Fredy Angarita
El 8 de septiembre llegó una de esas fechas en las que un
país mira una cifra durante unos minutos, se indigna, busca un culpable y, casi
siempre, vuelve a lo mismo.
La OCDE publicó los resultados de las pruebas PISA 2025.
Más de 760.000 estudiantes de 15 años, pertenecientes a 91 países y economías,
se sentaron frente a una prueba que intenta medir algo bastante sencillo de
decir y bastante difícil de conseguir: qué tanto saben nuestros jóvenes, qué
tanto comprenden lo que leen, cómo utilizan las matemáticas y qué tan capaces
son de aplicar la ciencia para resolver problemas de la vida real.
Colombia obtuvo 381 puntos en matemáticas, 399 en lectura y
414 en ciencias. En las tres áreas estuvimos por debajo del promedio de la
OCDE, frente a 2022, matemáticas cayó dos puntos, lectura nueve y ciencias
aumentó tres. Sin embargo, ninguno de esos cambios fue estadísticamente
significativo. Quizá el número sea lo menos importante.
Porque detrás de ese número hay un muchacho que no pudo
resolver un problema matemático, Una joven que leyó un texto y no logró
encontrar su idea principal.
Otro estudiante que sabe utilizar un teléfono con una
habilidad que muchos adultos envidiarían, pero que todavía puede tener
dificultades para distinguir entre una opinión y un hecho. Ahí empieza la
verdadera historia. En matemáticas, apenas el 29 % de los estudiantes
colombianos alcanzó el nivel mínimo de competencia. En lectura lo hizo el 46 %
y en ciencias, el 50 %. Dicho de otra manera: aproximadamente siete de
cada diez estudiantes colombianos no alcanzaron el nivel básico de competencia
matemática que PISA considera mínimo. Y eso debería dolernos más que cualquier
discusión pasajera.[1]
Hay algo curioso en este resultado. Mientras
el mundo educativo comienza a preguntarse cómo enseñar en la época de la
inteligencia artificial, nuestros estudiantes ya llegaron a ella. Colombia
aparece entre los países con mayor utilización de herramientas de inteligencia
artificial para actividades escolares. El 56 % de los estudiantes reportó
utilizar chatbots de IA semanalmente o con mayor frecuencia para ayudarse a
aprender, frente al 46 % del promedio de la OCDE. Cerca de cuatro de cada
diez dicen utilizarlos para resumir textos o redactar trabajos.
Es decir, tenemos muchachos que pueden preguntarle a una
máquina cómo resolver un problema antes de intentar resolverlo ellos mismos. Y
aquí aparece una paradoja que merece más reflexión que escándalo. Estamos
entrando rápidamente al futuro tecnológico mientras seguimos teniendo
dificultades con algunas de las herramientas más antiguas del conocimiento:
leer, comprender, escribir, argumentar y calcular.
La pregunta, entonces, no debería ser si nuestros
estudiantes deben utilizar inteligencia artificial. La pregunta debería ser si
saben pensar antes de preguntarle a la inteligencia artificial.
Aquí es donde aparece la política. Durante
años hemos discutido apasionadamente sobre la educación. Sobre los manuales de
convivencia, sobre la educación sexual, sobre la identidad de género, sobre la
orientación sexual, sobre los valores, sobre Dios, sobre la familia, sobre lo
que una escuela debe o no debe decirle a un niño. Todas esas discusiones pueden
tener un lugar.
El problema aparece cuando terminan ocupando todo el lugar
porque mientras nosotros discutimos qué deben creer nuestros hijos, alguien
debería estar preguntándose qué están aprendiendo. No se trata de quitar la
formación humana, emocional, sexual o ciudadana. Tampoco de desconocer la
dignidad, las diferencias o los derechos de los estudiantes. Se trata de poner
cada cosa en su sitio.
Un niño debe aprender a respetar al otro, Pero también debe
aprender a leer. Debe aprender que nadie merece ser discriminado, Pero también
debe aprender a resolver una ecuación.
Debe poder construir su identidad con libertad, pero
también debería poder escribir correctamente una página, comprender un
argumento, interpretar una gráfica y distinguir una fuente confiable de una
mentira. Porque una cosa no debería excluir a la otra.
Tal vez el problema colombiano no sea que hablemos
demasiado de ciertos temas, puede que sea que hablamos muy poco de lo esencial.
Preguntémonos, por ejemplo, qué sabe hacer un joven de 15 años cuando termina
su jornada escolar.
¿Puede leer cinco páginas sin mirar el teléfono?, ¿puede
explicar con sus propias palabras lo que acaba de leer?, ¿puede escribir una
página sin copiar de internet?, ¿puede hacer una operación matemática sin
preguntarle inmediatamente a una aplicación?, ¿puede cuestionar una respuesta
que le entrega una inteligencia artificial?, ¿puede defender una idea sin
repetir la opinión de un influencer?, ¿puede escuchar a alguien que
piensa diferente sin convertir la conversación en una pelea? Esas también son
preguntas sobre educación.
Hay otro asunto que llama la atención cuando uno mira
quiénes han ocupado el Ministerio de Educación durante los últimos años.
Los últimos diez titulares de la cartera muestran que
Colombia ha puesto al frente de la educación nacional a personas con
formaciones muy diversas: economistas, ingenieros, abogados, sociólogos y
profesionales de otras áreas. Y eso no necesariamente es un problema.
Un ministro necesita capacidad administrativa, política,
económica y de gestión. Necesita entender el Estado, el presupuesto, las
regiones, los docentes, las universidades y las necesidades de millones de
estudiantes. Pero hay una pregunta legítima que sí deberíamos hacernos:
¿Cuánto pesa realmente el conocimiento
especializado en educación cuando se escoge a quien dirige la educación de un
país?
Porque una cosa es administrar un sistema educativo y otra
muy distinta es comprender profundamente cómo aprende un niño, cómo se forma un
adolescente, cómo se enseña a leer, cómo se desarrolla el pensamiento
matemático o cómo se construye una política docente capaz de transformar un
salón de clase.
Diferentes perfiles, diferentes maneras de mirar la
educación y los estudiantes siguen sentándose en el mismo pupitre.
¿Estamos logrando que aprendan más? Para mí
este puede ser el verdadero problema. Cada gobierno llega con una idea de país.
Unos hablan de calidad, otros de cobertura, otros de
equidad, otros de inclusión, otros de transformación, otros de valores, otros
de derechos, otros de acceso. Y todos tienen algo de razón. Pero el estudiante
no necesita discursos. Vive dentro de un salón, tiene un profesor, un tablero,
un cuaderno, un computador, si tiene suerte, una familia, una realidad
económica y, cada vez más, una inteligencia artificial dispuesta a contestarle
casi cualquier pregunta.
Ese estudiante no necesita que los adultos le entreguemos
solamente nuestras batallas culturales. Necesita herramientas. El mundo que lo
espera no le va a preguntar cuál era la posición política de su ministro de
Educación, le va a preguntar qué sabe hacer.
Tal vez se ha cometido un error cuando hablamos de
educación. La hemos convertido demasiadas veces en una batalla entre adultos.
Mientras tanto, los muchachos esperan que alguien les
enseñe, que alguien les exija, que alguien les diga que sí pueden, que la
escuela sea una puerta. Sí, una puerta para el muchacho de un barrio de
Medellín, para la niña de una escuela rural, para el joven que no tiene
computador en su casa, para quien nació en una familia con recursos y para
quien tuvo que compartir el teléfono de su madre para hacer una tarea.
La educación no debería decirle a un estudiante hasta dónde
puede llegar. Debería darle las herramientas para llegar más lejos. Quizá sea
hora de que Colombia deje de preguntarse solamente qué deben pensar nuestros
hijos y empiece a preguntarse algo mucho más difícil: ¿les estamos
enseñando a pensar?
Porque las creencias pueden acompañar una vida, los valores
pueden orientarla, la identidad puede ayudarnos a comprender quiénes somos, pero,
para abrirse camino en un mundo cada vez más competitivo hay algo que nadie
debería quitarle a un muchacho: la posibilidad de aprender.
Y esa puerta, por ahora, todavía tenemos tiempo de abrirla.

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