Luis Alfonso García Carmona
Los resultados
electorales de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales nos dejaron
algunas lecciones que no todos han acabado de asimilar.
Más allá de elegir al
candidato que el país requiere en esta oscura etapa de nuestra historia, las
mayorías se pronunciaron para rechazar el narcoterrorismo, el saqueo del
Estado, la violencia amparada por la impunidad, la destrucción del sistema de
salud, el atraso en la educación, en la explotación de nuestros recursos y en
la construcción de la infraestructura requerida para el desarrollo del país.
Se decantaron las
mayorías nacionales por un proyecto esperanzador conocido como la “Patria
Milagro”, encaminado a brindar oportunidades de bienestar y progreso a
dodos los colombianos. Y se condenó, de manera contundente, la obsoleta
forma de hacer política, gobernando a través de marrullas, acuerdos debajo
de la mesa y componendas para aferrarse a las mieles del poder.
No me queda la menor
duda de que estamos frente a la más importante transformación de nuestras
costumbres políticas. Demostrará el Tigre ante el mundo que ya pasó de moda
esa vieja politiquería basada en los egoístas intereses personales o de grupo.
Que, como siempre lo repitió a lo largo de su brillante campaña, los intereses
superiores de la República están por encima de los partidos, los grupos de
poder o los viejos cacicazgos políticos.
Pero una elección no
basta para desterrar las viejas prácticas enquistadas en nuestra imperfecta
democracia. Así se demuestra con el triste espectáculo protagonizado por los
dirigentes del Centro Democrático, partido que manifestó su voluntad de
hacer parte del gobierno, al aliarse con su enemigo ideológico, el Pacto
Histórico, dizque para derrotar a Abelardo de la Espriella, designando como
presidente del Senado a un candidato diferente al preferido por el presidente.
Vale la pena aclarar
que el presidente no tuvo velas en ese entierro. Como es natural, prefería
tener al frente del Senado a alguien que facilitara la aprobación de los
proyectos que necesitará el gobierno para convertir en realidad sus propuestas
de recuperar al país de los daños causados por el petrismo y
reconducirlo por una senda de bienestar y de progreso. Pero nadie puede afirmar
que presionó a algún congresista o negoció para conseguir la elección de un
candidato en especial. No hubo ninguna conducta por su parte lesiva del
principio de la separación de poderes, como algunos pretenden insinuar.
Pero el tema ha servido
para que algunos miembros del Centro Democrático tomaran la elección como una
venganza contra el Tigre por haberlos derrotado en franca lid. Y para los
integrantes del Pacto Histórico que celebraron jubilosos al lado de sus aliados
del Centro Democrático su victoria sobre el “fascismo”, aunque hasta
hace poco el rey de los fascistas era para ellos el jefe del Centro
Democrático.
Lo cierto es que este
penoso incidente en nada beneficia al país. A la gente ajena a esas triviales
artimañas politiqueras les asquea el espectáculo. Por algo el Congreso siempre
gana las encuestas como la institución más desprestigiada del país.
De la Espriella sigue
incólume haciendo lo que se comprometió a realizar. Comenzó su empalme en las
regiones, cerca de su pueblo, para conocer sus angustias y necesidades y
comenzar a planear cómo resolverlas. Y así lo hará durante todo su mandato,
para bien de los colombianos.
Para poner en práctica
esta noble causa de reconstruir el país y crear oportunidades para todos, se
requiere poner los intereses de la República por encima de mezquinos intereses
o minúsculas aspiraciones. La verdadera democracia no está compuesta de vacíos
convencionalismos, tretas disfrazadas de tradición y negociaciones por debajo
de la mesa. Se trata de gobernar con el pueblo, escucharlo en sus
regiones sin necesidad de intermediarios, manejar con rigor los recursos
del Estado y proporcionar a los gobernados todas las posibilidades que
emanan de una transparente y eficaz gestión.
