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jueves, 10 de septiembre de 2026

Mientras discutimos qué deben pensar, ¿quién les enseña a pensar?

Fredy Angarita
Fredy Angarita

El 8 de septiembre llegó una de esas fechas en las que un país mira una cifra durante unos minutos, se indigna, busca un culpable y, casi siempre, vuelve a lo mismo.

La OCDE publicó los resultados de las pruebas PISA 2025. Más de 760.000 estudiantes de 15 años, pertenecientes a 91 países y economías, se sentaron frente a una prueba que intenta medir algo bastante sencillo de decir y bastante difícil de conseguir: qué tanto saben nuestros jóvenes, qué tanto comprenden lo que leen, cómo utilizan las matemáticas y qué tan capaces son de aplicar la ciencia para resolver problemas de la vida real.

Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y 414 en ciencias. En las tres áreas estuvimos por debajo del promedio de la OCDE, frente a 2022, matemáticas cayó dos puntos, lectura nueve y ciencias aumentó tres. Sin embargo, ninguno de esos cambios fue estadísticamente significativo. Quizá el número sea lo menos importante.

Porque detrás de ese número hay un muchacho que no pudo resolver un problema matemático, Una joven que leyó un texto y no logró encontrar su idea principal.

Otro estudiante que sabe utilizar un teléfono con una habilidad que muchos adultos envidiarían, pero que todavía puede tener dificultades para distinguir entre una opinión y un hecho. Ahí empieza la verdadera historia. En matemáticas, apenas el 29 % de los estudiantes colombianos alcanzó el nivel mínimo de competencia. En lectura lo hizo el 46 % y en ciencias, el 50 %. Dicho de otra manera: aproximadamente siete de cada diez estudiantes colombianos no alcanzaron el nivel básico de competencia matemática que PISA considera mínimo. Y eso debería dolernos más que cualquier discusión pasajera.[1]

Hay algo curioso en este resultado. Mientras el mundo educativo comienza a preguntarse cómo enseñar en la época de la inteligencia artificial, nuestros estudiantes ya llegaron a ella. Colombia aparece entre los países con mayor utilización de herramientas de inteligencia artificial para actividades escolares. El 56 % de los estudiantes reportó utilizar chatbots de IA semanalmente o con mayor frecuencia para ayudarse a aprender, frente al 46 % del promedio de la OCDE. Cerca de cuatro de cada diez dicen utilizarlos para resumir textos o redactar trabajos.

Es decir, tenemos muchachos que pueden preguntarle a una máquina cómo resolver un problema antes de intentar resolverlo ellos mismos. Y aquí aparece una paradoja que merece más reflexión que escándalo. Estamos entrando rápidamente al futuro tecnológico mientras seguimos teniendo dificultades con algunas de las herramientas más antiguas del conocimiento: leer, comprender, escribir, argumentar y calcular.

La pregunta, entonces, no debería ser si nuestros estudiantes deben utilizar inteligencia artificial. La pregunta debería ser si saben pensar antes de preguntarle a la inteligencia artificial.

Aquí es donde aparece la política. Durante años hemos discutido apasionadamente sobre la educación. Sobre los manuales de convivencia, sobre la educación sexual, sobre la identidad de género, sobre la orientación sexual, sobre los valores, sobre Dios, sobre la familia, sobre lo que una escuela debe o no debe decirle a un niño. Todas esas discusiones pueden tener un lugar.

El problema aparece cuando terminan ocupando todo el lugar porque mientras nosotros discutimos qué deben creer nuestros hijos, alguien debería estar preguntándose qué están aprendiendo. No se trata de quitar la formación humana, emocional, sexual o ciudadana. Tampoco de desconocer la dignidad, las diferencias o los derechos de los estudiantes. Se trata de poner cada cosa en su sitio.

Un niño debe aprender a respetar al otro, Pero también debe aprender a leer. Debe aprender que nadie merece ser discriminado, Pero también debe aprender a resolver una ecuación.

Debe poder construir su identidad con libertad, pero también debería poder escribir correctamente una página, comprender un argumento, interpretar una gráfica y distinguir una fuente confiable de una mentira. Porque una cosa no debería excluir a la otra.

Tal vez el problema colombiano no sea que hablemos demasiado de ciertos temas, puede que sea que hablamos muy poco de lo esencial. Preguntémonos, por ejemplo, qué sabe hacer un joven de 15 años cuando termina su jornada escolar.

¿Puede leer cinco páginas sin mirar el teléfono?, ¿puede explicar con sus propias palabras lo que acaba de leer?, ¿puede escribir una página sin copiar de internet?, ¿puede hacer una operación matemática sin preguntarle inmediatamente a una aplicación?, ¿puede cuestionar una respuesta que le entrega una inteligencia artificial?, ¿puede defender una idea sin repetir la opinión de un influencer?, ¿puede escuchar a alguien que piensa diferente sin convertir la conversación en una pelea? Esas también son preguntas sobre educación.

Hay otro asunto que llama la atención cuando uno mira quiénes han ocupado el Ministerio de Educación durante los últimos años.

Los últimos diez titulares de la cartera muestran que Colombia ha puesto al frente de la educación nacional a personas con formaciones muy diversas: economistas, ingenieros, abogados, sociólogos y profesionales de otras áreas. Y eso no necesariamente es un problema.

Un ministro necesita capacidad administrativa, política, económica y de gestión. Necesita entender el Estado, el presupuesto, las regiones, los docentes, las universidades y las necesidades de millones de estudiantes. Pero hay una pregunta legítima que sí deberíamos hacernos:

¿Cuánto pesa realmente el conocimiento especializado en educación cuando se escoge a quien dirige la educación de un país?

Porque una cosa es administrar un sistema educativo y otra muy distinta es comprender profundamente cómo aprende un niño, cómo se forma un adolescente, cómo se enseña a leer, cómo se desarrolla el pensamiento matemático o cómo se construye una política docente capaz de transformar un salón de clase.

Diferentes perfiles, diferentes maneras de mirar la educación y los estudiantes siguen sentándose en el mismo pupitre.

¿Estamos logrando que aprendan más? Para mí este puede ser el verdadero problema. Cada gobierno llega con una idea de país.

Unos hablan de calidad, otros de cobertura, otros de equidad, otros de inclusión, otros de transformación, otros de valores, otros de derechos, otros de acceso. Y todos tienen algo de razón. Pero el estudiante no necesita discursos. Vive dentro de un salón, tiene un profesor, un tablero, un cuaderno, un computador, si tiene suerte, una familia, una realidad económica y, cada vez más, una inteligencia artificial dispuesta a contestarle casi cualquier pregunta.

Ese estudiante no necesita que los adultos le entreguemos solamente nuestras batallas culturales. Necesita herramientas. El mundo que lo espera no le va a preguntar cuál era la posición política de su ministro de Educación, le va a preguntar qué sabe hacer.

Tal vez se ha cometido un error cuando hablamos de educación. La hemos convertido demasiadas veces en una batalla entre adultos.

Mientras tanto, los muchachos esperan que alguien les enseñe, que alguien les exija, que alguien les diga que sí pueden, que la escuela sea una puerta. Sí, una puerta para el muchacho de un barrio de Medellín, para la niña de una escuela rural, para el joven que no tiene computador en su casa, para quien nació en una familia con recursos y para quien tuvo que compartir el teléfono de su madre para hacer una tarea.

La educación no debería decirle a un estudiante hasta dónde puede llegar. Debería darle las herramientas para llegar más lejos. Quizá sea hora de que Colombia deje de preguntarse solamente qué deben pensar nuestros hijos y empiece a preguntarse algo mucho más difícil: ¿les estamos enseñando a pensar?

Porque las creencias pueden acompañar una vida, los valores pueden orientarla, la identidad puede ayudarnos a comprender quiénes somos, pero, para abrirse camino en un mundo cada vez más competitivo hay algo que nadie debería quitarle a un muchacho: la posibilidad de aprender.

Y esa puerta, por ahora, todavía tenemos tiempo de abrirla.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Modelo educativo Raíces y alas

María Cristina Isaza
María Cristina Isaza

Una propuesta para recuperar la brújula del país y crear el “Colombian Dream”

Colombia atraviesa un punto de quiebre. La inseguridad aumenta, la corrupción se normaliza y la desesperanza se extiende (8 de cada 10 jóvenes sueñan con emigrar, en vez de soñar con el “Colombian Dream”). Pero más allá de las cifras de homicidios, pobreza o desempleo, el verdadero problema es más profundo: hemos perdido la brújula moral y ética que orienta a las sociedades prósperas.

Sin esa brújula, nos quedamos atrapados en un círculo vicioso: corrupción tolerada, violencia justificada, victimismo como excusa y facilismo como aspiración. Y mientras tanto, seguimos esperando que aparezca un líder mesiánico que resuelva lo que solo puede cambiarse si los colombianos decidimos asumir nuestra responsabilidad.

La salida no está en un nuevo caudillo ni en más programas asistencialistas. Está en una revolución educativa y cultural que forme ciudadanos responsables, con propósito y preparados para el mundo que vivimos. Una transformación que combine tres ejes:1. Educación basada en ética y valores (como los promovidos por la filosofía estoica). 2. Educación en el ser y su propósito y 3. Competencias para la cuarta revolución industrial. De esto se trata Raíces y alas.

Cultura ciudadana y cultura del cuidado

No hay prosperidad posible sin cultura ciudadana. Países donde la gente respeta la fila, cuida el espacio público, cumple las normas y rechaza la trampa son países que progresan más allá de sus recursos. La verdadera riqueza no está solo en el subsuelo, sino en la manera en que nos comportamos los unos con los otros.

En Colombia necesitamos rescatar esa cultura ciudadana: entender que el bien común empieza en las pequeñas decisiones diarias, que el respeto a la norma es la base de la confianza social y que la convivencia exige responsabilidad individual y corresponsabilidad.

Junto a ella, urge promover una cultura del cuidado. Cuidar de uno mismo (salud física y mental), de los demás (familia, comunidad) y de lo común (espacio público, instituciones, recursos naturales). No se trata de ambientalismo extremo ni de moralismos, sino de responsabilidad práctica: aprovechar nuestras riquezas naturales con buenas prácticas (explotación responsable, desarrollo regenerativo para cumplir los sueños de Colombia), proteger el orden urbano, respetar la autoridad legítima y valorar el tejido social como patrimonio.

El aporte del estoicismo: disciplina y carácter

El estoicismo enseña que no podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí cómo respondemos. Para un país acostumbrado a culpar al Estado o al pasado, este mensaje es crucial: ¡la transformación empieza en el contenido del carácter individual y depende de nosotros hoy!

Necesitamos volver a enseñar valores estoicos como:

* Responsabilidad personal y corresponsabilidad: cada acción tiene consecuencias, pensar en el impacto en el entorno.

* Disciplina: no hay libertad sin orden y esfuerzo sostenido.

* Autocontrol: dominar impulsos y ser honestos en la toma de decisiones.

* Justicia y deber: respetar la ley, cumplir la palabra, entender que el bien común está por encima de la conveniencia personal.

* Resiliencia positiva: no resignarse al dolor, sino aprender de él y usarlo para crecer.

Cultivar la virtud desde la primera infancia, ya que los niños sientan las bases de su carácter y valores desde sus primeros años de vida. Es importante formar ciudadanos fuertes, menos manipulables y más conscientes de su rol en la sociedad. La enseñanza de la ética, los valores morales y el buen comportamiento social, deben volver a ser eje transversal en la educación.

Educación en el ser

La falta de sentido vital y propósito colectivo es una de las grandes enfermedades de hoy: padres excesivamente alcahuetas, permisivos e indulgentes que no enseñan de límites, constancia, responsabilidad, deberes, etcétera, derivan en jóvenes sin propósito que terminan atrapados en drogas, ideologías divisivas (woke), problemas de salud mental o la apatía. Una educación transformadora no solo transmite información: ayuda a los niños a descubrir que su vida tiene un sentido y un valor único. También a descubrir sus dones, lo que les da un propósito personal y de servicio positivo en la sociedad.

Hablamos de forma práctica: gratitud, autoconocimiento, servicio, reconocimiento de la complementariedad entre lo masculino y lo femenino. Un joven con un fuerte sentido de identidad y con raíces firmes cimentado en valores positivos no necesita la aprobación de las bandas delicuenciales del barrio, ni cae en la trampa del populismo. Su brújula interior lo hace más fuerte que cualquier ideología de moda. Jóvenes creativos con autoconocimiento y conectados con su centro (con equilibrio emocional), tienen más carácter, confianza y autoestima. Además, son más flexibles y resilientes, cualidades necesarias en un mundo que cada vez cambiará a mayor velocidad, lo cual exige constante “reinvención”.

Preparar para la cuarta revolución industrial

Mientras el mundo se transforma a toda velocidad, la educación colombiana sigue anclada en paradigmas del pasado. Nuestros jóvenes deben prepararse para un entorno de inteligencia artificial, automatización y competencia global. Eso exige enseñar:

* Pensamiento crítico, comprensión lectora y análisis racional, para distinguir hechos de propaganda.

* Competencias digitales y éticas, para usar la tecnología como herramienta y no como dependencia.

* Creatividad y emprendimiento, para generar riqueza en lugar de esperar subsidios.

* Habilidades blandas: comunicación, liderazgo, trabajo en equipo (colaborar), adaptabilidad (importantísima para un mundo que cada vez cambia más rápido).

* Meritocracia y cooperación, donde el éxito se mida por esfuerzo y talento.

* Bilingüismo

La revolución educativa debe unir valores y competencias: carácter firme con habilidades modernas.

Lecciones de otros países

No estamos condenados al atraso. Países que enfrentaron crisis más graves lograron transformarse.

* Corea del Sur: más pobre que Colombia en los años 50, apostó por la educación rigurosa y la cultura del esfuerzo. Hoy es potencia tecnológica.

* Singapur: sin recursos naturales, construyó una sociedad próspera con civismo, bilingüismo y meritocracia.

* Estonia: tras la independencia soviética, apostó por lo digital y la formación ciudadana. Hoy es líder mundial en gobierno electrónico y educación.

* Alemania: del colapso total en 1945 pasó al “milagro alemán” gracias a disciplina, formación técnica y memoria responsable.

En todos los casos, la clave fue la misma: formar ciudadanos responsables, disciplinados y preparados para el futuro.

Resultados esperados

Una revolución educativa y cultural de este tipo tendría resultados concretos en la vida de los colombianos:

Salud mental y bienestar: menos depresión, ansiedad y consumo de drogas en adolescentes. Mayor autoestima, propósito y resiliencia positiva.

Convivencia y cultura ciudadana: reducción del bullying y violencia escolar. Jóvenes más cooperativos y conscientes de su papel ciudadano.

Educación y rendimiento académico: mejores resultados en Pruebas Saber y PISA. Menor deserción escolar. Más acceso a educación técnica y superior.

Seguridad y prevención: menos reclutamiento, disminución del microtráfico y mayor rechazo a la ilegalidad. Nuevos referentes positivos para jóvenes.

Superación pobreza: más emprendimientos juveniles, habilidades para la cuarta revolución industrial, inserción laboral más rápida y efectiva.

Cohesión y amor por Colombia: más jóvenes dispuestos a construir su futuro aquí.

Una política de Estado, no de Gobierno

Esta transformación no puede depender del partido de turno. Debe convertirse en política de Estado: sostenida, blindada y de largo plazo. Corea, Singapur y Estonia lo lograron porque hubo consensos básicos sobre educación, cultura ciudadana y preparación tecnológica.

Colombia necesita un pacto mínimo: educar en valores, propósito y competencias modernas. Ese debe ser el legado de cualquier presidente que asuma en 2026, más allá de colores políticos.

El llamado

Tenemos talento, recursos y ubicación estratégica. Nos falta carácter colectivo. Este se forma con valores, fortalecimiento del ser (propósito, ¿para qué?) y educación pertinente.

Raíces y alas no es un programa más: hablamos de la condición para que Colombia sea cívica, segura, innovadora, justa y próspera. La verdadera libertad solo es posible con orden, responsabilidad y ciudadanos con propósito.

La gran revolución educativa, nos devolverá la brújula moral, sembrará ciudadanos que no toleren la corrupción ni los populismos. Debe ser un pacto nacional adoptado en 2026, pues Colombia no aguanta más improvisación y división. Necesitamos un norte común claro.

Recuperemos nuestra brújula moral, eduquemos con pertinencia y hagamos de la cultura ciudadana y del cuidado un motor transformador.