Fredy Angarita
Hace casi un año escribí que cada generación inventa sus
propios gritos. Que los jóvenes del siglo XXI ya no siempre alzan pancartas de
tela, ahora viralizan imágenes, comparten memes, levantan banderas nacidas del
manga y convierten un dibujo en una forma de decir lo que a veces no cabe en un
discurso. En aquel texto lo llamé Los nuevos símbolos.
Después llegó una frase que convirtió un muro en noticia: «Las
cuchas tienen razón».
En Medellín, la pintaron para acompañar la búsqueda de las
madres que todavía esperan respuestas sobre sus hijos desaparecidos. La frase
no necesitaba explicar toda la historia de la Comuna 13 ni resumir la Operación
Orión. Bastaba con nombrar a las mujeres que habían insistido en contar aquello
que durante años reclamaron que se escuchara.
En enero de 2025, el mural fue cubierto con pintura gris en
el deprimido de la Terminal del Norte, por decisión de la Alcaldía de Medellín,
que argumentó razones relacionadas con el uso del espacio y la intervención
gráfica[1]. La imagen se reprodujo en
otras ciudades. En Bogotá fue cubierta con pintura negra; en Cali, una
cuadrilla de infraestructura la borró parcialmente, una actuación que la
administración atribuyó después a un error[2].
El muro se convirtió en noticia. La frase comenzó a
circular por las pantallas. Y aquello que algunos quisieron dejar fuera de la
vista encontró otras superficies donde aparecer.
Quizá allí estaba la primera lección: borrar una imagen no
significa necesariamente borrar aquello que representa.
Del muro a la sala
Ahora la discusión se traslada a otro lugar: el museo. En
octubre de 2026 más de treinta piezas han sido retiradas de las salas del Museo
Nacional de Colombia por decisión del Gobierno de Abelardo de la Espriella[3]. Entre ellas habría
objetos relacionados con movimientos feministas, la comunidad LGBTIQ+, la
historia política de la izquierda y el proceso de paz de 2016. La medida se
enmarcaría en una crítica a lo que el mandatario denomina wokismo[4]
y en su defensa de una «contrarrevolución cultural».
Sus argumentos plantean una discusión sobre la neutralidad
de las instituciones públicas y la posibilidad de que un museo promueva una
interpretación ideológica de la historia.
Pero las preguntas no terminan con la explicación oficial.
¿Qué cuenta una bandera cuando entra a un museo? ¿Qué historia guarda un
periódico feminista? ¿Qué significa conservar un objeto relacionado con una
organización armada o con un proceso de paz? ¿Mostrarlo es defenderlo o
permitir que una sociedad examine una parte de su pasado?
Un museo no tiene que convertir cada objeto en un homenaje.
Puede exhibir las contradicciones de una época, explicar la violencia,
documentar las decisiones de sus protagonistas y señalar las consecuencias de
sus actos. También puede revisar sus exposiciones, corregir errores y abrir
espacio a otras interpretaciones.
La discusión, entonces, no debería reducirse a decidir qué
objetos gustan y cuáles incomodan. La pregunta es qué criterios se utilizan
para conservarlos, exhibirlos, retirarlos o devolverlos a la conversación
pública.
¿Quién tiene permiso para recordar?
La memoria no es una colección de objetos que nadie puede
discutir. Es una conversación entre generaciones, muchas veces incómoda, en la
que se encuentran testimonios, documentos, interpretaciones y desacuerdos. Una
sociedad puede debatir cómo presentar su pasado sin renunciar a conocerlo.
Hay símbolos que nacen para celebrar; otros, para
denunciar. Algunos representan una identidad; otros recuerdan una ausencia. Y
hay imágenes que, sin proponérselo, terminan reuniendo a personas que no
piensan igual, pero reconocen en ellas una pregunta que merece permanecer
abierta.
Porque un símbolo no siempre significa lo mismo para todo
el mundo. Para unos puede representar una lucha legítima; para otros, una
herida o una postura que cuestionan. Esa diferencia no desaparece al cubrir una
pared de pintura ni al retirar una pieza de una vitrina. A veces, por el
contrario, se hace más visible.
La memoria tampoco exige que estemos de acuerdo con todo lo
que muestra. Exige que podamos conocer, preguntar, contrastar y discutir sin
confundir la explicación con la celebración, ni el desacuerdo con el olvido.
La ciudad que mira y la
ciudad que borra
Escribo sobre los lugares que
atravesamos sin mirar dos veces. El centro, sus fachadas, los árboles que
sobreviven entre el cemento, los negocios que desaparecen, las personas que
guardan historias sin saber que algún día serán las últimas en contarlas.
Ahora pienso también en los muros que cambian de color y en
las salas donde falta un objeto.
¿Qué desaparece cuando se borra un mural? ¿Qué perdemos
cuando una pieza deja de estar al alcance de quienes visitan un museo? ¿Cuántas
historias quedan fuera de la conversación pública porque ya no tienen una
imagen que las haga visibles?
No todo puede conservarse para siempre en el mismo lugar.
Las ciudades cambian, las exposiciones se transforman y las generaciones
construyen nuevas maneras de representar sus preocupaciones. Pero cada cambio
merece una explicación, sobre todo cuando involucra recuerdos de violencia,
luchas sociales y experiencias que todavía dividen a una sociedad.
Tal vez los símbolos no sean tan frágiles como creemos.
Pueden arrancarse de una pared, retirarse de una vitrina o desaparecer de una
fotografía oficial. Pero mientras alguien pregunte por ellos, mientras alguien
busque su origen y reconstruya la historia que los hizo necesarios, todavía
queda algo por contar.
Porque a veces una imagen nos permite ver lo que estaba
delante de nosotros y no habíamos querido mirar. Y otras veces, cuando la
imagen desaparece, es su ausencia la que nos obliga a hacerlo.
¿Qué tendrá que desaparecer de nuestra vista para que empecemos a preguntarnos por qué estaba allí?
[1] https://www.infobae.com/colombia/2025/01/20/las-cuchas-tienen-razon-no-solo-fue-pintado-en-medellin-en-estas-ciudades-de-colombia-ahora-tiene-un-espacio/
[2] https://elpais.com/america-colombia/2025-01-15/la-eliminacion-de-un-grafiti-reaviva-el-debate-por-la-memoria-de-la-violencia-paramilitar-en-medellin.html
