José Alvear Sanín
El impredecible aumento de la votación por
Cepeda en los 20 días que separaron la segunda de la primera vuelta, de tres
millones de votos, debe ser analizado rigurosamente.
A pesar de un gobierno pésimo, corrupto como
ninguno en el mundo, y con el peor candidato imaginable, los del llamado “Pacto
Histórico” esperaban ganar en la primera vuelta, confiando en los efectos
económicos directos de la contratación espuria de 30 billones, y en los
psicológicos indirectos del alza brutal del salario mínimo.
A pesar de ambos abusos monumentales, los dos
aspirantes demócratas sumaron dos millones de votos más que el candidato del
comunismo, las FARC, el ELN, el narcotráfico y Petro.
No es difícil, entonces, colegir que,
desesperados por ese fracaso inesperado, tuvieron que emprender una segunda
compra masiva de votos. La aceleración de la revaluación del peso en Colombia
en ese corto lapso puede explicarse en buena parte por el ingreso inusitado de
la cantidad de dólares requerida para asegurarle a la mafia la consolidación de
un modelo criminal de gobernanza al servicio de una “industria” que ya
representa casi el 5 % del PIB. Esa hipótesis, propuesta por un eminente
exministro de Estado, está bien lejos de ser descabellada.
Dejando atrás ese sensible punto, hablemos de
la desinformación, que no fue escasa antes de la primera vuelta, pero se
incrementó de manera impresionante antes de la segunda, no solo por las bien
financiadas bodegas de Petro, sino, también, por la mayoría de los grandes
medios masivos, especialmente de radio y tv, que exageraron su “neutralidad”.
Como he expresado en un reciente artículo, la
pregunta de Churchill, “¿Neutrales contra quién?”, puede resonar ahora en
Colombia, porque fue inocultable la “neutralidad” contra Abelardo y la
benevolencia frente a Cepeda.
En efecto, en víspera de las elecciones
definitivas para salvar a Colombia de un infierno como los de Cuba y Venezuela,
los grandes medios continuaron presentando al “heredero” como un candidato
normal, demócrata y gran defensor de los derechos humanos, que jamás empuñó un
arma ni aprobó la combinación de todas las formas de lucha. Entonces, lo
pintaron como un inofensivo, bondadoso anciano, filósofo de profesión, amante
de la música clásica, al que con frecuencia entrevistaban con especial dulzura…
Durante el último año, jamás se lo interrogó
sobre su petrismo, ni sobre su silencio sobre los mas de 18000 niños de ambos
sexos secuestrados, violados y corrompidos por las guerrillas, ni se comentó su
total inexperiencia en la administración pública, ni su inopia en economía, y
tampoco se comentó que su pericia en los asuntos jurídicos solo sobresale en el
campo del falso testimonio…
Nadie conoce a Cepeda mejor que los
informadores profesionales, lo que da la medida de su culpabilidad cuando
callan sobre ese terrorífico, eterno orientador de la subversión, del cual
construyeron la imagen más falsa y bondadosa.
Todos sabemos que los gobernantes corruptos
aprecian los medios más por lo que omiten que por lo que informan; y no
olvidemos que precio y aprecio comparten la raíz latina.
Pero si hubo una omisión generalizada en los
medios masivos, hubo otra, quizá más grave moralmente, en la Iglesia
colombiana.
Desde luego, esta no debe tomar partido en
asuntos de mera política partidista, pero el Señor ha dicho que hay que dar al
César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Por tanto, el
impenetrable silencio de la jerarquía, durante todo el cuatrienio, frente a un
gobierno comunista, revolucionario y promotor de la expansión del narcotráfico,
constituye la más culpable de las omisiones.
El deber de la Iglesia no se cumple omitiendo
este tema fundamental, central dentro de su doctrina, para limitarse a una
breve recomendación el día de las elecciones, cuando en todas las homilías se
nos dijo a los fieles que debíamos “votar en conciencia”, pero sin haber
contribuido durante estos horribles cuatro años a formar esa conciencia, que
jamás se ilumina con culpable silencio.
No quisiera verme obligado a preguntar a los
señores obispos contra quién fueron ellos “neutrales”…
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