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lunes, 15 de julio de 2024

Hecatombe por desmoralización institucional

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

Sufre Colombia una destrucción institucional sistemática urdida por quienes están implantando un nuevo referente de legitimidad para la legalidad, cambiando el ordenamiento jurídico sustentado en valores y libertades democráticas, por un narcoterrorismo estatista alineado con la doctrina del socialismo del siglo XXI.

Los anuncios y acciones del Gobierno restringen las libertades, destruyen las fuentes de ingresos del Estado, ahuyentan la inversión, incrementan la inseguridad, aniquilan la confianza, estancan el crecimiento e implosionan la economía, derrumban la generación de empleo, y el problema no es la plata de los ricos, es el ingreso de los trabajadores.

Todo esto es parte de un plan estratégico y sistemático enfocado en saquear el Estado y dejar la sociedad indefensa, arrinconada y desesperada, sin ser capaz de hacer valer sus valores fundacionales. El objetivo es generar caos y desesperanza, llevando a la gente a la miseria de modo que las propuestas populistas del socialismo del siglo XXI sean la única alternativa que les quede. Dicho plan se compone de cuatro etapas:

1ª. Etapa: toma del poder. Lo hicieron por vía democrática, combinando todas las formas de lucha, apoyados por organizaciones criminales y contratistas corruptos. Inició el Gobierno con un grupo de parvos tecnócratas liberales y de izquierda democrática como ministros, para garantizar un aterrizaje suave y evitar resistencias a propuestas tendientes a implosionar la economía pública, privada e individual.

Debilitaron la moral y las capacidades operativas y desarmaron las Fuerzas Armadas constitucionales, perdiendo la supremacía aérea y la movilidad rápida que demanda combatir narcoguerrillas en el complejo territorio colombiano. Despidieron la tecnocracia, instalaron una cleptocracia estatal, se tomaron la inteligencia y los sistemas de licitación expedita aprovechando el beneplácito diplomático internacional, como supuesto Gobierno de izquierda democráticamente electo.

2ª. Etapa: instauración autocrática. Para garantizar una operatividad autocrática, colocaron personal del nuevo M-19 en posiciones de concentración de poder e inteligencia. Compraron conciencias en el Congreso, en las cortes y en entes de control. Fijaron la agenda de discusión nacional copando con escándalos todos los espacios digitales para crear total insensibilidad social, con lo cual van afianzando cada día más que el pueblo tenga sensación de caos administrativo.

Hay 25 departamentos asechados por las organizaciones narcoterroristas y con la disculpa de la “paz total” y la negociación con el ELN, han permitido el aumento exponencial de la ilegalidad, el crimen y la violencia, creando desesperanza y desesperación colectiva. Rompieron con Israel y se alinearon con el eje: Rusia, Cuba, Venezuela e Irán, buscando notoriedad y soporte internacional en los gobiernos que le proveen las armas y dotan la insurgencia narcoterrorista.

3ª. Etapa: cambio del sistema. Mediante alianzas corruptas, el Gobierno anuncia: un acuerdo nacional, una ley de punto final, una única justicia restaurativa, y una constituyente que se hará de la manera en que se les dé la gana, sea por “fast-track” como anunció Petro en Naciones Unidas o por la conformación de cabildos populares propuesta por los ideólogos desde la Universidad Nacional. Ya las FARC-EP-Comunes hablan de extender siete años los acuerdos, y de haber elecciones en 2026, los revolucionarios saben que, gracias a una oposición dividida, con 1/3 del soporte ganan las elecciones, cueste lo que cueste. El país ya vio de lo que son capaces.

4ª. Etapa: continuidad en el poder. El neo-estalinismo populista que hoy está en el poder, asociado con el narcoterrorismo, está determinado a quedarse en el poder como sea. Y salvo que se revierta la hecatombe institucional, sólo les queda definir si nos llamaremos, Estado o República Socialista.

En resumen: si el país espera impávido hasta el 2026, esto es lo que se nos viene:

*Instaurarán un nuevo referente de legitimidad mediante el nuevo ordenamiento constitucional, que encubra el totalitarismo y lo amarre al poder, sometiendo al empobrecimiento perpetuo a las mayorías.

*Bajo la imposición de una ley de punto final, la JEP será una inquisición moderna disfrazada de justicia restaurativa, que someterá a todo opositor que el régimen señale.

*Crearán unas nuevas fuerzas armadas revolucionarias, que incluirán guerrilleros, narcoterroristas y efectivos de todas las bandas delincuenciales, de terrorismo urbano y microtráfico.

*Viviremos bajo un régimen opresor como en Cuba, Venezuela o Nicaragua, con el dominio de unas agendas minoritarias, cada día, mucho más corruptas y complejas que las que están reemplazando.

Conclusión: si no nos pellizcamos y corregimos el rumbo como hizo Perú, el país seguirá atrapado entre el caos y el desespero social a cuenta de empobrecimiento e inseguridad, algo que continuará en 2025, y con lo cual, en 2026, más personas estarán dispuestas a recibir subsidios y apoyar cualquier tipo de promesas propias de la dialéctica populista que les prometa solventar sus problemas.

martes, 17 de enero de 2023

Colombia: entre las tinieblas y la luz

Epicteto, el opinador
Por: Epicteto, el opinador*

La oscura noche que se ha apoderado del país desde el pasado 7 de agosto, llega a tal grado de cerrazón que hasta los llamados a encontrar una luz de esperanza se debaten en medio de la perplejidad y la incertidumbre.

¿Qué hacer cuando todos los resortes del poder se encuentran bajo el control de una pandilla que antepone la defensa de los criminales, la plena garantía al narcotráfico y la protección de los terroristas a la seguridad y el bienestar de la población?

¿Cómo impedir que los recursos del Estado se dilapiden en el derroche presupuestal, en demenciales proyectos o en subsidios impagables por el fisco, mientras se planea suprimir los ingresos por venta de petróleo?

¿Quién va a garantizar la seguridad de las gentes, sus derechos fundamentales, su salud y bienestar, cuando el propio Estado deja en libertad a los vándalos, se hace el de la vista gorda frente a las invasiones ilegales, amenaza con desmontar el sistema de salud y se roba los ahorros de los trabajadores para sus pensiones de vejez?

¿Cuál es la alternativa a seguir frente a la suicida política de ahuyentar la inversión, aumentar la tributación, y generar una inflación que acaba con el aumento decretado para el salario mínimo?

Ante todo, comencemos por reconocer las verdaderas dimensiones de esta hecatombe. No se trata simplemente de la pérdida de unas elecciones: Es el enfrentamiento de dos visiones contrapuestas del mundo.

De un lado, quienes creemos en un país donde se respete el Estado de Derecho, donde exista una separación de los poderes públicos. Donde se garantice la seguridad, la salud, la propiedad y los derechos fundamentales de los habitantes. Donde impere una verdadera justicia libre de intereses politiqueros. Donde se cumpla con una justicia social que beneficie a las clases más vulnerables. Un país que tenga como guía los principios universales de la civilización judeocristiana y la defensa de la familia como núcleo fundamental de la sociedad. Un país que respete el sistema democrático y, en vez de vulnerarlo, lo perfeccione, para que esté el pueblo representado por quienes comparten sus intereses y no por una clase política corrupta y venal que se vende al mejor postor.

De otro lado, están quienes tienen como credo la toma del poder por cualquier medio, sea por la violencia, el asalto a las urnas, el engaño al pueblo o el desconocimiento de la voluntad popular como se hizo en el plebiscito que rechazó el acuerdo de La Habana, y se repitió con el monumental fraude de las pasadas elecciones. Son los que propugnan por la destrucción de la familia a través de la ideología de género y el aborto. Los mismos que no han dudado en invadir desde el Gobierno la órbita del poder judicial para dejar en libertad a los vándalos que incendiaron al país y paralizaron el transporte en las tomas guerrilleras durante la administración Duque. Quienes vienen mutilando la institución militar y de Policía, mientras crean un ejército pagado de milicianos con el disfraz de “gestores de paz”. Los que persiguen el empobrecimiento de la población a través del aumento de impuestos, la desmedida inflación, la bancarrota del Estado y la persecución a los inversionistas, para que así todos dependamos de las limosnas estatales para subsistir. Quienes anuncian que radicalizarán el llamado “progresismo” para perpetuarse en el poder.

Una vez entendamos el tremendo conflicto al que nos enfrentamos, podremos encontrar, mediante el raciocinio y objetividad, las más efectivas formas para enfrentarlo.

Solamente me atrevería a dar unas sencillas recomendaciones a mis contertulios:

a) No pensemos en soluciones cómodas, fáciles o a corto plazo. Si la izquierda tardó 60 años en encontrar la fórmula para quedarse con el poder, su recuperación no podrá lograrse tan pronto como deseamos;

b) No se trata sólo de una batalla política, pues está implicado aquí un cambio cultural que los actuales gobernantes quieren imponer por la fuerza. Durante más de 50 años las distintas guerrillas intentaron conquistar mediante el terrorismo y la propaganda política al pueblo colombiano y fracasaron rotundamente. Pero cuando adoptaron una nueva estrategia, la de infiltrarse en la educación, la justicia, los medios de comunicación, los sindicatos, la Iglesia católica y los poderes públicos, se ganaron el premio gordo;

c) El cambio cultural que propugna el socialismo se fundamenta en la destrucción de todo lo existente, para construir otro mundo basado únicamente en la fantasía de sus promotores, desconociendo las tradiciones, costumbres y vivencias que forman parte de nuestra milenaria cultura. Lo único que puede salvarnos de la total destrucción de nuestra civilización es una resistencia organizada;

d) No busquemos entre la clase política los nuevos líderes que la resistencia requiere. Ya fracasaron, unos por acción y otros por omisión. Esta avalancha popular que está a punto de estallar debe partir del liderazgo de cada colombiano de bien que, en la medida de sus capacidades, se sume a la resistencia; y,

e) Demanda un esfuerzo ciclópeo mas no imposible. Es connatural al hombre buscar la defensa de su bienestar y el de su familia. Recordemos esta máxima: “No pienses, si algo te resulta difícil y penoso, que eso sea imposible para el hombre, antes bien, si algo es posible y connatural al hombre, piensa que también está a tu alcance” (Marco Aurelio, Meditaciones, pag.118).