José Leonardo Rincón, S. J.
La
Cali bella, modelo de civismo y comportamiento ciudadano que conocí por allá en
1977, ha cambiado mucho. Todavía en 1993 cuando comencé a vivir en la Sultana
del Valle por dos años seguía siendo una ciudad modelo en muchos aspectos,
aunque ya los cinturones de miseria concentrados principalmente por los lados
de Siloé y el distrito de Aguablanca eran muy fuertes. El estallido social,
años después, causó estragos y la urbe quedó medio destruída. Cuando estaba
recuperándose de nuevo, sobreviene el terremoto dejando a su paso una ola de
muertes, destrucccion y afectaciones no solo económicas sino también
psicológicas. La gente quedó paniqueada.
Decidí
hacer mi primera visita como director de Fe y Alegría a esta región porque
también fue la más afectada por el movimiento telúrico. Tres personas
directamente relacionadas con nosotros perdieron la vida y varias de nuestras
infraestructuras sufrieron daños de consideración. Tenía que venir no solo a
saludar y presentarme sino, también y, sobre todo, a agradecer lo que nuestro
equipo de trabajo realiza allí y a expresar nuestra solidaridad y cercanía.
Desde
temprana hora comencé a visitar nuestros centros y vaya sorpresa conmigo mismo
al visitar Casa Freire, un antiguo colegio que ahora alberga 32 muchachos de
todo el país que han sido arrebatados de las garras de la guerra y que aquí
están protegidos, estudiando y entrenándose como potenciales jugadores del
fútbol profesional. Al verlos no pude contener el llanto. ¡Qué bella es Fe y
Alegría!, cuánto bien se hace con iniciativas cómo estas, sorprendente el
compromiso radical de los equipos de trabajo, cuán hermosos todos esos niños de
entre 2 y 5 años bajo el amparo del movimiento del corazoncito, qué alegría
contagiosa la de sus gentes. Visité el colegio Fray Luis Amigó con un equipo de
dirección mínimo pero desbordado de carisma y afecto. También estuve en Las
Palmeras y Santa Mónica dos hogares infantiles preciosos que atienden 400
niños.
La
primera jornada concluyó en la sede de Madre Alberta, una edificación que nos
fue confiada en comodato y que sufrió importantes afectaciones en sus techos y
estructuras. Allí pude verme con el personal de todas las sedes alrededor de
una eucaristía convocada para encomendar a nuestras víctimas del terremoto y
otros seres queridos que fallecieron recientemente. Me sorprendió una señora
que perdió a su esposo el día de la tragedia y también al P Javier Giraldo a
quien considera como amigo muy especial de su casa. En su dolor fue conmovedor
ver cómo consolaba a otra joven víctima. La solidaridad en medio del
sufrimiento ha sido proverbial.
La
segunda jornada fue más corta pero no menos impactante. Visitar la sede del que
hasta 2018 fuese el colegio de La Pedregosa, entre la Buitrera y Polvorines, fue
muy doloroso. Del otrora hermoso colegio no quedan sino ruinas, invasores
aprovecharon que secretaría de educación no mandó más estudiantes para invadir
el terreno, parcelarlo y engañar a la gente diciendo que Fe y Alegría estaba
haciendo negocio. La gente enardecida acabó con todas las construcciones.
Increíble. Luego estuve en las oficinas que tenemos en la plaza de Caicedo.
Tres espacios excelentemente bien situados pero vacíos. Dónde trabajaran 14
personas hoy no va nadie. La regional pujante de antaño hoy está venida a
menos. El infeliz discurso de que la educación contratada es para privatizar la
educación nos ha hecho un daño inimaginable. Nuestra organización concebida
para apoyar la educación pública en la mejora de su calidad está siendo
aniquilada porque ya los corruptos que piden coimas, ya los gobiernos
ideologizados no quieren que estemos ahí. Y la gente nos quiere, reclama
nuestra presencia, desea que estemos allí.
Visitar
la otra Cali fue la ocasión propicia para corroborar que este país no tiene más
alternativa que educar bien a sus niños y jóvenes si quiere tener futuro promisorio.
¡Y hacerlo con los más pobres y vulnerables, todavía mejor! Fe y Alegría está
para esa noble misión, pero vamos a necesitar de mucha ayuda para cumplir el
propósito.
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