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domingo, 7 de noviembre de 2021

Bla bla bla

Antonio Montoya H.
Por Antonio Montoya H.

Leyendo la columna del padre José Leonardo Rincón Contreras, S. J., del viernes 5 de noviembre en el blog de El Pensamiento al Aire, y analizando el texto al cual hace referencia del autor mexicano, me pareció acertado y los invito a que lo lean y más la conclusión que el padre hace al final de su artículo.

Por ello, me permito complementar en algo lo expresado allí, y es que todo lo que se dice o se hace en nuestro país se convierte en un problema; acusaciones van y vienen, todos y cada uno son y creemos ser mejores que el otro, hablamos de corrupción, desfalcos, robos, crisis económica, decrecimiento en el empleo y todo es un caos, y como dice el padre Leonardo todo es un problema.

Hablemos seriamente, los únicos, y casi que lo afirmo sin temor, aunque pueden darse excepciones, que son serios en el diario vivir son los empresarios colombianos que calladamente soportan el crecimiento de la economía, se endeudan, invierten en nuevas tecnologías, generan empleo, trabajan duro y, además, constantemente tienen que aportar a los políticos y a sus múltiples grupos y subgrupos, a sus empresas electorales que son las generadoras del desfalco del Estado.

Es verdad que el Estado ayudó con el subsidio a la nómina, pero ¿a quién no ayudó en esta pandemia el mismo Estado? Tal vez muy poco a los autores, artistas y ejecutantes de nuestro país, pero ese será otro tema de análisis.

No se puede negar, Colombia subsiste en su economía por el entramado empresarial, desde pequeñas, medianas y grandes empresas que aportan salarios, que pagan el sistema general de seguridad social, que pagan impuestos, que sufren los paros, trancones, violencia e inseguridad, ellos son los verdaderos salvadores de Colombia.

Los otros, los políticos, muchos de los que son diputados, concejales, representantes, senadores, alcaldes y gobernadores, están mirando al país desde otro ángulo, ajenos a la realidad. No hacen caso, son como autistas, no atienden el clamor ciudadano, a esa gran población que pide a gritos con referéndums, una gran reforma a la justicia, al congreso mismo, que espera que prospere la autonomía regional, y otros múltiples requerimientos a los que han sido oídos sordos porque no hay respuestas acertadas para los colombianos. Estamos en el bla bla bla, mientras vivimos a diario conflictos internos en los partidos, soluciones inviables de parte de algunos, y caos y destrucción por parte de otros.

Díganme ustedes, con franqueza, ya que estamos ad-portas de elecciones en nuestro país, ¿qué se ve en el ambiente? Nada, únicamente personas que a título personal quieren ser presidentes de la República y para ello buscan el aval de las firmas, otros, como Petro, intentan alianzas, quien claramente muestra cuál será el camino del cambio tan cacareado por él: bajar los arrendamientos, bajar el costo de los servicios, expropiar tierras, distribuir utilidades sin obtenerlas, bonito panorama. Hay quienes quieren a monto propio designar un candidato sin contar con el partido, como es el caso del presidente del Partido Liberal que está obsesionado con el doctor Alejandro Gaviria y quiere que se le designe sin discusión, ¿a cuenta de qué?

No termino la lista… otros reviven partidos como Oxígeno de Ingrid Betancur, El Nuevo Liberalismo con la familia Galán, el de Petro, en fin, son muchos los que quieren sus oportunidades de actuar en la vida política a través de movimientos que perdieron su personería.

¿Cuál es el aporte ideológico de todos ellos?, ninguno y si estoy equivocado que lo demuestren lo cual veo difícil porque no existe disciplina dentro de los partidos: el Conservador vive dividido, el Centro Democrático tiene en sus integrantes diversas tendencias, el liberalismo está en manos de un mesías, demagogo y populista que se perpetuó en el cargo, a Petro el que lo apoya luego se aleja, y sino pregúntenle a quienes lo acompañaron inicialmente en la alcaldía de Bogotá, ¿Roy Barreras? ¿Benedetti?, veletas al viento y al azar, en Cambio Radical, no sé qué pasa en su interior y los otros interesados, que son varios, no dan a conocer su programa ni dicen quiénes lo acompañan; en síntesis, no tenemos nada, pocos aportan, nadie lidera un gran acuerdo Nacional. Con este panorama dejarán la oportunidad de conservar la democracia por culpa de sus propios egos y facilitarán el acceso al poder de la izquierda y luego todos estaremos sometidos al régimen que llevará al país por el camino de la destrucción.

Por ello, invito a que todo no sea un problema, construyamos sobre lo fundamental, no todos pueden ser presidentes, pero sí pueden ser líderes de la democracia en los diversos cargos que puedan ocupar y allí desarrollar el potencial para tener una gran nación.

Es la última oportunidad que tenemos, están avisados, no se hagan como siempre los sordos, ciegos y mudos, la República está por encima.

viernes, 25 de septiembre de 2020

Institucionalidad

José Leonardo Rincón Contreras
José Leonardo Rincón, S. J.*

Alguna vez, en esta columna, les cité un artículo de Álvaro Sanjinés Orejuela que invitaba a hacerle reingeniería a los colombianos. Creo que ese texto debe tener más de 20 años, pero mantiene una vigencia extraordinaria. No voy a repasarlo en su totalidad, pero sí voy a hacer memoria, comentando algunas de sus sabias reflexiones, a propósito de los debates que nos ocupan como país por estos días.

1. Las instituciones

Cuando uno habla de la Presidencia, las cortes, el Congreso, los órganos de control (las ías), los gremios, la banca, las empresas públicas, la Iglesia, las fuerzas militares y de policía, los partidos políticos, etcétera, tiene en su mente, de modo general, bastante abstracto y etéreo, eso que llamamos “instituciones”. En realidad, unas entidades fuertes, consolidadas, respetables, creíbles, que están al servicio de la sociedad.

2. Las instituciones son reflejo de los líderes que a ellas acceden

Pero su buen nombre o su mala fama no lo obtuvieron gratuitamente. Que generen confianza o suspicacias no es azar. Si lo tienen es por el tipo de personas que las lideran y conforman. Cuando tenemos al frente de ellas auténticos líderes, nos generan seguridad, esperanza, tranquilidad. Cuando su proceder es desacertado y equívoco es porque hemos sentido que nos abusan, roban, mienten, son ineficientes, se convierten en plataformas de mezquinos y egoístas intereses, no del bien común.

3. Las instituciones requieren transformarse

Para lograrlo deben volver a la razón y sentido para los cuales fueron creadas, es decir, los principios y valores esenciales que las sustentan. Las instituciones son maquinarias pesadas y complejas operadas no por robots, sino por seres humanos. Y no podrán ser distintas ni mejores en tanto a ellas accedan las personas equivocadas. Para transformarlas no bastan leyes, ni decretos, ni elocuentes discursos, es necesario que las lideren y en ellas laboren personas transformadas que procedan en consonancia con sus propósitos fundamentales.

4. La institucionalidad se respeta

La historia pasada y reciente nos muestra con evidencias contundentes que cuando no se respeta la institucionalidad, la autoridad se fragmenta, se diluye y se pierde. La democracia entra en alerta roja y se avecina la dictadura. Su modus operandi es igual tanto en los regímenes de izquierdas como de derechas. El poder se convierte en la máxima obsesión y para lograrlo, controlando todo, todo vale como recurso y medio. A esa situación se llega por no contar con instituciones sólidas y moral y éticamente creíbles.

Con todo respeto, pero cuando la Presidencia desacata la corte, la policía abusa de su fuerza, el ejército viola los derechos humanos, el Congreso está desacreditado, la banca se lucra con la miseria, los órganos de control son corruptos, la Iglesia encubre el abuso de menores, las empresas públicas escudadas en gobiernos corporativos permiten billonarios desfalcos, los gremios solo buscan lucrar sus particulares intereses, los partidos políticos son camarillas de camaleones oportunistas que engañan para obtener poder y olvidarse de sus electores… la cosa se pone color de hormiga. Ahí, las instituciones están en crisis, no tienen ascendiente, ni convocatoria, ni credibilidad. Por eso barren y trapean con ellas.

Podrán replicarme. Estás exagerando, las generalizaciones son injustas, no son todos, son unas cuantas “manzanas podridas”, “los buenos somos más”. Excúsenme, les diré, quizás sea cierto, pero no veo los líderes corajudos, tesoneros y valientes que tengan las agallas para reconocer las equivocaciones y emprender el cambio. Sus calzones están húmedos por el susto porque temen perder amigos, disminuir su popularidad. Son políticamente correctos.

Insisto con Sanjinés: se requiere una reingeniería de nosotros como ciudadanos colombianos, una profunda transformación como seres humanos en los valores que nos movilizan. En tanto eso no se dé y se haga desde la educación en la familia y la escuela nos vendrán tiempos peores. Hemos cosechado vientos, no nos extrañe entonces recoger tempestades. Soy un iluso irredento que cree que todavía estamos a tiempo, que todavía es posible un cambio de las instituciones y de las personas que a ellas acceden.