Fredy Angarita
Las noticias están cada vez más desalentadoras. La tolerancia parece disminuir, los asesinatos de mujeres y personas LGBTIQ+, los de líderes sociales siguen ocupando los titulares, el secuestro vuelve a aparecer en la actualidad, los grupos armados utilizan drones para atacar y las decisiones sobre la explotación minera reabren discusiones sobre el territorio y sus consecuencias. A esto se suman los enfrentamientos en redes sociales, la corrupción entre quienes gobiernan y la falta de respeto por quienes piensan diferente.
La lista podría continuar. Basta con revisar los titulares
de los periódicos para encontrar nuevas razones de preocupación. Cada día
aparece una noticia que nos enfrenta a alguna de nuestras contradicciones, como
si nos estuviéramos acostumbrando a vivir entre la indignación de la mañana y
el olvido de la tarde.
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Sin embargo, al caminar por el centro de Medellín en las
primeras horas del día, me encontré con una imagen que parecía sacada de un
cuadro. Al detenerme a observarla, recordé una frase que había escuchado varias
veces y que hoy quiero compartir: «Plus je connais les hommes, mieux j’aime
les chiens». En español: «Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a
los perros».
Una versión de esta frase apareció publicada el 13 de
noviembre de 1822 en la revista francesa Tablettes Historiques et
Littéraires, atribuida a una mujer cuyo nombre no fue identificado. Se
trata del registro histórico más antiguo localizado, aunque eso no significa
que sea necesariamente el origen de la expresión.[1]
La fotografía que acompaña esta crónica ayuda a entender
por qué, después de tantos años, la frase sigue encontrando eco en nosotros.
A las 5:07 de la mañana, la ciudad todavía no termina de
sacudirse la noche. La luz de la calle cae sobre el concreto y dibuja una
franja blanca alrededor del lugar donde duerme un hombre mayor. No sé si el
brillo que aparece en la imagen es producto del alumbrado público o del reflejo
sobre el suelo. Lo cierto es que la luz hace más visible una escena que, a esa
hora, podría pasar inadvertida para cualquiera que camine apurado.
Un perro de pelaje claro descansa sobre el pecho del
hombre. Una de sus patas delanteras reposa sobre la mano de su compañero. Ambos
parecen haber encontrado, en medio del concreto, una forma de atravesar la
madrugada. No conozco sus nombres ni se las circunstancias que los llevaron
hasta allí. Tampoco necesitamos inventar una historia para reconocer lo que
transmite la imagen: la cercanía de dos cuerpos que comparten el mismo refugio.
Al verla, la frase cobra una fuerza especial. Pienso en la
lealtad de los perros, en su manera de acompañarnos, en aquellos que nos
escuchan sin exigir explicaciones y nos esperan incluso cuando hemos tardado
más de la cuenta. Pienso también en las personas que encuentran en ellos una
compañía difícil de explicar con palabras.
Al mismo tiempo, escucho a quienes dicen que los jóvenes de
ahora ya no quieren tener hijos, sino perros; que prefieren llamarse padres
perrunos y compartir con sus animales un afecto que antes imaginaban reservado
a la familia. No sé si esa afirmación describe realmente a toda una generación.
Lo que sí me llama la atención es el contraste: mientras discutimos sobre el
lugar que deben ocupar los animales en nuestras vidas, muchos seguimos
preguntándonos cómo hemos llegado a tratarnos de ciertas maneras entre
nosotros.
Quizá no se trate de elegir entre querer a un perro o
querer a una persona. La pregunta es otra: ¿qué estamos buscando en esos
compañeros de cuatro patas que a veces nos cuesta encontrar en nuestras
relaciones humanas?
Las historias de algunos perros han convertido esa pregunta
en algo difícil de ignorar. Hachikō[2] esperó durante años a un
hombre que nunca volvió. Togo atravesó el hielo para llevar medicamentos a
quienes los necesitaban.[3] Swansea Jack se lanzó al
agua para rescatar a personas en peligro. Cada historia tiene sus propias
circunstancias, pero todas nos recuerdan que los vínculos entre humanos y
animales pueden estar hechos de una entrega que supera la comodidad y, en
ocasiones, pone en riesgo la propia vida.
Y entonces uno mira alrededor y se pregunta en qué momento
nos acostumbramos a pasar de largo. A ver a alguien caído y sacar el teléfono
antes que la mano. A prometer compañía mientras todo marcha bien, a hablar de
lealtad con la misma boca con la que traicionamos, a medir el valor de una
persona por lo que puede ofrecernos.
Quizá por eso conmueven tanto las historias de los perros.
No porque sean incapaces de equivocarse ni porque los seres humanos hayamos
perdido toda bondad, sino porque su manera de acompañarnos nos enfrenta a
nuestras propias contradicciones.
Hay perros que esperan a sus muertos. Personas que
abandonan a sus vivos. Animales que se lanzan al agua por alguien en peligro y
seres humanos que calculan si vale la pena detenerse. No se trata de condenar a
toda la humanidad ni de idealizar a los animales, sino de reconocer que la
lealtad, la compasión y el cuidado no siempre aparecen donde esperamos
encontrarlos.
No sé si la humanidad va de mal en peor. La historia está
llena de crueldad, pero también de personas que han dedicado su vida a cuidar a
otras, defender a quienes no tienen voz y ayudar sin esperar nada a cambio.
Sería injusto olvidar a quienes todavía hacen el bien en medio de tanta noticia
desalentadora.
Lo que sí sé es que, a veces, basta con mirar a un perro
echado en una acera, compartiendo el frío con alguien que tampoco tiene mucho,
para entender que la nobleza no siempre necesita palabras. Y que, mientras
nosotros seguimos discutiendo qué significa ser una buena persona, ellos, sin
escribir tratados ni pronunciar discursos, saben quedarse.
Quizá no sea que los perros sean mejores que nosotros.
Quizá sea que, después de tantas palabras, todavía nos conmueve encontrar un
ser vivo que demuestra su cariño quedándose.
Esta historia está dedicada a cada uno de nuestros amigos
peludos, a los que nos esperan detrás de una puerta, a los que nos acompañan en
silencio y a los que convierten cualquier rincón de la casa en el mejor lugar
del mundo, simplemente porque estamos allí.
Y sí, lo confieso, después de mirar esa fotografía y pensar
en todo lo que pasa a nuestro alrededor, la verdad es que quiero más a mi
perro.
Gracias, Lincon, por recordarme que, a veces, la mejor compañía no necesita decir una sola palabra.


