José Leonardo Rincón, S. J.
Estos
dos meses de descanso que la Compañía me ha dispensado, a modo de vacaciones
acumuladas de la última década, han sido realmente reconfortantes y
reparadores. Alternando con el reposo en casa, decidí que mis viajes, que
siempre fueron de trabajo y a las carreras, esta vez fueran no de trabajo, no de
turismo, no de paseo, sino para encontrarme con los amigos, ellas y ellos.
La
vida me ha concedido la fortuna de regalarme bellas amistades en las muy
diversas latitudes donde he estado trabajando apostólicamente. Son eso:
regalos, dones gratuitos. Han quedado allí y ahí siguen, firmes en el tiempo.
No los mueve algún interés de oportuna coyuntura, de beneficio o usufructo. Es
la admiración, el afecto, la empatía, el amor. Como en toda auténtica amistad, las
conversaciones detenidas en pausas de tiempo de 5, 10, 15, 20 años, se retoman “como
decíamos ayer…” y los diálogos, las risas, las anécdotas, se reactivan y
continúan cual película que sigue rodando después de un obligado intermedio. Durante
esos años de forzoso receso, siempre estuvo la promesa del reencuentro, así que
ya era hora de ser serios y cumplir la palabra.
Les
he contado que estuve en España con una veintena de ellos dispersos en 12
ciudades y que he podido hacerlo también en Pasto. Esta última semana en Cali.
Ya hubiese querido en Bucaramanga y Medellín, por mencionar las otras ciudades
donde he trabajado o paises como Argentina, México, Ecuador o Estados Unidos,
donde hay tantos otros que quisiera volver a ver. No se ha podido. Imposible
siquiera pretenderlo. Ya habrá ocasión. No hay afán. Todo tiene su tiempo.
Los
amigos a los que me sigo refiriendo, son especiales, únicos, cada uno genuino e
irrepetible. Siguen allí, decía, porque no son de ocasión, porque han sido
probados, porque no los mueve más que la gratitud de un corazón que reconoce principios
y valores que subyacen en sus vidas. Por eso son tan valiosos. “El que
encuentra un amigo, encuentra un tesoro” sentencia la Escritura. Por eso
hay que cuidarlos, hay que cultivarlos, esto es, abonando, podando, regando… Ha
sido estimulante, ha sido consolador, ha sido gozoso. Y de ello hoy le quiero
dar públicamente gracias a Dios, por ser bendecido con tantos y tan bellos
amigos. De cada uno conservo enseñanzas, guardo recuerdos, evoco anécdotas, hay
historias de trabajos con luchas, logros, reveses, vividos en conjunto, páginas
inolvidables.
La
vida sigue y es más llevadera cuando se tienen amigos de verdad, con los que
puedes contar en cualquier momento, porque son incondicionales, porque te
hablan con la verdad. Como dice la canción: “Me gusta la gente que cuando saluda te aprieta la mano con fuerza y sin dudas. Me gusta la gente que cuando te habla te mira a los ojos, te mira de frente, te dice a la cara aquello que siente y nada se calla y no tiene dobleces; me gusta esa gente”.
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