José Leonardo Rincón, S. J.
Yo
sí creí que la muerte de mi madre, hoy hace seis meses, me iba a dar muy duro y
que el vacío de su partida sería dolorosamente insoportable. No ha sido así. La
certeza de que está con Dios me produjo una paz muy grande. Además, ella lo
quería pues 98 años de vida, intensamente vivida, habían sido suficientes.
También el deterioro de su salud se había aumentado y los dolores de la artrosis
se volvieron más fuertes y no había medicina que la pudiese ayudar
efectivamente.
Me
fui haciendo a la idea de que su partida sería relativamente pronto. Eso me
ayudó también para irme preparando espiritual y psicológicamente para tan
amargo momento. La muerte es una realidad ineludible que hay que aceptar sin
miedos y asumir sin dolores insuperables. El dolor y el luto son ineludibles
pero el duelo no puede ser eterno. Si ella goza de la presencia de Dios, si su
mayor felicidad era encontrarse con el Señor a quien siguió fielmente y con la
Virgen María a quien invocaba a cada instante, ¿por qué entonces deberíamos
estar tristes?
De
todas maneras, hace falta su presencia física. Claro, uno quisiera tenerla cerca
para compartirle los gozos y las penas, quisiera llamarla para reportarme,
quisiera simplemente estar a su lado… Todos lo sabemos: madre solo hay una y no
hay ni habrá ser en el mundo que lo ame a uno tanto como su propia madre. En
estos días, en sus palabras para posesionarme en la misión que me ha
encomendado, el padre provincial inició diciendo que era portador de abrazos y
el primero sería de mi madre quien se sentiría muy contenta en ese día. De
seguro que sí. Todas las madres se sienten orgullosas de sus hijos y aunque nos
equivocásemos nos amarían igual.
Seis
meses sin ti. No es mucho tiempo, pero lo siento como si hubiese sido hace
mucho tiempo. Estos meses han sido muy intensos, densos, pero se han
sobrellevado finalmente en paz. Tengo una tramitadora en el cielo muy
eficiente. Eso se mueve de aquí para allá, de allá para acá y acuyá. La siento
celosa protectora y ágil facilitadora. Es una angelita de la guarda, silenciosa
y discreta pero siempre atenta y muy pendiente.
Mi
negrita chocolatera, la niña Cexi, mi zorrito bello, la doctora, entre otros
apodos que le tenía, sigue viva en mi corazón. Se quejaba porque le apretaba
las narices entre mis dedos cual pinza, porque tras pequeña se iba a quedar sin
nada. Un sorpresivo mordisco en sus cachetes o la amenaza de convertirla en un plato
favorito la hacían reír. Esas tontas ocurrencias con las que jugábamos siendo
viejos. Era una niña viendo caricaturas, riéndose con las pilatunas de los
animalitos. Juiciosa leyendo la prensa o devorando libros edificantes. Amena
conversadora y consejera espiritual. ¡Gratos recuerdos! Las eucaristías siguen
siendo por ti. El santo rosario cotidiano es un compromiso. La acción de
gracias a Dios por tu vida se prolonga en el tiempo. Gracias Señor.
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