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martes, 5 de julio de 2022

De cara al porvenir: repercusiones y acciones

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

Un análisis menos caliente de los recientes resultados electorales y acontecimientos políticos nos debe llevar a una profunda reflexión, a un mea culpa y a un acto de contrición sinceros por parte de aquellas instituciones y personas que de manera poco civilizada poco aportaron en las jornadas vividas.

Sea lo primero, reconocer que la presencia de los expresidentes, y lo digo de la manera más respetuosa, ha resultado anodina y sería conveniente que se dedicaran a disfrutar de un buen y digno retiro de los asuntos políticos.

Segundo, la necesidad de refundar a los llamados partidos tradicionales y tratar de convertir en verdaderos partidos políticos al cúmulo de movimientos de todos los pelambres que hoy existen y que enturbian y en poco contribuyen al bienestar del país.

¡Sin partidos políticos no hay democracia! Ojalá lo entendamos y actuemos en consecuencia.

Lo tercero, el fracaso del mal llamado sistema educativo colombiano para formar ciudadanos y crear ciudadanía. Está bien que la gente emplee como argumento el “derecho a opinar”, pero en este caso, con argumentos. Sino seguiremos siendo un rebaño de ovejas listo para que los lobos caudillistas sigan haciendo de las suyas respaldados por la ignorancia política reinante.

Lo cuarto, la necesidad del cumplimiento de unos principios profesionales mínimos, sin siquiera pensar en la existencia de códigos de ética, –pues un código de ética no se le niega a nadie–, no solo para los medios de comunicación, sino para quienes emplean los distintos tipos de canales de comunicación entre los cuales sobresalen por su propensión a ser empleados irresponsablemente, las redes digitales de todas las clases.

Lo quinto, tiene que ver con la creación y presentación de los programas de Gobierno que se han convertido en un requisito de forma, ya que quienes tienen experiencia los saben elaborar de modo que, a punta de generalidades, lugares comunes y esquemas de presentación apropiados, permiten que todo lo que se diga o todo lo que se interpele pueda ser “ubicado” fácilmente dentro del texto, que entre otras curiosidades casi nadie lee.

Lo sexto, hay que reconocer que se ha desgastado completamente el formato de los mal llamados “debates televisivos o presenciales”, que no son debates sino un espacio que, si es medianamente bien utilizado, sirve para vender una imagen personalista o para enunciar generalidades, o si no, como ha venido ocurriendo, para descalificar a los contendores de turno, no siempre de buenas maneras.

Lo séptimo sería llamar la atención para propender, o mejor exigir, el uso de un buen y respetuoso lenguaje y el manejo de las buenas maneras que deben emplearse para desarrollar el proceso de las campañas electorales. La campaña que recién termina pasará a la historia como una de las más grotescas, rastreras, vulgares y mal educadas por parte de los precandidatos, los candidatos, sus equipos de trabajo y sus seguidores.

Recordemos a Gustav Malher cuando dice: “La tradición es mantener el fuego vivo, no adorar las cenizas”.

¡Todo por Colombia, nada contra Colombia!

viernes, 1 de abril de 2022

Carácter

José Leonardo Rincón S.J.
José Leonardo Rincón S.J.

Se supone que el carácter es el rasgo que de manera particular nos distingue permitiéndonos ser auténticos. Una persona falta de carácter es una persona que se deja manipular por otros sin tomar una posición definida. Una persona que tiene carácter es alguien que se muestra como es, independientemente de lo que los otros piensen o digan. Llama al pan, pan y al vino, vino.

Si algo repulsa es una persona voluble, cambiante, que se acoge a lo que digan los otros y no a sus propias convicciones, un camaleón que se adapta obsecuentemente según las circunstancias, alguien que quiere quedar bien con todos y no es capaz de tomar partido y mucho menos asumir sus propias decisiones con sus respectivas consecuencias.

En un contexto diplomático es políticamente incorrecto mostrarse tal cual se es, tal cual se piensa. Error craso decir eso que se piensa, sin rodeos, sin máscaras ni apariencias. Para muchos, no se ve bien ser claro, directo, asertivo, sincero. Es mejor guardarse lo que realmente se piensa y mucho más cómodo salir al corrillo a criticar en privado.  Más grave aún expresar los propios sentimientos, pues eso podría verse como signo de debilidad e inmadurez.  Se admira, felicita y premia a quien se reprime y calla, como si eso fuera una virtud.

Tener carácter es valorado por algunos, pero criticado por muchos. Es tan confortable aparentar… es bien recompensado callar… es la mejor manera de querer quedar bien con todos, evitarse dolores de cabeza y problemas, a sabiendas que querer agradar a todos termina en no poder agradar a ninguno.

Indudablemente nos genera total desconfianza alguien sin carácter, el veleta que se mueve al vaivén de los vientos de turno.  En la vida hay que definirse pues esa misma vida le pasa factura a los ambiguos.  Con razón el Evangelio dice que tu respuesta debe ser si o no. Y el Apocalipsis hable de que por no ser frío o caliente, por tibio, será vomitado

Tener carácter resulta costoso y pasa cuenta de cobro al rating de popularidad. Es duro, fuerte, bravo, de mal genio, exigente, dicen. Incluso algunos afirman que se es amargado. Mejor si fuera complaciente, si se reservara sus comentarios, si no fuera tan directo, si fuera más permisivo y laxo. Tiene su carácter, es templado. Mejor colorado una vez que pálido y baboso muchas.

En la vida, para un contexto como el que vivimos, se requieren personas de carácter. Que tengan las cosas claras. Con gente así uno sabe a qué atenerse, con quién se cuenta. Los grandes líderes son personas de carácter. Capaces de alcanzar logros y también de reconocer sus limitaciones. Se necesitan cojones para afrontar grandes retos y sortear circunstancias difíciles, como las que vivimos.

martes, 10 de noviembre de 2020

De cara al porvenir: obsecuencia

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

La obsecuencia es una característica vinculada al sometimiento y a la condescendencia. El término deriva del vocablo latino obsequentia. Aquel que es obsecuente pretende congraciarse con alguien por conveniencia propia o por temor. Por eso actúa con una amabilidad fingida o exagerada, buscando la aprobación del otro.

Cada vez más, esta característica se convierte en pan de cada día en medio de una sociedad cuyo nivel educativo es bajo, aunque el nivel de alfabetización sea alto. Una cosa es estudiar y otra cosa es formarse y prepararse para entender y aportar, a partir de un criterio y una personalidad, que se respete a sí misma y obviamente respete las de los demás.

Una cosa es el respeto y la obediencia y otra cosa es aceptar, per sé, que el jefe tiene la razón, o que al jefe hay que hablarle endulzándole los oídos alrededor de las lógicas, las posiciones y los temas que a él le interesan.

Le debe respeto y obediencia el cardenal al papa, no obsecuencia.

Le debe respeto y obediencia el coronel al general, no obsecuencia.

Le debe respeto y obediencia el ministro al presidente, no obsecuencia.

Le deben respeto y obediencia al gobernador y al alcalde los secretarios, no obsecuencia.

Le debe respeto y obediencia el periodista al editor, no obsecuencia.

Le debe respeto y obediencia el empleado al gerente, no obsecuencia.

La obsecuencia es adulación y la adulación es debilidad.

Podríamos seguir con los ejemplos, relacionados todos con la línea de mando o la autoridad, pero es que lo importante es reconocer que la obsecuencia, nubla los sentidos, genera posiciones genuflexas y aíslan al personaje de autoridad ante quien se rinde la obsecuencia, de un verdadero contacto apropiado con la realidad.

Yo amo el fútbol y sigo las transmisiones televisivas de nuestra liga de fútbol y he decidido bajar el volumen de la trasmisión, pues no tengo la paciencia suficiente para tolerar el servilismo o la obsecuencia con la que, por ejemplo, nuestro gran exfutbolista Farid Mondragón repite unas 100 veces por partido la perorata de que “Estoy totalmente de acuerdo con Carlos Antonio”, entre otras curiosidades el mejor comentarista de fútbol del país.

Y es que parece que expresar la opinión propia fuera un despropósito que puede incomodar al superior o jefe temporal, pues todos los jefes terminan siendo temporales.

No señor, el intercambio abierto y argumentado de las propias posturas con las ajenas es la base de la tolerancia y de todo el espíritu democrático de quienes creemos en la democracia como sustantivo y no en la democracia como adjetivo.

Además, las posturas obsecuentes son irresponsables, pues priorizan la facilidad de la relación, al cumplimiento de los deberes y el apoyo al superior para que los problemas puedan ser reconocidos, comprendidos y enfrentados.

Para ser amigo mío, no a todos les tiene que gustar el Atlético Nacional, ni el bizcocho de chocolate, ni el libre pensamiento, ni la lectura, ni la argumentación directa, ni mucho menos mis preferencias políticas o gastronómicas.

La obsecuencia se generaliza y por eso hoy evidenciamos la inexistencia de verdaderos líderes. El pasar de agache, el decir o hacer lo políticamente correcto, no lo necesario, el evitar generar discusiones o conflictos, el dilatar la toma de decisiones importantes, son el signo del nuevo estilo de mal llamado liderazgo que hoy observamos.

Casi siempre las relaciones laborales establecen y condicionan los criterios de decisión y las exigencias de comportamiento de los vinculados en términos de responsabilidad y compromiso, así como de las posturas éticas adoptadas como correctas, lo cual se vuelve dialéctico y complejo.

¿Cuál sería la postura de un profesional a quien nombraran como director de una Corporación Autónoma Regional encargada del tema ambiental, con respecto a la explotación minera? ¿Cuál sería la postura de ese mismo profesional si lo nombraran alto ejecutivo de una empresa minera, con respecto al tema ambiental? Difíciles parangones que cotidianamente se observan y ante los cuales debe existir por parte de los profesionales, un alto nivel de idoneidad, una evidente fuerza de carácter, unos innegociables principios éticos y un gran compromiso con los altos intereses de la nación.

La obsecuencia ridiculiza las relaciones y lleva a la indiferencia, a la indolencia, al importaculismo criollo y lo que es más lamentable, al “sálvese quien pueda”.

Rescatemos a Antonio Gramsci cuando dice: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir es tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano ni de tomar posición. La indiferencia es abulia, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso, odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador y la materia inerte en la cual frecuentemente se ahogan los entusiasmos más esplendorosos”.