El 15 de marzo se conmemora el Día
Internacional de la Lucha contra la Islamofobia[1],
una fecha creada por las Naciones Unidas desde el 2022, para recordar que el
miedo también puede transformarse en discriminación. ¿Será que en estos catorce
días que lleva la guerra se va a tener presente esta fecha?
Las fobias no solo viven en los conflictos
religiosos. También parecen haberse instalado en la política. Vamos a hacer un
breve recuento de algunas de ellas.
En Colombia la política se parece cada vez más
a un diccionario de fobias
[2]. No de esas que se
estudian en los manuales clínicos, sino de las que se incuban en los pasillos
alfombrados del poder, donde el miedo no se diagnostica, pero se practica todos
los días.
Hay miedo a perder el cargo, miedo a perder la
influencia, miedo a perder la próxima elección. Y en ese inventario silencioso
aparecen viejas palabras que describen mejor la política que muchos discursos: demofobia,
el temor a la gente cuando deja de aplaudir; diquefobia, el miedo a la
justicia cuando esta comienza a tocar la puerta, y atiquifobia, el miedo
a fracasar cuando el país empieza a mirar con lupa a quienes gobiernan.
Mientras tanto, el escenario político
colombiano se reorganiza como una partida de ajedrez que todavía no revela
todas sus jugadas. Las fórmulas vicepresidenciales se insinúan como pactos que
buscan tranquilizar regiones, equilibrar partidos o domesticar electores
inquietos. No siempre nacen de la afinidad política; muchas veces nacen del
cálculo.
Al mismo tiempo, en el Congreso se libra otra
batalla, menos visible, pero igual de feroz: la de quienes entran y la de
quienes van a salir. Cada elección legislativa despierta una ansiedad que, en
términos médicos, podría llamarse atiquifobia electoral: el miedo a que
el apellido ya no alcance, a que la maquinaria se oxide.
Y en medio de ese movimiento hay algo que pesa
más que cualquier estrategia: las sillas vacías. No solo por la ausencia
física de algunos congresistas salpicados por el escándalo de la UNGRD, sino
por el símbolo que dejan. Porque una silla vacía en política nunca está
realmente vacía. Está llena de sospechas, de silencios y, sobre todo, de esa vieja
compañera del poder: la diquefobia, el miedo a que la justicia deja de
ser un rumor para convertirse en destino.
En la política colombiana abundan las fobias al
pueblo, a la justicia y al fracaso. La única que parece haber desaparecido es
la catagelofobia: el miedo a hacer el ridículo.
[1] Islamofobia: miedo,
odio, prejuicio o discriminación sistemática hacia el Islam y los musulmanes.
