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viernes, 27 de marzo de 2026

Nunca estamos preparados

José Leonardo Rincón, S.J.

José Leonardo Rincón, S.J.

El pasado 6 de enero celebramos con un grupo muy reducido de familiares y amigos los 98 años de vida de mi mamá. Expresamente retrasé mis vacaciones con la comunidad para poder estar a su lado. Una corazonada me decía que podía ser su último cumpleaños. Meses antes ya ella venía advirtiendo, sin mucho ruido ni alharaca, que estaba en su recta final, que cada día era menos y que la muerte era una realidad inminente. Por supuesto que si, claro, a todos nos toca, le respondí yo siempre, pero eso es un asunto que está en las manos de Dios, el dueño de nuestras vidas y que el hecho que fuera mayor que yo no le garantizaba que moriría primero, que yo mismo podría morirme antes. 

Para el 7 de febrero, mis cumpleaños, ya débil y muy disminuida, tuvo fuerzas y ánimos para organizar un almuerzo y unas onces para celebrarme.  Me enteré por la señora Doris de su ilusión y entusiasmo en hacerlo. Por ese gesto suyo también decidí dejar de lado una reunión general de provincia. El corazón me decía que podría ser mi último cumpleaños con ella y quise estar a su lado y verla feliz celebrandome. La vida, aunque larga por su longevidad, finalmente es muy corta, es un soplo, se pasa ligera y volando. Por eso hay que vivirla intensamente, “carpe diem” es la sentencia.

Para iniciar esta cuaresma y antes de un viaje que tuve ese día, fui a su apartamento para imponerle la ceniza. Así se inició este camino hacia la pascua, un camino de 40 días, no sé ya si corto o largo, que hemos compartido, con mi corazón afectado, viendo cómo su vida se extingue, como se va consumiendo y apagando esa velita de su vida, que ha sido luz y que sigue alumbrando hasta el final. Porque esta mamá que yo he tenido, como seguramente son las suyas, ha sido referente, guía, una vida que agota dándose a los otros, con generosidad. Así está siendo ella, con sus ojitos que se abren solo por momentos para verme un momento y expresar su alegría porque estoy ahí. Todos los días, salvo que esté en viajes de trabajo, voy a verla: “muy importante tu presencia, que vengas a dar vuelta”, me repitió muchas veces. “¿Ya comiste?, no te vayas a mojar, tienes que descansar” ¡Ay, Dios! Estas mamás hasta el último minuto preocupadas por uno, con su umbilical wifi conectadas con uno, manifestando de manera desbordada ese rostro maternal generoso, amoroso, lmisericordioso de Dios.

Aquí estamos, hoy viernes de pasión, preparándome para la pascua, su pascua, su paso al Padre. Dizque preparándome, ¡qué va!, nunca se está preparado por más que uno se prepare. Uno no se acostumbra nunca a la realidad de la muerte, siempre sorprende, siempre desgarra, siempre duele. Es la realidad humana, existencial profunda, así en convencida teoría y con profunda fe, sepamos que hay una vida trascendente, más plena y feliz. Mamá es mamá, única, irrepetible, irremplazable, tesoro sin igual, pararrayos, fortaleza, refugio, consuelo. Nunca estamos preparados por más preparados que estemos.  Está en las manos de Dios, cuando tú digas, Señor. Su amiga María la espera, no tengo dudas. “¡Virgen Maria!” su permanente jaculatoria, su rosario permanente, su confidente, pasaba horas contemplando su imagen en diferentes advocaciones, aunque la del Carmen era su favorita. A Ella ahora tendré que acudir, en mi soledad, en mi orfandad.  Gracias a ustedes los que la conocieron, visitaron y quisieron, por ayudarme a darle gracias a Dios por esta mamá que me regaló. El mejor regalo de mi vida, a quien le debo todo lo que soy.  Aún con vida te digo en vida ¡Gracias, mamá!

viernes, 12 de diciembre de 2025

Se pasa volando

José Leonardo Rincón, S.J.

José Leonardo Rincón, S.J.

Exactamente. Me refiero al tiempo, de quien decimos también que corre, que se pasa rápido. Y no. Las manecillas del reloj con su acompasado tic tac, tic tac, ahí van segundo tras segundo, minuto tras minuto, marcando la hora, midiendo el tiempo. No van despacio, no van rápido, simplemente van y van igualmente para todos, aquí y en la antípoda, para jóvenes o adultos mayores, ricos o pobres, ansiosos o relajados. Ni más, ni menos.

Sin embargo, la sensación o percepción que tenemos del tiempo, de ese mismo tiempo, es distinta. Creo no equivocarme si digo que de niño el tiempo rendía y que ahora de viejo, se agota. De niño uno no se preocupaba por el reloj, simplemente disfrutaba. En cambio, de adultos no alcanza para todo lo que hay que hacer y uno se estresa. Lo he dicho en otras ocasiones: el frenesí del fin de año es de locos, pareciera que se fuera acabar el mundo.

Cuando uno está aburrido y harto, va lento, es eterno. Cuando uno está feliz y bien concentrado y ocupado, se va en un abrir y cerrar de ojos. Recuerdo con gracia a un compañero jesuita que narraba su experiencia de una clase de teología con un profesor que sabía mucho pero no era buen pedagogo. Sus clases ciertamente eran muy pesadas y generaban somnolencia. Las dos horas eran de nunca acabar. Mi compañero decía que ya cansado desde el comienzo de la clase, que era a las ocho de la mañana, miraba el reloj y apenas eran las ocho y quince. Entonces, alternaba sentadera, miraba alrededor, se ponía a jugar triquis, ojeaba algún otro libro, bromeaba con el compañero de al lado, echaba una pequeña siesta y al buen rato miraba el reloj y oh sorpresa: eran las ocho y diez. ¡Increíble!  El tiempo no solo no había avanzado o detenido, sino que se había devuelto. ¡Plop!

Creo que eso nos ha pasado a todos. No es, sino que usted esté ansioso o nervioso y el reloj no le ayuda. El que espera desespera si es que quiere que pase rápido. Pero va retrasado, con afán temiendo llegar tarde y el reloj se la juega y usted llega más tarde de lo previsto. Y no. No ha ido más lento, no ha ido más rápido. Ahí va. Pero esa percepción está ahí. ¿A qué horas se acabó este 2025? Nunca el tiempo había corrido tanto. Se pasó volando. No me rindió el tiempo para nada. No hice todo lo que tenía que hacer.  

Y así la vida… es efímera, es corta. Uno de joven cree que va a ser eterno y que ya habrá tiempo para todo y cuando menos piensa, ya no hay mucho tiempo. Nos decían: “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy” y “el tiempo perdido los santos lo lloran”. Tenían razón. El tiempo pasa y no vuelve y si vuelve no es el mismo, también nos lo decían. Conclusión: vive tu día, ¡carpe diem!, hazlo consciente, disfruta cada minuto, es único, sea grato o sea harto, es tuyo, deja enseñanzas, genera aprendizajes, es valioso. Que al hacer el balance podamos decir como el apóstol Pablo: “he vivido bien la vida, he combatido mi combate, he cumplido mi misión, puedo irme en paz” y no con el arrepentimiento y la amargura de que había podido hacerlo y no lo hice, quise hacerlo y no lo alcancé a hacer, porque perdí el tiempo, me distraje con lo que no era importante.  ¡Ahí te dejo esta reflexión, piénsalo!

viernes, 7 de febrero de 2020

Cumplir años

José Leonardo Rincón, S. J.*

José Leonardo Rincón Contreras
A todos nos llega el día del cumpleaños, pero me llama la atención que todos los celebramos de manera diferente, por ejemplo, un amigo mío ese día apagaba el celular y se desaparecía de la faz universal, de modo que en vano todos intentábamos felicitarlo. Otro, en cambio, nos exigía a los amigos que, si éramos tales, por favor, no lo felicitáramos ni le hiciéramos nada porque lo hacíamos sentir viejo. Otro, dedicaba ese día a un retiro espiritual y cual místico monje en oración pasaba su fiesta.

De mi parte, les cuento, que desde hace años separo este día como si fuese un dominical o festivo, hago literalmente huelga laboral y cual funcionario de un call-center, me dedico a atender llamadas y contestar mensajes todo el día, esto es, descaradamente me dejo consentir.

Y es que un día como el del cumpleaños es para eso, para hacer un alto en el camino, elevar los ojos al cielo y darle gracias al Dios de la vida por habernos regalado la existencia. Agradecer por nuestra madre que dijo SÍ a la nueva vida que se gestaba en su vientre, y desde entonces, no ha hecho sino preocuparse por nosotros dando lo mejor de su ser. Reconocer la tarea de educadores formadores que nos han ayudado a ser lo que somos. Celebrar a los familiares y amigos que, gratuitamente y sin ningún interés, han estado siempre ahí, para compartir el variopinto de la vida. Alguien dirá que eso debe hacerse todos los días y tiene razón, pero hacerlo en este día adquiere un sabor especial, un toque diferente, un sentido sin igual.

El tiempo se pasa vertiginosamente y hace rato pasé la raya de la mitad de la existencia. ¿Cuántos años nos quedan? Uno siempre hace cálculos creyendo que faltan muchos y se olvida por ratos que somos efímeros, que esta vida es prestada y que, por lo tanto, siendo en realidad muy corta, hay que aprovecharla al máximo, vivirla con intensidad y pasión. Si supiéramos el día y la hora no procrastinarianos tanto, no dejaríamos parar mañana lo que podríamos hacer hoy, disfrutaríamos más y nos estresaríamos menos. Nos dedicaríamos realmente a lo verdaderamente esencial e importante, relativizando lo que realmente no vale la pena.

Así las cosas, me dedicaré hoy a dejarme consentir por quienes con su afecto y amistad me expresan su reconocimiento y cariño. Puede sonar un poco egoísta, pero creo que es saludable para la autoestima. Además, uno sabe bien que todo eso que le dicen a uno no es mérito propio, sino que se debe a muchos, y por eso, cual cheque que no nos pertenece, toca “endosarlo” al Señor, a quien le debemos todo lo que somos y tenemos. No hay de otra.

¡Carpe diem! Vive tu vida, vive cada día, es único, irrepetible, irreversible. No sabemos cuánto nos resta, así que disfrutemos y gocemos nuestro trabajo, nuestras alegrías y también nuestras penas. Puestos en las manos del Señor, como dice San Ignacio, “hagamos todo como si sólo dependiese de nosotros, pero confiemos como si solo de Dios dependiese”. Al final del día, les prometo retornar con una oración todo ese afecto por ustedes brindado.