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viernes, 28 de febrero de 2020

Movilidad caótica


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
Cada vez más admiro a la mayoría de nuestros ciudadanos que a diario gastan entre dos y cuatro horas para trasladarse entre sus lugares de vivienda y de trabajo. No sé si se ha hecho un cálculo técnico para contar esas horas, multiplicarlas por miles y calcular en cuestión de números cuánto le cuestan al país esas desperdiciadas horas-hombre de trabajo. Horas que podrían medirse también como horas-calidad de vida; horas-descanso; horas-productividad; horas familia…

No se necesita que caiga un fuerte aguacero que inunde las vías por un alcantarillado taponado para que el tráfico colapse. Todos los días hay embotellamientos, eso que llamamos trancones o tacos. La malla vial desde el origen está mal trazada y resulta rota, estrecha e insuficiente. La semaforización electrónica no está sincronizada. Motociclistas se atraviesan por doquier, los ciclistas no usan las ciclorutas y los peatones desafían a los vehículos lanzándose a la calzada sin el menor asomo de prudencia o cuidado.

El pico y placa fue una medida restrictiva que en Bogotá fracasó. En otras ciudades observo que funciona racional y sensatamente porque al hacerla flexible y rotativa, mejora la movilidad sin que la gente se vea motivada a adquirir otro vehículo, resultando realmente pedagógica. En la capital se cometió el craso error de hacerla fija en sus días y radical en su horario: el negocio fue para los concesionarios que dispararon sus ventas pues el número de vehículos se duplicó. Para colmos, una estúpida idea alienta a pagarle al fisco el derecho de poder circular sin restricciones. Entonces uno se pregunta si efectivamente el problema era disminuir el número de coches circulando o de plata para alimentar la corrupción y pervertir la normativa.

Se ha querido controlar la velocidad y se advierte la detección electrónica de la misma. Las cámaras fotográficas se exhiben amenzantes con la expedición de foto comparendos. La tortuguesca dinámica cotidiana, ahora se ve ralentizada con restricciones absurdas: obligar a andar a 50 kilómetros cuando perfectamente se podría ir a 70 en los pocos corredores viales donde todavía podría hacerse. Más ridículo lo que viví en esta semana en alguna de nuestras carreteras: siendo de doble calzada obligan a los conductores ir a 30 o 40 kilómetros, cuando podría ser a 80 o 90 cuanto más. Lo ridiculo además estriba en que los conductores obedecen en tanto pasan las cámaras, porque después aceleran a fondo para recuperar el tiempo perdido. Mejor y más inteligente ejemplo lo que vi en el Túnel de Oriente que comunica a Medellín con Rionegro en 18 minutos y donde la velocidad aumentó de 50 a 60 como mínima y de 60 a 70 como máxima.

Tenemos, pues, una caótica movilidad. Bogotá fue declarada hace poco a nivel mundial como la ciudad donde sus ciudadanos pierden más tiempo a diario para trasladarse. Como ya estamos acostumbrados a ello, se nos volvió paisaje y no nos emancipamos, pero es una realidad absurda y completamente dañina. El no haber previsto y construido con tiempo un organizado sistema masivo de transporte nos tiene en estas. Sin duda, un reto grande no solo para la administración distrital sino también para el gobierno nacional pues, al fin y al cabo, esta es la capital, puerta de entrada al país y supuesto referente de desarrollo. No lo es ahora y no le queda más alternativa que serlo en el inmediato futuro. ¡Ojalá!

martes, 5 de noviembre de 2019

De cara al porvenir: la viga en el ojo ajeno


Por Pedro Juan González Carvajal*

Pedro Juan González Carvajal
Hace algunos años, quienes teníamos que hacer diligencias en la capital de la República, sosteníamos que lo mejor de viajar a Bogotá era llegar de regreso a Medellín.

De igual manera, se convirtió en una cantaleta permanente y casi que objeto de burla, aquello de que los llamados “tacos” o congestión extrema del transporte en Bogotá eran del otro mundo, que era casi que imposible la movilización dentro de la ciudad y que había que salir con mucho tiempo de anticipación para ir al lugar destino de una reunión, si no queríamos llegar tarde, pues eso todavía nos angustia a algunos pocos antioqueños.

Hoy por hoy, la crítica que le hacíamos a Bogotá se nos devolvió enterita a nuestra querida ciudad, ampliándose poco a poco a todo el Valle de Aburrá. A pesar de tener Metro, Metroplús, Sistema Integrado de Transporte, Cables, Tranvía, buses, taxis, motos y bicicletas, el taco va en orden creciente, imparable, agravado por algunas obras de infraestructura que están en construcción, que bien podrían valer la pérdida de tiempo y de paciencia de los ciudadanos todos, porque de alguna manera nos vemos beneficiados si son entregadas a tiempo y con calidad, o por obras que abruptamente hay que parar por problemas en la contratación o por la equivocada selección de los ejecutores.

Simplemente, por poner un ejemplo, tomemos el caso de la parálisis de Metroplús en la Aguacatala, obra suspendida hace casi tres meses y cuya reanudación está prevista para dentro de dos meses (El Colombiano, sábado 19 de octubre de 2019, página 13). ¿Cuánto vale este incumplimiento?, ¿cuánto se afecta nuestra pretendida competitividad?, ¿quién se responsabiliza por el desencanto y el tiempo que perdemos los ciudadanos, quienes finalmente pagamos las obras y sufrimos sus malas ejecuciones?, ¿dónde están los benditos interventores?

Ahora bien, la sanción implicará que el contratista no podrá volver a contratar con el Estado, pero esto es una medida inocua, pues para cada obra se constituye una empresa que desaparece cuando esta se termina, cuando se entrega y cuando se da por recibida. La sanción debería ser ejemplar, por lo continuado de los casos que en ningún momento se pueden ver como casos aislados.

La prohibición de contratar con el Estado y la sanción profesional que debería darse por el gremio de turno debe ser contra el Representante Legal y los miembros de la Junta Directiva de la Empresa que incumple, con repetición para los Representantes Legales y los socios de las empresas que hacen parte del “consorcio o de la empresa temporal”.

Si hablamos de verdadera competitividad, debemos partir del acertado manejo de los recursos públicos, aplicados a obras públicas.

¿Por qué no se propone, que el gremio que agrupa a los grandes constructores premie a quien entregue las obras cumpliendo con los estándares de calidad exigidos, en un menor tiempo y a un menor costo?

Y a su vez, ¿por qué no castiga ejemplarmente a quienes, por dolo, por acción o por omisión, incumplen, retirándoles su licencia profesional y expulsándolos del gremio?

En un país donde no se cumple ni un solo cronograma y ni un solo presupuesto, habría que averiguar qué es lo que están enseñando en las instituciones educativas que abordan estos temas a nivel de pregrado o posgrado, pues sinceramente su impacto es inexistente.

De igual manera, revisar por parte de las entidades certificadoras de calidad, si algunas de sus empresas incumplen en el desarrollo de los proyectos a cargo, para que les sean retirados de una manera inmediata, tales certificaciones, pues no las merecen.

El cáncer no se cura con alcohol y es necesario que los ciudadanos nos pronunciemos para que nuestros gobiernos y los líderes del sector privado asociados al tema de la infraestructura, se pongan las pilas de una vez por todas y procedamos a sancionar legal, económica y socialmente a quienes manejan alegremente los recursos del Estado, que finalmente son los impuestos que todos pagamos.

Y por último, no dejemos crecer el chiste destemplado de que a la ingeniería antioqueña se le caen hasta las aceras.

martes, 21 de mayo de 2019

De cara al porvenir: otros aportes al tema ambiental y de movilidad


Por Pedro Juan González Carvajal*

Pedro Juan González CarvajalEl ejemplo es el mejor de los métodos pedagógicos que existe para orientar al individuo y a la sociedad con respecto a las pautas de actuación que se quieren implementar y reforzar. cuando a todos se nos pide colaboración con respecto a restringir la movilidad por el bien común, los ciudadanos de Medellín aceptamos de manera cívica los sacrificios que sean menester por mejorar las condiciones de vida de todos los habitantes de nuestra querida ciudad.

Es por eso, que merecemos toda la reciprocidad del mundo por parte del Municipio y de sus empresas subordinadas, como EPM, para lo cual solo se requiere un poco de previsión, si no de planificación.

Yo personalmente gozo cuando veo cuadrillas de trabajadores trabajando en la mejora del espacio público, por encargo del Municipio de Medellín. Todos sabemos que obras como la reconstrucción de las aceras, requieren ciertos cerramientos por seguridad para todos, lo que implica usualmente emplear uno de  los carriles de la vía para tal efecto.

Gracias a nuestros aportes en impuestos y a la voluntad de la Municipalidad, hace poco se entregó la obra de renovación de las aceras entre la Iglesia de San Lucas y la Loma de los Balsos por la Transversal Superior, obra que demoró unos 6 meses en desarrollarse, con las inevitables congestiones ocasionadas y que todos toleramos pacientemente por beneficio de la obra. Hoy, dos meses después de entregada, aparece un nuevo contratista para una nueva obra —la instalación de una tubería paralela a la acera nueva—, con el consiguiente trancón y ruidos molestos que creíamos superados hace poco. Es claro que son dos obras distintas con distintos contratistas y posiblemente distintos contratantes. ¿Pero definitivamente es que están bravos, son soberbios o son absolutamente ineficientes y no son capaces de sentarse a programar obras de manera conjunta que de pronto puedan hacerse de manera simultánea? Doctores tiene la Santa Madre Iglesia, pero vale la pena recordar que la ineficiencia también es un tipo de corrupción. Mientras tanto los usuarios, nos aguantamos un nuevo trancón.

Existe hoy una corriente en Europa, para reducir el uso de los empaques que se emplean en la actualidad y que es poco el valor agregado que aportan, como, por ejemplo, las cajas en las que vienen los tubos de crema de dientes.

¿Qué tipo de aporte podemos hacer nosotros desde el Municipio, el Área Metropolitana y la Gobernación para que conjuntamente con los empresarios, comencemos a liderar campañas de este tipo, que no solucionan pero sí mitigan el impacto ambiental y la huella ecológica que estamos dejando?

Un ejemplo sencillo sería reemplazar los troncos o las maderas que se usan en los cerramientos de las obras públicas y apoyar el empleo de elementos desarrollados a partir del reciclaje.

Ahora que estamos empeñados en apoyar a los emprendedores, ¿por qué no impulsar y promover iniciativas que vayan alineadas con los propósitos del mejoramiento de la calidad del medio ambiente y de la movilidad?

Recordemos a Víctor Hugo, cuando en su ensayo sobre Shakespeare hace la siguiente distinción: “Los animales viven y el hombre existe”.

Por el momento lo que estamos evidenciando es que hay muchos hombres que viven y muy pocos que existen.

Insistimos en la conveniencia de dotar a Medellín de un adecuado centro de espectáculos.

viernes, 15 de marzo de 2019

Medidas decepcionantes


José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón
Dejo claro de entrada que comparto al ciento por ciento el llamado que el Papa Francisco nos hace en Laudato Si respecto de la protección del medio ambiente como una prioridad y que cuidar esa casa común es nuestra responsabilidad para con nosotros mismos y las futuras generaciones.

Pero quiero también expresar mi descontento como ciudadano por las decepcionantes medidas que en esta ciudad se han tomado, aparentemente tan oportunas (en realidad, tardías), tan acertadas (en realidad, desenfocadas), tan justas (en realidad, inequitativas), tan efectivas (en realidad, tan dañinas). Me explico.

El problema no es nuevo, por supuesto. Lo grave es que los remedios que se han aplicado han resultado peores que la enfermedad. Cuando apareció la restricción vehicular, no se hizo invocando la protección del medio ambiente, sino porque la ciudad se había vuelto intransitable. Y lo que a estos “genios” de la administración distrital se les olvida es que si ha habido un desaforado aumento del parque automotor es porque al no existir un buen servicio masivo de transporte público, la gente anhela comprarse un carro con tal de evitarse el caótico e inseguro medio existente. No sé si ustedes saben que un solo concesionario de vehículos en Bogotá vende al día 60 carros y que se está vendiendo hoy día una moto cada minuto. Datos preocupantes por no decir escandalosos.

Además, olvidan adrede, por no decir que se hacen los de la vista gorda, el proveer un sistema masivo, eficiente y organizado, como el que tienen las grandes ciudades, pero que no pareciera merecer un pueblo como estos con más de 8 millones de habitantes. Hacer el metro les ha quedado grande a nuestros burgomaestres, incapaces de sacarlo adelante, indolentes y negligentes por ya más de 60 años, soberbios personajes sin políticas de Estado que despilfarran miles de millones en estudios que serán desechados luego por el siguiente alcalde de turno.

Recién se inventó la restricción vehicular denominada “pico y placa” la gente entendió que era necesaria y aunque no les permitía usar su carro un día a la semana, comprendieron que había que aceptarla por el bien ciudadano. A nuestros “genios” se les ocurrió entonces la brillante idea de hacer más fuerte la medida extendiéndola un día más. Ahí la gente no aguantó y el remedio fue peor que la enfermedad, porque se optó entonces por tener otro carro cuya placa terminara en el número diferente al que ya se tenía. En tanto, nunca se plantearon medidas radicales y de fondo. El metro siguió en veremos y los concesionarios hicieron su agosto. El sistema de Transmilenio colapsó y el SITP aunque arrancó, nunca fue eficiente.

Este Alcalde reelegido, quien ya se había lucido con el fiasco de las troncales desbaratadas en sus lozas, rechazó lo que hizo su antecesor respecto del metro subterráneo y se le está acabando ya su mandato sin haber logrado nada tampoco con su propuesta del metro elevado. Peor aún, ha fortalecido el sistema que se inventó, no sé con qué intereses, volviendo a comprar desastrosos articulados diesel, descartando los eléctricos que en Santiago de Chile curiosamente sí funcionaron, y pretende dañar la carrera séptima, introduciendo estas moles contaminantes, alterando el paisaje de la vía bogotana más tradicional, sencillamente porque no se le ha ocurrido que, ante un nuevo fracaso del metro, un tranvía eléctrico y ligero, causaría menos impacto y daño ambiental.

Lo que ahora me llama la atención es que la venta de vehículos para diciembre pasado había bajado un 5% y de pronto este año “descubrimos” que el aire de la capital está contaminado y se ve necesario tomar fuertes medidas de restricciones vehiculares de día entero. Se han hecho dos ensayos para testear el pueblo. Los comerciantes protestan, menos los concesionarios que han visto cómo vuelven a incrementarse sus ventas… ¡qué curioso!, ¿verdad? De nuevo, el remedio peor que la enfermedad. Lo curioso es que anuncian drásticas medidas, milagrosamente el aire se mejora y los benévolos funcionarios reducen un día la sanción porque ya se mejoró el aire… pero no sacan de rodaje sus contaminantes buses del sistema…

Y los “genios” de la movilidad siguen luciéndose. Las motos son un enjambre inmanejable. Para ellos prácticamente no hay restricciones, no pagan peajes, invadieron los corredores viales, se atraviesan por doquier, no hay quien los controle. Por supuesto que ellos están felices porque les sale más barato hacer cabriolas en las calles que pagar Transmilenio donde se tenían que aguantar las colas infinitas, el chalequeo y el manoseo. Hay cada vez más motos porque la gente está harta del pésimo transporte público urbano.

Y los “genios” de la movilidad siguen luciéndose. Como además son ecologistas y amantes del ejercicio saludable en una ciudad contaminada, se inventaron que Bogotá es la capital mundial de la bicicleta y han decidido estrechar aún más las ya congestionadas e infartadas vías, reduciéndolas de tamaño para que pasen unos cuantos ciclistas. No se les ocurrió trazar su invento por vías alternas que pocos carros transitan. No. Tuvieron que hacerlo por vías arterias, para mortificar a los conductores de carros y exponer más a los ciclistas. ¡Son realmente maravillosos!

Vamos a ver qué se siguen inventando nuestros geniales exponentes de la movilidad criolla. Seguramente seguirán yéndose por las ramas en vez de ir a las raíces del problema. Y quizás así continuemos otros 60 años.