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viernes, 6 de febrero de 2026

Para ellas las felicitaciones

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

La última vez que Horacio Arango me llamó el día de mis cumpleaños me dijo: acabo de hablar con tu mamá y ya la felicité. A ella es a la que hay que felicitar. Sus palabras me tomaron por sorpresa y casi que no entiendo el profundo significado de lo que me estaba diciendo. Se suponía que era yo el homenajeado. Rápidamente, él mismo me lo explicó: en nuestros cumpleaños a quien deberíamos felicitar es a nuestras mamás porque cuando se supieron en embarazo dijeron a la vida, durante nueve meses nos llevaron consigo, padecieron los dolores del parto y casi simultáneamente se alegraron y nos estrecharon en sus brazos, nos amamantaron, nos cuidaron, se trasnocharon muchas veces y otras tantas se sacrificaron con tal de vernos bien y saludables. Fueron ellas quienes nos inculcaron la fe, principios y valores, buscaron la mejor educación y nunca nos dejaron de amar con ese genuino e irremplazable modo de hacerlo.

Mi mamá cumplió 98 años el pasado 6 de enero y así, trasegada como está, cual vela que se consume y va apagando, viejo como estoy a estas alturas y todavía se preocupa por mi cuando en justicia debería hacerlo por ella: ¿pasaste buena noche? ¿Ya almorzaste?, ¡cuídate al salir porque está lloviendo!, ¡abrígate que está haciendo frío!, ¿por qué no descansas un poco? ¡Increíble! Esas mujeres nuestras, que son nuestras madres, ¡cuán tenaces y admirables son, cuán amorosas, únicas y maravillosas! Es verdad, a ellas es a quienes hay que felicitar por ser vivo reflejo del rostro materno de Dios.

Estas últimas semanas no han sido las mejores para ella. Ha bajado de peso, no ha dormido bien, se ha desorientado a veces, está comiendo muy regular, los dolores artríticos la tienen muy afligida, ha estado baja de ánimos, pero me entero yo que está preocupada por mis cumpleaños y quiere celebrarlos. Silenciosamente y sin que yo me entere ha estado organizando la cosa. Que un almuerzo, que unas onces. Le mortifica no tener autonomía para salir a la calle y comprarme un regalo.  ¡Por Dios!  ¿De qué están hechas nuestras madres si no es de pura química divina?

Sin duda, con un año más de vida, tengo mucho, muchísimo, qué agradecer a Dios, pero lo más justo e importante es hacerlo por ella, por mi vieja, por la niña Cexi, Blanca Cecilia, mi madre. He decidido pasar mañana todo el día a su lado. Cualquier cosa que yo intente hacer por ella, en realidad es muy poco, comparado con todo lo que ella hizo y sigue haciendo por mí. Estoy seguro de que en sus juiciosas oraciones diarias no hace sino encomendarme. Esas oraciones son el soporte que me sostiene, estoy seguro. ¿Cómo no felicitarla a ella?, ¿cómo no rendirle tributo a esta colosa de la vida, a esta mujer a quien le debo lo que en realidad soy? Hay que hacerlo en vida, así como decimos, en vida. Después ni lágrimas, ni flores. Ya para qué.

Gracias Señor por mi madre. Gracias por regalarme ese tesoro maravilloso que siempre me dio lo mejor de sí y ante quien siempre me quedé corto en reciprocidad. Gracias, mi inolvidable Horacio, por esa lección que me diste: en nuestros cumpleaños, a quien hay que felicitar es a nuestras mamás.

viernes, 9 de febrero de 2024

Modelo 62

Por José Leonardo Rincón, S. J.

Este modelo 62, acaba de cumplir 62. ¡Qué barbaridad! ¿A qué horas nos volvimos viejos? Bueno, como diría el otro, vieja la cédula, porque el sujeto todavía se siente con muchos ánimos. Y mientras Dios nos regale salud haremos todo lo que esté a nuestro alcance por seguir creciendo personalmente y buscando el bien de los demás. Esa es la vocación de servicio y lo que ayuda a darle sentido a la existencia.

Como todos los años, la celebración del propio cumpleaños fue un día para celebrar y dejarse consentir. En tanto algunos que conozco ese día se desaparecen y no se dejan ver de nadie, ni se dejan felicitar. Por el contrario, en mi caso, ese día me dedico a recibir llamadas, leer correos y contestar mensajes en las redes sociales. Como quien dice, es un día para subir la autoestima y sentir las expresiones de afecto que provienen de familiares, amigos y conocidos, aunque en realidad los festejos se pueden extender durante la octava.

La verdad, este año me sentí abrumado, anonadado. La cascada de detalles se transformó en avalancha de esas expresiones de cercanía y amistad, que finalmente resultaron ser más un tsunami de afecto. Desbordante realidad que me llevó rápidamente a darle gracias a Dios y a endosarle todo eso, pues Él es el autor y artífice del asunto. Pensé también en mi madre a quien le debo en buena medida lo que soy. Recordé a todos aquellos que a lo largo de estas décadas han contribuido de múltiples maneras a moldearme y ayudarme a crecer y madurar.

Cada mensaje, cada llamada, trajo a colación tanta historia acumulada, tantos rostros, tantas vivencias experimentadas, a veces duras y tristes, la mayoría de las veces alegres y maravillosas, como es el variopinto existencial de todos nosotros. Me sentí afortunado, pero no me comí el cuento de que solo yo lo era. Lo cierto es que cada persona que me saludó también tiene su propio acumulado favorable en el balance de su vida y en el día de sus cumpleaños seguramente siente otro tanto como yo. Es un patrimonio común que, si fluye y se comparte, nos enriquece y hace felices a todos.

Estoy tratando de responder a cada uno en particular su saludo, pero aquí debo hacerlo general y masivamente para todos. Gracias por la amistad, gracias por los augurios y buenos deseos, por los abrazos y las bendiciones, por los reconocimientos sinceros, por las palabras cargadas de afecto. Todos esos regalos para el corazón son activos para el alma. Si son tantos es porque Dios me ha regalado muchas amistades en todas las latitudes de este mundo, con cada una hay temas para episodios o sagas enteras. Hay mucha vida, mucha historia. Y todo, a pesar de mis humanas limitaciones. Por eso, con mayor razón: ¡gracias, muchas gracias! Dios los bendiga por hacer parte importante de mi vida.

viernes, 10 de febrero de 2023

Bombardeo afectivo

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

¿Qué son los cumpleaños? Las respuestas, según los temperamentos de las personas, pueden ser varias: a) perezosa jornada para recordarle a uno que está más viejo y deprimirse viéndose al espejo; b) ocasión propicia para desaparecerse y no dejarse ver de nadie; c) día feliz para dejarse consentir y recibir múltiples manifestaciones de afecto. Me quedo con ésta última.

Efectivamente, para el suscrito, el cumpleaños es día de fiesta. Narra mi madre que el día de uno de mis primeros cumpleaños me hizo caer en cuenta del asunto y dizque yo muy conchudo dije: “eso, hagamos fiesta, invitemos a la familia…” La noticia le salió por la culata y resultó costosa porque le tocó comprar ponqué y vino para más comensales. Lo que resulta evidente es que tengo claro desde hace mucho tiempo que este es un día festivo para no hacer nada. Declaro huelga laboral y me dedico a atender llamadas telefónicas y responder los mensajes que se envían por diferentes medios. La jornada es extenuante y se asemeja a un curso rápido e intensivo de secretariado: conteste teléfono aquí, responda mail allá, reciba visitas y saludos acuyá, etc.

Eso fue el pasado martes. Gente amiga que desde la víspera felicitó para garantizar que no se le olvidara hacerlo el día mismo, otros que literalmente madrugaron para ser los primeros y otros que lo hicieron luego argumentando que estamos en la octava y todavía vale; flores, bombas, serpentinas y festones en la oficina; carteles incitando al bullying, acompañados de complementarios accesorios para reforzar la cariñosa burla; regalos deliciosos que no faltan; visitas para expresar personalmente el afecto; mediamañana recargada y almuerzo para subir unos cuantos kilos… todo un bombardeo del afecto que lo dejan a uno de catre.

Y es que uno tiene que querer y amar, pero también dejarse querer y amar. Es un asunto que se da recíprocamente de modo gratuito. No hay intereses de por medio. Es la manifestación espontánea, sentida y llena de cariño sincero con todos aquellos con quienes uno ha vivido su personal historia de vida. Desde gente sencilla y humilde hasta encumbrados personajes; familiares; amigos de los colegios y de la universidad donde se ha estudiado; colegas y compañeros de trabajo en las ciudades donde se ha estado; cercanos y también en otras latitudes de la patria y el globo; adultos y jóvenes; algunos desaparecidos que resucitan suscitando enorme alegría. Todo un derroche de energía positiva que recarga baterías como para todo el año. ¿Cómo no disfrutarlo?

Las cosas que le dicen a uno lo sonrojan. No son frases de cajón, no son lambetazos ni cepillo, no hay adulación interesada. Es para conmoverse. También para subir la autoestima a veces golpeada con la fama de que se es muy duro con la gente. Oye, pero si eso fuera cierto, ¿habría tantas y tan bellas manifestaciones de cariño? No creo. Algo positivo debió haber pasado, alguna huella grata debió haber quedado, una lección de vida y crecimiento personal suscitados. Fortiter et suaviter, eso he sido. Y quienes lo han entendido lo agradecen. Las formas a veces son fuertes, pero el trasfondo es esencialmente humano y cargado de los mejores deseos. Solo Dios sabe. Gracias a Él, Señor de la vida. Gracias a ustedes, por tanto. ¡Sigamos celebrando!

viernes, 6 de enero de 2023

1928: Special edition

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

No se preocupen, no le estoy haciendo marketing a un licor fino ni a un artefacto importado, estoy hablando de doña Blanquita, doña Ceci, la negrita, la mismísima adicta al chocolate, la cumpleañera de hoy, es decir, mi mamá.

Pues resulta que el personaje de hoy en esta columna está cumpliendo ni más ni menos que 95 años y es la única persona del género femenino que yo sepa que en vez de quitarse años, dice que tiene 100 y aspira batir el récord que dejó su hermano Pedro con 103, por Dios, ¡qué barbaridad!

La negrita Blanquita ya les conté el otro día que la trajeron los reyes Magos y que la dejaron durmiendo mientras en las calles quemaban al pérfido Herodes en territorio del padre Campoamor. Hija de José y María debió llamarse Jesusita, pero ese nombre me lo reservó a mi como tercer nombre. La llamaron Blanca Cecilia. Fue la menor de 7 hermanos. Consentida como tenía que ser, no fue ni perezosa ni atenida. Muy joven comenzó a trabajar. Su currículum en cuanto a experiencias laborales es bastante interesante. Apreciada por la calidad de su trabajo se daba el lujo de explorar nuevos retos y gustaba hacerlo para multinacionales de daneses, alemanes, italianos y suecos.

A la niña Cexi, la conozco desde hace rato. Siempre la vi trabajando de sol a sol, literalmente, porque cuando no era cocinando, lavando y haciendo oficios en casa, era porque estaba laborando en la oficina, tecleando máquinas de escribir y transcribiendo dictados taquigráficos con una velocidad admirable. Claro que también se dedicó a eso de ser maestra, de modo que ahora entiendo de dónde me vienen esos gustos por lo administrativo y lo educativo.

Hasta los 85 fue pata’e perro, callejeando para atender sus menesteres: la infaltable misa diaria, sacando a pasear sobrinos, visitar almacenes regateando precios hasta casi lograr que le donaran los productos más que por generosidad por físico desespero, jejeje. Eso ya de vieja, porque de joven fue andariega hasta resultar viviendo y trabajando en Medellín o la Guajira por hablar de los rincones criollos, porque no contenta con estos paisajes le dio por irse sola a Europa y al África. Hay que oírle los relatos de sus aventuras en barcos, trenes y aviones. Si Netflix supiera, tendríamos recursos a razón de unas dos o tres sagas. Con razón ahora solo quiere dormir, porque creo que poco lo hizo en otrora y está poniéndose al día.

La vida está en la muela, sentenciaba taxativamente y fue consecuente con el mandato. De buen gusto en la mesa, supo contagiarme de los placeres sibaríticos. Su ya mencionada debilidad por el chocolate viene de cuando se empacó media libra, aún de brazos, mientras la abuela, engañada, juraba que estaba así de calladita porque era muy juiciosa. Comió tanto que desde entonces quedó así de negrita.

De ese mujerotón, guapa y esbelta, exquisita y muy elegante en su vestir, con tacones de puntilla y carteras finas, sombreros emplumados y pieles de zorros, cuando no montada a caballo en Pielroja o Madroño, veteranos equinos del hipódromo, solo queda el recuerdo y una interesante colección de fotos que estoy repasando para la reunión que le haré el próximo 14. Recordar es vivir. Habría mucho qué contar, pero no quiero cansarlos. Por lo pronto, ayúdenme a darle gracias a Dios por su vida y que Dios la deje por aquí hasta cuando a Él así le parezca.

viernes, 4 de febrero de 2022

Seis décadas

José Leonardo Rincón Contreras
Por José Leonardo Rincón, S. J.*

Mi tío José murió de 59 años. Yo tenía 10 y lo veía bastante viejo. Ahora soy yo quien cumplo 60 y siento que fui injusto con él, porque en realidad no era viejo. Además, en lo que a mí respecta, todavía hay gasolina para otros 60.

El año pasado estuve en el taller y necesité revisión de motor por una falla eléctrica, pero hace dos días, en Medellín, el cardiólogo mecánico me dijo que estaba sincronizado y listo para un buen kilometraje adicional. Estoy un poco mal de llantas por el parqueo prolongado y me dice que debo salir de los pits y competir en pista. La latonería no está mal y no faltan interesados, pero no estoy a la venta. Espero cotizarme en la colección de coches antiguos. Que uno funcione después de seis décadas no es poco. Bien por los fabricantes. Les salió bueno el modelo 62.

No me puedo quejar de la vida. Como muchos de ustedes, he tenido una madre excepcional, amorosa y exigente a la vez, que a su prolongada edad sigue más preocupada por cuidarme que por cuidarse ella misma. Me contagió de principios y valores que no he terminado de asimilar. Respetuosa de mi opción de vida pudo haber sido posesiva y absorbente, y nunca lo fue, por eso a estas alturas me extraña que comience a llamar a todas partes para rastrear dónde estoy cuando me demoro diez minutos en llegar. No lo dice, pero se siente más segura conmigo cerca. De mi padre no hablo porque lo perdí a temprana edad y prácticamente no lo conocí. De seguro que mi carácter templado, disciplina y gusto por los asuntos jurídicos y políticos son su huella en mí.

Tuve una buena educación. Buenos colegios, buena formación. Eso es definitivo para ser uno quien es. Me gustó rodearme de gente mayor, para aprender de su experiencia como viejos lobos de mar. Sin ser amiguero, Dios me ha bendecido con excelentes amigos y familiares. Todos, ellas y ellos, saben que nos podemos dejar de hablar por años, pero cuando nos reencontramos retomamos la conversación como si hubiera sido ayer. No soy monedita de oro ni pretendo serlo, pues ante todo prima mi autenticidad, sin diplomacias ni expresiones políticamente correctas. Eso le fascina a muchos y otros lo detestan. Acuariano y tigre, sobresalen la lealtad y la sinceridad en la amistad, pero también la solitaria independencia. Afectuoso y consentido cuando lo acarician, el felino altivo ruge cuando le pisan la cola o lo molestan.

Nunca he buscado responsabilidades o reconocimientos. Han llegado solos y desde joven estudiante. Ha sido una escuela única para conocer la psicología humana con sus grandezas y mezquindades, primero como laico y luego como jesuita. La envidia, lamentablemente, se ha suscitado, nunca sentido. No hay ni ápice ni pizca de razón para ella.

Mi vocación de cura data desde los tempranos cinco años. Constante y firme, nunca he dudado que en esto he sido feliz contribuyendo a que otros también lo sean. Siempre quise ser religioso, pero nunca pensé en la Compañía de Jesús, una élite inalcanzable por su tradición, su palmarés, su inteligencia. Sin embargo, al conocerla me enamoré locamente de ella y cuando me aceptó me sentí el hombre más feliz del mundo. No puedo estar en mejor lugar, aunque me falte mucho pelo pal moño en dar la talla del perfil ignaciano. Aquí estoy, a punto de cumplir 60, con hijuemil tareas pendientes, con mucho que hacer todavía. Esperemos que carrocería y motor aguanten. Y como dice Pachito, mi jefe en Roma: ¡recen por mí!