jueves, 22 de octubre de 2026

Los símbolos que sobreviven al borrado

Fredy Angarita
Fredy Angarita

Hace casi un año escribí que cada generación inventa sus propios gritos. Que los jóvenes del siglo XXI ya no siempre alzan pancartas de tela, ahora viralizan imágenes, comparten memes, levantan banderas nacidas del manga y convierten un dibujo en una forma de decir lo que a veces no cabe en un discurso. En aquel texto lo llamé Los nuevos símbolos.

Después llegó una frase que convirtió un muro en noticia: «Las cuchas tienen razón».

En Medellín, la pintaron para acompañar la búsqueda de las madres que todavía esperan respuestas sobre sus hijos desaparecidos. La frase no necesitaba explicar toda la historia de la Comuna 13 ni resumir la Operación Orión. Bastaba con nombrar a las mujeres que habían insistido en contar aquello que durante años reclamaron que se escuchara.

En enero de 2025, el mural fue cubierto con pintura gris en el deprimido de la Terminal del Norte, por decisión de la Alcaldía de Medellín, que argumentó razones relacionadas con el uso del espacio y la intervención gráfica[1]. La imagen se reprodujo en otras ciudades. En Bogotá fue cubierta con pintura negra; en Cali, una cuadrilla de infraestructura la borró parcialmente, una actuación que la administración atribuyó después a un error[2].

El muro se convirtió en noticia. La frase comenzó a circular por las pantallas. Y aquello que algunos quisieron dejar fuera de la vista encontró otras superficies donde aparecer.

Quizá allí estaba la primera lección: borrar una imagen no significa necesariamente borrar aquello que representa.

Del muro a la sala

Ahora la discusión se traslada a otro lugar: el museo. En octubre de 2026 más de treinta piezas han sido retiradas de las salas del Museo Nacional de Colombia por decisión del Gobierno de Abelardo de la Espriella[3]. Entre ellas habría objetos relacionados con movimientos feministas, la comunidad LGBTIQ+, la historia política de la izquierda y el proceso de paz de 2016. La medida se enmarcaría en una crítica a lo que el mandatario denomina wokismo[4] y en su defensa de una «contrarrevolución cultural».

Sus argumentos plantean una discusión sobre la neutralidad de las instituciones públicas y la posibilidad de que un museo promueva una interpretación ideológica de la historia.

Pero las preguntas no terminan con la explicación oficial. ¿Qué cuenta una bandera cuando entra a un museo? ¿Qué historia guarda un periódico feminista? ¿Qué significa conservar un objeto relacionado con una organización armada o con un proceso de paz? ¿Mostrarlo es defenderlo o permitir que una sociedad examine una parte de su pasado?

Un museo no tiene que convertir cada objeto en un homenaje. Puede exhibir las contradicciones de una época, explicar la violencia, documentar las decisiones de sus protagonistas y señalar las consecuencias de sus actos. También puede revisar sus exposiciones, corregir errores y abrir espacio a otras interpretaciones.

La discusión, entonces, no debería reducirse a decidir qué objetos gustan y cuáles incomodan. La pregunta es qué criterios se utilizan para conservarlos, exhibirlos, retirarlos o devolverlos a la conversación pública.

¿Quién tiene permiso para recordar?

La memoria no es una colección de objetos que nadie puede discutir. Es una conversación entre generaciones, muchas veces incómoda, en la que se encuentran testimonios, documentos, interpretaciones y desacuerdos. Una sociedad puede debatir cómo presentar su pasado sin renunciar a conocerlo.

Hay símbolos que nacen para celebrar; otros, para denunciar. Algunos representan una identidad; otros recuerdan una ausencia. Y hay imágenes que, sin proponérselo, terminan reuniendo a personas que no piensan igual, pero reconocen en ellas una pregunta que merece permanecer abierta.

Porque un símbolo no siempre significa lo mismo para todo el mundo. Para unos puede representar una lucha legítima; para otros, una herida o una postura que cuestionan. Esa diferencia no desaparece al cubrir una pared de pintura ni al retirar una pieza de una vitrina. A veces, por el contrario, se hace más visible.

La memoria tampoco exige que estemos de acuerdo con todo lo que muestra. Exige que podamos conocer, preguntar, contrastar y discutir sin confundir la explicación con la celebración, ni el desacuerdo con el olvido.

La ciudad que mira y la ciudad que borra

Escribo sobre los lugares que atravesamos sin mirar dos veces. El centro, sus fachadas, los árboles que sobreviven entre el cemento, los negocios que desaparecen, las personas que guardan historias sin saber que algún día serán las últimas en contarlas.

Ahora pienso también en los muros que cambian de color y en las salas donde falta un objeto.

¿Qué desaparece cuando se borra un mural? ¿Qué perdemos cuando una pieza deja de estar al alcance de quienes visitan un museo? ¿Cuántas historias quedan fuera de la conversación pública porque ya no tienen una imagen que las haga visibles?

No todo puede conservarse para siempre en el mismo lugar. Las ciudades cambian, las exposiciones se transforman y las generaciones construyen nuevas maneras de representar sus preocupaciones. Pero cada cambio merece una explicación, sobre todo cuando involucra recuerdos de violencia, luchas sociales y experiencias que todavía dividen a una sociedad.

Tal vez los símbolos no sean tan frágiles como creemos. Pueden arrancarse de una pared, retirarse de una vitrina o desaparecer de una fotografía oficial. Pero mientras alguien pregunte por ellos, mientras alguien busque su origen y reconstruya la historia que los hizo necesarios, todavía queda algo por contar.

Porque a veces una imagen nos permite ver lo que estaba delante de nosotros y no habíamos querido mirar. Y otras veces, cuando la imagen desaparece, es su ausencia la que nos obliga a hacerlo.

¿Qué tendrá que desaparecer de nuestra vista para que empecemos a preguntarnos por qué estaba allí?