José Leonardo Rincón, S.J.
El pasado 6 de enero celebramos con un grupo muy reducido de familiares y amigos los 98 años de vida de mi mamá. Expresamente retrasé mis vacaciones con la comunidad para poder estar a su lado. Una corazonada me decía que podía ser su último cumpleaños. Meses antes ya ella venía advirtiendo, sin mucho ruido ni alharaca, que estaba en su recta final, que cada día era menos y que la muerte era una realidad inminente. Por supuesto que si, claro, a todos nos toca, le respondí yo siempre, pero eso es un asunto que está en las manos de Dios, el dueño de nuestras vidas y que el hecho que fuera mayor que yo no le garantizaba que moriría primero, que yo mismo podría morirme antes.
Para el 7 de febrero, mis cumpleaños, ya débil y muy disminuida, tuvo fuerzas y ánimos para organizar un almuerzo y unas onces para celebrarme. Me enteré por la señora Doris de su ilusión y entusiasmo en hacerlo. Por ese gesto suyo también decidí dejar de lado una reunión general de provincia. El corazón me decía que podría ser mi último cumpleaños con ella y quise estar a su lado y verla feliz celebrandome. La vida, aunque larga por su longevidad, finalmente es muy corta, es un soplo, se pasa ligera y volando. Por eso hay que vivirla intensamente, “carpe diem” es la sentencia.
Para iniciar esta cuaresma y antes de un viaje que tuve ese día, fui a su apartamento para imponerle la ceniza. Así se inició este camino hacia la pascua, un camino de 40 días, no sé ya si corto o largo, que hemos compartido, con mi corazón afectado, viendo cómo su vida se extingue, como se va consumiendo y apagando esa velita de su vida, que ha sido luz y que sigue alumbrando hasta el final. Porque esta mamá que yo he tenido, como seguramente son las suyas, ha sido referente, guía, una vida que agota dándose a los otros, con generosidad. Así está siendo ella, con sus ojitos que se abren solo por momentos para verme un momento y expresar su alegría porque estoy ahí. Todos los días, salvo que esté en viajes de trabajo, voy a verla: “muy importante tu presencia, que vengas a dar vuelta”, me repitió muchas veces. “¿Ya comiste?, no te vayas a mojar, tienes que descansar” ¡Ay, Dios! Estas mamás hasta el último minuto preocupadas por uno, con su umbilical wifi conectadas con uno, manifestando de manera desbordada ese rostro maternal generoso, amoroso, lmisericordioso de Dios.
Aquí estamos, hoy viernes de pasión, preparándome para la pascua, su pascua, su paso al Padre. Dizque preparándome, ¡qué va!, nunca se está preparado por más que uno se prepare. Uno no se acostumbra nunca a la realidad de la muerte, siempre sorprende, siempre desgarra, siempre duele. Es la realidad humana, existencial profunda, así en convencida teoría y con profunda fe, sepamos que hay una vida trascendente, más plena y feliz. Mamá es mamá, única, irrepetible, irremplazable, tesoro sin igual, pararrayos, fortaleza, refugio, consuelo. Nunca estamos preparados por más preparados que estemos. Está en las manos de Dios, cuando tú digas, Señor. Su amiga María la espera, no tengo dudas. “¡Virgen Maria!” su permanente jaculatoria, su rosario permanente, su confidente, pasaba horas contemplando su imagen en diferentes advocaciones, aunque la del Carmen era su favorita. A Ella ahora tendré que acudir, en mi soledad, en mi orfandad. Gracias a ustedes los que la conocieron, visitaron y quisieron, por ayudarme a darle gracias a Dios por esta mamá que me regaló. El mejor regalo de mi vida, a quien le debo todo lo que soy. Aún con vida te digo en vida ¡Gracias, mamá!
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