viernes, 2 de octubre de 2026

Seis meses sin ti

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Yo sí creí que la muerte de mi madre, hoy hace seis meses, me iba a dar muy duro y que el vacío de su partida sería dolorosamente insoportable. No ha sido así. La certeza de que está con Dios me produjo una paz muy grande. Además, ella lo quería pues 98 años de vida, intensamente vivida, habían sido suficientes. También el deterioro de su salud se había aumentado y los dolores de la artrosis se volvieron más fuertes y no había medicina que la pudiese ayudar efectivamente.

Me fui haciendo a la idea de que su partida sería relativamente pronto. Eso me ayudó también para irme preparando espiritual y psicológicamente para tan amargo momento. La muerte es una realidad ineludible que hay que aceptar sin miedos y asumir sin dolores insuperables. El dolor y el luto son ineludibles pero el duelo no puede ser eterno. Si ella goza de la presencia de Dios, si su mayor felicidad era encontrarse con el Señor a quien siguió fielmente y con la Virgen María a quien invocaba a cada instante, ¿por qué entonces deberíamos estar tristes?

De todas maneras, hace falta su presencia física. Claro, uno quisiera tenerla cerca para compartirle los gozos y las penas, quisiera llamarla para reportarme, quisiera simplemente estar a su lado… Todos lo sabemos: madre solo hay una y no hay ni habrá ser en el mundo que lo ame a uno tanto como su propia madre. En estos días, en sus palabras para posesionarme en la misión que me ha encomendado, el padre provincial inició diciendo que era portador de abrazos y el primero sería de mi madre quien se sentiría muy contenta en ese día. De seguro que sí. Todas las madres se sienten orgullosas de sus hijos y aunque nos equivocásemos nos amarían igual.

Seis meses sin ti. No es mucho tiempo, pero lo siento como si hubiese sido hace mucho tiempo. Estos meses han sido muy intensos, densos, pero se han sobrellevado finalmente en paz. Tengo una tramitadora en el cielo muy eficiente. Eso se mueve de aquí para allá, de allá para acá y acuyá. La siento celosa protectora y ágil facilitadora. Es una angelita de la guarda, silenciosa y discreta pero siempre atenta y muy pendiente.

Mi negrita chocolatera, la niña Cexi, mi zorrito bello, la doctora, entre otros apodos que le tenía, sigue viva en mi corazón. Se quejaba porque le apretaba las narices entre mis dedos cual pinza, porque tras pequeña se iba a quedar sin nada. Un sorpresivo mordisco en sus cachetes o la amenaza de convertirla en un plato favorito la hacían reír. Esas tontas ocurrencias con las que jugábamos siendo viejos. Era una niña viendo caricaturas, riéndose con las pilatunas de los animalitos. Juiciosa leyendo la prensa o devorando libros edificantes. Amena conversadora y consejera espiritual. ¡Gratos recuerdos! Las eucaristías siguen siendo por ti. El santo rosario cotidiano es un compromiso. La acción de gracias a Dios por tu vida se prolonga en el tiempo. Gracias Señor.