jueves, 1 de octubre de 2026

La calle donde los árboles aprendieron a despedir a los muertos

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Creo que todos los habitantes de Medellín alguna vez tuvimos que ver, o al menos escuchar hablar, de la mal llamada “Calle de las Funerarias”. Seguramente conocemos a alguien a quien le hicieron su despedida en alguna de las salas de esta calle, o hemos pasado frente a ellas sin preguntarnos por qué están allí. Para quienes no lo saben, y también para quienes creen saberlo, me refiero a la calle Juan del Corral.

En esta historia me voy a concentrar en el tramo comprendido entre las carreras 59 y 62, un corredor cuya principal actividad terminó siendo el duelo… con el tiempo se convirtió en uno de los principales sectores funerarios de Medellín, pero no siempre fue así.

Antes del boom de las funerarias, que comenzó a hacerse evidente especialmente a partir de la década de 1950, Juan del Corral era una calle residencial y comercial. Todavía quedan habitantes y documentos que permiten reconstruir parte de aquella historia, cuando el sector tenía otra vida y la muerte todavía no había convertido la calle en su territorio.[1]


Por la carrera 62, frente a la Universidad de Antioquia, aparecen las Roystonea regia (La palma real). La identificación que les da la Alcaldía de Medellin en el listado de categorías es el 95, 96 y 97. Por la carrera 59 nos recibe el “árbol 53”. Las cuatro son testigos silenciosos de una transformación que ocurrió mucho más lentamente de lo que hoy imaginamos.

“Árboles y palmas de interés cultural (históricos): 125 candidatos”

Fuente: Alcaldía de Medellín

53

Ficus elástica

Falso caucho

Juan del Corral con la calle 58, separador central

95

Roystonea regia

Palma real

Juan del Corral frente a la Facultad de Medicina, entre calle 62 y 64

96

Roystonea regia

Palma real

Juan del Corral, frente al Parque de la Vida (ejemplar 1)

97

Roystonea regia

Palma real

Juan del Corral, frente al Parque de la Vida (ejemplar 2)

De los árboles 95, 96 y 97 existen datos particularmente interesantes sobre su nacimiento: están registrados como árboles sembrados en 1930.

Pero antes de que llegaran los muertos, allí vivían los vivos. Por entonces, alrededor de Juan del Corral se levantaban las casas de algunas de las familias que participaron en la transformación económica de Medellín: los Olano, los Echavarría, los Escobar, los Toro, los Mejía, los Vásquez y los Ospina. Varias de aquellas antiguas viviendas terminaron convirtiéndose, muchos años después, en funerarias.

La Funeraria Rendón, fundada en 1872, es considerada una de las primeras del país. Su historia comenzó en la Plazuela San Ignacio y posteriormente, a comienzos del siglo XX, se trasladó hacia Juan del Corral, cerca de la avenida De Greiff, en un lugar que posteriormente ocuparía el edificio donde estuvo la Papelería Bolívar.[2]

La Rendón no solamente fabricaba ataúdes. También introdujo en Medellín el coche fúnebre, inicialmente una carroza de tracción animal. La ciudad comenzaba a cambiar la manera de despedir a sus muertos.

Después llegaría la Funeraria Betancur, fundada en 1912, que inicialmente estuvo ubicada en Carabobo y en la década de 1930 se trasladó a Juan del Corral.

Pero la verdadera concentración funeraria se produjo después.

A partir de mediados del siglo XX fueron apareciendo nuevas empresas: Fraternidad, en 1948; Metropolitana, en 1950; la Medellín y la Moderna, en 1951; Imperial, en 1963; San Fernando, en 1964; San Luis, en 1965; la llamada San Ignacio y la Nazareno, en 1966; Campos del Recuerdo, en 1972; Ser, en 1974; San Vicente, en 1980; El Socorro, en 1983; La Esperanza, en 1985; Gómez, en 1986; San Juan Bautista, en 1991; Vivir-Los Olivos y Los Olivos, en 1998, y Cootrafa Social, en 2002.

No fue una casualidad que terminaran concentrándose allí. Las razones se fueron acumulando con el tiempo.

El Cementerio de San Pedro estaba relativamente cerca y desde el siglo XIX este sector estaba relacionado con los recorridos de los entierros.

Y había otro elemento que hoy resulta todavía más paradójico: los hospitales. Muy cerca estaban el Hospital San Vicente, la Facultad de Medicina, la Facultad de Odontología, la Facultad de Enfermería, Salud Pública, la IPS Universitaria y diferentes instituciones relacionadas con la investigación y la atención en salud.

Juan del Corral terminó concentrando, casi como una ironía de la ciudad, los lugares donde se intenta salvar la vida y los lugares donde se despide a los muertos. A pocos pasos se encontraba quien luchaba por vivir y, un poco más allá, quien sería despedido.

La iglesia de Jesús Nazareno terminó convirtiéndose en uno de los lugares importantes para las exequias. Cuando las funerarias comenzaron a consolidarse, la iglesia ya estaba allí.

La historia comenzó en 1895, cuando doña Isabel Echavarría impulsó la construcción de una pequeña capilla sobre la entonces avenida Carabobo dedicada a Jesús Nazareno. La obra comenzó el 25 de febrero de 1895 y terminó el 5 de agosto de 1899. Al día siguiente fue trasladada allí la imagen de Jesús Nazareno y se inauguró el templo. Décadas después, en 1941, se colocó la primera piedra de la nueva iglesia. La construcción tomó aproximadamente doce años y fue terminada e inaugurada en 1953. El proyecto fue realizado por el sacerdote y arquitecto vasco Vicente Flumencio Galicia Arrúe, con participación de Luis Llach. La iglesia quedó protegida por su importancia histórica y arquitectónica. Mediante la Resolución 1792 de 2000, el Ministerio de Cultura declaró la antigua ermita y la iglesia de Jesús Nazareno Bien de Interés Cultural de carácter nacional.[3]

Pero hay otro nombre que aparece en esta historia y que, curiosamente, tampoco pertenece a la muerte.

Juan Bautista del Corral y Alonso nació en Mompox el 23 de junio de 1778 y murió en Rionegro el 7 de abril de 1814. En julio de 1813, cuando existía una amenaza militar española, fue elegido presidente-dictador del Estado de Antioquia. El 11 de agosto de 1813 promulgó la declaración de independencia absoluta de Antioquia, rompiendo formalmente la relación política con la monarquía española. Y pocos días después, el 21 de agosto, elevó a Medellín de villa a ciudad. Por eso su nombre quedó ligado a la historia de Antioquia y de Medellín.

En la calle que lleva el nombre de un hombre que ayudó a convertir a Medellín en ciudad que se convirtió en uno de los principales corredores funerarios de esa misma ciudad, hoy están la Funeraria Gómez, Los Olivos, Funeraria Antioquia, San Vicente y Jardines del Renacer, San Juan Bautista, Asociación Santa Clara, Jesús Nazareno, El Socorro, Casa de Funerales Juan del Corral y Funerales Antioquia. De aquellas que nacieron durante el boom quedan pocas, y en medio de todo esto están los árboles.

Hace poco conocí al árbol 53, un Ficus elástico que ha visto pasar buena parte de esta transformación. Y decidí imaginar que me contaba su historia:

“Cuando pienso en mi infancia, no pienso en una calle. Pienso en tierra. Pienso en un lugar que todavía no había adquirido completamente la forma que ustedes conocen.

Después la ciudad comenzó a ordenar el espacio. La avenida Juan del Corral fue tomando forma y, con ella, llegó una idea que habría de cambiar mi vida: un paseo central acompañado de árboles.

En 1932, el Concejo de Medellín autorizó ese paseo arborizado, Quizá yo ya estaba aquí, quizá todavía no. No puedo asegurarlo. Esa es una de las cosas que ustedes tendrán que investigar por mí ya que no tengo fecha de nacimiento.

Yo solamente puedo decir que, desde entonces, la historia de esta avenida quedó unida a la de sus árboles. Y eso, para mí, es importante. Porque una ciudad puede cambiar de nombre, de edificios y de vehículos. Pero mientras haya un árbol en el mismo lugar, alguien todavía puede decir: aquí hubo una historia.

Durante un tiempo no fui un árbol de funerarias. Eso vendría después. A mi alrededor hubo casas de familias importantes de Medellín. Algunas tenían un piso, otras, dos, y se adornaban con jardines, ventanas y fachadas que miraban hacia la calle.

La ciudad todavía parecía creer que podía crecer sin destruir completamente lo que había construido antes.

Yo veía entrar y salir familias, empleados, hombres con sombrero, niños, mujeres, personas que probablemente nunca imaginaron que, muchos años después, sus casas serían reemplazadas, transformadas o utilizadas para otros propósitos, y yo seguía creciendo.

La historia del sector funerario tenía raíces antiguas, así como las mías, pero no llegaron aquí todas de una vez. Primero fueron unas pocas. Después fueron más. Comenzaron a instalarse, las casas se adecuaron en Juan del Corral y la calle fue adquiriendo una reputación que nadie había planeado cuando plantaron los árboles.

Pero también vi cambiar la manera de despedir a los muertos. Antes había otros rituales. Después aparecieron los automóviles fúnebres, luego llegaron las salas de velación y nuevas formas de entender la muerte. Y la calle aprendió a convivir con sus ceremonias fúnebres.

Hoy la gente pasa frente a mí con el teléfono en la mano. Algunos me miran, otros no. Hay quienes fotografían mis ramas. Otros esperan el cambio del semáforo.

Los carros siguen pasando, las funerarias siguen haciendo parte de la historia de la avenida, los hospitales continúan recibiendo pacientes. La ciudad sigue creciendo. Y yo sigo aquí.

No sé cuánto tiempo me queda. Ustedes creen que la ciudad les pertenece porque la construyeron, nosotros sabemos que solamente están de paso”.

Y quizá por eso, cuando uno camina por Juan del Corral, debería mirar un poco más arriba.

Porque mientras nosotros vemos una calle de funerarias, los árboles todavía pueden estar viendo otra cosa. La ciudad que alguna vez estuvo aquí, la ciudad que pasó, y la ciudad que, sin darse cuenta, todavía sigue pasando.