero de 1917; el impotente gobierno provisional y el golpe de estado de octubre de ese mismo año, que lleva al comunismo al poder; la destrucción de la economía; la represión; el terror rojo, la guerra civil y la consolidación del nuevo régimen.

Figes recorre ese inmenso escenario con la mayor objetividad. Esta no debe confundirse con la imparcialidad, que corresponde al juez. El historiador verdadero debe narrar los hechos como han sido, hasta donde eso le sea posible, porque su obra no debe ser ni hagiografía ni diatriba. Es al lector a quien corresponde entonces juzgar.

La inocultable inmensidad de los errores y crímenes de los bolcheviques llevan inevitablemente al lector a repudiar la violencia inaudita con que se quiso crear un hombre nuevo y un orden social sin precedentes para asegurar el paraíso en la tierra, lo que no dejó cosa distinta a millones de muertos, miseria, hambre, destrucción, enfermedades, opresión intelectual y persecución religiosa, para los cuales no se escogieron otros remedios que la dictadura y la eliminación física de los opositores. A los campesinos, inicialmente esperanzado, se los fusiló por millones para requisarles hasta el último grano de sus cosechas, causando la más pavorosa hambruna, mientras el gobierno exportaba grano como que si no pasara nada en el campo.

El autor narra todos estos terribles capítulos de manera detallada y siempre bien documentada, sin ocultar cómo la Revolución llega a condenar amplios sectores de la población al canibalismo, la prostitución infantil y la delincuencia.

Este libro nos permite repasar esa historia y también nos abre perspectivas sobre hechos menos conocidos o mal interpretados por lecturas anteriores.

Rescatando vivencias de esos tiempos turbulentos, Figes da la palabra a muchas víctimas sencillas: agricultores, soldados, obreros, viudas. También asistimos al desfile de personajes como Trotski, de aterradora crueldad y superior inteligencia, no mejor que Stalin; Nicolás, incompetente y obstinado; Alejandra, histérica y dominante; Kerenski, vanidoso parlanchín e inepto; Brusilov, general brillante pero iluso; Stalin, incomparable manipulador y principal colaborador de Lenin, a quien luego, cuando este llega a estar senil e incapacitado, prácticamente secuestra, para sucederlo.

He leído muchas biografías de Vladimir Ilich, desde la pésima de Gérard Walter, siguiendo con la mediocre de Hermann Weber y otras que lo exaltan o lo condenan, hasta la reciente, monumental pero insuficientemente punzante, de Hélène Carrère d´Encausse, pero en el libro de Figes he visto más de cerca al aterrador monstruo, con su odio abrasador, su indiferencia frente a la muerte de millones, las decisiones arbitrarias e inflexibles, y el fanatismo y la crueldad en una vida metódica caracterizada por un comportamiento filial, fraternal y frugal.

Con esta obra he descubierto la trayectoria amable, generosa y contradictoria de Maxim Gorki, socialista, revolucionario y bolchevique, que, aterrado por los excesos y crímenes, intercede continuamente por gentes humildes y por escritores y artistas perseguidos, abogando siempre por la libertad de pensamiento. Su inmensa estatura como escritor mundialmente reconocido le permitía tomarse esas libertades sin perder la vida. Su relación de amor/odio con Lenin es bien interesante. Asqueado e impotente, abandona Rusia, pero no dejará de sollozar cuando muera Ulianov. Pocos años después regresa como obediente servidor de Stalin, a quien desprecia en privado, pero le acepta mansión, premios y proventos, sin que  falte la sospecha de que “el Padrecito” haya mandado asesinar al hijo y ordenado el envenenamiento del literato que se estaba volviendo incómodo.

En resumen, una obra grande y especialmente recomendable.

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¡Cuando nunca antes fue más imperativo prevenir la revolución en Colombia, se les ocurre “dialogar con el ELN”!

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Técnica del golpe de Estado


Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
No es este el momento para evocar la versátil parábola vital de Curzio Malaparte (1898 - 1957), autor ya olvidado de La piel” y Kaputt”, sino el de llamar la atención sobre su clásica Técnica del golpe de Estado” (1931), publicada tantas veces y en tantas lenguas.

Ahora, cuando es inocultable el avance del plan subversivo a nivel continental, recupera actualidad este libro del italiano, que recorre en ocho capítulos tanto los preparativos para tomarse el poder como los mecanismos para frustrar el asalto de este.

Arranca con el golpe de Estado de octubre de 1917, mediante el cual Trotski establece el poder comunista. Pero si en esa ocasión triunfa el gran técnico, este experto fracasa en 1927 cuando Stalin se le adelanta.

A continuación, analiza los golpes frustrados en los años veinte, en Polonia y Alemania, incluyendo el Putsch de la cervecería, de Hitler (Munich, 1923), porque el acceso del caporal solamente llegará por la vía electoral, después de la primera edición del libro que nos ocupa.

Los capítulos que tratan de la marcha sobre Roma de Mussolini, de Primo de Rivera y de Pildsudski, siguen al análisis del primer gran golpe de Estado moderno, el del 18 Brumario (9 noviembre 1799), de Bonaparte.

Malaparte escribe deslumbrado por Trotski. Si para Lenin, creador del partido subversivo profesional, la revolución triunfa cuando las multitudes se toman las calles, como a partir del 27 de febrero de 1917 en Petrogrado, ocasionando la abdicación del zar y la creación del gobierno provisional, en cambio para Trotski bastan mil hombres convenientemente escogidos y entrenados para alzarse con el poder. En efecto, de la verdadera Revolución de Febrero y Marzo sale apenas un ejecutivo cojitranco, donde se mezclan burgueses progresistas y delegados del Soviet, que solo será sustituido por la dictadura comunista cuando Trotski realiza magistralmente el Golpe de Octubre que lleva a Lenin al poder. Por eso se ha dicho que Vladimir Ilich era un ideólogo pero que Lev Davidovich era un técnico. Parece entonces que el golpe de Estado conduce al poder de manera más eficaz que el motín.

Desde luego, la técnica para llevarlo a cabo con éxito ha avanzado considerablemente a partir de 1931, pero, sin embargo, el quid sigue siendo el de concentrar las fuerzas en los puntos más débiles: los servicios públicos y los medios de comunicación. Si eso era cierto hace 90 años, ¿qué podemos pensar ahora, en la era del internet y las redes sociales? No olvidemos tampoco que en muchos países los medios masivos están en poder de los compañeros de ruta y de los idiotas útiles.

La “brisa” de Diosdado, que se está convirtiendo en huracán en Chile, no es espontánea como los vientos, los monzones o los tornados, sino el resultado de un largo proceso cuidadoso y profesional de preparación. ¡He ahí la técnica actualizada del golpe de Estado!

Si a Trotski en 1917, con mil hombres y muy poca financiación, le bastaba, ¿qué no puede esperar el Foro de Sao Paulo con miles de periodistas, catedráticos, magistrados, docentes, guerrilleros, explosivistas y políticos, siempre bien coordinados y con inmensos recursos monetarios?

Esta pregunta ineludible exige una respuesta adecuada en materia de prevención, de parte de las autoridades, sobre todo en vísperas del paro anunciado para el 21, que puede dar lugar a desmanes y destrozos como los de Santiago.

¿Sí será todavía verdad en Colombia que “guerra avisada no mata soldado”, cuando se ha pactado debilitar los mecanismos de inteligencia, información y defensa del Estado y se han montado estructuras subversivas como la JEP y la Comisión de la Verdad?

Esta interrogación no es alarmista, como tampoco fue fortuita ni inconexa la caída del ministro Botero, primera víctima de la novedosa doctrina de que no puede defenderse el orden público si por allí hay menores, formulada días antes de esas marchas y aceptada por un autogol oficial.

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Saqueos, incendios y destrucción cruzan fugazmente la pantalla, sin comentarios, pero cualquier acción en defensa del orden público o la infraestructura es condenada como gravísima violación de los derechos humanos, y a continuación viene la estigmatización a escala planetaria, dentro del mayor ruido mediático.

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Ecoanalítica pronostica para este año una caída del 39,1% del PIB venezolano…, y nosotros avanzando tranquilos hacia el abismo…

miércoles, 9 de octubre de 2019

"Lénine", de H. Carrère d´Encausse



Por José Alvear Sanín*

José Alvear Sanín
Autora de 16 libros sobre Rusia a partir de la Revolución, Hèlene Carrère d´Encausse, la gran sovietóloga francesa, née Zourobatchili, adquiere su apellido, sonoro y hasta nobiliario, por matrimonio. Hija de refugiados georgianos, a los 90 años sigue como secretaria perpetua de la Academia Francesa.

Cuando un estudioso amigo puso en mis manos uno de sus libros, “Lénine” (París: Fayard, 1988), recordé los lúcidos análisis que de ella leía en mi juventud sobre el funcionamiento de la URSS, que revelaban los complejos rodajes de esa tiranía, que por entonces parecía destinada a perdurar, avanzando hacia el control del mundo.

Con el dominio del ruso desde la infancia, para ella no sería difícil emprender su interminable exploración de los enigmas y de las realidades del régimen creado por Lenin, tema único e inagotable de esta gran historiadora y politóloga.

Con estos antecedentes se explica el entusiasmo con el que me sumergí en ese extenso texto de 623 páginas, con 17 de apretadas notas, detallada cronología, abundante bibliografía en ruso, francés e inglés y adecuado índice onomástico.

“Lénine” es una obra de consulta, que con “Nicolas II” y “Staline”, completa una importante trilogía. Sin embargo, esta biografía de Lenin no me compele a buscar los otros dos libros, porque, aunque las circunstancias de las acciones narradas son minuciosamente examinadas, el personaje permanece, a mi juicio, alejado del lector, que aunque lo rechaza, no se siente aterrorizado.

La autora, desde luego, no desconoce los horrores de la Revolución ni la crueldad de Vladimir Ilich, pero no se adentra lo suficiente en su alma ni en sus escritos, para ofrecernos el retrato espeluznante del más frio, sanguinario e implacable de los tiranos, porque su ejemplo y su pensamiento han determinado las mayores tragedias, las ocasionadas por sus discípulos —Stalin, Mao, Ho-Chi Minh, los Kim, los Jemeres Rojos, los Castro y ahora Maduro.

La dictadura totalitaria del proletariado, la Checa y el Gulag, resumen la herencia de Lenin, pero sin que el libro recuerde la ideología del personaje: eliminación de todas las instituciones del pasado; exaltación de la revolución, licitud de todos los medios para acelerar su inexorable advenimiento; eliminación de la propiedad privada y de la libertad personal y económica; abolición de la religión; colectivización de la agricultura… y la organización de un partido único, encargado de interpretar la historia y definir la verdad, ejecutor disciplinado de la voluntad irrecusable de un líder infalible y omnipotente.

La lectura de este libro comprueba algunas de mis conclusiones sobre aspectos de la Revolución de Octubre y sus actores, lo que me motiva a referirme a ciertos puntos: En primer lugar, el odio de Lenin por el campesinado es patológico, y por eso, su política agraria no puede ser más contraproducente, de tal manera que la Revolución no tarda en ocasionar la hambruna; y a medida que crece el hambre, Lenin insiste en mayor represión, y por eso manda brigadas encargadas de decomisar los pocos alimentos que quedan en los campos, para abastecer las ciudades, con plenas instrucciones de matar sin contemplaciones, para imponer la colectivización de la producción.

Dentro de ese cuadro aterrador, Lenin, en instrucciones secretas del 19 de marzo de 1922, a Molotov, encuentra una solución:

“Para nosotros, este es el momento, cuanto tenemos el 99% de posibilidades de lograr la destrucción del enemigo [la Iglesia]… Es preciso ahora y solamente ahora, cuando en las regiones hambreadas las gentes se nutren de carne humana, y cuando centenas o millares de cadáveres se pudren en las rutas, cuando podemos y debemos realizar la confiscación de los tesoros de la Iglesia con la energía más salvaje y sin la menor piedad (…) procediendo a confiscaciones brutales e implacables, sin detenerse ante nada, con la ejecución del mayor número posible del clero y la burguesía reaccionaria (…)”.

Estas órdenes fueron respetadas. Solo en 1922, cerca de 8.000 servidores de la Iglesia fueron liquidados (p. 566-567).

Recomiendo este relato a los jesuitas tránsfugas de la teología de la liberación (De Roux, Giraldo, Sosa, y hasta otros más encumbrados), aunque la autora se queda corta, porque no se ocupa de los millares de templos destruidos, de la subsiguiente eliminación del resto del clero, ni del ateísmo virulento en la educación, que llegarán al paroxismo con Stalin y se repetirán en México y España, aun con mayor cantidad de clérigos asesinados, donde la represión de la Iglesia, que no puede faltar en los regímenes leninistas, fue igualmente sangrienta.

Con plenas razones, Mme. Carrère d´Encausse rechaza las afirmaciones, muy repetidas, de que Lenin en sus últimos días intentó corregir el rumbo girando hacia un régimen benévolo, para atribuir a Stalin la brutalidad del comunismo. El libro demuestra la paternidad de Lenin sobre los peores aspectos de la revolución, así como la identidad y continuidad entre las políticas del primero y las de su sucesor. La tardía actitud de Lenin, aislado, inválido y moribundo, en contra de su principal colaborador, no se conoció fuera de su alcoba y se debió a una grosera discusión de Stalin con la mujer del agonizante.

De igual manera, el alegato del autor de El hombre que amaba a los perros”, Leonardo Padura, en el sentido de que, si Trotsky hubiera sido el sucesor de Lenin, posiblemente la revolución no hubiera superado el millón de muertos, contradice la historia terrible de las atrocidades de ese personaje, reseñadas detenidamente en el libro que comento, excelente para quienes no hayan leído mucho sobre Rusia, la Revolución y sus actores. Entre las conclusiones destaco:

“Lenin fue al mismo tiempo un táctico prodigioso y un genio político, inventor de los medios para transformar una utopía en un Estado con pretensiones universales (…) después de apenas cuatro años en el poder (…) ¿Qué otro dictador puede ufanarse de tal éxito? (…) en la historia de un siglo marcado por el totalitarismo Lenin es, sin la menor duda, el único que ha inventado un sistema y dado legitimidad a una obra de violencia e ilegalidad que lo sobrevivió largamente”.