Andrés de Bedout Jaramillo
Cuando
mi esposa y mis hijos decidieron que este año viajaríamos a Croacia, lo primero
que se me vino a la cabeza fue el recuerdo del conflicto entre Serbia y
Croacia. También pensé en la curiosidad de que allí se inventó la corbata. Qué
viaje tan raro, pensé. Lo mejor es dejarlos organizar el paseo familiar a su
antojo, como siempre; yo me dejo llevar y termino disfrutándolo al máximo.
Las
fechas que debía tener presentes eran claras: partida el 21 de agosto y regreso
el 6 de septiembre. El resto lo iría entendiendo en el viaje mismo.
Inicialmente
estaba decidido: iríamos al aeropuerto en el Tesla y lo dejaríamos en el
parqueadero hasta el regreso, como siempre. Lo cargué al 90%, temeroso de que
en 17 días se descargara. Procedí a desactivar todas las funciones que mis
nietos le tienen activadas, incluida la del centinela, que consume mucha
energía grabando y transmitiendo todo lo que ocurre alrededor. Pero la que
manda en casa decidió que usaríamos transporte al aeropuerto.
Nos
tocó un conductor jubilado de la Policía Nacional, buen conversador y lleno de
anécdotas de su trasegar como conductor de una de las dos camionetas blindadas
que transportan personalidades. Entre ellas, precandidatos y candidatos a la
presidencia. Nos contó que trasladó a Abelardo en varias visitas a Medellín. Lo
describió como alguien siempre preocupado por su equipo de seguridad, pendiente
de su alimentación y bienestar. También nos relató que el jefe de seguridad de
Abelardo es un expolicía al que defendió de acusaciones de falsos positivos:
Carlos, el hombre de confianza. Fue un servicio de transporte cargado de
historias.
En
el Aeropuerto José María Córdova los trámites fueron increíblemente rápidos:
pasabordos y tiquetes para las maletas en las máquinas, migración con
identificación facial y pasabordo electrónico. Todo de última tecnología.
Abordamos
un Dreamliner de Avianca hacia Madrid: 9 horas de vuelo nocturno, muy suave. La
comida regular, el desayuno bueno, los baños limpios. Los espacios, eso sí,
estrechos, cuesta acomodarse para dormir. La solución: pagar un sobrecosto
importante para viajar en primera clase, en puesto estilo cama. Algún día será.
El
viaje me dio un poco duro porque el día anterior, con el grupo de Los
Jubilosos, subimos al cerro El Capiro: terreno empinado, puro cardio, unos 9
kilómetros en 3 horas de subidas y bajadas pronunciadas. Con descansos cortos
para recuperar el aire y conversar de todo. Un remedio para el cuerpo y el
alma. Me impresionó cómo uno de los compañeros consulta todo a la IA para
controvertir cualquier cosa que se diga. Mejor dicho, camina y consulta, hasta
que se tropiece por una loma de esas. Yo quedé desbaratado, me dolía hasta el
pelo. Ese molimiento hizo más duro mantener la posición durante las 9 horas de
vuelo, con solo dos levantadas para estirar y usar el baño. Aun así, logré
dormir unas 3 horas efectivas.
En
Madrid, inmigración y trámites fueron fáciles y rápidos, excepto la exagerada
demora en la entrega de las maletas. El bus del hotel contratado previamente
nos recogió. Algunos llegamos fundidos y nos quedamos en el hotel dispuestos a
dormir entre las 7 p.m. y las 3 a.m., pues el transporte al aeropuerto debía
ser a las 4 a.m. Fue difícil aprovechar esas 8 horas de sueño programado; con
el jet lag, apenas se durmieron unas 4 horas.
Muy
puntuales a las 4 a.m. abordamos la buseta, nos registramos en las máquinas de
Iberia, entregamos maletas, hicimos migración y pasamos a la sala VIP: variado
desayuno con cereales, frutas, panes, quesos, jamones, jugos y café. Intenté
estrenar una tarjeta Visa de Bancolombia, sin cuota de manejo, que
supuestamente servía para todas las salas VIP del mundo. Resultó que no. Menos
mal doña Martha no me dejó cancelar la MasterCard, que sí tiene cuota de manejo
pero es efectiva en todas las salas VIP.
En
el grupo familiar está Atenas, nuestra nieta, que quiere correr por todas
partes con su morral terciado, hablando sin parar. Afortunadamente lleva un
localizador satelital prendido a su ropa. Añoramos a Cristóbal y Emiliano, nos
hacen mucha falta; quisiéramos tenerlos aquí. Otra vez será.
Acabamos
de despegar rumbo a Zagreb, Croacia. Son las 7:29 a.m. hora local, llegaremos
hacia las 9:30 a.m. El aeropuerto es muy grande, aparentemente nuevo, y
bastante solitario. En este momento estamos alquilando el carro, o mejor, la
buseta que nos llevará por todo el recorrido en este país tan curioso.
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