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miércoles, 17 de enero de 2024

La expansión del virus del atraco al poder del Estado

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

El ejercicio del poder es para servir, no para lucro y vanagloria de quien lo ejerza. La expresión colectiva del pueblo contra el populismo en eventos públicos no es más que la manifestación de indignación e impotencia que siente todo ser al saberse atracado, robado, usurpado y engañado.

Dice el adagio: “Desde que las disculpas se inventaron a los gatos los amarran con longaniza”. Y es que ni la ignorancia, la torpeza o la maldad tan propias de las taras ideológicas, justifican el desconocimiento de la ley, de las responsabilidades gubernamentales y mucho menos las conductas dolosas estipuladas en los códigos penales, de acuerdo con los preceptos de las constituciones democráticas.

Nos atracaron de frente, a mano armada por medio del libertinaje aplicable a las organizaciones narcocriminales de todo tipo, hoy asociadas con los muchos políticos que elegimos democráticamente para cuidar del erario y conducir el Estado, en función del desarrollo y el crecimiento de las naciones.

Al pueblo, a la sociedad y a la institucionalidad regional Andina, de algunas naciones centroamericanas y también en España, se les están robando las libertades, la seguridad y el bienestar, la movilidad, la billetera y hasta las esperanzas.

Mientras los encargados de la conducción de los gremios, de la sociedad civil, las fuerzas armadas, los medios y los entes de control, los empresarios y todo tipo de organizaciones cívicas, eclesiásticas y comunales, nos desentendimos frente a la mutación de ilegalidad en legalidad; parece que el cambio consistió en desaparecer de la interpretación de los códigos penales, los delitos de: “prevaricato, peculado o malversación, concusión y cohecho, abuso de autoridad, tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito”, para convertirlos en las herramientas, según ellos, legítimas, de conducción del Estado.

Si el problema de Oriente Medio es el terrorismo y la violencia financiados por el fundamentalismo religioso, el nuestro, en Iberoamérica, no es otro que la degeneración y la corrupción política y económica a causa de la narcodependencia. Tristemente en ambos casos, la debilidad institucional termina con la aceptación de utópicas negociaciones con el terrorismo y la violencia dentro del marco de la legalidad, resultando la sociedad atrapada en el círculo vicioso de la impunidad que sólo multiplica la violencia.

Fue, atracando la constitucionalidad y la legitimidad del poder con el virus revolucionario cubano, que se instauraron las falsas democracias operadas por las narcocleptocracias autócratas y dictatoriales que actualmente operan cuatro de los estados bolivarianos y que hoy tienen en jaque la unidad de España.

El contagio castro-chavista nos llevó a realidad del Ecuador bolivariano y a la de Colombia en la actualidad, consecuencia del inconstitucional acuerdo de Cuba que desconoció al constituyente primario y que, omitiendo la ilegalidad del crimen organizado narcoterrorista, en términos de DIH, admitió la existencia falaz de un “conflicto armado”, lo que abrió la puerta al reclamo espurio del estatus de beligerancia, que a su vez conllevó a reclamar un inexistente derecho de rebelión, con el cual se justificó la concesión de impunidad y la conexidad de delitos que condonó arbitrariamente crímenes de sangre o de lesa humanidad y otorgó prebendas políticas a los delincuentes.

Lo anterior habilitó la multiplicación exponencial de bandas criminales en nuestros países, con lo cual se hace imposible la presencia del Estado en zonas de ocupación criminal y el control de la seguridad y la movilidad ciudadana, sin recurrir a medidas extraordinarias, si se quiere recuperar un Estado de derecho funcional.

Venezuela y Colombia fueron los laboratorios del nuevo sistema para inocular el virus del caos controlado por ideas narco-neo-estalinistas que amenazan las democracias del mundo cristiano. La diferencia entre los líderes que permitieron y promovieron la llegada del socialismo del siglo XXI con Ali-Baba el leñador de la fábula persa que se encontró el tesoro en una cueva y le llenó las bolsas a los ladrones, es que aquel sólo atendió a una pandilla de 40 ladrones, mientras en la región Andina los alcahuetas del castro-chavismo dejaron abierta la puerta de la cocina para que entraran narcogobiernos a repartir el poder entre cuanto cleptócrata, resentido y delincuente pudieron recoger en las calles.

Aquí mientras nuestro Gobierno esparce el virus de la vida por las galaxias del universo, permite y hasta subsidia el de la muerte por todo el territorio nacional. Nadie medianamente normal y decente con dos dedos de frente, así haya votado por el cambio como lo hicieron muchos gomelos y mamertos, se trepa como maquinista en ese tren del cambio sin carrilera, pero tampoco podemos seguirle comiendo cuento a la mentira y el engaño de gobiernos cínicos, incapaces, que demuestran estar patológicamente enfermos y adictos a la irresponsabilidad, la improvisación y la psicodelia.

La región no aguanta más estar gobernada por seres ineptos, depravados, mañosos y desvergonzados, que se dan la gran vida y terminan siendo millonarios, ni por terroristas empedernidos que manejan la amenaza al empresariado y cercenan la libertad de expresión, de inversión y el emprendimiento, con la sutileza del corte de una cuchilla “Gillette”. El pueblo latinoamericano está harto de la dialéctica embustera del populismo, de un discurso demagogo que desprecia la verdad, mientras la conducta personal de sus gobernantes humilla la bondad y el intelecto del ciudadano e insulta la gente honesta y trabajadora que ve ya embolatadas sus capacidades y sus esperanzas.

La llegada un socialismo del siglo XXI confeccionado a la medida del narcoterrorismo criollo cubano-bolivariano, es pura hechura de los egos de expresidentes vanidosos y de dirigentes gremiales flojos y alcahuetes, que como único legado y herencia dejaron a estos países una total inversión de los valores propios de la responsabilidad de la conducción del Estado y el manejo de la cosa pública.

No es tarde aún. Dependemos de la justicia y su capacidad de castigar judicialmente el estupro político, social y económico cometido. La gente desconfía del juicio político parlamentario pues, ni los legisladores ni quienes hoy ostentan el poder, han sido capaces de judicializar a los grandes proxenetas, ni a los cabecillas de las organizaciones narcoterroristas.

La región sigue pagando un gran costo de oportunidad inmenso, mientras quienes infestaron nuestras democracias de caos al confundir libertad con libertinaje, obligaciones con garantismos e igualdad con equidad, hoy se inventan la falsa teoría de la inmunidad internacional de los exmandatarios, con el fin de evitar el bumerang de la responsabilidad criminal vinculada con sus campañas y mandatos, con el caso de corrupción internacional de Odebrecht, y con el que recibió, por debajo de la mesa, ayudas y compensaciones de contratistas públicos y todo tipo de organizaciones criminales, terroristas y narcotraficantes.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Escenas de la estupidez política

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

En la bien nutrida historia universal de la estupidez política se registran pocos episodios tan lamentables como el de la oposición venezolana. Los incontables “partidos” que en debilísima coalición forman la MUD, aceptaron concurrir a elecciones, a sabiendas de que el gobierno de Maduro cometería todos los fraudes imaginables —y otros nuevos—, y aun así acudieron a unas urnas inútiles ante el cómputo electrónico, que ya estaba preparado para arrojar los datos que quería la dictadura. Esta les permitió “ganar” en dos pequeñas de las 23 tres gobernaciones. Y a cambio de estas lentejas legitimaron a Maduro. ¡Otra cosa es que hayan obtenido las probables prebendas monetarias que desde Judas acompañan la traición!

Nuestra Hispanoamérica ofrece con frecuencia capítulos de estupidez política. El reciente caso del Perú es aleccionador. Después de veinte años de una propaganda incesante que convirtió al expresidente Fujimori en un monstruo aterrador, con facilidad se impuso la consigna de “¡Primero me corto la mano que votar por ella!”, con el resultado del mamarracho del sombrerón analfabeta y estólido.

Con seguridad Fujimori cometió muchos errores, pero la verdad es que se le ha encarcelado por haber derrotado a Sendero Luminoso. Y aquí en Colombia, el doctor Uribe, que seguramente cometió también errores, no es el monstruo sangriento y criminal, que por haber derrotado a las FARC debe ser execrado, calumniado y perseguido hasta llevarlo a la cárcel —violando todas las leyes penales y procesales—, antes de las próximas elecciones, cuando muchos dirán: “¡Primero me corto la mano que votar por un uribista!”.

Con la atomización de las fuerzas democráticas, en Colombia corremos el riesgo de imitar a los peruanos y superar a los venezolanos, para conquistar así el gran premio de la estupidez política universal. Con dos o más millones de venezolanos que piden limosna en nuestras calles o que les quitan el trabajo a los colombianos más pobres, ¿cómo es que el gran consejero económico y mentor político de Chávez encabeza las encuestas, con grandes posibilidades de alcanzar la presidencia?

A él no lo afectan el abultado prontuario ni la pésima Alcaldía, la mendacidad y el cinismo inocultables, las propuestas descabelladas, los costalados de billetes filmados ni las suntuosas mansiones…

Frente al peligro inocultable, los candidatos insisten en jugar irresponsablemente a que “si de pronto llego al segundo puesto, en la segunda vuelta gano”.

Como las propuestas de Petro son alocadas los candidatos van a rebatirlas, desde luego con razón, altura y lenguaje técnico, pero otra cosa puede pensar un electorado agobiado por el desempleo, la carestía y la pandemia, motivado por los espejismos de la renta básica permanente, los servicios domiciliarios baratos, emisión en vez de impuestos, salud y pensiones no contributivas, y la expropiación de las tierras agrícolas, con el fin de repartirlas a los campesinos, en un país ecológico en el que se cambiará el negro petróleo por el verde aguacate…

Todo lo de Petro es locura electoralmente productiva. Pero para derrotarlo no hay que entrar en polémicas intelectuales con él, sino mostrarles a las gentes cómo ese individuo puede volvernos una segunda Venezuela, pero sin adónde emigrar.

Sería increíble que con ese país al lado y con sus ciudadanos mendigando en nuestros semáforos, aquí gane el castro-petrismo, pero si los políticos siguen sin unirse en una firme coalición democrática y patriótica, el pronóstico es reservado.

Antes de las elecciones, especialmente inquietante es el trato amable, respetuoso, cordial y cortés con que se trata siempre al “doctor Petro” en los medios y en todos los congresos gremiales donde se presenta como un político moderado y de centro-izquierda. Esto hace que el elector piense que ese individuo es un personaje normal, como los otros aspirantes.

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Curioso que al iniciarse la campaña presidencial, el Departamento de Estado — ¡al parecer sin consultar con la Cancillería colombiana!—, proponga retirarle a las FARC su condición de movimiento terrorista. Ante este despropósito, contrasta el rechazo de muchos legisladores de Estados Unidos, con la ausencia de protesta oficial y partidista en Colombia.

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“La revolución la inventan románticos, la protagonizan fanáticos y la aprovechan indeseables”

—Thomas Carlyle

sábado, 28 de diciembre de 2019

Vigía. Meditaciones de Pascua: el odio como doctrina


Por John Marulanda*

Coronel John Marulanda
El marxismo-leninismo y su versión tropical castro-chavista es el verdadero opio de los jóvenes latinoamericanos, su peor narcótico. Los enajena profundamente desde temprana edad, inducidos tradicionalmente por agentes ya enviciados que, como jíbaros, reclutan más imbéciles para su usufructo. Simple, unívoco, explicativo de toda complejidad humana con argumentos plausibles, seduce con la rebelión propia de la juventud, contra lo que dificulta o impide realizar sueños, anhelos o deseos. El gran responsable de todo mal humano es el neoliberalismo capitalista que justifica odio y violencia, enseñados, aplicados y aprobados por mente capti (mente cautivos, mentecatos), cabecillas aferrados a la bomba, el fusil y el machete.

Petro es un lamentable ejemplo viviente y actuante de esa añeja, estéril y dañina doctrina. En una reciente entrevista, sigue delirando con lo mismo que acariciaron los asesinos de las FARC durante más de 50 años: una multitud aclamándolos victoriosos. Vagas y falsas ilusiones. Los de las curules regaladas, dan vergüenza a la gran mayoría de los colombianos y los armados siguen secuestrando, asesinando y extorsionando con las mismas banderas sesenteras, pero congregados alrededor del sucio beneficio capitalista del narcotráfico.

Petro ve unas élites que, a menos que se avengan a “una democratización de Colombia, por las buenas”, recurrirán al “accionar de las ametralladoras, que es lo que están haciendo ahora”. Es un hilo de violencia entreverada que aprendió desde muy joven en el monte, tutorado por verdugos farianos, en el vil asesinato de José Raquel Mercado y en la masacre del Palacio de Justicia. “Sociedad que no se mueve, es una sociedad muerta” anuncia doctoral, pero no aclara que sociedad que se mueve en dirección al socialismo del siglo 21, del cual es el connotado vocero y promotor, es sociedad que va al despeñadero.

Preocupa pensar que los jóvenes que asumirán el mando del país, en vez de aplicarse al conocimiento y al desarrollo del sentido crítico, anden detrás de la imbecilidad de un violento que se erige vocero entre “la base misma de la sociedad” y “el rey”, entretanto recibe bolsadas de dinero como cualquier vulgar bandido. La paz, la solidaridad de los pueblos, el internacionalismo y toda esa habladuría, solo sirven para encubrir ambiciones de poder totalitario y delincuencial, que se disfraza de alternativa en alianza atractiva con sectores “progres” empeñados en temas de moda y anti todo lo que signifique institucionalidad. Esas minorías envenenadas pueden acabar con un país. Miren a Venezuela.