Fredy Angarita
Entrar a Juan Valdez o a Starbucks, donde el café tiene un
costo entre 5000 y 10000 mil pesos, este viene acompañado de una historia bien
contada, se vende la experiencia. En estos sitios el café no solo se toma, se
representa. En el centro, en cambio, el café no se explica, se sirve.
Dicen que el mejor café se exporta. Que lo bueno se va y
aquí nos dejan la pasilla. Aunque nadie lo ha comprobado del todo, nadie lo
discute. Es una frase repetida, incuestionable, que circula con la misma
facilidad que el tinto, caliente.
En la Plazuela de San Ignacio, por lo general, se reúnen más de
13 vendedores de café. No se distinguen por género ni por edad. Algunos solo
venden tinto, otros lo acompañan con café en leche y pocos ofrecen aromáticas
de todos los aromas posibles. Unos cargan termos gastados; otros empujan carros
que antes se utilizaban en supermercados y que son convertidos en tiendas
rodantes que sufren cada grieta del suelo.
Están ahí todos los días, desde antes que salga el sol
hasta después de ocultarse. El tinto, producto estrella del parque, tiene un
costo entre $1300 y $1500, y el que vende no habla de exportaciones ni de
denominación de origen ya que el parque tiene su propia economía.
Se pueden vender al día de 9 a 13 termos, cada termo genera
entre 10 y 12 tintos dependiendo si el cliente lo pide doble. Ellos dicen que
muchos lo compran por necesidad, por despertar o por no dormir, es la excusa
para detenerse cinco minutos sin sentirse improductivo. Se toma de pie, rápido,
sin ceremonia. Nadie pregunta de dónde viene el café. Nadie exige calidad.
Nadie toma fotos.
El tinto del centro no necesita relatos, se vende en vaso
desechable, se paga con monedas, mientras tanto, los titulares de los medios presumen
del café que producimos hablando de los millones que dejan.
En el parque se exporta orgullo, consumimos costumbre, tal
vez el engaño no esté en la calidad del grano, sino en la forma de mirar.
Convertimos lo cotidiano en paisaje y luego nos preguntamos
por qué nada nos sabe a identidad.
El tinto se sirve caliente, el parque sigue funcionando. Sin
embargo, cada taza es un acuerdo silencioso: calor a cambio de unas monedas, dignidad
a cambio de minutos.
En el parque no se habla de desigualdad, el mejor café se
exporta. El más urgente se toma de pie.

