Fredy Angarita
Hasta hace poco me di cuenta de algo que, después de tantos años caminando por el centro de Medellín, resulta casi increíble: en el mismo espacio existen una plaza y un parque. Y aunque para muchos todo sea simplemente el Parque de San Antonio, la historia cuenta algo diferente.
Inicialmente fue un parque alrededor de la
iglesia de San Antonio de Padua, un lugar marcado por la devoción a un santo al
que miles de personas buscan para pedir su intercesión ante Dios. San Antonio
es conocido, sobre todo, como el santo al que se le pide ayuda para encontrar
cosas perdidas. Pero la tradición popular fue mucho más allá de los objetos.
También se le pide ayuda para encontrar aquello que se ha perdido en la vida:
una pareja, un camino, una oportunidad, una respuesta o, simplemente, un poco de
esperanza.
En la religiosidad popular también se le relaciona con
quienes buscan novio o matrimonio, con la protección de la familia y el hogar, con las necesidades económicas y materiales y con los momentos difíciles en los que uno necesita consuelo u orientación. No es extraño. San Antonio fue franciscano y dedicó buena parte de su vida a la predicación y a ayudar a personas necesitadas. Quizás por eso terminó convirtiéndose en un santo cercano a quienes buscan algo que no siempre saben cómo encontrar.
La construcción de la iglesia comenzó en 1874,
por iniciativa del franciscano Fray Benjamín Masciantonio. Durante décadas,
alrededor de ella se fue formando un sector de casas bajas, muchas de ellas
construidas en tapia, acompañado de tiendas, graneros, cafés, panaderías,
peluquerías y pequeños comercios. Era una parte viva del centro de Medellín. La
iglesia servía como referencia religiosa, pero también como punto de encuentro
y orientación para quienes habitaban o transitaban por el sector.[1]
Después llegó la modernización.
La construcción de la Avenida Oriental,
iniciada en 1973, transformó profundamente esta zona del centro. Se demolieron
edificaciones y se modificó una estructura urbana que durante décadas había
crecido alrededor de calles, casas y pequeños negocios. La intención era
modernizar y valorizar el centro de la ciudad, pero toda transformación urbana
tiene un costo que no siempre aparece en los planos: también puede romper parte
del tejido social que se construyó lentamente durante generaciones.
En los años siguientes, el sector sufrió
deterioro urbano y social. Y resulta curioso pensar que el terreno donde
posteriormente estaría el parque tuvo, durante un tiempo, un uso bastante
alejado de la imagen que hoy tenemos de San Antonio: allí funcionó un
cementerio de carros siniestrados y abandonados del Tránsito Municipal.[2]
A comienzos de los años noventa empezó a
plantearse la recuperación urbana del sector. La Alcaldía adquirió terrenos y
se promovió un proyecto para convertir este espacio en una zona pública que
ayudara a recuperar el centro de Medellín. El proyecto se desarrolló durante
los primeros años de esa década y el parque fue entregado en 1994.
Fue entonces cuando San Antonio empezó a
convertirse en algo diferente.
La calle Amador divide dos espacios que, con el
tiempo, terminaron formando parte de una misma imagen. Hacia el lado de la
iglesia está la zona más arborizada, la que muchas personas identifican
propiamente como el Parque de San Antonio. Hacia el sur está la gran explanada
conocida como Plaza San Antonio, donde se encuentran las esculturas de Fernando
Botero.
En la práctica, los nombres terminaron
mezclándose y para buena parte de los habitantes todo el conjunto se convirtió,
sencillamente, en San Antonio.
Y allí apareció El Pájaro.
Una enorme escultura de bronce que terminó
convirtiéndose en uno de los símbolos del lugar.
Pero Medellín tiene una manera particular de
escribir su historia. A veces lo hace con arte. Otras veces, con violencia.
La noche del 10 de junio de 1995, mientras se
realizaba un evento denominado “Yo soy Cartagena”, explotó una bomba colocada
junto a la escultura de Botero. Las fuentes históricas presentan diferencias en
el número exacto de víctimas según el momento y el registro consultado. El
Centro de Patrimonio de Medellín registra 22 personas muertas y al menos cien
heridas, mientras que otras fuentes de la época y posteriores manejan cifras
diferentes.[3]
Lo que sí está documentado es que el explosivo
contenía aproximadamente diez kilos de dinamita con metralla y había sido
colocado en la estructura de la escultura.
La explosión destruyó El Pájaro. Botero decidió
donar una nueva escultura, pero hizo una petición que convirtió la tragedia en
memoria: la escultura destruida debía permanecer allí, junto a la nueva.
Dos pájaros. Uno nuevo y otro herido.
Uno representando la posibilidad de continuar y
otro recordando aquello que no debía olvidarse. San Antonio no es solamente un
lugar de paso. También es un lugar que recuerda. Pero la historia de los
lugares no termina cuando se construye una plaza, se instala una escultura o se
levanta una placa.
La ciudad sigue cambiando.
Hoy, cuando uno camina por los alrededores de
San Antonio, encuentra una realidad muy diferente a la de aquella Medellín de
casas bajas, tiendas de barrio y cafés. San Antonio tiene un olor particular.
No uno solo, son muchos.
Hay momentos en los que huele a comida. Otros,
a cerveza derramada, a grasa vieja, a humedad, hay rincones donde el aire trae
el olor ácido de la orina y otros donde se mezcla con el perfume de una
peluquería, el sudor de quienes bailan, el humo de la calle o el vapor de una
olla, también están los residuos, la basura, las aguas estancadas y los lugares
donde la limpieza parece no alcanzar. El olor pertenece al lugar, a sus
residuos, a sus calles, a sus establecimientos, a su humedad, a la forma como
se ocupa el espacio, a la falta o insuficiencia de limpieza en determinados
puntos. Y quizás, incluso, a la manera como Medellín administra algunos de sus
espacios públicos. Ya no huele solamente a parque. Huele a ciudad, y mientras
el olor cambia, también cambia la ciudad. Eso es lo que más me interesa de este
lugar.
San Antonio ya no pertenece únicamente a la
Medellín que construyó la iglesia, ni a la que levantó las esculturas de
Botero, ni a la que alguna vez vio amontonar carros abandonados en este
terreno. Pertenece a quienes llegaron del Chocó. A quienes encontraron aquí un
lugar para hablar como hablan en su tierra, escuchar su música, comer sus
platos y celebrar a San Pacho cuando la fiesta ya terminó en Quibdó.
Especialmente en los alrededores de la plaza,
se ha consolidado una importante presencia de población afrocolombiana,
particularmente de personas provenientes del Chocó y de otras regiones del
Pacífico.
Hay restaurantes, bares, peluquerías, cafés y
establecimientos comerciales donde aparecen sabores, músicas, acentos y
costumbres que vienen de este territorio.
Por la carrera 49 aparecen lugares como Rincón
Chocuano #2, La Negra y su Sazón, Cocomar, Combinación, Morenas Color, Bruno
Bar, Amareto, La Colonia y otros establecimientos que forman parte de esa nueva
geografía comercial.
Por la carrera 46 aparecen también Suru's,
Motivos VIP, Punto de la Torre, Buchanas Bar, Paraitos, Mix Licores, Café El
solecito, Barra El Atrato, Yinyes y Epikós Mix.
Más allá de los nombres comerciales, lo
interesante es lo que está ocurriendo alrededor.
La propia Alcaldía de Medellín, reconoce al
Parque de San Antonio como uno de los lugares de encuentro de las comunidades
negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras que llegan a Medellín. Eso me
parece importante. Porque significa que San Antonio no solamente cambió
físicamente. También cambió culturalmente.[4]
Para muchas personas provenientes del Chocó y
del Pacífico, este lugar se convirtió en una especie de punto de encuentro con
aquello que dejaron atrás. Aquí pueden escuchar su música, encontrar su comida,
hablar con personas que comparten sus recuerdos y reproducir tradiciones que
viajaron con ellos.
Una de ellas es San Pachito.
Cuando terminan las fiestas de San Pacho en
Quibdó, parte de esa celebración continúa en Medellín. Las procesiones, los
disfraces, la música y las manifestaciones culturales se trasladan a la ciudad
para que quienes viven lejos de su territorio puedan mantener ese vínculo.
Entonces San Antonio adquiere otra dimensión,
ya no es solamente el parque que nació alrededor de una iglesia, tampoco es
únicamente la plaza de las esculturas de Botero. Es también un territorio de
encuentro para una comunidad que llegó desde otro lugar y que encontró aquí una
manera de seguir siendo, de alguna forma, parte de su tierra.
La plaza se convirtió en una pequeña frontera
donde Medellín y el Chocó se encuentran, no una frontera dibujada en un mapa,
sino una que se reconoce en los sonidos, en los cuerpos, en la comida, en los
negocios.
Quizás por eso San Antonio me resulta tan
interesante.
Porque uno puede llegar buscando a San Antonio
de Padua, esperando encontrar algo perdido, y terminar encontrando otra cosa,
un parque que nació alrededor de una iglesia y terminó convertido en punto de
encuentro de muchas historias.
Al final de la tarde, cuando la iglesia queda
en silencio y las luces comienzan a encenderse alrededor de la plaza, San
Antonio parece otra vez un lugar distinto. El santo sigue allí, Los pájaros
también. La gente conversa, alguien sirve una cerveza, desde algún negocio sale
música del Pacífico y otros siguen llegando. Y mientras Medellín sigue
cambiando alrededor de San Antonio, uno puede quedarse un momento mirando la
plaza y pensar. “uno cree que está buscando algo perdido, cuando en
realidad está buscando un lugar donde sentirse encontrado”.

