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sábado, 19 de marzo de 2022

Sensatez para elegir el conductor de bus en el que vamos todos

Luis Guillermo Echeverri Vélez
Por: Luis Guillermo Echeverri Vélez*

Llegó el momento en que los colombianos tenemos que razonar con sensatez, sentido común y con acierto sobre nuestro propio destino. Hay dos caminos, la opresión totalitaria tras la destrucción que ha seguido a las promesas populistas, o el difícil camino de mantener la democracia en función de libertad, igualdad y fraternidad.

Saliendo de un ciclo económico adverso y entrando en otro de dimensiones aún desconocidas, ambos caracterizados por choques exógenos de naturaleza global; el COVID-19 y la inhumana e innecesaria guerra contra Ucrania y Occidente, generan una incontrolable carestía, afectan oferta y demanda de la movilidad mundial, mercados financieros, términos de comercio internacionales, y acentúan la pérdida de poder adquisitivo en términos reales de todas las monedas del mundo.

La prohibición de reelección deja al gobierno Duque sin la oportunidad de seguir realizando la tarea que contra viento y marea ha conseguido adelantar en tan poco tiempo. El balance del país, presentado por este gobierno acompañado por la tenacidad del emprendimiento nacional y de los trabajadores colombianos, es bueno y loable, lo acreditan cifras, resultados y un comparativo con la situación de naciones vecinas.

En medio de esta elección, lo que no puede perder Colombia es el rumbo que lleva el bus en que vamos todos. Si queremos continuar el camino productivo y no el de la destrucción y miseria por el que optaron gobiernos vecinos siguiendo a Cuba y Venezuela, se puede cambiar con sensatez la titularidad de la conducción del Estado, pero no perder la continuidad y estabilidad que demanda nuestro desarrollo.

A nada bueno conduce el engaño populista. Equivale a entregarle el volante del bus en que van nuestros hijos al colegio a un conductor terrorista, ebrio de poder, resentido y asociado a un largo historial criminal, o la administración de una guardería a pirómanos y violadores reconocidos disfrazados de maestros educadores.

Es el momento de comprender que la política importa. La responsabilidad hoy es de nosotros los ciudadanos. Es ahora cuando el sector privado y sus líderes institucionales, defiendan el sistema de libertades. Cada madre, padre, hermano, trabajador, empleador, cliente, proveedor, pariente o amigo, debe explicarle a los demás que requerirnos unirnos para elegir un presidente honorable y responsable.

 

No se trata de cambiar para empeorar. Menos dejar el camino del desarrollo que nos permite transformarnos en una sociedad próspera, engañados por la dialéctica de la retórica demagógica que históricamente ha utilizado el populismo para sembrar miedo, odio, envidia y resentimiento en las sociedades. Tenemos que estar más unidos que nunca en nuestra propia diversidad.

Para comprender que el valor de la unidad de propósito como nación está atado a la transformación enfocada en la cultura, la convivencia ciudadana, el desarrollo y respeto por los principios y los valores éticos consignados en nuestro pacto social, debemos entender el valor de la Declaración de Derechos Humanos en contraposición a la herida que dejó la embriaguez sanguinaria de poder de Robespierre emulada por el populismo actual y que es solo la máscara detrás de la que se esconde la opresión que sobrevino a  los procesos revolucionarios de Francia, Rusia, China, Alemania Nazi, Corea del Norte, Cuba, Venezuela y todas las naciones que han bebido la cicuta del comunismo.

“Libertad y Orden”. Pueblos e individuos libres, dentro del marco de la legalidad. Jamás sometidos por las fuerzas anárquicas aliadas al crimen organizado. “Igualdad”. Asegurada por una administración de justicia que garantice que las oportunidades sean para quienes cumplan sus obligaciones ciudadanas, y no para personas de mejor derecho que están por encima de las normas y anteponen intereses personales e ideas políticas al bien común y el interés general. “Fraternidad”. En la conducción del Estado con sentido social, garantizando el emprendimiento y la inversión responsables y solidarias, como única forma de generar valor y poder mantener la democracia.


jueves, 17 de marzo de 2022

Las alforjas

Gabriel Jaime Hurtado Restrepo
Por Gabriel Jaime Hurtado Restrepo*

Ya está jugado el primer tiempo del partido de la democracia en Colombia.

El pasado domingo 13 de marzo tuvimos las cruciales elecciones de Senado y Cámara de Representantes, en virtud de las cuales contamos con un nuevo Congreso, cuya conformación tuvo variaciones importantes y quedó integrado por diferentes corrientes sociales y políticas. También quedaron definidos los candidatos a la Presidencia de las tres coaliciones que participaron en esa consulta.

Es de destacar la positiva actitud de los colombianos que ejercieron su derecho de elegir y cumplieron con esta obligación ciudadana.

El próximo 29 de mayo será el segundo tiempo del partido, tendremos la primera vuelta de las elecciones presidenciales, con posibilidad de alargue: segunda vuelta, el 19 de junio. Ya se van decantando los diferentes candidatos y han arrancado en firme las campañas de quienes aspiran a la altísima dignidad de ser el próximo presidente de la República.

Con ocasión de la importancia de esa elección y de las consecuencias que traerá para el país y su futuro, vienen a mi memoria las palabras de Mariano Ospina Rodríguez en carta que le envió a sus hijos en 1877 cuando se encontraban formándose.

Antes de compartirlas con ustedes y para mejor comprensión, debo indicar que la alforja es la tira de tela fuerte o de otro material que forma dos grandes bolsas en sus extremos, se echa al hombro o a lomos de caballería y sirve para transportar cosas. También se define como la provisión de los comestibles necesarios para el camino.

Les escribió Ospina a sus hijos:

“Ustedes están ahora en una edad en que uno vive fascinado en medio de una nube de confusas ilusiones, que prometen algo grande y extraordinario que lo espera a uno un poco más adelante y le inspira una peligrosa confianza, la cual le hace perder el tiempo más precioso. Se asemeja esto a una alucinación de un viajero que, sin saber por qué, se imagina que en la posada le aguarda un gran banquete; pero no hay tal banquete y al llegar a la posada se encuentra únicamente con lo que él lleva en sus alforjas. Ahora están ustedes llenando sus alforjas; según lo que ustedes echen en ellas, así será la abundancia o la penuria en la posada. Lo más grave del caso es que no se puede volver atrás a recuperar la falta”.

Esta recomendación parece escrita para la actual coyuntura de Colombia, y aplica muy especialmente para los jóvenes y también para todos los ciudadanos que tenemos el derecho, el deber y la responsabilidad de elegir el próximo presidente.

Se nos impone una muy profunda reflexión sobre la compleja realidad del país. Ningún colombiano puede evadirla.

Es cierto que tenemos grandes desigualdades e inequidades, que las oportunidades no son para todos y que buena parte de nuestros compatriotas viven en condiciones deplorables, que en algunos casos llegan a ser infrahumanas. Eso no es aceptable, debemos dar pasos acelerados para corregir cuanto antes esta muy crítica situación.  Empero, ello no puede llevarnos a enceguecernos y lanzarnos por un precipicio. Preveamos las consecuencias de nuestros actos.

Algunos de nuestros dirigentes han olvidado que la política solo se justifica por la búsqueda del bien común, han ignorado las necesidades de la mayor parte de nuestra población y se han dedicado a enriquecerse, pasando incluso por episodios no esporádicos de corrupción, distrayendo o apropiándose de los recursos públicos destinados a lo social. Esto ha fastidiado y alejado a la mayoría de los colombianos de la política.

En la conquista los españoles nos cambiaron el oro de El Dorado por espejitos. Todo indica que hoy no falta quien nos quiera cambiar lo valioso por lo ilusorio.

Escuchamos a mañana, tarde y noche un arsenal de promesas falsas e irrealizables, carentes de realidad, sustento y fundamento. Algunos ilusionan vanamente al pueblo para que les dé el voto. Quieren destruir todo lo edificado, se proponen quitarles a los ricos para supuestamente darle a los pobres. Desconocen, u olvidan deliberadamente, que la riqueza no se da por generación espontánea ni por redistribución. Ella requiere de un ejercicio dinámico constante, acompañado de esfuerzo y dedicación incesantes, en el que la motivación de sus partícipes es su verdadero y único motor. No nos dejemos alucinar como el viajero del texto transcrito.

Informémonos bien de los candidatos y de sus pregones y anuncios. Conozcamos sus antecedentes, con quienes andan y sus verdaderos intereses e intenciones. Difundamos la información cierta y hagamos proselitismo.

No nos dejemos fascinar por esa nube de confusas ilusiones. Llenemos bien nuestras alforjas. Echemos en ellas las ideas, las propuestas y los candidatos que conduzcan a los colombianos hacia la abundancia. Evitar la penuria futura depende de todos y cada uno de nosotros.

No perdamos este tiempo tan precioso, ni un mes, ni una semana, ni un día, ni un minuto.

Recordemos que “Lo más grave del caso es que no se puede volver atrás a recuperar la falta”.

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