miércoles, 23 de septiembre de 2026

San Antonio: buscando al santo, encontrando la ciudad

Fredy Angarita

Hasta hace poco me di cuenta de algo que, después de tantos años caminando por el centro de Medellín, resulta casi increíble: en el mismo espacio existen una plaza y un parque. Y aunque para muchos todo sea simplemente el Parque de San Antonio, la historia cuenta algo diferente.

Inicialmente fue un parque alrededor de la iglesia de San Antonio de Padua, un lugar marcado por la devoción a un santo al que miles de personas buscan para pedir su intercesión ante Dios. San Antonio es conocido, sobre todo, como el santo al que se le pide ayuda para encontrar cosas perdidas. Pero la tradición popular fue mucho más allá de los objetos. También se le pide ayuda para encontrar aquello que se ha perdido en la vida: una pareja, un camino, una oportunidad, una respuesta o, simplemente, un poco de esperanza.

En la religiosidad popular también se le relaciona con
quienes buscan novio o matrimonio, con la protección de la familia y el hogar, con las necesidades económicas y materiales y con los momentos difíciles en los que uno necesita consuelo u orientación. No es extraño. San Antonio fue franciscano y dedicó buena parte de su vida a la predicación y a ayudar a personas necesitadas. Quizás por eso terminó convirtiéndose en un santo cercano a quienes buscan algo que no siempre saben cómo encontrar.

La construcción de la iglesia comenzó en 1874, por iniciativa del franciscano Fray Benjamín Masciantonio. Durante décadas, alrededor de ella se fue formando un sector de casas bajas, muchas de ellas construidas en tapia, acompañado de tiendas, graneros, cafés, panaderías, peluquerías y pequeños comercios. Era una parte viva del centro de Medellín. La iglesia servía como referencia religiosa, pero también como punto de encuentro y orientación para quienes habitaban o transitaban por el sector.[1]

Después llegó la modernización.

La construcción de la Avenida Oriental, iniciada en 1973, transformó profundamente esta zona del centro. Se demolieron edificaciones y se modificó una estructura urbana que durante décadas había crecido alrededor de calles, casas y pequeños negocios. La intención era modernizar y valorizar el centro de la ciudad, pero toda transformación urbana tiene un costo que no siempre aparece en los planos: también puede romper parte del tejido social que se construyó lentamente durante generaciones.

En los años siguientes, el sector sufrió deterioro urbano y social. Y resulta curioso pensar que el terreno donde posteriormente estaría el parque tuvo, durante un tiempo, un uso bastante alejado de la imagen que hoy tenemos de San Antonio: allí funcionó un cementerio de carros siniestrados y abandonados del Tránsito Municipal.[2]

A comienzos de los años noventa empezó a plantearse la recuperación urbana del sector. La Alcaldía adquirió terrenos y se promovió un proyecto para convertir este espacio en una zona pública que ayudara a recuperar el centro de Medellín. El proyecto se desarrolló durante los primeros años de esa década y el parque fue entregado en 1994.

Fue entonces cuando San Antonio empezó a convertirse en algo diferente.

La calle Amador divide dos espacios que, con el tiempo, terminaron formando parte de una misma imagen. Hacia el lado de la iglesia está la zona más arborizada, la que muchas personas identifican propiamente como el Parque de San Antonio. Hacia el sur está la gran explanada conocida como Plaza San Antonio, donde se encuentran las esculturas de Fernando Botero.

En la práctica, los nombres terminaron mezclándose y para buena parte de los habitantes todo el conjunto se convirtió, sencillamente, en San Antonio.

Y allí apareció El Pájaro.

Una enorme escultura de bronce que terminó convirtiéndose en uno de los símbolos del lugar.

Pero Medellín tiene una manera particular de escribir su historia. A veces lo hace con arte. Otras veces, con violencia.

La noche del 10 de junio de 1995, mientras se realizaba un evento denominado “Yo soy Cartagena”, explotó una bomba colocada junto a la escultura de Botero. Las fuentes históricas presentan diferencias en el número exacto de víctimas según el momento y el registro consultado. El Centro de Patrimonio de Medellín registra 22 personas muertas y al menos cien heridas, mientras que otras fuentes de la época y posteriores manejan cifras diferentes.[3]

Lo que sí está documentado es que el explosivo contenía aproximadamente diez kilos de dinamita con metralla y había sido colocado en la estructura de la escultura.

La explosión destruyó El Pájaro. Botero decidió donar una nueva escultura, pero hizo una petición que convirtió la tragedia en memoria: la escultura destruida debía permanecer allí, junto a la nueva.

Dos pájaros. Uno nuevo y otro herido.

Uno representando la posibilidad de continuar y otro recordando aquello que no debía olvidarse. San Antonio no es solamente un lugar de paso. También es un lugar que recuerda. Pero la historia de los lugares no termina cuando se construye una plaza, se instala una escultura o se levanta una placa.

La ciudad sigue cambiando.

Hoy, cuando uno camina por los alrededores de San Antonio, encuentra una realidad muy diferente a la de aquella Medellín de casas bajas, tiendas de barrio y cafés. San Antonio tiene un olor particular. No uno solo, son muchos.

Hay momentos en los que huele a comida. Otros, a cerveza derramada, a grasa vieja, a humedad, hay rincones donde el aire trae el olor ácido de la orina y otros donde se mezcla con el perfume de una peluquería, el sudor de quienes bailan, el humo de la calle o el vapor de una olla, también están los residuos, la basura, las aguas estancadas y los lugares donde la limpieza parece no alcanzar. El olor pertenece al lugar, a sus residuos, a sus calles, a sus establecimientos, a su humedad, a la forma como se ocupa el espacio, a la falta o insuficiencia de limpieza en determinados puntos. Y quizás, incluso, a la manera como Medellín administra algunos de sus espacios públicos. Ya no huele solamente a parque. Huele a ciudad, y mientras el olor cambia, también cambia la ciudad. Eso es lo que más me interesa de este lugar.

San Antonio ya no pertenece únicamente a la Medellín que construyó la iglesia, ni a la que levantó las esculturas de Botero, ni a la que alguna vez vio amontonar carros abandonados en este terreno. Pertenece a quienes llegaron del Chocó. A quienes encontraron aquí un lugar para hablar como hablan en su tierra, escuchar su música, comer sus platos y celebrar a San Pacho cuando la fiesta ya terminó en Quibdó.

Especialmente en los alrededores de la plaza, se ha consolidado una importante presencia de población afrocolombiana, particularmente de personas provenientes del Chocó y de otras regiones del Pacífico.

Hay restaurantes, bares, peluquerías, cafés y establecimientos comerciales donde aparecen sabores, músicas, acentos y costumbres que vienen de este territorio.

Por la carrera 49 aparecen lugares como Rincón Chocuano #2, La Negra y su Sazón, Cocomar, Combinación, Morenas Color, Bruno Bar, Amareto, La Colonia y otros establecimientos que forman parte de esa nueva geografía comercial.

Por la carrera 46 aparecen también Suru's, Motivos VIP, Punto de la Torre, Buchanas Bar, Paraitos, Mix Licores, Café El solecito, Barra El Atrato, Yinyes y Epikós Mix.

Más allá de los nombres comerciales, lo interesante es lo que está ocurriendo alrededor.

La propia Alcaldía de Medellín, reconoce al Parque de San Antonio como uno de los lugares de encuentro de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras que llegan a Medellín. Eso me parece importante. Porque significa que San Antonio no solamente cambió físicamente. También cambió culturalmente.[4]

Para muchas personas provenientes del Chocó y del Pacífico, este lugar se convirtió en una especie de punto de encuentro con aquello que dejaron atrás. Aquí pueden escuchar su música, encontrar su comida, hablar con personas que comparten sus recuerdos y reproducir tradiciones que viajaron con ellos.

Una de ellas es San Pachito.

Cuando terminan las fiestas de San Pacho en Quibdó, parte de esa celebración continúa en Medellín. Las procesiones, los disfraces, la música y las manifestaciones culturales se trasladan a la ciudad para que quienes viven lejos de su territorio puedan mantener ese vínculo.

Entonces San Antonio adquiere otra dimensión, ya no es solamente el parque que nació alrededor de una iglesia, tampoco es únicamente la plaza de las esculturas de Botero. Es también un territorio de encuentro para una comunidad que llegó desde otro lugar y que encontró aquí una manera de seguir siendo, de alguna forma, parte de su tierra.

La plaza se convirtió en una pequeña frontera donde Medellín y el Chocó se encuentran, no una frontera dibujada en un mapa, sino una que se reconoce en los sonidos, en los cuerpos, en la comida, en los negocios.

Quizás por eso San Antonio me resulta tan interesante.

Porque uno puede llegar buscando a San Antonio de Padua, esperando encontrar algo perdido, y terminar encontrando otra cosa, un parque que nació alrededor de una iglesia y terminó convertido en punto de encuentro de muchas historias.

Al final de la tarde, cuando la iglesia queda en silencio y las luces comienzan a encenderse alrededor de la plaza, San Antonio parece otra vez un lugar distinto. El santo sigue allí, Los pájaros también. La gente conversa, alguien sirve una cerveza, desde algún negocio sale música del Pacífico y otros siguen llegando. Y mientras Medellín sigue cambiando alrededor de San Antonio, uno puede quedarse un momento mirando la plaza y pensar. uno cree que está buscando algo perdido, cuando en realidad está buscando un lugar donde sentirse encontrado.