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lunes, 18 de diciembre de 2023

Aquelarre

Luis Guillermo Echeverri Velez

Por Luis Guillermo Echeverri Vélez

(- Aquelarre. Junta o reunión nocturna de brujos, con la supuesta intervención del demonio ordinariamente en figura de macho cabrío, para la práctica de las artes de esta superstición.)

¿Seguirá el país enredado en el infame aquelarre de la política delictiva, tan habilidosa en aquello de viciar, sobornar y pervertir?

¿Por qué queremos seguir en manos de delincuentes bendecidos por la impunidad? ¿Será insensatez, estupidez, masoquismo o puro y legítimo malcriado descaro, propio de egos inflamados o narcisismos cultivados en probeta que nos imponen personajes con negros pasados éticos y delictivos, retocados con Photoshop?

En lugar de una prolija formación de políticas públicas, la politiquería colombiana parece una pesadilla que enmarca un aquelarre de rituales oficiados por Chucky, el Pingüino, Drácula, Herodes, Maquiavelo, Rasputín y toda la caterva de asesinos, violadores, narcoterroristas, jíbaros, degenerados, siervos y volatines, que los corteja en medio de la horrible noche.

Aún sigo sin entender por qué en Colombia uno de cada dos hijos de su madre, quieren y creen que pueden ser presidentes de la República, sin contar con una robusta trayectoria de realizaciones importantes, ni destacarse por una verdadera y abnegada vocación de servicio o sin tener las capacidades que demanda la compleja, malagradecida y desgastante función de ser elegido como “el mejor” para conducir toda una nación.

Aquí tenemos la falsa convicción de que el puesto o posición es el que hace al personaje, y no el carácter, la ética, la calidad humana y los logros reales y demostrables de la persona lo que importa. Nos equivocamos al creer que el puesto público por el solo hecho de haber calentado el banco varios años, convierte a cualquier burócrata en personaje presidenciable.

La proliferación de candidatos emergentes sin la debida acreditación es una prueba más de la gran debilidad y degeneración partidista y democrática nacional.

Argumentar que así es la democracia, es una disculpa inútil en esta era del conocimiento y la transformación digital. Con ese hueso los partidos y movimientos políticos entretienen y engañan al electorado, dándole tratamiento de pulgoso callejero, en lugar de presentar al “programa de telerrealidad presidencial” a los mejores de la patria, tal y como ocurre en el deporte y la ciencia, y así enaltecer y servir con calidad humana el teatro de la democracia.

En honor a un concepto de democracia acomodado a la libertina cultura greco-quindiana, el país no puede soportar el costo de elegir nuevamente un “propio” de quienes entraron los ladrones por la puerta de la cocina, ni de los asociados a mafias y organizaciones criminales narcoterroristas.

Si queremos desarrollo, no podemos elegir cualquier inútil sin carácter con vocación de lustrabotas, que termine controlado por las fuerzas del mal instaladas de regalo en el parlamento, como le ocurrió a Venezuela con Maduro a quien Diosdado Cabello tiene a su servicio, atornillado al trono de Chávez.

Hoy son los contratistas del Estado los que emiten la garantía pecuniaria con la cual salen marcados los muñecos a la tarima del remate preelectoral, a ver cuál es el partido o movimiento qué más da por sus promesas de reparto contractual y clientelista.

Una gran proliferación de precandidaturas frente a las que quieren proponer continuidad del pacto diabólico demuestra que somos una sociedad enferma de egoísmos e individualismo y adicta a la insensatez y la violencia, que sólo habla de paz, cuando no hay tal y no existe posibilidad remota de conseguirla jugando con la desesperanza nacional.

Para mí es tan grave esta desunión política convertida en el tétrico aquelarre que le rinde culto a la impunidad, el clientelismo y la corrupción, como la gran cantidad de candidaturas improvisadas de un sinnúmero de mediocres, cuando el país debería estar trabajando para implantar un sistema que garantice contar con personas de probado calibre ético y conceptual para poder salvar al Estado de un gobierno suicida que se lleve con él a la tumba comunista toda la nación, al dilapidar sus sistemas de seguridad, libertades económicas, propiedad privada, justicia, salud, pensiones y laboral.

Si hay algo que los políticos sinuosos no quieren, es una institucionalidad gremial y sindical trabajando unidas en favor de la expansión del sector privado y el desarrollo socioeconómico.

Casos como el del servil “Bruce Wayne” criollo, que se cree el Batman de ciudad gótica, pero ha sido incapaz de combatir al Pingüino carranguero, tienen tanto de largo como de ancho.

Ejemplos como el de algunos y algunas gritonas, energúmenas, descriteriados, gomelos, “youtubers” y saltamontes sin realizaciones, o el de retorcidos camaleones de vieja data conocidos por su habilidad en la arena de la corrupción y su público concubinato con la criminalidad, son prueba de lo mal que está el partidismo nacional, donde no hay una estructura ética ni moral que respalde un sólido método interno de preselección de candidatos.

Aquí se necesita alguien sensato, coherente, honorable y con los huevos bien rayados, que haya tenido un buen ejemplo en la casa, que pueda presentar logros personales, capaz de garantizar el retorno a la legalidad y convocar un equipo de profesionales honrados y determinados a devolver al país al camino de la seguridad, la justicia, el crecimiento y el desarrollo.

Si una nación, cual fue el caso de Argentina, no pasa de un liderazgo cleptócrata, demente y degenerado acompañado de una manada de avezados delincuentes, a que la administre el mejor equipo profesional que tenga el país, se puede pagar caro por asumir el riesgo de perderlo todo en el casino electoral, más ahora que a la ilegalidad se le borró la “i” y nuevamente se repite la historia de que un presidente con tal de no soltar el poder, convierte como por arte de magia en legal, todo lo que en un Estado formal de derecho es ilegal.

Así son las cosas en este país del Sagrado Corazón de Jesús: pasa de todo en materia político-delictiva pero no pasa nada. La justicia y el parlamento están contaminadas y la gente nota que hay persecución política y alcahuetería con los grandes delincuentes que están libres o aforados tras las curules de la impunidad. Y en esa insólita realidad, el aquelarre parece perpetuarse.

lunes, 17 de enero de 2022

Propósito común

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.

En todo grupo social que esté unido y que además sobresale por el sentido de superación en el logro de objetivos, siempre se percibe que existe un propósito común, que es el que les da fuerza y coherencia al trabajo que se realiza. Para cada caso, para cada proyecto, el propósito común puede variar, pero siempre está presente la unidad del grupo y la perseverancia para obtener resultados.

En Colombia tenemos un sentimiento de nación, que es el que podemos diferenciar del concepto de Estado, y que entendemos por él, en un sentido simple, a “un grupo social delimitado espacialmente bajo el seno del cual se ejerce el poder político, económico y social”. Por ello aceptamos que Colombia, nuestro territorio, que linda con dos mares y las naciones de Brasil, Ecuador, Perú, Venezuela y Panamá, se diferencie de ellos por el propósito, por el sentido de unidad, por la perseverancia en trabajar unidos y desarrollarnos por el apoyo de cada uno para que cada región sobresalga. Al final intentamos que cada parte del territorio prospere y logre superar las dificultades de su región y así el sentido de nación impere y mantenga su unidad.

Por ello, en mi opinión, es más importante el sentido de unidad, de propósito común, que el mismo territorio. Como ejemplo puedo decir que los palestinos y los israelitas, que son grupos humanos unidos por la historia, la tradición y sus creencias, fueron primero naciones que Estados.

Por lo tanto, hoy en Colombia debemos recuperar ese sentimiento de unidad, de propósito común, y para iniciar debemos aceptar que no hay lugar, región o sitio que sea más importante que otro y que cada conciudadano es igual, independiente de la gran ciudad que habiten o del pequeño lugar de residencia que tengan. Allí, en cada lugar, podemos tener un sentido de nación, aquello que nos hace sentir parte de algo, en este caso, de un territorio y de un Estado.

He tenido la oportunidad de recorrer nuestro territorio tanto la zona del pacifico,  como la del atlántico y desde Nariño  hasta la guajira y puedo afirmar que todas y cada una de las personas con las que comparto se sienten felices de vivir y haber nacido en Colombia, pero, todas ellas esperan y desean una mejor presencia del estado en sus territorios y con esos conceptos  podrán apreciar ustedes como el sentido de nación existe, pero imploran presencia del estado, por lo tanto en las regiones tenemos serios problemas económicos y sociales y debemos resolverlos.

Todo esto me lleva a pensar que es importante que pensemos, actuemos y cambiemos el modelo de gestión administrativo en nuestra Colombia. Debemos descentralizar, dar vida a la autonomía regional que implora la región de la costa y que también añora Antioquia, y así dividamos el país en regiones autónomas, que tengan más control y decisión de sus ingresos y de sus propios proyectos. No se trata de separaciones, seguiremos siendo un solo país más descentralizado, no dependiendo del centralismo que nos ahoga, y así las asambleas departamentales y los concejos municipales serán más importantes y valiosos en el desarrollo de cada región. Seguramente será una sola asamblea por región y se continuará con los concejos municipales.

Aprovecho la oportunidad de dar respuesta a un ciudadano, amigo mío, por cierto, que me dijo que yo prefería a los antioqueños por encima de los de las demás regiones, lo cual no es cierto. Así le respondí, porque tengo conocidos que valoro, aprecio y en general veo el esfuerzo de cada una de las personas de esas regiones por superarse y eso a mí me llena de emoción. Tienen mi apoyo, los impulso y quisiera poder hacer más por el mejoramiento de las condiciones de vida de ellos y sus familias, pero, lo que sí es cierto es que he logrado la unidad del territorio en muchos aspectos, en el respeto, la valoración de las características étnicas propias, sus tradiciones y necesidades. Reconozco la importancia de sus regiones y cómo se le aporta al folclor. Cada uno de ellos reflejan la sensación de unidad y de sentido de nación, por lo cual, al final de cuentas, no tengo sino agradecimiento y aprecio por todos ellos y sus familias.

Todo esto para reafirmar que cada región podrá superarse y crecer si sus dirigentes trabajan por la región, se crean empresa grandes o pequeñas, se respetan los dineros públicos y damos mejores condiciones de vida a nuestros hermanos colombianos.

Los invito a que ese sentimiento de nación, el querer pertenecer al Estado de Colombia, sea para mejorar, superarnos y pensar en el bienestar colectivo y no en el personal.

Un Estado autonómico, respetuoso del derecho de las otras regiones, facilitará el apoyo y trabajo conjunto entre regiones para hacer un país grande y libre, así tendremos todos un propósito común.