miércoles, 24 de junio de 2026

Desorientación y omisión

José Alvear Sanín
José Alvear Sanín

El impredecible aumento de la votación por Cepeda en los 20 días que separaron la segunda de la primera vuelta, de tres millones de votos, debe ser analizado rigurosamente.

A pesar de un gobierno pésimo, corrupto como ninguno en el mundo, y con el peor candidato imaginable, los del llamado “Pacto Histórico” esperaban ganar en la primera vuelta, confiando en los efectos económicos directos de la contratación espuria de 30 billones, y en los psicológicos indirectos del alza brutal del salario mínimo.

A pesar de ambos abusos monumentales, los dos aspirantes demócratas sumaron dos millones de votos más que el candidato del comunismo, las FARC, el ELN, el narcotráfico y Petro.

No es difícil, entonces, colegir que, desesperados por ese fracaso inesperado, tuvieron que emprender una segunda compra masiva de votos. La aceleración de la revaluación del peso en Colombia en ese corto lapso puede explicarse en buena parte por el ingreso inusitado de la cantidad de dólares requerida para asegurarle a la mafia la consolidación de un modelo criminal de gobernanza al servicio de una “industria” que ya representa casi el 5 % del PIB. Esa hipótesis, propuesta por un eminente exministro de Estado, está bien lejos de ser descabellada.

Dejando atrás ese sensible punto, hablemos de la desinformación, que no fue escasa antes de la primera vuelta, pero se incrementó de manera impresionante antes de la segunda, no solo por las bien financiadas bodegas de Petro, sino, también, por la mayoría de los grandes medios masivos, especialmente de radio y tv, que exageraron su “neutralidad”.

Como he expresado en un reciente artículo, la pregunta de Churchill, “¿Neutrales contra quién?”, puede resonar ahora en Colombia, porque fue inocultable la “neutralidad” contra Abelardo y la benevolencia frente a Cepeda.

En efecto, en víspera de las elecciones definitivas para salvar a Colombia de un infierno como los de Cuba y Venezuela, los grandes medios continuaron presentando al “heredero” como un candidato normal, demócrata y gran defensor de los derechos humanos, que jamás empuñó un arma ni aprobó la combinación de todas las formas de lucha. Entonces, lo pintaron como un inofensivo, bondadoso anciano, filósofo de profesión, amante de la música clásica, al que con frecuencia entrevistaban con especial dulzura…

Durante el último año, jamás se lo interrogó sobre su petrismo, ni sobre su silencio sobre los mas de 18000 niños de ambos sexos secuestrados, violados y corrompidos por las guerrillas, ni se comentó su total inexperiencia en la administración pública, ni su inopia en economía, y tampoco se comentó que su pericia en los asuntos jurídicos solo sobresale en el campo del falso testimonio…

Nadie conoce a Cepeda mejor que los informadores profesionales, lo que da la medida de su culpabilidad cuando callan sobre ese terrorífico, eterno orientador de la subversión, del cual construyeron la imagen más falsa y bondadosa.

Todos sabemos que los gobernantes corruptos aprecian los medios más por lo que omiten que por lo que informan; y no olvidemos que precio y aprecio comparten la raíz latina.

Pero si hubo una omisión generalizada en los medios masivos, hubo otra, quizá más grave moralmente, en la Iglesia colombiana.

Desde luego, esta no debe tomar partido en asuntos de mera política partidista, pero el Señor ha dicho que hay que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Por tanto, el impenetrable silencio de la jerarquía, durante todo el cuatrienio, frente a un gobierno comunista, revolucionario y promotor de la expansión del narcotráfico, constituye la más culpable de las omisiones.

El deber de la Iglesia no se cumple omitiendo este tema fundamental, central dentro de su doctrina, para limitarse a una breve recomendación el día de las elecciones, cuando en todas las homilías se nos dijo a los fieles que debíamos “votar en conciencia”, pero sin haber contribuido durante estos horribles cuatro años a formar esa conciencia, que jamás se ilumina con culpable silencio.

No quisiera verme obligado a preguntar a los señores obispos contra quién fueron ellos “neutrales”…