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lunes, 21 de septiembre de 2026

Vamos para Croacia

Andrés de Bedout Jaramillo
Andrés de Bedout Jaramillo

Cuando mi esposa y mis hijos decidieron que este año viajaríamos a Croacia, lo primero que se me vino a la cabeza fue el recuerdo del conflicto entre Serbia y Croacia. También pensé en la curiosidad de que allí se inventó la corbata. Qué viaje tan raro, pensé. Lo mejor es dejarlos organizar el paseo familiar a su antojo, como siempre; yo me dejo llevar y termino disfrutándolo al máximo.

Las fechas que debía tener presentes eran claras: partida el 21 de agosto y regreso el 6 de septiembre. El resto lo iría entendiendo en el viaje mismo.

Inicialmente estaba decidido: iríamos al aeropuerto en el Tesla y lo dejaríamos en el parqueadero hasta el regreso, como siempre. Lo cargué al 90%, temeroso de que en 17 días se descargara. Procedí a desactivar todas las funciones que mis nietos le tienen activadas, incluida la del centinela, que consume mucha energía grabando y transmitiendo todo lo que ocurre alrededor. Pero la que manda en casa decidió que usaríamos transporte al aeropuerto.

Nos tocó un conductor jubilado de la Policía Nacional, buen conversador y lleno de anécdotas de su trasegar como conductor de una de las dos camionetas blindadas que transportan personalidades. Entre ellas, precandidatos y candidatos a la presidencia. Nos contó que trasladó a Abelardo en varias visitas a Medellín. Lo describió como alguien siempre preocupado por su equipo de seguridad, pendiente de su alimentación y bienestar. También nos relató que el jefe de seguridad de Abelardo es un expolicía al que defendió de acusaciones de falsos positivos: Carlos, el hombre de confianza. Fue un servicio de transporte cargado de historias.

En el Aeropuerto José María Córdova los trámites fueron increíblemente rápidos: pasabordos y tiquetes para las maletas en las máquinas, migración con identificación facial y pasabordo electrónico. Todo de última tecnología.

Abordamos un Dreamliner de Avianca hacia Madrid: 9 horas de vuelo nocturno, muy suave. La comida regular, el desayuno bueno, los baños limpios. Los espacios, eso sí, estrechos, cuesta acomodarse para dormir. La solución: pagar un sobrecosto importante para viajar en primera clase, en puesto estilo cama. Algún día será.

El viaje me dio un poco duro porque el día anterior, con el grupo de Los Jubilosos, subimos al cerro El Capiro: terreno empinado, puro cardio, unos 9 kilómetros en 3 horas de subidas y bajadas pronunciadas. Con descansos cortos para recuperar el aire y conversar de todo. Un remedio para el cuerpo y el alma. Me impresionó cómo uno de los compañeros consulta todo a la IA para controvertir cualquier cosa que se diga. Mejor dicho, camina y consulta, hasta que se tropiece por una loma de esas. Yo quedé desbaratado, me dolía hasta el pelo. Ese molimiento hizo más duro mantener la posición durante las 9 horas de vuelo, con solo dos levantadas para estirar y usar el baño. Aun así, logré dormir unas 3 horas efectivas.

En Madrid, inmigración y trámites fueron fáciles y rápidos, excepto la exagerada demora en la entrega de las maletas. El bus del hotel contratado previamente nos recogió. Algunos llegamos fundidos y nos quedamos en el hotel dispuestos a dormir entre las 7 p.m. y las 3 a.m., pues el transporte al aeropuerto debía ser a las 4 a.m. Fue difícil aprovechar esas 8 horas de sueño programado; con el jet lag, apenas se durmieron unas 4 horas.

Muy puntuales a las 4 a.m. abordamos la buseta, nos registramos en las máquinas de Iberia, entregamos maletas, hicimos migración y pasamos a la sala VIP: variado desayuno con cereales, frutas, panes, quesos, jamones, jugos y café. Intenté estrenar una tarjeta Visa de Bancolombia, sin cuota de manejo, que supuestamente servía para todas las salas VIP del mundo. Resultó que no. Menos mal doña Martha no me dejó cancelar la MasterCard, que sí tiene cuota de manejo pero es efectiva en todas las salas VIP.

En el grupo familiar está Atenas, nuestra nieta, que quiere correr por todas partes con su morral terciado, hablando sin parar. Afortunadamente lleva un localizador satelital prendido a su ropa. Añoramos a Cristóbal y Emiliano, nos hacen mucha falta; quisiéramos tenerlos aquí. Otra vez será.

Acabamos de despegar rumbo a Zagreb, Croacia. Son las 7:29 a.m. hora local, llegaremos hacia las 9:30 a.m. El aeropuerto es muy grande, aparentemente nuevo, y bastante solitario. En este momento estamos alquilando el carro, o mejor, la buseta que nos llevará por todo el recorrido en este país tan curioso.