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jueves, 15 de septiembre de 2022

Vigía: de Manhattan a la selva del Chocó

Coronel John Marulanda (R)
Por John Marulanda*

El pasado 11 de septiembre, se celebró el aniversario 21 de los cuatro atentados suicidas de miembros de Al Qaeda contra las 2 torres del World Trade Center, símbolos máximos del capitalismo, y contra El Pentágono y en ruta a la Casa Blanca. Murieron más de 3.000 estadounidenses. Aún asombrado por las imágenes de la televisión, testimoniamos la reacción bélica norteamericana contra Afganistán, con una invasión patrocinada por la OTAN el 7 de octubre del mismo año, 2001. Una nueva era empezó en el mundo: la guerra contra el terrorismo. En el 2003, se desencadenaría la invasión a Irak, para llegar a Irán y Hezbolá, tan presentes en Venezuela y actuantes en la región.

En Latinoamérica, los efectos de tal guerra no se hicieron esperar y el delito de terrorismo se impuso en todos y cada uno de los países de la región. En Colombia, por ejemplo, sin ninguna discusión congresional, se instauró en el Código Penal el delito de terrorismo, una figura delictiva preexistente en el Estatuto Antiterrorista del 2003, entre otras.

Pero en estas dos décadas, muchas cosas han cambiado, especialmente de la mano de la tecnología cibernética y de las redes sociales vigentes.

Siendo Colombia el primer productor mundial de cocaína, el narcoterrorismo es una idea que se configura desde los años 80 y que hoy en día se aplica a las FARC, al ELN y a los carteles de la droga; sus recursos monetarios ilícitos alimentan y son el combustible de la violencia actual. 19 masacres mal contadas durante las cinco semanas iniciales del nuevo gobierno, con su raíz narcotraficante, plantean un verdadero reto para las fuerzas de seguridad del Estado.

Los 19,5 (29,2 Anif 2017) billones de pesos, un 2 % (3 % Anif 2017) del PIB nacional, son el combustible para este tipo de violencia criminal que ha ensangrentado diferentes comunidades desde Barranquilla, pasando por Santander y llegando hasta el Cauca. Siete de cada 10 gramos del narcotráfico global (Unodc) se exportan desde el país y el 80 % de las víctimas de homicidios habitan en municipios con cultivos de coca. Bandas como los “Pachenca”,  la “Oficina”, los “Costeños”, la “Local”, la “Cordillera”, los “Mexicanos” y otras organizaciones criminales, se articulan con carteles mexicanos, mafias europeas y organizaciones criminales transnacionales venezolanas que, como el Tren de Aragua y los Maracuchos, campean en el país.

La propuesta “Paz Total” y el reinicio de negociaciones con el Comando Central (COCE) del ELN, plantean el doble discurso vigente: la gerontocracia de esa organización sesentera, mantienen un discurso político de corte castrista. Están protegidos en Cuba. Pero sus huestes, frentes y cuadrilla, que suman unos 3.000 efectivos, están profundamente comprometidos con la minería ilegal y el narcotráfico. Creemos que la tal Paz Total para Colombia, un país con seis décadas de violencia interna, va a ser un fiasco mayor. Porque si eso es con el ELN, ¿Cómo será con las otras organizaciones narco criminales? Esperemos que el Alto Comisionado para la Paz, tenga una hoja de ruta clara pues la inseguridad en Colombia nos está afectando a todos, a lo que se agregan las crecientes afugias económicas.

De las torres de Manhattan a las negociaciones con el ELN en La Habana y en las selvas el Chocó, la lucha contra el narco terrorismo no ha perdido vigencia, mucho menos en Colombia en donde la guerra irregular está en pleno desarrollo. Y la civilidad de Nueva York no tiene nada que envidiarle al primitivismo de la selva chocoana en Colombia.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Vigía: septiembre, de primavera a otoño

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

Mientras el adusto bombero neoyorquino tañía la campana en el aniversario del abatimiento de las Torres Gemelas, mi memoria voló rauda a septiembre de 1972, cuando, como aprendiz de periodista en Radio Manizales, bajo la tutela de Javier Giraldo Neira y las enseñanzas de Néstor Gardner, oíamos impactados y expectantes de qué manera 8 terroristas palestinos habían ingresado a la villa Olímpica en Múnich y secuestrado a la delegación israelita en sus habitaciones.

Múnich, Manhattan y El Callao

Todo terminaría mal 21 horas más tarde, cuando la operación Sinnenschein fracasó en su intento de rescate y 17 personas fueron asesinadas, entre ellas 11 atletas judíos, 5 terroristas y un policía alemán. Septiembre Negro, se llamó el grupo extremista palestino de este episodio y el noveno mes de nuestro calendario gregoriano, quedó impreso con letras de sangre. Los asesinos fueron cazados uno por uno por las fuerzas de seguridad israelita en la operación Cólera de Dios, que sirve de argumento de la película “Múnich”, dirigida por Steven Spielberg. “Se hizo justicia”, me chatea un buen amigo desde un kibutz.

Lo de Manhattan, casi 30 años después de lo de Múnich, cambió muchas cosas de nuestro mundo. La profunda herida en el orgullo nacional norteamericano aún ronda como fantasma cada 11 de septiembre, al tenor de la monódica lectura de nombres de seres humanos inocentes, sacrificados por fanáticos a un dios inclemente y sanguinario. Después de dos décadas y 6.4 billones de dólares gastados en la subsecuente guerra contra el terrorismo, el mundo sigue siendo un lugar inseguro y la incertidumbre ronda por las cuatro esquinas entreverado en pandemia, clima y sectarismos.

Por confluencias del destino, a las 04:00 horas de este mismo sábado 11, en el Centro de Reclusión de Máxima Seguridad de la base naval de El Callao, falleció alias “presidente Gonzalo”, la “Cuarta espada del comunismo”, profesor de filosofía y fundador de “Sendero luminoso”. Y es que, si los extremistas de Al Qaeda asesinaron en Nueva York tres mil ciudadanos en 102 minutos, Abimael Guzmán asesinó 30.000 peruanos, algunos dicen que fueron 70 mil, en poco más de una década, en los 80. Estaba próximo a cumplir 89 años, cumpliría 29 de su cadena perpetua y murió asfixiado en los efluvios pulmonares de su maoísmo. ¿Se hizo justicia?

Preocupan ahora los vínculos de varios ministros y funcionarios del nuevo presidente Castillo con esta banda narcoterrorista que, en mayo pasado, asesinó a 16 adultos y niños, como advertencia a los votantes por la Fujimori.

Nuevo terrorismo

En nuestro obituario revolucionario también septiembre tiene su historial, que sería largo enumerar. Baste mencionar en 1983 la toma de Cutufí, Apure, frontera con Colombia, por parte del ELN, banda que este mismo sábado 11, asesinó a 5 e hirió 6 soldados colombianos en Saravena, Arauca, frontera con Venezuela. No esperemos justicia.

En el 2021, hay un elemento nuevo que marca la diferencia entre Múnich, las Torres Gemelas y tantos otros eventos terroristas mayores ocurridos en esta calenda: las redes sociales. La razón por la que el terrorismo catastrófico del 9/11 no se ha repetido es porque otras tácticas, hasta ahora, han funcionado mejor, más rápido y mucho más barato”, dice Emerson T. Brookings de Digital Forensic Research Lab (DFRLab). La “caída de Kabul”, por ejemplo, no fue solo un asunto militar de barbudos misántropos y radicales con muchos muertos como se pronosticaba: las redes sociales jugaron un papel importante en esta nueva derrota septembrina del imperio norteamericano y están siendo una herramienta sustancial en el diseño del “nuevo proyecto islámico” talibán. Y no mencionamos tecnologías nuevas que están cambiando rápidamente no solo al mundo sino al mismo ser humano, tales como inteligencia artificial, algoritmos, realidad virtual amplificada, conexiones 6G, criptomonedas, etc., que hacen que las subametralladoras y los carros bomba parezcan artificios bélicos medievales, desafortunadamente aún activos y efectivos.

Volviendo a septiembre, queda para el registro que también el 11 de ese mes, en 1973, el mando militar bajo la dirección del general Augusto Pinochet, asaltó el poder en Santiago y reversó el avance comunista en Chile. Episodios de septiembre, mes asignado a Vulcano.

jueves, 26 de agosto de 2021

Vigía: "La caída de Kabul" y Latinonamérica

Coronel John Marulanda (RA)
Por John Marulanda*

En este periodo post Kabul, los cerebros de los analistas y los ojos del mundo están atentos al mar del sur de China y al estrecho de Taiwán, que recalibrarán la fortaleza y la actitud norteamericanas como primera potencia militar del mundo. América latina en este “interesante” mapa geoestratégico, ha entrado discretamente a jugar su papel de reparto.

La “caída de Kabul” pronostica para nuestra región una ofensiva política, diplomática, económica, mediática y eventualmente militar de US. Tiene que lavar la cara frente a los ataques mediáticos de Rusia y China que se burlan de “su supuesto poder global” y que enfatizan la no confiabilidad en el apoyo norteamericano, mensaje muy sensible para Brasil y Colombia, a menos de un año de sus elecciones y con las capacidades cibernéticas de Moscú y Beijing, previamente demostradas a estos gobiernos de centro derecha.

Colombia, el mejor amigo de US en la región, ha acudido a su llamado de apoyo humanitario y albergará unos 4.000 refugiados afganos, que se trasladarán al país del norte en un impredecible futuro. La gran diferencia con unos 10.000 migrantes haitianos, cubanos, venezolanos, asiáticos y africanos varados en Urabá, frontera con Panamá, es que a estos musulmanes los financiará la potencia. Y el primer hotel en ser utilizado para su albergue será el de la Caja de sueldos de los militares retirados.

Se habla de una posible infiltración de miembros de organizaciones radicales islamistas entre los migrantes afganos y el potencial riesgo que representarían contra la seguridad pública de los países que los hospedarán. Pero hasta ahora, Al Qaeda, Isis y Hezbolá, no están interesados en abrir un nuevo campo de batalla, especialmente en este baluarte cristiano, sino en usufructuar las ganancias del crimen organizado transnacional de la cocaína y la minería ilegal (el coltán y el oro producen tanto o más dinero que la cocaína) cuyos dineros lavan hábilmente.

Los afganos en general conocen el asunto del narcotráfico del opio (llegó a ser casi la mitad de su PIB en años anteriores) y no se extrañarán del negocio de la cocaína, pero debido a su idioma, cultura y condición, será relativamente fácil su control.

El verdadero riesgo de tener afganos “temporalmente” pagos por Estados Unidos, es que se instauren guetos, zonas de no intromisión, como en París, Madrid, Fráncfort o Londres. Islas en donde impera la sharia, no necesariamente en su versión Talibán, y en donde el Estado, sus leyes y su policía, no aplican. La mejor apuesta caribeña, sin embargo, es que estos afganos terminarán bailando cumbia o salsa, comiendo arepa, aficionados al guayoyo y pariendo crías colombo-afganas.

De caer el poder político de Colombia en manos de la izquierda amiga de Chávez, lo hemos dicho, el desprestigio militar norteamericano por lo de Afganistán y el asentamiento de China, Rusia e Irán principalmente en Venezuela, obligaría al Pentágono a tomar cartas serias en el asunto. Si es que no las están tomando ya.

El asunto finalmente puede terminar en una confrontación bélica entre señores de la guerra del ELN, las FARC, Hezbolá, carteles mexicanos, bandas delincuenciales venezolanas tipo Tren de Aragua, mafias europeas y asiáticas, militares nacionales y extranjeros, y otras organizaciones ilegales. Algo que ya se está viendo en Arauca-Apure. En este teatro del desastre, las ideologías serán artificios desacreditados y subsidiarios al interés económico inmediato y a la consecuente lucha por el control territorial. Con fondos ilícitos, los sexagenarios cabecillas marxistas leninistas insistirán en financiar su revolución, a pesar de que la experiencia colombiana les ha demostrado que el narcotráfico deprava su base combatiente.

La presencia de asilados afganos en Colombia y otros países de la región, no se ve, en principio, como un riesgo de seguridad. Pero en este peligroso juego “feopolítico”, muchas cosas pueden suceder.

miércoles, 25 de agosto de 2021

¿Y nuestros talibanes?

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

Es explicable la inicial “prudencia” de los talibanes de Kabul cuando anuncian su respeto por los derechos y conquistas femeninas. Al fin y al cabo, aún quedan algunos focos de resistencia, vencidos los cuales, y cuando el mundo mire hacia otra crisis, dejarán sus aparentes miramientos.

Lo de Afganistán es aterrador: un grupo irreductible de salvajes fanáticos y analfabetas pasan de controlar un tercio del territorio a gobernar todo el país, para imponer despóticamente un “nuevo” orden social (que ya habían ensayado), brutal e inmodificable.

Ahora bien, en nuestra Iberoamérica abundan grupos similares que podemos llamar “talibanescos”, aunque no esclavizan ni degradan a las damas hasta los extremos de los afganos, pero la suerte de mujeres y niñas bajo las FARC y el ELN no era mejor realmente. En cuanto a las conexiones entre guerrilla y narcotráfico, las nuestras están tan comprometidas con la cocaína como las de allá con la heroína. Y eso para no hablar de las relaciones, en ambos casos, con la minería ilegal —oro, coltán, tierras raras—, de la que trata The Independent en el interesante artículo “How the taliban is funded. Where the military group gets money and weapons”, del 20 de agosto / 2021.

El ideal político retardatario, regresivo, brutal y totalitario del grupo asiático es primordialmente cavernario, mientras en los nuestros se añade el componente marxista-leninista y estalinista, que a la hora de la verdad no es más esclarecido. Es posible que la ejecución brutal y sumaria en Afganistán, procedente de la lucha armada exclusivamente, sea más expedita que la combinación de guerrilla y política comicial, que exige paciencia, disimulo y acceso gradual al poder, pero en ambos casos el resultado final es lograr un poder omnímodo que jamás será sometido a los vaivenes de la voluntad popular.

En cuanto a los efectos de la toma del poder, todos sabemos que el pueblo afgano habrá de sufrir sin la menor esperanza de un mejor estar económico y social. Ningún narcoestado se preocupa por el bienestar de su población, sea en Birmania o en Venezuela. Y ya que hablamos de nuestros vecinos, es fácil ver los resultados del talibanismo castro-chavista.

En Colombia tenemos muchos talibanes criollos, empezando por el Senado, las Cortes, el magisterio y hasta el clero, avanzando día y noche hacia el poder. Si el año entrante lo alcanzan, poco tiempo después cesarán las sonrisas, la fementida aceptación del modelo de libre empresa y libertades individuales, así como los últimos vestigios del estado de derecho. Como quien dice, el final de la civilización y el ingreso a la barbarie.

Toda la vida ha habido “talibanes”. El signo ideológico es lo de menos: los comunistas de Lenin, Stalin y Mao se superaron con Pol-Pot y los Kim, pero no están solos, porque el mundo ha estado lleno de movimientos como el IRA, ETA, los Tupamaros, los Montoneros, Sendero Luminoso, FARC, ELN, Boko-Haram, Al Qaeda, que no han sido inferiores, en materia de crueldad y violencia, a las SS. En esto del terrorismo, “Olivos y aceitunos, todos son unos”.

Pero mientras la amenaza totalitaria sobre Colombia avanza, nuestros políticos siguen engolosinados en sutiles juegos decimonónicos y en la proficua explotación del Estado, que no les permite enterarse del supremo horror del posible triunfo, el año entrante, de nuestros propios talibanes.

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¡Monumental el destape del taimado, sigiloso, insidioso, piadoso, lacrimoso, calculador, ladino, falaz, mendaz, perjuro e hipócrita padre De Roux!