Luis Alfonso García Carmona
Es bien conocida esta
frase del filósofo español José Ortega y Gassett, que pronunció en la
ciudad de La Plata (Argentina), en 1939 y publicó en su obra Meditación del
pueblo joven.
Quiso significar con
ella que no vale la pena perder el tiempo en vacías especulaciones, diferencias
personales o discusiones abstractas. Por el contrario, considera más útil
concentrarse en obtener resultados prácticos, ocuparse de los problemas reales
y trabajar por el desarrollo del país de manera eficiente y concreta.
Al repasar esta
prudente admonición a la luz de los monumentales problemas que agobian al país,
no nos queda otra alternativa que otorgarle toda la razón al filósofo.
Venimos de presenciar
la más brillante y eficaz campaña política de toda nuestra historia
republicana, en la que Abelardo de la Espriella, por fuera de los
partidos políticos, sin contar con la maquinaria del establecimiento ni con los
grandes poderes económicos y de la comunicación, logró convocar a las mayorías
en el movimiento identificado como “Defensores de la Patria” y ganar en
franca lid la Presidencia de la República. Su ventaja sobre su rival, el
candidato del gobierno petrista, y de la guerrilla, no fue tan sólo de
250 000 votos, pues hay que considerar los casi 4000 votos conseguidos por
su oponente mediante constreñimiento armado a los electores en las regiones
dominadas por la narcoguerrilla, como recientemente se ha denunciado ante la Fiscalía
General de la Nación por la Fundación Misión Colombia Transparente.
Demostró con creces que
se puede construir un movimiento ganador, alcanzar el objetivo y, de paso, dar
un magistral ejemplo de que todo se pudo lograr cambiando radicalmente las
obsoletas prácticas de la vieja política.
Ha continuado actuando
coherente con sus postulados al escoger sus inmediatos colaboradores, al
rechazar la manipulación que quiso imponerle el régimen con un ficticio empalme
y al proceder al diálogo directo con las regiones y con sus líderes para
realizar con ellos el verdadero empalme, prescindiendo de inútiles
intermediarios.
No desperdiciaron sus
enemigos de la izquierda y sus aliados la oportunidad de dar rienda suelta a
su revanchismo cuando pretendió el presidente electo contar con un
presidente del senado que facilitara el trámite de los proyectos del gobierno,
eligiendo a otro candidato. Creemos sinceramente que no era este un tema de
fondo que mereciera brindar al enemigo la ocasión para ejercer su retaliación.
En su pragmatismo debe considerar el Tigre que ni aquellos que le han
prometido su apoyo como parte de la coalición de gobierno son confiables a
la hora en que los intereses de la patria riñan con sus mezquinas aspiraciones.
Debe el presidente electo,
y lo digo con el mayor respeto y consideración, escoger bien las batallas
que en adelante librará en el Congreso, que sean estas únicamente las
necesarias para desarrollar su completo plan para la reconstrucción del país y
para la materialización del sueño de la Patria Milagro. Temas como el del
cambio de sede para la posesión, la reforma constitucional para crear una
capital alterna, no dejan de ser importantes, pero no son indispensables
para los fines superiores, como lo expresa con sabiduría el filósofo. Y,
cuando se tenga que defender los asuntos de mayor calado, como los que tienen
que ver con la seguridad, la salud, el narcotráfico, la corrupción, la reforma
a la justicia, la recuperación económica, la educación o el problema energético,
hay que llegar a la palestra parlamentaria suficientemente seguro de obtener
la victoria, como lo enseña el pragmatismo en el cual el Tigre es un
maestro.
