martes, 23 de junio de 2026

De Valencia a Badajoz

José Leonardo Rincón, S. J.
José Leonardo Rincón, S. J.

Una segunda etapa del viaje me llevó a bordear el sur de España hasta su frontera con Portugal.

Valencia. Aunque tiene su autonomía política, lingüísticamente el valenciano es un dialecto de clara herencia catalana. Por allí está Gandia, sede del Duque Francisco de Borja quien además era Virrey de Cataluña. Para los que no saben la historia, Borja, renunció a todas sus riquezas y prebendas cuando observó el cadáver descompuesto de la reina y juró “nunca más servir a un señor que se pudiera morir”. Su vida terminó como tercer general de la Compañía de Jesús y canonizado santo de la Iglesia. A él le debemos la primera experiencia piloto de un colegio jesuita para externos, seguida luego por la de Goa con Javier, ambas antes de Mesina en Italia, primer colegio oficial fundado por Ignacio.

No pude conocerla porque, como les dije, mi objetivo era visitar los amigos y allí encontré dos: Saddy, sacerdote de la diócesis de Cúcuta, que hace estudios de maestría y Fanny, educadora nariñense que trabajó hasta jubilarse en nuestro colegio javeriano y quien vive con su hijo. Ellos no se conocían, pero en algún momento nos encontramos todos. Pude conocer la catedral y algo de la ciudad, así como ir al mar y caminar descalzo en la playa sintiendo por primera vez el Mediterráneo. La eucaristía de la fiesta del Sagrado Corazón fue en la parroquia de San José, donde me hospedé. Y una buena comida fue en un restaurante de tenedor libre donde recuperé los kilos que había bajado, siguiendo la estricta dieta de jamones y quesos, jajaja.

Chiclana de la Frontera. Es una población de las varias que rodean el puerto de Cádiz. Allí arribé después de un día entero en tren con transbordo en Sevilla. Andalucía es otra cosa. He tenido amigos andaluces y su hablar rápido y enredado me hace sentir en nuestra costa caribe. Anita, la prima que deseaba saludar después de ocho años, vive allí con su esposo desde que muriera su mamá, la mayor de mis primas, y la amiga y compañera de juergas de mi mamá, que me tuvo a mí, el menor de los primos de la familia. Coincidió mi estancia con las ferias y fiestas de San Antonio, su patrono. No me lo van a creer, pero nunca he visto tanta gente aglomerada, tantos autos, tantas casetas, tantas ventas, tantos juegos mecánicos, tantas mamás con los bebés en sus coches, literalmente legiones… una experiencia única. Los turrones que se me ocultaron hasta ese momento con el cuento de que son producto de invierno, brotaron de pronto en pleno verano. No se ilusionen: conservo las cajas como recuerdo.

Badajoz. Es la provincia fronteriza con Portugal y la más caliente de España. 44 grados no lograron derretirme porque me refugié en el Real Monasterio de Santa Ana donde viven, desde 1518, religiosas clarisas. Una de ellas, mi prima Martha Lucía, desde hace casi tres décadas. A pesar de su estricta clausura, la Madre abadesa permitió que en dos ocasiones me pudiese reunir con toda la comunidad para conversar y reír con ellas: hay colombianas, mexicanas, paraguayas, polacas y, por supuesto, extremeñas. También les presidí dos veces la eucaristía y las acompañé en sus oficios litúrgicos y de trabajo manual armando cajas donde empacan dulces con los cuales sobreviven. Pude conocer nuestro colegio y la parroquia que regentamos, además de almorzar con la comunidad. A casi tres horas de allí, en Cáceres, y gracias a la generosidad de Florencio, un amigo doctor en psicología, pude conocer el Real Monasterio que fue de los jerónimos, ahora de los franciscanos, donde se conserva la imagen de la Virgen de Guadalupe, talla en madera del siglo XIII. Allí hay un bajo relieve de esa imagen bordeada con rayos. Conocí entonces la relación con nuestra guadalupana que puede tener asidero histórico: Hernán Cortés era de Medellín, en Extremadura, y le acompañan muchos coterráneos en su aventura por la Nueva España, hoy Mexico. Cuando Juan Diego, el indígena, le muestra al obispo Zumárraga su tilma o ayate con la imagen, los españoles allí presentes al ver la imagen exclaman: “¡como la de Guadalupe!”, la extremeña, de modo que así se quedó.