Luis Guillermo Echeverri Vélez
Le
calza al país la sabiduría de los cantos populares que describen el sentir de
los pequeños y medianos empresarios y sus trabajadores al ver que sus negocios
se desangran y ni los gremios ni el circo político electoral y conformista
parecen ser capaces de darles esperanzas reales de subsistencia, pues el
problema no son las instituciones sino la falta de carácter y determinación de
obrar correctamente de las personas que las operan.
En
un país que debería estar multiplicando oportunidades, el horizonte no está
claro y el sentir de las personas honestas y del país emprendedor, que uno no
se explica como sigue trabajando a pérdida, no es otro que la decepción con la
conducción de la cosa pública y la representatividad asociativa.
Diga
el lector el nombre de un santo o de un demonio, y le aseguro que acertará. Es
exactamente lo que canta Paquita la del Barrio en el bolero “Rata de dos
patas”: “Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal
hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija cuánto daño me has
hecho. Alimaña, culebra ponzoñosa, desecho de la vida, te odio y te desprecio.
Rata de dos patas, te estoy hablando a ti, porque un bicho rastrero aun siendo
el más maldito, comparado contigo se queda muy chiquito. Maldita sanguijuela,
maldita cucaracha, que infectas donde picas, que hieres y que matas”.
Y
veamos qué es lo que causa ese sentimiento de misera indefensión, incredulidad
y de odio por los politiqueros y la política, que lleva a quien razona a la
desesperanza y al ignorante a vender su conciencia por migajas.
Estamos
gobernados por la autocracia de una pila de degenerados que pretenden cambiar
la constitución para asegurarse que el poder del Estado se concentre en quienes
les sirven a las organizaciones criminales que se financian con el
narcoterrorismo, corroen la justicia, violan todas las reglas del Estado de
derecho y mantienen la ciudadanía bajo la inseguridad del asecho delictivo que
igual mata de hambre, de enfermedad o de un balazo.
Económicamente
hay una sola realidad: desconfianza total. Los números no dan, apuntan a la
quiebra de los pequeños y medianos empresarios que ya trabajamos a perdida con
la consecuente ruina de los ahorros y el freno total de la inversión, la
realidad de los indeseados despidos, la pérdida de productividad en el campo y
en la industria, la carestía de los productos, los servicios y los insumos
afectados por el alza propia de la energía y la movilidad que ya no cuenta con
los flujos de compensación, el incremento del lavado, la insostenibilidad
futura de las remesas, la adversidad del contrabando y el comercio con una tasa
de cambio irreal, y el desastre de sistema tributario que estrangula al
contribuyente y resulta insuficiente ante un déficit y un costo de la deuda
inmanejables, el despilfarro en gasto y burocracia estatal y la destrucción de
las regalías y el sector minero energético que ha sido la locomotora del
crecimiento económico.
Y
ojo que no digan los candidatos para quedar bien con todo el mundo, que el
problema no son las personas sino los acuerdos, cuando son las “ratas de dos
patas” las que aquí han firmado los acuerdos falsarios e ilegítimos, la
inclusión ilegal de la impunidad en la constitución y todo tipo de bombazos a
la legalidad como el desconocimiento de la voluntad popular, la JEP y el
“Fast-Track”.
“El
conformismo estratégico y el costo político como justificantes de los decretos
ilegales de Petro es lo más bajo y peligroso a lo que Colombia ha llegado. Ese
argumento compró: Congreso, Cortes, políticos, medios, funcionarios y también
el silencio del empresariado”.
Estamos
dando vueltas en un remolino sin salida, está todo jugado a una ruleta
calibrada para que siempre gane el casino cualquiera sea el número o el color
donde pare la pelota, porque la clase tradicional y la emergente que consiente
y calla, seguirán gobernando, mandando y mamando, y todo será más de lo mismo,
porque hasta que el país no vuelva a reconocer un liderazgo dominante,
seguiremos esclavos de componendas y acuerdos entre los torcidos y aquellos que
aparentan ser éticos pero que para poder continuar figurando en la vida pública
tienen que dar el brazo a torcer a cuenta del contribuyente, del empresario,
del trabajador y tristemente del votante.
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