Félix Alfazar Gonzalez Mira
Un
monumento al poeta, la amistad y al perro
Me
acerqué a este personaje universal cuando era apenas un niño en el
corregimiento de Nutibara. Empezaba la década de los años sesenta del siglo
pasado. Las primeras letras que aprendí a leer fueron, inolvidablemente,
introducidas en mi mente infantil por la madre Catalina, de la comunidad de las
Lauritas, fundada por la Madre Laura, única santa colombiana.
Y
por una de esas coincidencias inexplicables, como suelen ser casi todas, algún
artista anónimo había plasmado una excepcional poesía en una de las paredes
interiores del bar de la localidad. La acompañaba una escena campesina: un
trapiche panelero humeante, un arriero con su poncho arreando una mula cargada
de caña y, detrás, un perro. A su lado aparecía, impecablemente escrita, la que
considero una de las poesías más universales que sobre el perro se hayan
compuesto. Eran cinco estrofas que leí muchas veces durante las tardes
posteriores a la jornada escolar.
Y
para continuar con las coincidencias, muchos años después, quien se desempeñaba
como vicegobernador de Frontino, autor de nuestro himno municipal y pariente
del poeta, Héctor Cadavid Elejalde, me contó la historia y el entorno que
dieron origen a aquella bella composición poética: “La amistad o el perro”.
Ya
durante el ejercicio de mi última alcaldía, entre 1997 y 2000, quise
entrevistar a Adán Gaviria, hijo del poeta, entonces ya anciano, para
preguntarle todo cuanto fuera posible sobre su padre. Sin embargo, los
vertiginosos avatares del ejercicio público impidieron que aquella aspiración
pudiera concretarse.
Veintiséis
años después me enteré de que aún vivía, a sus 102 años, Ulises Gaviria, el
hijo menor del poeta. Su bisnieto, Nelson Gaviria, hombre polifacético y
también poseedor de vena poética, se encargó de coordinar una conversación que
terminó convirtiéndose en una extraordinaria reconstrucción biográfica, llena
de detalles sobre la fecunda vida de José María Gaviria Vélez.
Ulises
reafirmó algunas de las creencias existentes sobre el poeta, pero también nos
obligó a revisar otras. Aquel verdadero milagro de supervivencia física, dueño
todavía de una memoria sorprendentemente precisa, nos relató la que, para él,
era la historia de la poesía emblemática de su padre: “El perro guardián de
los hogares”.
También
supimos de primera mano que el vate, en realidad, no era carbonero. Quien se
dedicaba a esa actividad era su esposa, Demetria, mientras él suministraba
combustible a las familias de la zona urbana, transportando cargas de leña en
su caballito.
De
igual manera, la historia de su muerte adquirió nuevos matices a partir del
relato familiar relacionado con una ruana novedosa e inusual. Según esta
versión, el episodio no habría ocurrido por el propósito de robársela, sino a
raíz de haberla recuperado.
Su
matrimonio con una mujer humilde tuvo un alto costo personal: el aislamiento de
su familia pudiente. José María pertenecía a una familia de reconocida posición
económica y era tío abuelo del “Negro Gaviria”, padre de los gobernadores de
Antioquia de apellido Gaviria Correa, cuya ascendencia se destacó por sus
propiedades agrícolas en el municipio.
Fue,
además, un bohemio cotidiano, al punto de mantener en su casa una tinaja de
barro siempre dispuesta a proporcionarle la chicha necesaria para alimentar su
alma atormentada. Su instrucción formal parece haber sido precaria. Sin
embargo, el doctor Juan Guillermo Hoyos Gaviria, quien ha estudiado ampliamente
su vida y su obra, señala que posiblemente fue lector asiduo de la biblioteca
de los padres carmelitas, que por aquella época hacían presencia en Frontino y
Urabá.
Si
los pueblos levantan monumentos a sus hijos creadores en las artes y las
letras, Frontino está en mora de hacerlo con José María Gaviria Vélez. Porque
fue allí, dentro de aquellos valles encerrados entre montañas, donde este poeta
logró construir un lenguaje de dimensiones universales, como si hubiese
recorrido el mundo entero en una epopeya semejante a la de “Cuento de mar”,
de su colega y vecino Jorge Robledo Ortiz.
Fui
invitado por el Centro de Historia de Frontino a la conmemoración de los 85
años de su muerte, ocurrida a “palo de astilla”. Allí tuve la oportunidad de
plantearle a la comunidad una reflexión: otros pueblos de Colombia han sabido
perpetuar en monumentos la memoria de sus poetas y compositores.
En
Neiva se recuerda al maestro Jorge Villamil Cordovez y su canto a la tierra
huilense: “Al sur, al sur, al sur del cerro del Pacandé…”. En Montería
se honra a Pablito Flórez, compositor de porros inspirados en la vida de las
sabanas del Caribe y autor de “La aventurera”, con sus versos dedicados
a Ciénaga de Oro.
Al
gran Porfirio Barba Jacob, Santa Rosa de Osos le rinde homenaje con un
monumento inspirado en su “Canción de la vida profunda”, aquella obra
inmortal en la que escribió sobre esos días en que el ser humano puede sentirse
“tan plácido”, con la serenidad de la niñez y la belleza del paisaje.
Y
al “Poeta de la Raza”, en la llamada “Cuna de la Raza”, se le recuerda al menos
con un busto, evocando aquellos versos que hicieron del antioqueño, sus
alpargatas, el carriel y la ruana montañera símbolos de identidad.
¿Por
qué, entonces, Frontino no habría de hacer lo propio con José María Gaviria
Vélez?
Un
monumento en Frontino tendría un triple propósito: rendir homenaje al poeta, a
la amistad y al perro. Y tendría hoy todavía mayor significado, cuando los
canes han dejado de ser solamente guardianes de las casas para convertirse en
verdaderos integrantes de nuestras familias.
Así
lo anticipó, de alguna manera, el poeta en sus versos:
“En esas
estaba yo y en ese instante
un ser
indiferente a mis pesares,
como
ninguno, cariñoso, amante;
me
persiguió, pero seguí adelante:
era
el perro guardián de los hogares”.
Queda,
entonces, abierta la invitación a las instituciones públicas y privadas, a las
organizaciones culturales, a los historiadores, a los artistas, a los amantes
de las letras, a los frontineños y a todos aquellos que valoran la amistad y la
nobleza de los animales:
Construyamos
en Frontino un monumento a José María Gaviria Vélez, autor de un verdadero
himno universal a la amistad y al perro.
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