Rafael Uribe Uribe
No todas las parábolas conservan una vigencia
como la del hijo pródigo. El hijo menor reclama anticipadamente la herencia,
abandona la casa paterna y parte convencido de que la libertad consiste en
vivir sin restricciones. Quiere independencia sin normas, consejos ni
responsabilidades y cree haberla encontrado, pero termina descubriendo que toda
libertad tiene consecuencias.
No es difícil encontrar paralelos con nuestro
tiempo: insistimos en los derechos, pero se eluden los deberes; reivindicamos
la libertad, pero se eluden los límites éticos necesarios para ejercerla.
El resultado es evidente: la corrupción se
justifica como astucia; la mentira se disfraza de estrategia; los principios se
acomodan a las conveniencias y deja de importar si son correctos cuando
resultan útiles.
Por eso la crisis no se explica desde la
economía o la política. Detrás de las dificultades existe algo más profundo: la
pérdida de referentes morales y desaparecen los acuerdos sobre la verdad y el
bien común.
La parábola propone una reflexión que
trasciende la fe. El hijo pródigo toca fondo cuando comprende que se ha alejado
de lo que daba sentido a su vida y decide regresar. Ese retorno no es una
derrota, es un acto de lucidez. Reconocer el error exige más valentía que
persistir en este y esa es la enseñanza más profunda del relato evangélico.
Las naciones, al igual que las personas,
pueden equivocarse de camino, pero también pueden rectificar. Ninguna sociedad
está condenada a permanecer indefinidamente en la crisis si conserva la
capacidad de examinar, corregir y recuperar los valores que hicieron posible la
convivencia.
La fuerza de esta parábola radica en que no
termina con el fracaso del hijo, sino con su reconciliación. En tiempos
marcados por la polarización, el desencanto y la desconfianza, conviene
recordar su mensaje: siempre existe la posibilidad de regresar a los principios
perdidos, porque no consiste en avanzar, sino en hacerlo correctamente y, la
decisión más sabia, es encontrar el camino de regreso.
Esta es la razón por la cual queremos
felicitar al gobierno de Abelardo de la Espriella que, en menos de noventa días
y pese a las enormes dificultades heredadas, está contribuyendo a que Colombia
retome al camino correcto.
El Rincón de Dios
“Volver
a Dios no es una derrota, es la oportunidad de comenzar de nuevo. El abrazo del
padre al hijo prodigo nos recuerda que nuestros errores no agotan su
misericordia: reconocerlos y dar el primer paso de regreso abre un camino de
reconciliación”.
Anónimo
