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viernes, 24 de septiembre de 2021

Pena ajena

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón S. J.*

Dícese que a uno le da pena ajena cuando algún sinvergüenza obra mal y no se da por aludido, de manera que le toca a uno asumir el asunto como si fuera propio y casi que excusarse en su nombre.

Pues bien, eso fue lo que sentí yo con el tinterillo, remedo de abogado, que dizque fue empoderado como defensor del riquito borracho irresponsable que mató seis jóvenes y dejó grave otro. Toda clase de artimañas se ha inventado para ver cómo o de qué manera puede eludir la justicia. Que su cliente está en shock psicológico, pero estuvo muy cuerdo para querer volarse del hospital. Que los muchachos invadieron el carril de la camioneta como si fueran seis tractomulas. Que los muchachos se le abalanzaron a la camioneta, seguramente para atacarlo. No. ¡Increíble!

Y ofreciendo plata que no era la suya sino la de la póliza del seguro, queriendo saldar la deuda con dinero ajeno, para callarle la boca a los familiares de las víctimas, como si por la plata bailara el perro y su interés fuera el estiércol del diablo y no tener consigo a sus hijos, se ha querido dejar la cosa así. Deje así. Pues no. De felicitar la jurista que, por encima de las presiones ejercidas, sin miedo a contrariar tan encumbrados apellidos locales, ha mandado a prisión a tan delicada e incomprendida joyita. Y el abogadillo de marras parece ser que será investigado por su inverosímil comportamiento.

No es la primera vez que pasa, ni ha sido la única, ni será la última. Es verdad que todos tenemos derecho a tener un abogado para nuestra defensa, pero lo que no hay derecho es a defender lo indefendible, a inventarse mentiras descaradas para justificar conductas reprochables. Por eso, para la justicia impoluta es vergonzoso someterse a los poderes mezquinos que amañan sus particulares intereses.

Es desconcertante ver cómo se pretenden manipular pruebas y evidencias con tal de salvar al victimario para mostrarlo cual ingenua y tierna ovejita cuando en realidad es lobo feroz. Pero resulta indignante ver cómo a veces los jueces ceden con el argumento de que no hay pruebas suficientes y dejan libres a estos delincuentes. Alguna vez me pasó siendo rector: unos estudiantes rompieron el techo de una casa para robarse un licor que allí se guardaba. Y la abogada alcahueta se inventó la película de que tan inocentes chiquillos estaban realizando una prueba scout, ¡a medianoche, un fin de semana! Los expulsados, orondos, fueron reintegrados cual inocentes víctimas de un rector rigorista. Más en segunda instancia fueron puestos en su sitio y en la última instancia, la Corte regañó la abogadilla porque ni ortografía tuvo para responder el requerimiento del alto tribunal.

Pena ajena dan esos, dizque, profesionales del derecho, egresados seguramente de la San Marino o de Pacotilla University, mediocres a todo dar, que pasaron con tres, raspado, y que, no teniendo otra forma de laborar, se prestan para tan bochornosos espectáculos. Qué pena con los abogados serios y juiciosos, profesionales estudiosos y juristas probos con esos, dizque “colegas”.

martes, 20 de julio de 2021

De cara al porvenir: el enemigo externo

Pedro Juan González Carvajal
Por Pedro Juan González Carvajal*

En su lúcido libro sobre aprendizaje organizacional, “La quinta disciplina”, Peter Sengue precisó como una de las barreras para ese aprendizaje, lo que denominó “el enemigo externo”. Se refiere a la práctica generalizada de echar la culpa de los errores a los demás y no reconocer nunca los propios errores. Esto, como él lo afirma, imposibilita la corrección de los errores, así como el cuestionamiento de las premisas en las que se fundamentan las propias acciones, lo cual impide, el aprendizaje.

Es usual en nuestro medio empresarial atribuir la culpa de los malos resultados a ese enemigo externo: hicimos todo lo posible, pero…, el clima…, el dólar…, el petróleo…, el virus…, etcétera. En el mundo deportivo, perdemos los partidos por culpa del árbitro, lo cual casi nunca es cierto, excepto si el árbitro es Pitana. Y en la faceta política no podría ocurrir nada diferente.

Desde la expedición de la Constitución de 1886, por definir un hito importante, en Colombia se ha presentado la siguiente pendulación en el ejercicio del poder ejecutivo: de 1886 a 1930 hubo una hegemonía conservadora; de 1930 a 1946, una hegemonía liberal; de 1946 a 1953 regresaron los conservadores; de 1953 a 1958 hubo gobierno militar; de 1958 a 1974 se presentó la alternancia pactada en el Frente Nacional; de 1974 a 1982, dos gobiernos liberales; en 1982, gobierno conservador; de 1986 a 1998, dos gobiernos liberales; de 1998 a 2002, gobierno conservador y de ahí en adelante, ante la dilución de los partidos tradicionales, habría que decir que han existido tres períodos Uribistas y dos Santistas.

En otras palabras: desde 1886 a la fecha (136 años), nos han gobernado los mismos con las mismas, con algunas diferencias, sobre todo, en materia de estilo. Pero como no puede faltar el enemigo externo, ahora resulta que todos los males de nuestro país son culpa de la izquierda, sector político que jamás ha ejercido el gobierno en el orden nacional.

Es posible que de haber gobernado la izquierda las cosas fueran peores, pero eso, que solo representa una hipótesis imposible de demostrar, no puede hacernos perder de vista que todo lo bueno, lo malo o lo feo que pueda pasar en nuestra sociedad es atribuible solo a quienes nos han gobernado o, mejor, desgobernado.

La situación de movilización social vivida desde 2019, interrumpida por la pandemia y retomada con toda la fuerza desde hace algunos meses, representa el cansancio generalizado con la clase política que ha ejercido el poder en Colombia sin el más mínimo interés en el bien general y, entonces, frente a la posibilidad de que ese cansancio se refleje en las urnas, salen las voces agoreras a gritar: “Ojo con el 2022”. Pues bien, el grito no debería ser ese, sino: “Ojo con lo que hemos hecho con el país, ojo con la desesperanza que hemos sembrado en la juventud, ojo con la corrupción generalizada que fomentamos…ojo con la viabilidad de Colombia”.

NOTA: A mí personalmente me parece que somos poco serios con nuestra relación con Cuba. Cuando los necesitamos, les buscamos el lado y cuando no, los acusamos de todo.