María Cristina Isaza
*Lo diré
claramente: en mi concepto la mejor propuesta (seria, desinteresada, que sí
estaba en pro de salvaguardar a Colombia) fue la de los expresidentes Gaviria y
Uribe, cuando propusieron una gran consulta en la que participaran todos juntos:
desde Abelardo, hasta Fajardo. Ese claramente era el camino.*
Colombia parece empeñada en
repetir sus errores. Y lo más inquietante es la incapacidad del espectro
político y ciudadano del centro a la derecha para entender la magnitud del
momento histórico que vivimos.
El escenario que se está
configurando para 2026 lo veo peligrosamente similar al de 2022: egos
desbordados, ciudadanos comportándose como barras bravas defendiendo personas
en lugar de modelos de país, fuego amigo (entre candidatos y entre equipos) y
una profunda incapacidad para priorizar el modelo de país sobre las
aspiraciones individuales.
La ironía brutal, es que mientras
tanto, el proyecto de izquierda radical ha avanzado, disciplinado, cohesionado
y con objetivos claros. (Aunque esa cohesión se fragmentará con la no
participación de Cepeda en la consulta, inevitablemente se armará el bloque que
rodee a Cepeda y el que apoye a Roy, quien en este panorama es el gran
opcionado).
Las similitudes al 2022.
Fragmentados, otra vez:
Por un lado, un centro–centro
izquierda que minimiza la amenaza y desprecia el riesgo sistémico, y por otro,
un bloque del centro a la derecha fragmentado, ruidoso y más ocupado en
atacarse que en construir una mayoría viable para ganar presidencia y tener un
buen Congreso.
El resultado es predecible:
dispersión del voto, una segunda vuelta favorable al continuismo que ya
exacerbó la feria burocrática, que hizo la gran movida irresponsable y
populista de un aumento desmedido del salario mínimo (sin importar las
consecuencias para el empleo formal e inflación). Además, el candidato del
continuismo goza de ser “suavizado” por algunos sectores, a pesar del peligro
real que representan sus ideas para la economía de mercado y la democracia
(apoyó todas las reformas nefastas de Petro, ve con buenos ojos a Cuba y la
Venezuela del chavismo).
En 2022, Rodolfo Hernández logró
capitalizar el hastío y pudo desligarse de la etiqueta de “derecha,
establecimiento”. Hoy eso no es posible. Abelardo, quien se denomina como “anti
establecimiento”, carga con símbolos, amistades, alianzas y estilos que le
dificultan enormemente la ampliación hacia el centro y centro izquierda. Y en
política, sin ampliación muy difícil la victoria. Le ayudaría buscar una
alianza para Vicepresidencia con alguien del centro político. También parece
que los candidatos del centro a la derecha (los de la consulta, Abelardo y
demás) están concentrados en hablarle al votante de derecha, que es el que
tiene más que claro que no quiere continuismo.
El “extremo centro” con su
abstención moralista y la renuncia a su responsabilidad histórica.
Hay algo especialmente
preocupante en el comportamiento del llamado “centro bien pensante” (también se
comporta como un extremo). Ese sector que, ante la disyuntiva histórica,
siempre opta por la “abstención moralista”, el voto en blanco o “irse a ver
ballenas” antes que asumir una decisión incómoda; aunque lo que esté en juego
sea el modelo político y económico.
Se repite el mismo patrón: se
subestima la amenaza, se relativiza el daño y se acusa a quienes alertan de
“extremistas que asustan con el comunismo”. Exactamente el mismo error que
cometió buena parte de la élite intelectual venezolana en los primeros años del
chavismo.
La historia es terca: los
procesos autoritarios no llegan de golpe. Llegan paso a paso. Empiezan
reformando la Constitución, debilitando contrapesos, capturando instituciones,
destruyendo empresas estratégicas y normalizando el clientelismo.
Decir hoy que “esto no se volvió
Venezuela” no es un argumento: es una negación peligrosa. Venezuela tampoco lo
era en 1999 (solo hasta el segundo período de Chávez comenzaron las
expropiaciones, en 2007 anunció el “socialismo del siglo XXI”, en 2009 se estableció
la reelección indefinida, en 2012 comenzó crisis económica, social y política;
en 2016 estalló la hiperinflación y comenzaron los éxodos masivos).
*Un proyecto que ya tiene el
camino abonado*
El petrismo no está improvisando.
Tiene estructura, tiene narrativa y tiene objetivos claros. Ya dieron el primer
paso para una Asamblea Nacional Constituyente (ya pueden comenzar a recoger
firmas). Ya han presionado al Banco de la República para que emita y aplique
políticas no ortodoxas. Ya han promovido que debieran aplicarse controles de
precios. Ya han debilitado a Ecopetrol, replicando el mismo libreto con el que
Chávez destruyó PDVSA: expulsar técnicos, politizar la empresa y convertirla en
fortín burocrático.
Colombia ha resistido, no por “lo
bueno del Gobierno”, sino a pesar de él:
* Gracias a instituciones que aún
se sostienen.
* A un empresariado resiliente
que ha soportado ataques constantes.
* A condiciones macroeconómicas
favorables.
* A instituciones que han hecho
contrapeso como el Banco de la República, las Cortes y el Congreso (aunque el
clientelismo y la corrupción hicieron mucha mella en el último)
*Aquí no es sobre personas, ¡es
sobre el modelo!*
Este no es un debate entre
nombres propios. Es un debate entre dos modelos de país: uno basado en la
libertad de mercado, la institucionalidad y el progreso. El otro, basado en el
estatismo, el clientelismo y la desconfianza hacia la empresa.
Un segundo mandato de
irresponsabilidad económica y políticas anti empresa podría ser letal.
La elección que no estamos
entendiendo
En este contexto, apostar todo a
una segunda vuelta es un error estratégico grave: hay presión armada en
múltiples territorios (aunque en este sentido nos sirvió la reunión con Trump,
quien le puso reglas claras, y ya vimos que ordenó bombardeo al ELN), tienen el
poder político, presupuesto… además no olvidemos la posible compra de votos y
fraude electoral (en lo que pienso también nos pudo incidir positivamente la
reunión con el presidente Trump). La mejor posibilidad real de frenar este
proyecto es ganar en primera vuelta, o al menos llegar con una ventaja clara y
una coalición sólida.
*Lo diré claramente: en mi
concepto la mejor propuesta (seria, desinteresada, que sí estaba en pro de
salvaguardar a Colombia) fue la de los ex presidentes Gaviria y Uribe, cuando
propusieron una gran consulta en la que participaran todos juntos: desde
Abelardo, hasta Fajardo. Ese claramente era el camino.* Pero unos candidatos
(por ejemplo Vicky), se dedicaron al “fuego amigo” a estigmatizar a Abelardo
como de “extrema derecha” y a atacarlo constantemente. Por otro lado Fajardo y
Abelardo se negaron a participar cuando ya fueron formalmente invitados :
Fajardo aludiendo a que la consulta “polariza”, es de “extremos” y Abelardo
porque “tiene un mandato popular y la consulta genera gastos innecesarios”.
Lamentable…
Hoy podríamos pagar el costo de
la falta de cohesión y de no entender el verdadero objetivo. A Venezuela le ha
costado 26 años unirse. Ojalá, al menos en segunda vuelta, prime finalmente el
país sobre los egos y se rodee al candidato que sea pro mercado, pro seguridad
y no simpatizante de las dictaduras cubana y venezolana. Esos son los acuerdos
mínimos fundamentales.
Hoy veo con preocupación que, de
los candidatos de la gran consulta, solo Paloma ha sido directa en decir que
apoyaría a Fajardo o a Abelardo en una eventual segunda vuelta sin el ganador
de la consulta. Si estos dos candidatos hubieran sumado a la gran consulta, los
demás participantes tendrían que rodearlos y se hubiera bajado un poco el ruido
a los ataques y señalamientos que de nada nos sirven hoy. Eso es parte del
encanto de este mecanismo.
*Algunas preguntas que deberíamos
estar haciéndonos como país:*
¿Cuánto más habría crecido
Colombia con un Gobierno comprometido con el progreso?
¿Cuánto hemos dejado de ganar por
malas decisiones en el sector minero-energético, clave para la estabilidad
fiscal?
¿Cuántos colombianos no han
salido de la pobreza por la negligencia del actual gobierno?