viernes, 2 de octubre de 2026

Suiza

Andrés de Bedout Jaramillo
Andrés de Bedout Jaramillo

Llegar a Suiza es algo muy diferente al resto del mundo. Es llegar a un país donde sus ciudades y cantones están construidos alrededor de siete grandes lagos que se configuran en su geografía. Son lagos que se nutren de agua dulce y pura que baja de sus altos glaciares y surten del vital líquido a propios y extraños. Curiosamente, no tiene costas ni puertos sobre ningún mar.

Suiza está configurada por 26 pequeños países o departamentos y unos 1150 municipios llamados cantones. Cada uno tiene sus propias leyes, su propia policía, su propio gobierno y sus propios impuestos. Esta sí que es la descentralización y la democracia extremas. Incluso las decisiones radican en los algo más de 9 000 000 de habitantes. Por ejemplo, no hace mucho votaron negativamente la propuesta de limitar el crecimiento a 10 000 000 de habitantes. Cada tres meses votan para que sea el pueblo el que decida.

El aeropuerto de Zúrich funciona a una velocidad impresionante: los equipos que mueven los aviones, las escaleras, los túneles de desembarco, la zona de entrega de maletas y hasta el servicio de Uber en camionetas Mercedes, cuando se trata de cinco pasajeros, incluida nuestra nieta. En toda Europa el Uber es legal; en muchas partes hay paraderos para ellos. Ojalá que en la patria milagro se reglamente y se legalice este sistema en nuestro país. Podrían aprovechar ahora que se está hablando tanto de modificaciones y actualizaciones al Código de Tránsito. No puede ser que tengamos un servicio ilegal operando dentro de la formalidad.

Suiza es otro nivel. Es la ciudad más cara del mundo; por eso será por lo que tiene el ingreso por persona más alto, cerca de 100 000 dólares al año.

Recorrer caminando las calles de Zúrich, ver los modernos almacenes de las marcas más afamadas —especialmente de joyas, relojes, navajas, ropa, etc.— construidos en históricas edificaciones, te transporta a épocas que recuerdan la Segunda Guerra Mundial. En ella Suiza conservó cierta neutralidad, criticada por su apoyo indirecto a Alemania al comprarle el oro saqueado de las ciudades que Hitler destruía, lo que le daba el oxígeno para mantener su afán de adueñarse de Europa.

Todas las obras y servicios públicos utilizan maquinaria nueva, las retroexcavadoras, grúas, camiones de basura, repartidores, etc., son nuevos.

Es inevitable encontrarse con bares donde se consume marihuana, en las estrechas callecitas donde la gastronomía se desarrolla en aparentes pequeños locales, vistos desde fuera, pero al ingresar encontramos grandes y hermosos salones llenos de mesas perfectamente dispuestas, donde el plato más barato vale unos $160 000 y, si compartes, te cobran $40.000. Hasta la sentada de los niños cuesta.

Inevitable la visita a la fábrica de chocolates. La historia se remonta a 1840, cuando se inician los experimentos de utilización del cacao de origen indígena, mezclado con azúcar y leche de la industria ganadera suiza, más ingredientes secretos, para producir las mejores chocolatinas del mundo.

Dicen que el mejor cacao es el sembrado a la sombra de las matas de plátano. No sé si nuestros bananeros sacan también cacao. Lo único cierto es que en Colombia seguimos quedados en los procesos de valor agregado, que son los que le agregan valor a las materias primas que producimos. Aprendimos mucho en esta visita: comimos todo tipo de chocolates y nos permitieron tomar lo que fuéramos capaces de llevar en nuestras manos y bolsillos.

El plan era viajar de Zúrich a Lucerna en tren, pero en el Uber que nos llevaba a la estación —los cinco con las maletas— resolvimos continuar el viaje hacia Lucerna por carretera. Nos valía un poquito menos y no tendríamos que arrastrar maletas por las estaciones.

Lucerna inicia su historia en el año 750 después de Cristo, con la llegada de los monjes benedictinos. Esto me llenó de emoción; yo me eduqué en colegio de monjes benedictinos, cuando ellos manejaban directamente el colegio y nos dictaban las clases.

Lucerna es una ciudad pequeña, hermosa como de cuento, con su lago color turquesa surcado por barcos de transporte perfectamente limpios, pintados de blanco impecable. Algunos conservan máquinas de los años 1900, funcionando a la vista de todos bajo la vigilancia estricta de viejos y cuidadosos maquinistas, que impulsan la vieja y hermosa embarcación con gigantescas paletas que, al estilo de los vapores, movían la pesada estructura metálica.

El transporte público en Suiza es súper combinado y en su mayoría eléctrico: tranvías, buses, trenes, teleféricos y barcos, sincronizados para un servicio rápido y eficiente, hacen prescindir de la necesidad del carro y de la moto particulares. Incluso desincentiva al taxi y hasta al Uber, que es más barato que el taxi. La bicicleta eléctrica ha reemplazado mucho a la tradicional y su uso obliga a tener mucho cuidado para no ser atropellado.

Esta maratón va llegando a un ansiado fin. Cambiar de casita todos los días, como dice nuestra nieta, implica empacar, desempacar, la ropa sucia en bolsas convive con la limpia, los clósets son las maletas, los artículos de aseo en sus bolsas siempre, el check-in y el check-out son el pan de cada día, sin derecho a equivocarse. Los convertidores de los tomacorrientes de 110 a 220, en algunos hoteles no funcionan, impidiendo conectar el CPAP al que estamos acostumbrados para dormir mejor. Los dolores musculares, a estas alturas, ya es mejor ni sentirlos. Estos viajes son una prueba para el cuerpo y para la mente. Que viva el paseo para luego decir: “El paseo se acabó y la plata no se vio, ¡el chofer se la bebió!”.

Día 14: levantada a las 5:45 a. m. Desayuno, maletas y check-out, tomar Uber y tren a Interlaken. Los trenes en Suiza son un descreste. Hay que tener cuidado: cuando compras segunda clase, debes mirar que el vagón sea el de segunda; si te equivocas, te aplican tarifa de primera. El tren sale puntual. El equipaje se monta al vagón rápidamente; luego le buscas sitio para estorbar lo menos posible. Unos ubican sillas y otros van con las maletas por los pasillos buscando espacio en los maleteros.

En ese ajetreo, una niña de unos 13 años, al escuchar nuestro idioma, nos ofreció espacio para maletas y, muy entradora, nos contó que era colombiana, además suiza y española, que hablaba español, alemán, inglés y francés, que sus padres trabajaban haciendo aseo, que iba en excursión del colegio a nadar en un lago y a caminar por un bosque y que regresaría a Zúrich en la tarde. Nos contó que el colegio es público y gratuito, que los paseos los paga el Estado, que es obligatorio aprender alemán, inglés y francés y aprender a nadar. Nos contó que el papá no la deja tener novio, que primero se tiene que concentrar en ella. En fin, súper entradora. Hasta nos dijo que el calor en Suiza ha sido tan fuerte este año que se espera una disminución en las nevadas en el invierno que inicia ahora en noviembre y se extiende hasta febrero.

En Interlaken bajamos maletas a gran velocidad, tomamos Uber al hotel a dejar maletas —no era la hora del check-in—. Tomamos Uber a la estación, compramos tiquete combinado —tren, teleférico y tren cremallera— para llegar al pico más alto de los Alpes suizos. Corrimos a comprar unos sándwiches, agua y Coca-Cola y rápido al tren; por segundos nos dejó. Todo es milimétrico, estricto. El transporte combinado para llegar al pico más alto, con nieve a pesar del fuerte verano, es carísimo, como todo en Suiza, pero a los 30 minutos salía otro tren. No hay problema: el tiquete sirve para todo el sistema.

Todo lo que se ve en el camino y en los Alpes suizos es de película, de postal, como decimos los viejitos. Claro que uno toma una foto y la inteligencia artificial te describe el lugar, geográfica e históricamente, en tiempo real. Le preguntas qué hacer, cómo llegar, cuánto vale, etcétera, y ella todo te lo dice con precisión y rapidez. La IA es un cuento de locos.

Las viejas oficinas del servicio postal, que son insignia en hermosas e imponentes construcciones en todas las ciudades del mundo, son un cuento del pasado. Hace rato el e-mail y el WhatsApp las desplazaron y no sé qué irá a pasar con las comunicaciones entre los humanos con los avances tecnológicos.

Hoy, tren a Madrid y luego avión a Medellín.

Gracias por haber soportado mis crónicas.

Abrazo y que nuestro Señor Jesucristo nos bendiga.