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martes, 1 de septiembre de 2026

Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Luis Guillermo Echeverri Vélez

La canción infantil se hizo como elemento didáctico para que los niños aprendiéramos los números y a contar, pero la realidad de la vida pública de nuestras democracias parece soportar el balanceo de dos elefantes burocratizados, uno de izquierda y otro de derecha que cada cuatro años salen a llamar un camarada. Será que eso nos puede durar eternamente, cuando vivimos sobre la fragilidad presupuestal que carga el incremento constante del clientelismo y el contratismo, siendo nuestra precariedad fiscal como la débil tela que teje una araña para atrapar bichos, insectos livianos y mugre en esquinas y recovecos dándole mal aspecto a las casas.

El caso es que la democracia colombiana no aguante el balanceo de ambos elefantes tentando hasta donde resiste la telaraña ante el desfalco continuo del Estado. Aquí con la llegada de cada gobierno vienen los nombramientos a dedo para llenar posiciones de responsabilidad a la verraca, ignorando el “qué, cómo y dónde”; solo importa el “quién”, basta con que sea amigo, abogado o administrador, con lo cual nos llenamos nuevamente de mediocres realizando gestiones mediocres en medio de la continuidad de la administración de un empobrecimiento continuo.

La euforia de los cambios de gobierno crea un debate mediático personalizado, mientras acrecienta la colección de los inútiles que mantenemos con nuestros impuestos como muñecos de vitrina en el manejo de la cosa pública; una actividad lucrativa correlacionada con cuánto se figura o aparece en las redes y medios, dejando de lado los hechos, que deberían determinar su calificación en función de su impacto cualitativo en el desarrollo y cuantitativo en el crecimiento.

Nada más importante para reflexionar hoy, que en las palabras de la filósofa y escritora Allisa Zinovievna (Ayn Rand) autora de “La rebelión de Atlas” que hace 75 años dijo: “Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos con el soborno y por influencias más que por su trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos sino, por el contrario son ellos los que están protegidos conta ti; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio; entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.”

Estamos en la era de las eficiencias donde solo van a sobrevivir los que tengan conocimiento y energía. El resto es carreta porque este mundo ya no aguanta el criterio estrecho ni la mediocridad.

Si hoy no se digitaliza el Estado y se reduce el gasto público, si no se reduce la burocracia, si lo que importa son las sillas musicales entre los mismos puestos en entidades y gremios, si todo se queda en show, pachanga y likes, si todos son abogados y administradores, y no ingenieros y biólogos, pronto veremos cómo cae en picada la sociedad al decrecer en lugar de desarrollarse; al barbarizarse en lugar de culturizarse; al embrutecerse en lugar de educarse; al aceptar la miseria de la mediocridad como desmejora en la forma de vida mediante la acumulación de inútiles e indigentes que provocan la acumulación de pobreza por no construir una clase media sólida, culta, educada, laboriosa, productiva y sana a partir de una nación segura y un Estado eficiente.

El país necesita es eficiencias en la gestión pública que solo pueden resultar de una transformación educativa y cultural para poder pensar en grande sobre las bases de la legalidad y los valores democráticos. Bajémonos de los elefantes ideológicos y construyamos sobre los principios sólidos de libertad y orden, evolucionemos, que el mundo cambió. Cambiemos politiquería y clientelismo por ciencia y conocimiento, desarrollemos el gran potencial del país.

miércoles, 31 de agosto de 2022

¡Octubre 29 de 2023: última oportunidad!

José Alvear Sanín
Por José Alvear Sanín*

No vale la pena discutir si la revolución colombiana empezó el 7 de agosto de 2022, o quince días después, cuando Petro “legalizó” de facto los narcocultivos. En un país donde la toma de fincas productivas en el Cauca, Valle, Vichada y Cesar se hace más frecuente antes de que se presente en todas partes bajo la mirada complaciente de las autoridades, que anteriormente estaban instituidas para proteger honra, vida y bienes, hay que concluir que la revolución ha empezado en serio.

La revolución ha sido comparada con un alud. Unos copitos de nieve, o unos pedruscos, empiezan a rodar desde la cima, van arrastrando otros, y con aceleración siempre creciente, unos centenares de metros más abajo ya constituyen una fuerza arrolladora.

Comparable al alud, pasada la primera quincena del gobierno comunista, el movimiento imparable ya ha minado la estructura agraria, detenido la inversión, castrado las fuerzas armadas, amenazado la generación de empleo, anunciado la anarquía que sigue a la eliminación de varios títulos del Código Penal, y establecido el narcoestado, mediante una serie de fulminantes e inapelables determinaciones, que serán implementadas por un equipo inadecuado, un congreso embadurnado y una judicatura cómplice. Los medios fletados y la Iglesia ausente adormecen un país incapaz de comprender que todo ha cambiado, incluyendo la religión oficial, que ahora es la agresiva de la Pachamama. Con razón una ministra tóxica ha dicho que “estamos en un país distinto”.

Si todo esto ha ocurrido apenas en dos semanas, es necesario dejar atrás la ilusión de que vivimos en un Estado de derecho y que en cuatro años el país, estragado de errores y horrores, volverá electoralmente a la buena senda de la democracia y la libertad.

Con la anunciada “reforma política” y con los algoritmos de la Registraduría, los comunistas no tendrán ninguna dificultad para quedarse indefinidamente en el poder, como ha pasado siempre en los países que padecieron ese régimen o aún lo sufren. El propio Petro, hace algunas horas, ya volvió a insinuar que “cuatro años son insuficientes para cambiar el país”.

Ahora bien, la última oportunidad de recuperar la democracia tiene una fecha próxima, el 29 de octubre de 2023, día de las elecciones para gobiernos locales. Si las regiones y ciudades votan contra el comunismo en esa fecha, Colombia podría todavía salvarse. De lo contrario, el narcoestado revolucionario se consolidará indefinidamente.

El comunismo no soltará fácilmente a Bogotá, Cali y Medellín. Tienen el poder, saben hacer el fraude, manejan las maquinarias y la aplastante propaganda. Aunque llevan todas las de ganar, esa última batalla tenemos que darla para vencer.

Pero para ganar elecciones se necesitan candidato, programa y determinación. Es decir, todo lo que culpablemente no se tuvo para detener a Petro. Se dejó todo al azar y a la buena ventura, a pesar del previsible resultado, que los políticos y empresarios no quisieron ver.

Pero no lloremos sobre la leche derramada, porque el tiempo apremia.

A partir del próximo enero hay que tener candidatos viables, aguerridos y coordinados en cada uno de los departamentos y municipios.

En Antioquia escoger candidato a la Gobernación es sencillo. Algunos hablan del expresidente Uribe Vélez. Puede ser, aunque otros piensan en Federico Gutiérrez. Para alcalde no se ve todavía la figura, pero urge encontrarla. ¡No más desmanes de Pinturita y su combo rapaz!

No puedo opinar sobre la capital, despedazada por la descobalada señora, ni sobre la desventurada Cali del extremista. Con mayor razón ignoro cuáles sean las personas requeridas en los demás departamentos. Por tanto, me limito a opinar que en cada uno de ellos es preciso proclamar con urgencia candidatos capaces de triunfar.

El pésimo gobierno puede ser derrotado en octubre del próximo año, si hay un movimiento nacional de auténtica recuperación institucional, patriótico, desinteresado, no partidista, articulado y confiable. No podemos aceptar que el 29 de octubre de 2023 haya otra elección abigarrada, donde numerosos grupúsculos más o menos democráticos sean barridos y borrados por las fuerzas petristas, castrochavistas y del narcotráfico.

Si no queremos nuestra propia “revolución de octubre”, hay que triunfar el 29 de ese mes, el próximo año. De no lograrlo, la barbarie ya no tendrá reversa y la tragedia de Venezuela, al lado de la colombiana, será un juego de niños.

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En los tiempos que corren es más conveniente tener prontuario que curriculum vitae…

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En vez de publicar sus enrevesados fallos en 27 lenguas indígenas, haría bien la Corte Constitucional en traducirlos al español.