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martes, 11 de junio de 2024

De cara al porvenir: plataforma inestable

Pedro Juan González Carvajal

Para nosotros los antioqueños, hablar de Bancolombia es hablar del banco de uno, del banco de todos, como en su momento nos referíamos así al Banco Industrial Colombiano -BIC- o a nuestra muy querida y añorada Conavi.

Bancolombia es para nosotros lo que el Banco de Occidente es para los vallunos o el Banco de Bogotá para los bogotanos, teniendo presente una permanente y sana competencia por la calidad del servicio y el aprovechamiento de los avances tecnológicos para facilitar las operaciones y darles seguridad a las diferentes transacciones que realizan sus clientes.

Su solvencia patrimonial, sus buenos resultados, las campañas cívicas que ha liderado -como la del apoyo al Metro en sus momentos más oscuros, que determinó lo que hoy se reconoce como la Cultura Metro, han hecho posible que lo consideremos merecidamente como parte del patrimonio de los antioqueños.

Sin embargo, de un tiempo para acá, sobre todo después de las fusiones de Banco de Colombia y de Conavi, la plataforma tecnológica que soporta el negocio -o las diferentes plataformas- se han vuelto inestables y los daños o la suspensión temporal de la operación se hacen cada vez más frecuentes, con los enormes perjuicios de todo tipo que estas conllevan para personas e instituciones.

Y es que ya no son casos aislados y esparcidos en el tiempo. Es normal la falla en el servicio con el consecuente deterioro de la imagen, la confianza y la credibilidad ante sus casi 20 millones de clientes, entre los cuales me encuentro.

Desde hace años se ha tratado de sostener y darle mantenimiento a una plataforma que a punta de “parches” como se dice en el argot técnico y hoy inundada por el uso de las llamadas APPS que cumplen funciones puntuales y focalizadas pero que no fueron diseñadas para una posterior integración, se ha tenido que incrementar la labor de mantenimiento y de reacción ante las fallas, con los enormes costos de todo tipo y con la insatisfacción y preocupación de los  diferentes públicos de interés que resultan damnificados.

Competir en un mundo globalizado y altamente competitivo como lo es el mercado bancario, con herramientas tecnológicas que no ofrecen la suficiente garantía es un verdadero despropósito, un verdadero suicidio.

Es claro el desconocimiento de cómo se maneja al interior de Bancolombia este tema tecnológico, pero como usuario uno lo padece, y por los resultados evidentes, algo no está funcionando bien.

Hablar de incrementar la bancarización en un país como Colombia, ante este tipo de circunstancias, resulta como mínimo pretencioso e irrespetuoso, y lo básico que se le exige a un banco es la salvaguardia del dinero de los clientes y el respeto que merecen por la confianza depositada, a través de cada vez más y mejores servicios y, obviamente, productos adecuados a tasas competitivas, acompañado todo esto de un alto rendimiento en la seguridad transaccional.

Por respeto y tranquilidad consigo mismo, Bancolombia debe acceder lo más pronto posible a una más eficiente y segura plataforma, teniendo en cuenta que existen alternativas probadas en muchos países del mundo.

De igual manera, ante los diferentes clientes y distintos grupos de interés que merecen respeto y consideración, es inaplazable ponerle coto a la incertidumbre creciente con respecto a la estabilidad y el buen funcionamiento de la o las plataformas tecnológicas que soportan las transacciones cotidianas.

Es hora de las decisiones de fondo, de la acción y del establecimiento de los correctivos del caso.

Recordemos que no por hacer más de lo mismo, podemos esperar obtener resultados distintos.

¡Para adelante!

viernes, 7 de julio de 2023

Seguro mató a confianza

Por José Leonardo Rincón, S. J.

La lección de vida que hemos recibido esta semana estuvo a cargo de Danielito y Osquitar, dos amiguitos que firman un pacto de sangre de alta confidencialidad, en medio de la total confianza que se tienen, y al final el uno resulta traicionando al otro, ¡plop!

El país entre sorprendido y agradecido asiste a un nuevo destape de esa olla que ya sabíamos podrida. La cuestión que está de por medio es la lesión que sufre un valor como el de la confianza, sobre el cual tanto se habla hoy día en las relaciones interpersonales y también organizacionales. Generar confianza, creer en la palabra del otro, es determinante a la hora de construir esas relaciones. Sin embargo, creo que doña Cecilia, mi mamá, tenía razón cuando me insistía desde chiquito, citando al profeta Jeremías: “maldito el hombre que confía en otro hombre” (Jr 17,5), una frase que siempre me ha parecido demasiado dura de aceptar, porque lo conmina a uno a no confiar más que en Dios, que no en los seres humanos que, por su natural falibilidad y limitación, somos débiles, frágiles, limitados, infieles, desleales, traicioneros. ¡Tenaz!

Entonces, se evidencia la ambivalencia que un valor puede tener. La confianza que per se diriamos es “buena”, como la lealtad, la fidelidad, para mencionar otros valores, pueden ser utilizados para fines no propiamente buenos. Un tema de debate ético y moral, máxime cuando a diario se ven golpeados por escenas como las que ya conocemos. Y es ahí donde uno entiende por qué, en este inacabable proceso de paz, por ejemplo, la guerrilla en sus diferentes vertientes y los otros grupos convocados a la paz total no confían en los gobiernos de turno: porque les han hecho conejo, les han incumplido, les han fallado. Persiste la desconfianza.

Surge entonces aquí el dicho popular también aprendido de mi progenitora: “seguro mató a confianza”, cuestión bien seria, porque obliga a decir de palabra confío en usted, pero déjeme tomar medidas que me blinden o me aseguren que las cosas se van a hacer bien, que usted no me va a fallar y, si lo hace, no me va a lesionar, no me va a ser daño. Toca hacerlo. La experiencia nos enseña que “a mayor confianza, mayor control”. Lo hacen las entidades con la figura del control interno, revisorias, auditorías, sistemas integrados de gestión. Claro que hay que confiar, delegar, empoderar, pero también hay que estar alertas para verificar que esa confianza depositada no se traicione.

Es claro que tenemos que rodearnos de personas que nos inspiren confianza. Sin embargo, la cruda realidad nos muestra que, si el mismísimo Jesús tuvo su Judas, Julio César su Bruto, nosotros, viles mortales, no estaremos exentos de puñaladas traperas y traiciones. ¡Lo hemos vivido! Pasa en las películas, pasa en la vida real… de modo que el único que no falla es Dios y con los otros nos echamos la bendición y seguimos pa’lante, atentos y alerta, No hay de otra.

lunes, 26 de junio de 2023

Honestidad, confianza, lealtad



Por Antonio Montoya H.

Antonio Montoya H.
Estas tres palabras enmarcan las conductas humanas y de ellas se derivan las acciones que a diario realizamos tanto en el campo familiar, el trabajo y la vida social. Son pues los pilares en los que nos vamos desenvolviendo en nuestro diario trasegar por esta vida.

Se Inicia en el entorno familiar que es la que realmente nos da los valores a seguir, nos abre el camino para desempeñarnos en la vida y nos da garantías de afecto, amor, solidaridad y apoyo. Así pueden observar ustedes, amables lectores, otras cuatro palabras claves, que tienen incidencia en nuestro desarrollo y con seguridad podrán analizar de ellas cuántas se han dado en su vida tanto en la niñes como en la vida adulta donde ya somos los que damos el ejemplo y brindamos a quienes están a nuestro alrededor la luz, el camino y la vida.

No obstante, para mí son primero las enunciadas inicialmente porque cuando se actúa con honestidad esta no se percibe, no se premia, es parte de la persona que la desarrolla y por ello no es objeto de reconocimiento. Es sin duda alguna una premisa que la honestidad debe estar presente en toda actividad porque es el deber ser, así nos lo enseñaron, se tiene o no. No es una decisión arbitraria, cuando no se tiene ya no hay marcha atrás, es el principio del fin, llega el caos, la corrupción y el desastre; la ausencia de ella es la que en el mundo ha conllevado a la pérdida de credibilidad en el hombre público, porque se deja llevar del egoísmo, la ambición y el deseo de enriquecimiento personal en contravía del trabajo en beneficio general. Esta conducta afecta aun hasta los más honestos porque sobre ellos cae el estigma de la corrupción, se manifiesta en sentido general y no en uno específico. Vale el adagio que pagan los justos y no los pecadores.

La confianza, obviamente está ligada con la honestidad, porque quien genera confianza en sus actuaciones, en sus decisiones, está creando una sensación de bienestar a su lado, no hay ambigüedades en lo que realiza, se hace bien y con seguridad.

La lealtad se da no solamente en quien lidera grupos, empresas, asociaciones o cualquier tipo de agremiación, sino que debe ser observada por todos, es una comunión de intereses y la falla de uno genera el desastre. No es la lealtad mal entendida es la que surge de compartir ilusiones, proyectos y vida.

Con el trascurrir de los años, todos vamos recordando momentos de la vida y casi todos ellos están relacionados con historias de familia o de estudio, sobre todo escolar, donde se comparte sin competencia. A ninguno nos interesaba ser el mejor, solo queríamos aprender, acompañarnos y reír. Es una lástima que el paso del tiempo nos haga perder lo esencial, la comunicación, el respeto y la alegría de la cotidianidad. No es posible entender que se metió en la mente del ser humano que de esa limpieza de mente y espíritu inicial poco queda, pero mantengo la ilusión de que podamos recuperarla cuando todos entendamos que el camino por el que vamos no conduce sino a la postración moral, la miseria económica y la desesperación. Por ello invito en este caso a los colombianos a que nos miremos, reflexionemos y pensemos en qué y por qué no actuamos conforme al deber ser, es decir de forma elemental honesta, con confianza en los demás y generando lealtades a nuestros lados por ser generadores de ideas positivas y motivantes para quienes nos rodean. Por ende, oremos, pidamos a Dios nos ilumine y abra la mente para ser mejores ciudadanos, amigos, excelentes padres de familia y soñadores.

jueves, 4 de mayo de 2023

La gasolina de la economía es la confianza

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez

La gasolina que mueve toda economía no es otra que la confianza. Algo que solo se genera con seguridad, transparencia y unidad de propósito. Todo lo contrario a la polarización que vivimos.

No puede haber confianza donde una gran parte de la población no confía en el Gobierno o donde el empresario y los trabajadores no comparten los mismos objetivos.

Si la gente no tiene confianza no le mete plata a la economía, no gasta, ni invierte, ni ahorra y, por lo tanto, no avanzan ni la gente ni la economía de las empresas y del país.

Es muy fácil. Si a los empresarios les va bien, a los trabajadores les va bien, al país, al Gobierno y a todos los colombianos les va bien. Pero eso solo se logra con la confianza que genera más oportunidades de inversión, lo cual aumenta el empleo y la productividad, y entonces más personas pueden gastar, invertir y ahorrar y por tanto tener cómo vivir mejor.

Es simple. La economía de un país es la sumatoria de la realidad del día a día de toda una sociedad, del bolsillo de las empresas, las familias y las personas que es de donde salen los impuestos que mantienen al Estado.

La economía es buena cuando se suma y se multiplica, y se convierte en empobrecimiento cuando se resta y divide. La economía es un asunto netamente práctico y se refiere a si hay con qué o no hay con qué. Sobrepasa la verborrea y la retórica propia de la politiquería.

La economía se refiere a cómo explotar, transformar, producir, distribuir, transportar, consumir y reciclar eficientemente recursos, bienes y servicios. Y su buen manejo consiste en facilitar y promover la inversión para crear más riqueza y agregar valor como producido a lo que suma y multiplica, cuidando que sea más que lo que resta o divide.

Lo que las gentes las empresas necesitan es que el Estado las deje trabajar y les dé seguridad y por tanto confianza. Mientras más inversión y más capital se generen en una sociedad, más oportunidades habrá de invertir y de multiplicar más a lo existente. Lo que las naciones necesitan es más capitales, más empresas, más emprendedores, más ingenieros, más médicos, más técnicos, y mucho menos políticos.

Y ¿qué es lo malo del capital? ¿Qué tiene de malo que una persona o una familia coloque sus ahorros, su plata, su capital a trabajar para generar empleo y para que muchas otras familias puedan devengar dignamente, para que puedan mercar, para que puedan adquirir o construir una vivienda, educar sus hijos, cubrir los gastos de salud, para que puedan vivir mejor y a la vez contribuyan al crecimiento económico al gastar, ahorrar o invertir?

Señores entendamos: pelear con el capital, al final no es cosa diferente a pelear con la cuchara.

Un país necesita tener un ministro de hacienda ortodoxo y que le inspire confianza a los mercados, para que estos sepan que las reglas con que se va a manejar la economía son claras, van a ser lógicas, estables y seguras antes de invertir en ese país.

Y ¿cómo así que el decrecimiento es necesario e importante? Esa me la tienen que explicar porque no la entiende ni Mandrake.

Perdón, pero eso del decrecimiento es como lo que hacen aquí los políticos que le roban la comida a los niños y entonces no crecen, ni se desarrollan, ni aprenden a tomar decisiones de vida correctas, ni le aportan nada más que gastos y problemas a la sociedad y a sus familias.

No podemos confundir el manejo del único sistema económico funcional, con la lucha por el poder entre los políticos, son dos cosas totalmente diferentes.

El modelo revolucionario es destructivo no ha funcionado en ninguna parte. La doctrina comunista y el socialismo del siglo XXI nunca han construido nada bueno, no suman, no multiplican, solo restan y dividen. Nadie ha podido explicar con resultados de progreso y desarrollo la economía controlada por el Estado; ni Marx, Lenin, Stalin y Mao, ni Fidel, el Che, Chávez, Ortega, Evo, Maduro, ni los Kirchner, Lula y Boric. Mucho menos lo van a poder explicar aquí una gente resentida y malvada que ha vivido es de quitarle a los demás por medio del terrorismo asociado a narcotráfico, extorsiones, secuestro, chantaje, violencia y al Estado a punta de abusos, pero que nunca ha construido ni producido nada positivo en toda su vida.

Sin personalizar, solo digamos que hay que ser prácticos y realistas. Los cambios pueden ser positivos o negativos. Los primeros, a lo largo de la historia de la civilización humana, todos sin excepción alguna, obedecen a una invenciones o transformaciones tecnológicas, no son obra de la discusión ideológica ni de la dialéctica mediante la cual unos y otros luchan por el control del poder del Estado y el control de los pueblos.

Los Estados, los políticos y los ideólogos, no generan riqueza, sólo gastan plata. Pero en general los que producimos confianza y capitales somos los particulares, los empresarios y trabajadores que pagamos impuestos, para que los empleados públicos administren bien lo que es de todos.