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viernes, 25 de agosto de 2023

Persecución

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.

La Iglesia Católica atraviesa en Nicaragua por sus más difíciles momentos. Su verdugo ha resultado ser su antiguo socio de la revolución sandinista, Daniel Ortega, quien ha encarnado en la vida real el famoso adagio popular: “no hay cuña que más apriete que la del propio palo”.

A mediados de los 70 el pueblo nicaragüense ya no aguantaba más la dinastía de los Somoza. Las injusticias reflejadas siempre en estos males propios de nuestra gente: pobreza, desempleo, hambre, carencia de educación y salud, violencia, violación de derechos humanos, se convirtieron en el caldo de cultivo perfecto para que el sufrido pueblo se sublevara y soñara con un mañana mejor. La revolución sandinista se convirtió en la mejor opción y un sector importante de la Iglesia decidió apoyarla abiertamente, tan decididamente que cuando asciende al poder en 1979, entre sus líderes sobresalen en altos cargos del Estado varios sacerdotes, recuerdo entre otros a Miguel D’Escoto como Canciller, Ernesto Cardenal como ministro de Cultura y su hermano Fernando, jesuita, como ministro de Educación.

Sin embargo, tan romántica relación comenzó a deteriorarse relativamente pronto. El afán de poder y de querer perpetuarse en él como fuese, suscitó una distancia crítica en el seno de esa junta revolucionaria, lo que llevó a que fueran desfilando uno a uno los antiguos socios para convertirse en opositores del nuevo régimen. La visita de Juan Pablo II en 1983 terminó resquebrajándolas aún más. El pontífice tan activo políticamente en su natal Polonia regañó duramente a los que en estas latitudes hacían lo propio, pero del otro lado. Su amarga experiencia con el comunismo no podía tolerar coqueteos con un marxismo pragmático que utiliza y manipula todas las formas de lucha para hacerse al poder. Treinta años después la historia le dio la razón y hoy, muchos de los que colaboraron con Ortega, están arrepentidos.

Ortega se ha ensañado con sus antiguos amigos. Ha profanado templos, ha expropiado bienes, expulsado religiosos y sacerdotes extranjeros, cerrado ONG de ayuda internacional, encarcelado obispos, desterró al Nuncio meses antes de romper relaciones diplomáticas con el Vaticano. La semana pasada confiscó la UCA, acusándola de promotora del terrorismo, entre otras cosas. A la misma que en momentos de efervescencia le otorgara un doctorado Honoris causa, ahora le quitó la personería jurídica a la Compañía de Jesús.

Dicen que “quien no conoce la historia está condenado a repetirla”. Lo más triste es que conocemos esa historia y la repetimos, no sé si por deliberada terquedad o por estupidez crasa. La Iglesia Católica se mueve siempre en “delgadas líneas rojas”, fronteras no siempre claras y definidas, que la obliga a no cohonestar con las antievangélicas malas prácticas que atenten contra la dignidad humana y los valores que promulga. Y eso hace que tome distancia de aquellos que en su momento fueron sus amigos, llámense de derecha o de izquierda, del partido o corriente política que sea. Eso es lo que no puede aceptar el amnésico Ortega que hoy procede igual o peor que el Somoza que derrocó. A ver si aprendemos, aunque seamos viejos. Ojalá no sea tarde y todavía estemos a tiempo, espero.

viernes, 19 de agosto de 2022

Así paga el diablo...

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

La dictadura en Nicaragua es tan evidente como descarada. Daniel Ortega, quien en otrora fuera uno de los líderes de la revolución popular sandinista, hoy día, apoltronado en el poder, ha olvidado los principios revolucionarios que un día lo inspiraron y se ha convertido en un tirano. No exagero si afirmo que eso pasa en las derechas y en las izquierdas y que es un mal genético de quien se queda en el poder por mucho tiempo. Y si no pregúntele a Fidel o a Pinochet, tan diametralmente opuestos en lo ideológico, como parecidos a la hora de hacerse sentir como capataces de sus pueblos.

Por eso desde estas líneas manifiesto mi malestar con la posición que adoptó la delegación colombiana en la OEA, al final de la semana pasada, cuando optó por retirarse de la sesión donde se condenó a Nicaragua por la violación de derechos humanos. Esa falta de compromiso con la carta fundamental deja mal sabor diplomático. No entiendo qué pretensiones hay con esa actitud de querernos congraciar con la dictadura de Ortega. ¿Bajar la tensión por el conflicto que tenemos en la corte de La Haya a propósito de San Andrés y sus cayos?, ¿entrar en el club de la izquierda latinoamericana haciéndose pasito con uno de sus exponentes? Mala cosa, porque la consistencia del discurso tiene que ser la misma aquí y acuyá. Uno no puede protestar aquí y hacerse el de la vista gorda allá. Derechos humanos fundamentales son los mismos para unos y para otros. No puede haber distintos raseros.

Ortega, el gran detractor de Somoza en los 70, hoy es su réplica empeorada. Uno a uno fue sacando a codazos a sus compañeros de revolución, uno a uno ha ido echando a la cárcel a todos los que no piensan como él, una a una ha cerrado decenas de instituciones y ONGs, una a una ha expulsado comunidades religiosas y ahora ataca ferozmente a la iglesia católica, esa misma que un día lo apoyó en su lucha revolucionaria y estuvo en la junta que ganó la revolución en 1979 con personajes como De Escoto y los hermanos Ernesto y Fernando Cardenal. “Así paga el diablo a quien bien le sirve”, sentencia la máxima popular. Así paga el diablo de Ortega y su siniestra esposa que buscaron el poder, no para servir al pueblo sino para lograr sus siniestros propósitos.

Los principios y valores que el evangelio defiende deben permanecer incólumes, llueva, truene o relampaguee. No son plastilina manipulable al caprichoso vaivén de los de turno, o de sus estados anímicos, o de las conveniencias ideológicas y políticas. Deben conservar su libertad e independencia, su frescura y conciencia crítica. Cuando la Iglesia le da por jugársela tomando partido por un partido político no le va bien, nunca le ha ido bien, porque su servicio no es al poder de la fragilidad humana, sino a la causa del Reino que predicó Jesucristo. Ahora, la Iglesia nicaragüense, vilipendiada y humillada, perseguida y ultrajada por el régimen ha decidido no claudicar, no dar el brazo a torcer, mantener la frente en alto y seguir adelante. Su causa no es politiquera, su razón de ser es esencialmente religiosa para promover la vida, la dignidad humana, la verdad, la justicia, la paz, el amor. Lecciones de vida que se repiten para que aprendamos, de una vez por todas.