José Leonardo Rincón, S. J.
Quizás el color morado de los ornamentos de este tiempo litúrgico era lo que me hacía pensar desde niño que la cuaresma era un tiempo lúgubre, asociado a silencio, ayuno de carne, abstinencias exigentes y otras prácticas que nos iban preparando para la Semana Santa cuyo culmen era el viernes santo.
Por cierto, los viernes se rompía la dieta ordinaria y se nos obligaba a consumir pescado. El panorama metereológico de estos meses de marzo y abril (aguas mil) contribuía a la escenografía: poco sol, frío, muchos nubarrones negros, lluvias pertinaces cuando no aguaceros con truenos y rayos, mejor dicho, todo dado para inducir al arrepentimiento y la penitencia. ¿Y qué decir de la semana mayor? La programación en las emisoras se alteraba, la música festiva se cambiaba por clásica, hasta el cine relanzaba las tradicionales cintas taquilleras de siempre: el mártir del calvario, Ben-hur, los 10 mandamientos…
Para colmos, ya jesuita, los ejercicios espirituales de
la tercera semana retomaban el tema de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
No había cabida para pensamientos alegres. Todo tenía una tonalidad grisácea y
cuasi trágica.
Esta manera de ver y de vivir la cuaresma tocó a su fin ya entrado en años. Cuando implementamos el sistema de gestión de calidad en nuestros colegios, ese andamiaje metodológico, sumado a la práctica pedagógica ignaciana, me ayudaron a hacer una analogía existencial: Dios nos quiere caminando en la senda de la mejora continua: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Y perfecto es reflejo de calidad. Claro, eso no se logra de la noche a la mañana, siempre nos encontramos con no conformidades mayores (pecados mortales), no conformidades menores (pecados veniales) y oportunidades de mejora. El examen de conciencia no es otra cosa que un ejercicio de auditoría interna. La idea no es rajarse sino obtener la certificación, es decir, realizarse en la vida, alcanzando el propósito, ser felices. Los parámetros están dados y más que un cumplimiento (cumplo y miento) de requisitos de normas hay que descubrir la razón y el sentido que lo inspira, es todo un espíritu, una manera de ser y de proceder.
Después, cuando hice la tercera probacion, que es como un segundo noviciado, en la perezosa tercera semana que ya mencioné, nuestro instructor nos invitó a repetir no una sino hasta cuatro veces las oraciones que me sabían a cacho pero que, al final, me terminaron gustando. Si. Hubo un cambio de fondo en la mentalidad y comprensión del asunto. La cuaresma es otra cosa. La cuaresma es un tiempo privilegiado para entrar al taller y hacer una revisión (no ya tecno-mecánica) sino estructural y comprehensiva de la propia vida y el poder apretar tuercas, hacer ajustes, ordenar la casa interior, eso es motivo de alegría profunda y enorme satisfacción, porque ¿Quién no se alegra de poder crecer, evolucionar, madurar? Así las cosas, la cuaresma se transforma en antesala de la pascua, esto es, de ese paso triunfante de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, de la tristeza a la alegría.
.jpg)